Columnas 21 AGO 2026

Los lentes con inteligencia artificial llegaron a América Latina: panóptico a cielo abierto

Meta presenta sus lentes con inteligencia artificial como una manera de capturar momentos sin dejar de estar presentes. La empresa dice que esta tecnología puede ver lo que ve quien la usa, escuchar lo que escucha y asistirla durante su vida cotidiana. Otras empresas ya presentaron su propia apuesta bajo la promesa de que sus anteojos permitirán hacer más cosas sin necesidad de mirar el teléfono. Pero, ¿qué pasa con las personas que aparecen en una grabación sin haberlo decidido? ¿A dónde van los datos que registran, quién los guarda y quién puede tener acceso?

CC:BY (Daniel Almada)

En octubre de 2023, Meta y Ray-Ban lanzaron una nueva generación de gafas inteligentes. Las mismas son anteojos normales que incorporan una pequeña cámara, micrófono y la capacidad de comunicarse con el teléfono celular. Estos dispositivos permiten tomar fotos, grabar videos, hacer llamadas, escuchar audio o pedir asistencia mediante comandos de voz. A diferencia de un teléfono inteligente, su apariencia es prácticamente indistinguible de la de unas gafas convencionales, lo que puede dificultar que las personas alrededor sepan cuándo están siendo grabadas y, por tanto, que puedan dar su consentimiento.

Su funcionamiento puede entenderse en tres pasos. Primero, los lentes capturan fotos o videos. Después, envían la información al teléfono a través de una aplicación vinculada (en caso de requerir el uso de IA, la información se reenvía a los servidores de la empresa). Finalmente, el resultado vuelve a la persona usuaria como una respuesta de audio, una acción en la aplicación o, en algunos modelos, un mensaje que aparece en el lente.

La IA es la capa que interpreta esa información, pues puede describir una imagen o responder una pregunta sobre lo que la cámara está mostrando. Por eso, no registra únicamente una foto o un video. También puede reunir el contexto de una situación, como lugares, objetos, conversaciones y personas presentes en el entorno. El alcance depende del modelo, de las funciones activadas y de la configuración elegida por cada persona. Si bien estas funciones pueden sonar atractivas y en muchos casos tendrán usos legítimos, la posibilidad de capturar y procesar ese contexto genera numerosos problemas en relación a la privacidad.

Esta tecnología ya no es una novedad lejana para América Latina ni un producto reservado para Estados Unidos o Europa. En agosto de 2026, los Ray-Ban Meta ya se venden oficialmente en al menos cinco países: México, el primer mercado latinoamericano en sumarse; Brasil, con la línea disponible desde 2025; Chile y Perú, que iniciaron la comercialización oficial a fines de junio de 2026; y Colombia, incorporada en agosto de este mismo año. Meta no es la única empresa con intenciones de fabricar y vender estos dispositivos. Google y Samsung preparan su entrada con lentes basados en Android Extended Reality y la inteligencia artificial de Gemini. Xiaomi, Alibaba y otras empresas chinas también desarrollan dispositivos similares. Se trata de una carrera entre empresas que ya controlan redes sociales, teléfonos, sistemas operativos, comercio electrónico y asistentes de IA.

Al igual que los teléfonos celulares, las gafas están diseñadas con el objetivo de conectarse a los servidores de las empresas de tecnología que las fabrican. Estas compañías ya compiten por quién recolecta datos sobre las personas que utilizan teléfonos celulares o acceden a redes sociales. Los nuevos lentes extienden aún más la capacidad de capturar información sobre las personas, incluso cuando el teléfono celular está guardado en el bolsillo.

El diseño vuelve imposible decir que no

Quien compra los lentes puede aceptar los términos y condiciones de la empresa, puede decidir si vincula el dispositivo a su teléfono y qué permisos activa. Pero esa decisión no alcanza a las demás personas cuya privacidad podría verse vulnerada al ser grabadas sin su consentimiento. Para que el consentimiento sea real, una persona necesita al menos tres cosas. Primero, saber que se está capturando información sobre ella, segundo entender para qué se utilizará y, tercero, tener posibilidad de negarse. Los anteojos con IA dificultan las tres.

Meta incorporó un LED blanco en la parte frontal de sus lentes como medida para advertir a quienes están alrededor cuando la cámara captura imágenes. Es una señal necesaria, pero no suficiente, ya que la luz puede pasar inadvertida en una conversación, en un lugar concurrido o para personas que ni siquiera saben que existen dispositivos capaces de grabar desde una montura aparentemente convencional —y tampoco tienen por qué saberlo—.

Aún así, ese pequeño indicador luminoso no explica de manera clara si está grabando video o tomando fotos, si se registra audio, si el contenido quedará almacenado en el teléfono, si será enviado a los servidores de una empresa o si se publicará en redes sociales. Las autoridades de protección de datos del G7 han advertido que, en estos dispositivos, obtener un consentimiento de las personas alrededor puede ser prácticamente imposible.

No se trata de sostener que toda grabación en un espacio público deba estar prohibida, ni de exigir que una persona pida autorización formal antes de cada foto. Se trata de no perder la capacidad de decidir qué parte de la propia vida se comparte, con quién y bajo qué condiciones. El uso de estos dispositivos sin regulaciones pone en riesgo la privacidad de las personas en el espacio público, privado o incluso íntimo.

Una nueva tecnología afecta la forma en la que nos comportamos como sociedad. Las gafas que podrían ser muy útiles para periodistas en coberturas, para turistas documentando viajes, ya se están utilizando para acosar e invadir la privacidad de las mujeres: grabándolas para luego subir ese contenido a redes sociales sin su consentimiento, como veremos más adelante.

Casos documentados

Estos lentes llegaron a los espacios donde se toman decisiones públicas. Funcionarias y funcionarios públicos en Chile, México y Argentina ya los utilizan, y comienzan a presentarse como un accesorio normal en espacios institucionales sin analizar los posibles riesgos de esta tecnología y la necesidad de regular su uso. Hace 13 años, las revelaciones de Snowden nos demostraron cómo empresas como Facebook (hoy Meta) o Google entregan la información de sus servicios en la nube a agencias de inteligencia de los Estados Unidos y sus aliados. Cabría preguntarse, ¿tendrán estas mismas agencias de inteligencia la capacidad de observar todo aquello que registran las gafas de millones de personas?

Si bien esto es muy probable, no tenemos certeza de que sea así. Lo que sí se sabe es que Meta ya ha compartido grabaciones de los videos a otras empresas. Una investigación del medio sueco Svenska Dagbladet reveló que personal de Sama, una empresa subcontratada en Kenia, revisaba y etiquetaba contenido captado por estos dispositivos inteligentes de Meta para entrenar los sistemas de IA de la plataforma.

Varias de las personas trabajadoras fueron entrevistadas de forma anónima y aseguraron haber visto imágenes extremadamente privadas: personas entrando o saliendo del baño, desnudas o manteniendo relaciones sexuales, así como grabaciones en las que aparecían accidentalmente datos financieros, como números de tarjetas bancarias. Uno de los testimonios describió unos lentes dejados sobre una mesa de noche mientras la esposa de quien los usaba se desvestía sin saber que estaba siendo grabada.

Ese caso revela una primera capa del problema: incluso quien compra los lentes, acepta los términos de Meta y decide usar la IA puede perder el control sobre lo que captura. Para quienes aparecen frente a la cámara, la situación es aún más desigual, no compraron los anteojos, no aceptaron los términos, ni decidieron enviar nada a los servidores de la empresa proveedora. Muchas veces ni siquiera saben que están siendo grabadas. Si quien usa los lentes puede perder el control sobre sus propios datos, la persona captada sin consentimiento parte sin ninguna capacidad de decisión.

Los casos más documentados muestran cómo estos dispositivos se han integrado a prácticas de acoso y exposición no consentida contra mujeres. En España, un hombre fue detenido por grabar 239 videos de mujeres sin consentimiento con este tipo de lentes para promocionar su curso sobre “técnicas de seducción” por el que cobraba € 3000. En uno de los videos intentó besar a una de las víctimas en dos ocasiones y tocarla sin su consentimiento, mientras seguía grabando. Luego el video fue subido a internet y ha tenido más de 700 mil visualizaciones. Un caso similar ocurrió en Bélgica, donde una investigación documentó casos de mujeres grabadas sin saberlo por hombres con Ray-Ban Meta durante interacciones no solicitadas en la calle, contenido vinculado otra vez a negocios de “coaching de seducción”.

Los cursos de seducción no son el único caso de violencia de género facilitada por estos dispositivos. En Escocia, un creador de contenido de TikTok fue investigado por utilizar gafas inteligentes para grabar en secreto a personas durante un viaje, entre ellas mujeres jóvenes que fueron sexualizadas en sus videos. En Corea del Sur, un hombre estuvo bajo investigación por grabar en secreto las citas que tuvo con cuatro mujeres distintas, para luego subir el contenido a redes sociales. Las grabaciones mostraban desde el primer encuentro en la estación de metro hasta la comida, el café y las caminatas juntos.

Otro caso ocurrió recientemente en Inglaterra, donde una menor de 17 años fue abordada y grabada con los lentes de Meta por un hombre que se le acercó en una estación de tren con intenciones de seducirla. Ella sospechó que podía estar siendo grabada por lo que realizó búsquedas en Tiktok y encontró la cuenta de la persona que la grabó con situaciones similares a las que ella vivió. Si bien ella no apareció en los videos de la cuenta, le aterroriza pensar cuándo será su turno. En ese mismo país, una mujer fue grabada en un centro comercial y el video circuló 40 mil veces antes de que ella se enterase. Cuando pidió que lo eliminaran, él la extorsionó pidiendo un pago para remover el contenido.

El mismo mecanismo —grabar sin avisar para luego exponer— se repite también contra otros grupos discriminados. En Delhi, una diseñadora gráfica trans fue filmada sin saberlo con estos mismos anteojos durante una protesta por los derechos de su comunidad. El video fue editado y difundido en redes sociales como contenido de burla y llegó a millones de reproducciones antes de que Instagram lo retirara, más de un mes después.

Activismo para limitar a las corporaciones

Si bien esta tecnología está siendo adoptada de forma muy rápida, también existen iniciativas encargadas de confrontarla y evidenciar sus riesgos.

El colectivo activista Everyone Hates Elon, con base en Londres, empezó una campaña en julio pasado para revelar los peligros de estos dispositivos. Instalaron un póster llamando a las gafas “el mayor avance en tecnología para pervertidos desde la gabardina”. Después llevaron un anuncio cerca de las oficinas de Meta en Londres donde aparecía la publicidad real de Kylie Jenner, figura oficial de los lentes, pero al cambiar el ángulo su rostro se transformaba en una calavera y el texto mutaba a “Meta: siempre estamos observando”. El tercer golpe de la campaña usó la imagen de Jeffrey Epstein con la frase “Lentes para gente que no entiende el consentimiento”.

En paralelo, el colectivo difundió un modelo de carta para que las personas ejercieran su derecho de oposición bajo el Reglamento General de Protección de Datos de la Unión Europea. La carta exigía a Meta que dejara de procesar sus datos personales a través de sus gafas, informara qué datos habían sido procesados, con qué finalidad y qué medidas tomaría frente a la objeción. Más de 9000 personas enviaron ese reclamo a la empresa durante las 24 horas de la campaña.

El resultado concreto fue que Instagram anunció que empezaría a bloquear cuentas que suben videos de acoso grabados con estos dispositivos. El activismo demuestra que la presión pública y regulatoria combinadas sí pueden lograr torcer alguna política de la empresa, aunque sea la más superficial de todas: moderar contenido ya publicado, en lugar de prevenir la grabación no consentida.

Desde un punto de vista técnico existen aplicaciones de software libre, como Nearby Glasses, que escanean señales Bluetooth y alerta cuando detecta lentes con IA cerca. Lamentablemente esta es una solución parcial, ya que no identifica de quién son las gafas, solo indica que podría haber un dispositivo compatible próximo. Además podrían existir falsos positivos, ya que se puede confundir con otros dispositivos del mismo fabricante.

La responsabilidad no es de quien camina por la calle

La tecnología transforma la forma en que una sociedad funciona. No era lo mismo salir a la calle o asistir a una fiesta antes de que los teléfonos con cámara estuvieran incorporados a nuestros entornos. El saber que nuestra actividad puede ser grabada hace que limitemos nuestra forma de actuar y de ser nosotros y nosotras mismas. En el futuro, salir a la calle será parecido a caminar por un panóptico distribuido, donde no tendremos la certeza de saber si estamos siendo o no grabados por desconocidos y en caso de serlo, no sabremos a dónde irán esas imágenes ni para qué se utilizarán.

Ese costo no se reparte de forma igual. Para mujeres, niñas, comunidad LGBTIQA+ y quienes ya enfrentan acoso o discriminación, la posibilidad de ser grabadas sin saberlo puede afectar su libertad de circular, participar en una protesta, conocer a alguien, trabajar o simplemente existir en el espacio público sin convertir la propia imagen en contenido ajeno.

La discusión no puede reducirse a que quien compra los lentes “aceptó los términos y condiciones”. La persona que queda frente a la cámara no eligió instalar el dispositivo, activar permisos ni formar parte de esa captura. Por eso, la respuesta no debería consistir en pedirle a cada transeúnte que detecte un LED, descargue una aplicación o aprenda a reconocer una montura. Tampoco basta con moderar el contenido cuando ya se difundió, ni perseguir únicamente a quienes lo utilizan con fines dañinos. La responsabilidad debe recaer principalmente en quienes diseñan y comercializan estas tecnologías. La tarea de regular y supervisar el funcionamiento de los lentes inteligentes es urgente.