Coronavirus, tecnología y privacidad

El 11 de marzo del año 2020, la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia de COVID-19, originada por el coronavirus SARS-CoV-2. A medida que la enfermedad se iba expandiendo, saturando los sistemas de salud, los gobiernos declararon  estados de emergencia, restringiendo algunos derechos e implementaron diversas medidas para intentar contener la expansión del virus, incluyendo el cierre de aeropuertos y fronteras terrestres, de escuelas y de los lugares de ocio, llegando incluso al confinamientos de la población.

La emergencia sanitaria obligó a los gobiernos de todo el mundo a buscar soluciones para contener la expansión del virus. Y la tecnología jugó un papel importante en el afán por minimizar el contagio y mantener vigilada a la población en los momentos de las restricciones de movilidad. En América Latina y el resto del mundo se desarrollaron una gran cantidad de aplicaciones que ofrecían información oficial sobre el desarrollo de la enfermedad, realizaban test de autodiagnóstico, intentaban hacer rastreo de contagios, entre varios otros usos. Se utilizaron técnicas de Big Data para monitorear las aglomeraciones y los movimientos de la población a través de datos de conexión de teléfonos celulares a torres de telefonía, datos de geolocalización y datos del bluetooth de los dispositivos celulares.

Uno de los principales puntos de debate se centra en la tensión entre el derecho a la salud y el derecho a la privacidad, en relación al uso que han dado los gobiernos a distintas tecnologías que capturan datos personales y sensibles, en el marco de estrategias para contener la enfermedad; cuando solicitan a las empresas privadas la entrega de los datos que recolectan, y cuando esas tecnologías se emplazan sin un ejercicio de prudencia sobre los impactos que pueden causar en los derechos humanos de la población

Con el objetivo de conocer cómo fue implementado este abordaje en la región, particularmente con relación al uso y protección de los datos personales, Derechos Digitales juntó a la Global Network Initiative realizaron un estudio para conocer de qué manera fueron usadas las tecnologías y si se puso en riesgo la privacidad de las personas. El objetivo era realizar también un primer acercamiento a los casos en los cuales los gobiernos solicitaron datos a las empresas de telefonía móvil, para entender el modo en que se realizó esa colaboración, desde una perspectiva de derechos humanos.

El estudio, titulado El uso de tecnologías para el combate de la pandemia: Datos personales en Latinoamérica, está disponible en inglés y castellano, y analiza los casos de 6 países de Latinoamérica: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador y El Salvador.

De las respuestas tecnológicas estudiadas salen a la luz algunos problemas que deben ser revisados si las futuras estrategias de salud echarán mano nuevamente de ellas. Problemas de seguridad y riesgos a la privacidad en el diseño de aplicaciones; idoneidad frente a la realidad socioeconómica de los países de la región; problemas de apego irrestricto a la normativa de protección de datos personales y ausencia de normas especializadas en algunos países; limitada transparencia respecto del desarrollo y la implementación de las soluciones tecnológicas, así como en los convenios firmados entre empresas privadas y administración pública; y falta de coherencia en el uso de aplicaciones con una estrategia general de salud, son algunas de las falencias que se han podido constatar a través de la función de contraloría que ejercen numerosas organizaciones en la región.

Queda claro que el derecho a la privacidad no es absoluto y que, en el marco de la emergencia, algunas intrusiones a este derecho, cuando está en juego la salud de la población, son tolerables. Sin embargo, eso no quiere decir que estas intromisiones deban socavar la privacidad y el derecho de autodeterminación informativa de las personas. Para ello, es necesario que cualquier respuesta en el combate a la pandemia y a cualquier futura emergencia, sea adecuada, proporcional, con una finalidad clara, delimitada en el tiempo, consentida y necesaria. Aunque parezca evidente, debe también contar con habilitaciones legales suficientes, en respeto del principio de legalidad.

Algunas de estas recomendaciones adquieren una mayor importancia para países con situaciones sociopolíticas convulsas en desarrollo, como Colombia y El Salvador, por el riesgo que representa la recolección desproporcionada de datos personales en un contexto en el que estos pueden utilizarse para la persecución de rivales políticos, defensores de derechos humanos o para mantener el control de la libertad de expresión de la población en general.


Esta columna resume parte del contenido de la investigación, que puedes revisar aquí.

Gobierno uruguayo y el “negocio” del acceso a internet

La LUC en Antel, Antel en la LUC

En Latinoamérica, fue Uruguay país pionero en lanzar una red comercial 5G. Es líder en 4G y uno de las naciones con mayor y mejor cobertura de redes de banda ancha por fibra óptica (FTTH). Ello ocurre, sobre todo, por las inversiones de la estatal Antel (Administración Nacional de Telecomunicaciones), compañía monopólica para los servicios fijos, que también actúa en los mercados de banda ancha y telefonía móvil.

Para afrontar la pandemia fue esencial contar con conexiones a internet extendidas, de calidad y a precio accesible: nos permitió continuar con el trabajo, los estudios en todos los niveles de enseñanza, realizar consultas médicas, organizar el plan de vacunación, estar en contacto con nuestros seres queridos y acceder a entretenimiento. Elijo Antel, como usuaria de internet fijo y de celular. Lo elijo, como tantas otras uruguayas, no solo por la convicción de aportar a la empresa estatal, también por su alta calidad en el servicio, el buen saldo en la ecuación calidad/precio y la facilidad de financiación en los equipos.

Los aplausos del domingo pasado tienen su fundamento. Es la constatación en nuestra vida cotidiana. Nuestras conexiones a internet fijas y móviles no funcionan como antes. No se accede a los contenidos con la fluidez acostumbrada. Demoran en cargar. Quienes hemos tenido el privilegio de visitar otros países, habíamos constatado que teníamos la costumbre de gozar de una conexión veloz y accesible, ya en lo físico como en lo económico.

Pongamos un ejemplo. Si hoy día quiero recargar gigas, hace menos de dos años compraba 40 GB por 200 pesos uruguayos (4,5 USD, por un internet casi ilimitado) que me duraban diez días. Sin embargo, hoy puedo acceder a 50 GB que me terminan en cinco días, por 150 pesos (3,4 USD). ¿Pago 25% menos? En términos absolutos es cierto, pero en realidad es por la mitad de los días. Por supuesto, estos servicios de recarga lo utilizan sobre todo quienes tienen contratos más económicos y/o no cuentan con servicio de internet fijo en el hogar. Así de sutil pero eficiente se trata el desmantelamiento de Antel. Como el viejo mito de la rana que se cuece a fuego lento.

Liderazgo uruguayo en conexión a internet

Antel fue creada en 1974. Anteriormente, el servicio era administrado por la Usina de Telecomunicaciones del Estado (UTE), monopólica en el sector de la electricidad y en la telefonía. Posee una larga tradición dentro de las empresas públicas del país. Brinda servicios telefonía fija, móvil y de conexión a internet.  Gracias a la gestión de Antel, Uruguay es líder en región con mayor acceso a internet por habitante y es uno de los nueve países integrantes del grupo Digital Nations – D9, aquellos que poseen mejores conectividades. La Encuesta de Usos de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones 2020, en 2019 el 95% de los hogares en Uruguay acceden a internet a través de algún dispositivo y el 71% tiene banda ancha.

Antel ha permitido la ejecución de varias políticas de inclusión digital y universalización del acceso a internet, que ha permitido democratizar la conectividad y los dispositivos. Algunos ejemplos. Al ingresar al sistema público de enseñanza primaria o secundaria, cada niño y niña y cada docente de aula obtienen una computadora por medio del Plan Ceibal. El 100% de los centros educativos públicos cuenta con wifi, provisto con fibra óptica de Antel.

Además, el Plan Ibirapitá entrega tablets a personas mayores, jubilados, jubiladas y pensionistas que perciben las menores remuneraciones. Dicho plan c con capacitaciones y tarifas preferenciales. En 2019, dentro del total de hogares que cuentan con dispositivos digitales no celulares, 1 de cada 5 lo hizo únicamente debido a que contó con dispositivos de Plan Ceibal o Ibirapitá. En particular, Ibirapitá, se ha visto seriamente afectado debido a los recortes presupuestales.

Sumada a la destacada conexión de fibra óptica, la empresa construyó un Data Center, incorporación de contenidos digitales de VeraTv y Vera+, donde hasta 2020 podíamos acceder en forma universal a los partidos de la selección uruguaya de fútbol y los Juegos Olímpicos. Hoy accede quien puede pagarlo. La mayoría, ahora excluida, no puede disfrutar en directo del más popular de nuestros deportes.

Una empresa valiosa y pública

Antel sobrevivió a la oleada neoliberal de venta de las empresas públicas, a través de un referéndum impulsado por el movimiento social uruguayo en 1992 en defensa de las empresas públicas, que frenó las intenciones privatizadoras por aquel entonces. Acompañó el proceso del crecimiento acelerado de las telecomunicaciones en la última década.

Datos de la Ursec, indican una la participación en el mercado en telefonía móvil es de 51,2% para Antel, 30,7% para Movistar y 18% para Claro. Entre los años 2010 y 2014, Antel facturó 4600 millones de dólares, y en el período 2015-2019, de 4700 millones de dólares. En total, entre 2010 y 2019, la empresa aportó 1000 millones de dólares a rentas generales, es decir, a las políticas públicas de todo el país. Es una cifra importante en cualquier economía, pero realmente significativa en el PIB de un país de poco más de tres millones de habitantes.

Según información obtenida por el semanario Brecha, los ingresos de internet fijo en hogares alcanzaron en 2020 un nuevo récord histórico: 17.232 millones de pesos (unos 410 millones de dólares). Esto representó un incremento de 36% en comparación con 2018. Antel es la prueba fehaciente que los servicios públicos pueden ser rentables, brindar calidad destacada a ciudadanía en calidad y precio y que las ganancias se vuelquen a lo común.

El rico patrimonio

En marzo de 2020 asumió un nuevo gobierno en el país, poniendo fin al ciclo progresista que comenzó en 2005. Las estrategias propuestas para las empresas estatales son distintas a las anteriores. El conjunto de medidas y lineamientos que está llevando adelante el Poder Ejecutivo impactan desfavorablemente en Antel.

En la Ley de Urgente Consideración, en el presupuesto nacional, en la rendición de cuentas o en la nueva ley de medios, se busca sacar tajada de la empresa en beneficio de la competencia. Cuando no existen los consensos necesarios, se insiste en habilitar concesiones, ventas y beneficios por otros mecanismos o acelerando procesos privatizadores.

Florencia Leymonié, del integrante de Sindicato Único de las Comunicaciones (SUTEL) afirmó en una actividad del Colectivo +Igualdad “como trabajadoras y trabajadores de Antel vemos en los ecosistemas distintos sabotajes del servicio público, no solo de los servicios que da sino de su naturaleza de retribución social”.   

Es necesario entender que el acceso a internet hoy es condición de posibilidad del ejercicio de otros derechos fundamentales: el trabajo, el estudio, la salud, la cultura, la participación, entre otras. Las condiciones impuestas por la pandemia así lo demuestran y son irreversibles. Lo que arriesga la privatización producto de las presiones del mercado puede implicar retrocesos enormes en un camino con reconocimiento internacional, que repercute en mayores garantías y más democracia para las uruguayas y los uruguayos.

“No venderé el rico patrimonio de los orientales al precio miserable de la necesidad”, dijo José Artigas hace dos siglos. El aplauso sostenido sólo se explica por la insistente necedad de la coalición gobernante en poner a disposición de la mano invisible del mercado a la más sólida y rentable empresa uruguaya.    

Sociedad civil internacional alerta sobre los peligros para el ejercicio de derechos de proyecto de ley de regulación de plataformas digitales presentado en Chile

You can read an English version of this letter here.

Las organizaciones e individuos firmantes expresamos nuestra preocupación por el avance del Proyecto de ley de regulación de plataformas digitales, Boletín Nº 14.561-19, que se discute en el Congreso chileno. El proyecto, motivado por la necesidad de equilibrio entre el poder de algunas empresas de tecnología y la ciudadanía, establece reglas que terminan siendo peligrosas para el ejercicio de los derechos fundamentales en internet.

En especial, expresamos nuestra profunda preocupación por las razones siguientes:

  1. La iniciativa apunta a regular a las «plataformas digitales», que define como «toda infraestructura digital cuyo propósito es crear, organizar y controlar, por medio de algoritmos y personas, un espacio de interacción donde personas naturales o jurídicas puedan intercambiar información, bienes o servicios». El concepto es demasiado amplio y vago, e incluiría a toda clase de servicios, sin importar su tamaño o base de usuarios, sus funcionalidades o propósitos, o si son sitios web o apps móviles, proponiendo una única regulación para muy distintas realidades.
  1. La iniciativa intenta innovar en materias de protección de datos personales, derechos de los consumidores y protección de derechos de niños, niñas y adolescentes. Con esto, deja de lado las leyes vigentes y las discusiones legislativas en esas otras materias sin buscar coordinación con ellas, estableciendo reglas separadas que no mejoran el estado general de la protección de esos derechos.
  1. La propuesta presenta una definición de “consumidor digital” (artículo 3, letra d), centrando la protección ofrecida en aspectos vinculados al consumo, ignorando impactos sociales, políticos y culturales más allá de las relaciones de consumo que se vinculan al uso de plataformas digitales. 
  1. La propuesta busca trasladar las reglas que rigen el mundo offline a las plataformas en líneas. Pero lo hace a través de la creación de obligaciones y reglas (artículo 6) que solamente entorpecen el funcionamiento en línea e imponen nuevos deberes de responsabilidad a los intermediarios generando incentivos a la remoción de contenido para limitar esas responsabilidades. De este modo, se discrimina negativamente a las plataformas digitales y se desincentiva a su creación, reduciendo la competencia y afectando a la formación de nuevos espacios de interacción en línea.
  1. El proyecto de ley busca combatir la información «manifiestamente falsa», abordando el fenómeno de la desinformación de manera desconectada de la experiencia internacional en la materia. Con esto, lesiona las garantías de derechos humanos de libertad de expresión y libertad de información sin censura previa, contraviniendo las reglas vigentes según el sistema interamericano de derechos humanos.
  1. La introducción de mecanismos de verificación de edad apropiados que se propone (artículo 8), aunque es loable en su objetivo de protección de la infancia, hace caso omiso que precisamente la propuesta supone recoger más datos de las usuarias para su identificación.
  1. La referencia a no discriminación introducida (artículo 9) resulta vaga y prescinde de cualquier coordinación con la normativa vigente en la materia, imponiendo al proveedor de servicios la implementación de mecanismos de control de sesgos respecto de los cuales no se ofrecen parámetros y se dejan librados a su arbitrariedad en definitiva.
  1. El proyecto de ley atribuye la «responsabilidad objetiva» por todos los daños ocasionados por una plataforma (artículo 15), en contradicción con sus propias reglas de exención de responsabilidad (artículo 6), y facultando a los tribunales a duplicar la indemnización por esos daños, creando en Chile la figura de los daños punitivos que no tiene reconocimiento legal ni consistencia con el sistema jurídico chileno. A la vez, ese establecimiento de responsabilidad objetiva es contrario a la recomendación de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, al expresar que “un esquema de responsabilidad objetiva en el ámbito de la comunicación electrónica o digital es incompatible con estándares mínimos en materia de libertad de expresión”.

  2. La propuesta incluye la posibilidad de suspensión o bloqueo temporal de una plataforma digital, lo que contraviene de forma directa las recomendaciones de los organismos de protección de derechos humanos para asegurar y promover una internet libre y abierta, y garantizar la libertad de expresión.
  1. Por último, la regulación de plataformas digitales debe fomentar desconcentración de poder, transparencia y rendición de cuentas, no promover censura y entregar más poder a quienes ya lo tienen como controladores de la tecnología.

Por todo lo anterior, pedimos al Congreso chileno:    

  • No perseverar la tramitación del Boletín Nº 14.561-19.
  • Iniciar un nuevo proceso de discusión de las reglas para las plataformas de internet, como un debate transparente, abierto y multisectorial, donde participen todas las partes interesadas, con los compromisos de Chile frente al Derecho Internacional de los Derechos Humanos como la base para cualquier propuesta.

Adhieren:

  • Daphne Keller, Director of Stanford Program on Platform Regulation.
  • Sonia Livingstone, Professor, London School of Economics and Political Science.
  • Ellen Helsper, Professor, London School of Economics and Political Science
  • Dr. Cory Doctorow (h.c.), Tech activist, blogger, journalist, and science fiction author.
  • Evgeny Morozov, author of “The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom and To Save Everything”, “Click Here: The Folly of Technological Solutionism”.
  • Glyn Moody, Writer. Author of “Rebel Code”.
  • Jessica Fjeld, Assistant Director, Cyberlaw Clinic at the Berkman Klein Center for Internet & Society, Lecturer on Law, Harvard Law School.
  • Jillian C. York, Director for International Freedom of Expression, EFF; Author of “Silicon Values: The Future of Free Speech Under Surveillance Capitalism”.
  • Liza Garcia, Executive Director, Foundation For Media Alernatives, Philippines.
  • Michael Karanicolas, Executive Director, UCLA Institute for Technology, Law & Policy.
  • Prof. Arturo J. Carrillo, George Washington University Law School.
  • Colin Maclay, Research Professor and Executive Director of USC Annenberg Innovation Lab.
  • Gabriel Teninbaum, Assistant Dean of Innovation, Strategic Initiatives & Distance Education; & Prof. of Legal Writing at Suffolk University Law School.
  • Dr. Verónica Donoso, Digital Literacy and Child Online Safety consultant.
  • Micaela Mantegna, Artificial Intelligence, Ethics & Policy Prof. at the Center for Technology and Society, San Andres University. Affiliate, Berkman Klein Center for Internet & Society at Harvard University.

ARTICLE 19 (global).

Access Now (global).

Asociación por los Derechos Civiles (Argentina).

Asociación TEDIC (Paraguay).

Association for Progressive Communications (APC).

Center for Democracy &Technology (global).

Código Sur (América Latina).

Corporación Cambio Sostenible (Colombia)

Committee to Protect Journalists (global)

Dangerous Speech Project (global).

Electronic Frontier Foundation (EFF).

Fight for the Future (Estados Unidos).

Fundacion InternetBolivia.org (Bolivia).

Fundación Saber Futuro (Chile).

Hiperderecho (Perú).

Idec – Instituto Brasileiro de Defesa do Consumidor (Brasil).

Instituto para la Sociedad de la Información y Cuarta Revolución Industrial (Perú).

IFEX-ALC (América Latina y el Caribe).

Instituto de Desarrollo Digital de América Latina y el Caribe.

Intervozes – Coletivo Brasil de Comunicação Social (Brasil).

ONG Acción Constitucional (Chile)

Open Net Association (Corea).

OpenMedia (Canadá).

R3D: Red en Defensa de los Derechos Digitales (México).

Ranking Digital Rights (global).

Rhizomatica Comunicaciones (México).

SMEX (Oriente medio y norte de África).

Sursiendo, Comunicación y Cultura Digital (México).

Wikimedia Foundation (global).

Wikimedia Chile (Chile)

Wikimedia Colombia (Colombia)

World Wide Web Foundation (global).

Xnet (España).

También:

  • Laura Gougain.
  • Pablo Bello.
  • Claudio Ruiz.
  • Silvana Pezoa.
  • Malva Venegas.
  • Oscar Bar.
  • Virginia Gaete Quezada.
  • Nicola Sagredo.
  • Jacqueline Saldías.
  • Raúl Arrieta.
  • Daniel Pérez.
  • Yasmin Pérez Muñoz.
  • Ignacio Rodríguez Moreno.
  • Antonio Sáez.
  • Fabiola Torres Poza. 
  • Ivan «HacKan» Barrera Oro.
  • Patricio Cabello. Investigador CIAE-IE Universidad de Chile, Director de proyecto Kids Online Chile.
  • Mauricio Moris.
  • Juan Jiménez A.
  • Fernando Ahumada.
  • Gabriela Iriarte Kamp.
  • Javiera Yáñez.
  • Jocelyn Simmonds.
  • Ronald Javet
  • Verónica López.
  • Javiera Moreno, abogada, Directora de Datos Protegidos.
  • Roberto Will Montoya Rodríguez. 
  • Francisco Javier Rigual Cótua.
  • Paulina Villalobos. 
  • Carolina Gainza Cortés. 
  • Andrea Toro.
  • Pablo Gonzalez.
  • Matías Eyzaguirre Miranda.
  • Luis Lineros.
  • Iván Valdés.
  • Ignacio Rodríguez de Rementería.
  • Sebastián Smart.
  • Felipe Ovalle.
  • Gonzalo Niño Guggisberg.
  • Marianne Díaz Hernández.
  • Javier Bravo Salas.
  • Jean Ortiz Franco.
  • Manuel Mejías Pérez.
  • Michel Inostroza. 
  • Franco Fasola.
  • Santiago Arango.
  • Ricardo González.
  • Felipe Osorio Umaña.
  • David Órdenes.
  • Francisco Tapia. 
  • Francisco Arias.
  • Diego Echaiz Leiton.
  • Paulina Silva, abogada. Socia de Bitlaw.
  • Roberto San Martín Godoy. 
  • Marcela Tyrer S.
  • Christian Retamal.
  • Andres Junge.
  • Claudio Jofré Larenas.
  • Andres Sanchez Matus.
  • Bárbara Oliva.
  • David Aragort.
  • Frederico Ferreira.
  • Tomáš Hozman.
  • Maria Smith.

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El proyecto de ley para la regulación de las plataformas digitales atenta contra los derechos humanos

La búsqueda de una solución a problemas como la desinformación y la violencia en línea, junto con la necesidad de mayor control sobre las compañías que ofrecen servicios en internet basados en la explotación de los datos personales, son algunos de los desafíos regulatorios más importantes de la actualidad. Son debates que vienen desarrollándose hace varios años, desde distintas perspectivas y en distintos foros, a escala nacional, regional y mundial, por especialistas altamente calificados trabajando desde la academia, la sociedad civil, el sector público y también el privado.

Actualmente no existe consenso sobre cómo abordar estos dilemas regulatorios, pues constituyen problemas altamente complejos, independientes pero enlazados entre sí, con distintas aristas, intereses y derechos que es necesario balancear adecuadamente, cuestión que ha probado ser increíblemente difícil de lograr.

Lo que sí está claro, es que ningún esfuerzo serio por aportar a la solución de estas problemáticas puede pretender resolverlas mediante un proyecto de ley misceláneo, que ignore el trabajo desarrollado por académicos, activistas de derechos humanos y expertos internacionales, así como las obligaciones en materia de derechos humanos. Ninguna de las experiencias comparadas que se destaque a nivel internacional es así, salvo aquella que ha sido producida bajo las lógicas de gobiernos autoritarios con el objetivo de incrementar sus propios mecanismos de control en desmedro de las libertades fundamentales. Y es que los impactos de una mala regulación en la materia puede generar disrupciones graves en la forma en la cual las usuarias interactúan con la tecnología y la forma en la cual se sirven de ella para ejercitar sus derechos.

Y, sin embargo, la propuesta sometida a consideración del Congreso chileno en los últimos días escoge ignorar todo ello en favor de respuestas nóveles que parecen inmunes a la mera consideración de los impactos sistémicos que las responsabilidades civiles propuestas pueden tener sobre derechos fundamentales como la libertad de expresión, el derecho de asociación por medios digitales y la no discriminación, que desde el estallido social y la posterior pandemia se han mostrado como cada vez más fundamentales para el ejercicio democrático a nivel local y global. Junto con ello, el proyecto atropella otros esfuerzos, por ejemplo, la larga lucha por establecer una adecuada protección de datos personales (que se debate hace una década en nuestro país) y es inconsistente con el trabajo que académicos, activistas de derechos humanos y expertos internacionales llevamos desarrollando por al menos una década.

The Chilean way

El pasado 01 de septiembre de 2021 ingresó al congreso nacional chileno el proyecto de ley que regula las plataformas digitales (Boletín N° 14.561-19). La primero que llama la atención es que este proyecto no haya sido resultado de un proceso de trabajo más amplio con la participación de expertos y expertas que contribuyeran a su redacción, considerando que sus patrocinantes son los mismos que en abril de este año convocaron la creación de un grupo de trabajo, al alero de la Comisión “Desafíos del Futuro” del Senado, para debatir muchas de estas cuestiones con expertos de sociedad civil y la academia.

A primera vista, el texto revela defectos formales que hacen sospechar que al proyecto no se le dedicó todo el tiempo debido. Estas sospechas se incrementan tras una lectura detallada de la propuesta, que solo puede ser caracterizada como precipitada y que, en vez de ponerle coto a los potenciales abusos cometidos por las plataformas digitales, tienen un enorme potencial para dañar el ejercicio de derechos fundamentales.

“Consumidores digitales”

En primer lugar, el proyecto define a los usuarios de las plataformas como consumidores digitales. Si el lenguaje crea realidades, esta redacción nos lleva a la tierra de las relaciones de consumo, las que operan bajo una lógica distinta a la de los derechos y libertades esenciales.

El derecho del consumo es una herramienta cada vez más explorada en el contexto internacional para poder abordar algunos de los abusos de los proveedores de servicios digitales, tal es el caso de la Federal Trade Comission de los Estados Unidos o la experiencia regulatoria de la Comisión Europea. Pero en tales casos la regulación se desarrolla en forma incremental y consistente con la actualización de conceptos que provienen de esa área del derecho, y no por el simple hecho de introducir un concepto huérfano y aislado.

Como dio ocasión de atestiguar la tramitación del artículo 15 bis del Boletín Nº 12.409-03 que establece medidas para incentivar la protección de los derechos de los consumidores, hay una oportunidad para que el Servicio Nacional del Consumidor pueda cumplir un rol más activo frente a las plataformas digitales, pero ello debe hacerse con una aproximación sistémica —como la que viene cultivando dicho servicio—  y no de espaldas a esos esfuerzos, mediante referencias aisladas en una ley miscelánea como la propuesta.

 ¿Libertad de expresión digital?

Si hay algo que reconocerle al proyecto es que no escatima en la construcción de conceptos novedosos y torpes. Así, por ejemplo, el texto introduce la noción de “libertad de expresión digital”, que instala una distinción artificial y odiosa entre la libertad de expresión que ocurre «en línea» y fuera de ella.

Cabe recordar que los organismos internacionales de derechos humanos han insistido en que la correcta interpretación que debe guiar la acción de los estados es el  reconocimiento de que los mismos derechos en el entorno físico deben ser protegidos en su ejercicio en entornos digitales. Así El Consejo de Derechos Humanos ha recalcado en su resolución sobre Promoción, protección y disfrute de los derechos humanos en internet: “que los mismos derechos que tienen fuera de línea las personas también deben protegerse en línea, en particular la libertad de expresión, lo que es aplicable independientemente de las fronteras y por conducto de cualquier medio de su propia elección, de conformidad con el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos”.

Ello también ha sido expresamente abordado por la Asamblea General de las Naciones Unidas al exhortar a todos los Estados: “a que velen por que los mismos derechos que tienen las personas cuando no están conectadas, incluidos los derechos a la libertad de expresión, de reunión pacífica y de asociación, estén plenamente protegidos también cuando estén en línea, de conformidad con el derecho de los derechos humanos”.

Como si no fuera suficiente, el  artículo que introduce la noción de “libertad de expresión digital” establece que los contenidos publicados por los “consumidores digitales” podrán ser eliminados en caso de que “puedan considerarse civilmente injuriosos, calumniosos, constitutivos de amenazas, que constituyan delitos tipificados por otros cuerpos jurídicos o que inciten a cometer un crimen.” Es decir, la regulación propuesta genera un incentivo absoluto para la eliminación de contenido que pueda ser calificado con el potencial de ser ilícito. ¿Quién califica ese potencial? ¿Quién pondera la libertad de expresión, la privacidad, la no discriminación que pudiera estar en juego?

Una disposición como esta no solo no mejora el panorama actual de deficiencias en la moderación de contenidos que muchas veces se aprecia en plataformas digitales, sino que lo agrava, para entregarles más poder de decisión sobre lo que puede o no expresarse en ellas. En lugar de reducir el poder de las plataformas, lo aumenta.

Valga en este punto y para la regulación posterior contemplada en el mismo artículo, que el artículo 13 de la Convención Americana de Derechos Humanos (CADH), firmada y ratificada por Chile, proscribe la censura previa, así como la censura indirecta, con lo cual parece poco probable que la regulación propuesta resulte compatible con las obligaciones de protección y promoción de la libertad de expresión contraídas por Chile. La CADH permite como límite a la libertad de expresión el establecimiento de responsabilidades ulteriores que pudieran derivarse del ejercicio de ella, pero exige que deben ser fijadas expresamente por ley, cumpliendo además una serie de condiciones (ser necesarias para proteger la reputación de terceros, la seguridad nacional, el orden, salud o moral pública) que no se condicen con las hipótesis propuestas en el proyecto. Ya a corto andar, nos encontramos con un proyecto de ley inconstitucional.

 Responsabilidad de las plataformas

Desde la perspectiva de la responsabilidad de las plataformas digitales, el proyecto de ley cierra con broche de oro al establecer un estándar de responsabilidad objetiva y absoluta. Dicho estándar —además de no ser conocido en esta formulación draconiana por ninguna legislación en el planeta— hace aún más severos los impactos en el ejercicio de la libertad de expresión y, a través de ella, de otros derechos fundamentales esenciales para la democracia.

El miedo de que nuestros dichos puedan potencialmente lesionar algún bien o derecho ajeno no solo tendrá un efecto autocensor. Las plataformas digitales, presa de esa misma prevención y para salvar su responsabilidad (objetiva) frente a los daños patrimoniales o morales que ocasionen sus “consumidores digitales”, generarán un patrullaje automatizado de la expresión en línea y que siempre caerá más del lado de la interpretación conservadora para salvar su responsabilidad; es decir, remover cualquier cosa ante el más mínimo atisbo de que pueda resultar problemática. ¿Es esta libertad de expresión desmejorada a lo cual el proyecto de ley quiere bautizar como “libertad de expresión digital”?

El establecimiento de este régimen de responsabilidad objetiva amplísima es, a la vez, una contradicción directa a las recomendaciones de los órganos de derechos humanos a nivel internacional. En el sistema interamericano de derechos humanos, “un esquema de responsabilidad objetiva en el ámbito de la comunicación electrónica  o  digital  es  incompatible  con  estándares  mínimos  en  materia  de  libertad  de  expresión”, como ha indicado y reiterado la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Los Principios de Manila, con base directa en el derecho internacional de los derechos humanos, también descartan esa forma de responsabilidad. ¿Por qué el proyecto chileno buscaría posicionarse tan radicalmente en contra del derecho internacional?

El uso de conceptos totalmente abiertos e indeterminados —algunos de ellos con reminiscencias al derecho civil decimonónico— incorporados en el proyecto, tales como “informaciones manifiestamente falsas”, “actuar con diligencia”, “situación actual” o “mecanismos de verificación de edad apropiados”, no hacen más que agravar la incerteza jurídica. Lo más probable es que las plataformas, incapaces de revisar mediante humanos todo el contenido que pasa a través de ellas, lo harán a través de sistemas de inteligencia artificial que, al no distinguir contextos, terminarán bajando contenido perfectamente lícito en forma preventiva, cuestión que ya ha sucedido y ha sido denunciada globalmente por las expertas en la materia.

Por cierto, dejamos de lado por ahora la discusión sobre qué son las plataformas digitales que de acuerdo a la definición del proyecto, que podría ser perfectamente el blog de un centro cultural o comunitario o la infraestructura de comunicación autónoma ofrecida por un grupo feminista o un medio periodístico independiente, todo lo cual es aún más grave para los intereses de las usuarias: prácticamente cualquier servicio digitalizado conllevaría obligaciones de monitoreo y control.

El proyecto además concede al Estado el poder para ordenar la suspensión de plataformas, lo cual contraviene las recomendaciones de los organismos de protección de derechos humanos para asegurar y promover una internet libre y abierta. No hay duda sobre la falta de legitimidad democrática y desproporción de este tipo de medidas, como se lee claramente en la declaración conjunta de los Relatores Especiales de las Naciones Unidas y de la CIDH para la Protección y Promoción del Derecho a la Libertad de Opinión y de Expresión de 2015: “El filtro de contenidos en Internet, el uso de ‘interruptores de apagado de emergencia’ en las comunicaciones (por ejemplo, el cierre de partes enteras de los sistemas de comunicación), y la apropiación física de las estaciones de radiodifusión son medidas que nunca pueden ser justificadas”.

Podríamos seguir uno a uno con los artículos del proyecto explicando sus insuficiencias e incompatibilidad con la protección de derechos fundamentales, pero creemos que ya ha quedado claro que estamos frente a un proyecto técnicamente deficiente, inmaduro en dar cuenta del estado del arte de los debates internacionales en la materia y formulado de espalda a la protección de derechos fundamentales y al abordaje sistémico que ellos requieren.

Seguramente hay buenas intenciones detrás. pero llamamos a una reflexión profunda acerca de la forma más sensible de tener este debate en forma participativa y abierta, para recoger las experiencias internacionales en la materia y los aportes que expertos tanto de sociedad civil, como la academia puedan hacer desde distintas disciplinas, para poder tener una discusión a la altura de lo que la complejidad de a temática requiere, sin pausas pero sin prisas que generen impactos negativos sistémicos en el ejercicio de derechos fundamentales en el entorno digital. No por nada, fuera de Chile este tema lleva siendo discutido en la última década, no reinventemos la rueda cuadrada.

Criptomonedas en América Latina: ¿hacia dónde ir… y por qué?

Hace unas semanas, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, anunció una nueva ley para regular el uso de la criptomoneda Bitcoin. La iniciativa generó críticas de manera inmediata, a nivel nacional e internacional, formuladas por economistas, la comunidad técnica y opositores políticos, entre otros comentaristas.

Pero antes de que la polémica permitiera asentar un mejor camino en la materia, la propuesta se había convertido en ley de la República, aprobada por un cuerpo legislativo particularmente favorable al Gobierno. El episodio ha dado un nuevo impulso al intento por participar del  mercado de las criptomenodas y regular estos activos en América Latina, no sin una serie de preocupaciones importantes como demuestra el caso salvadoreño.

¿Criptomonedas?

Entendemos por “criptomonedas” a los sistemas de tokens que simbolizan unidades de valor, destinados al intercambio con poder liberatorio general (como el dinero de curso legal) o limitado, que constan de un registro digital (ledger) con uso de criptografía, mantenido de manera distribuida en lugar de centralizada por alguna institución financiera.

En la base de las criptomonedas está usualmente la tecnología de la cadena de bloques o blockchain: una lista de registros en forma de bloques, vinculados entre sí por medio de criptografía. Las transacciones se registran sin intermediarios, de manera cronológica y formando una cadena inmutable que permite la agregación de datos nuevos, pero no su alteración posterior. Cada nodo de la red guarda, de manera descentralizada, una copia de las cadenas de bloques. Con esto se busca superar problemas con la confiabilidad de registros centralizados de transacciones de distinto tipo, tales como la falsificación, el doble pago de un bien o el doble uso simultáneo. Por eso, según se reporta, se le promociona como un registro seguro, descentralizado e inmutable que guarde una copia de todas las transacciones realizadas sobre dicho activo digital.

Entonces, las criptomonedas son un tipo de activo digital que puede ser transado con registro en una cadena de bloques, tratándoselo como una moneda, en tanto se valorizan en unidades de ese activo, bienes o servicios, y fungiendo como activo de inversión especulativa si no se utiliza como moneda. Se caracterizan por su descentralización e independencia de intermediarios. Según alguna doctrina, las características propias les permitirían “tener aplicación universal y más extendida”.

Actualmente, la criptomoneda más conocida e importante es Bitcoin, que permite el intercambio de activos valiosos sin la intermediación o aprobación de una autoridad que ejerce control centralizado. Sin embargo, si bien Bitcoin es una criptomoneda popular, está sujeta a múltiples críticas: su valor como activo tiene una alta volatilidad, se cree que puede constituir una “burbuja especulativa” más que un sistema afín a las monedas de curso legal y la red Bitcoin presenta un problema de escalabilidad de la red para transacciones de pagos, lo cual representa altos tiempos de espera y elevadas tarifas por cada transacción, que debe ser verificada mediante complicadas operaciones matemáticas (proof of work) previo a incorporarse a la cadena de bloques. A la vez, el costo energético de cada una de esas operaciones conlleva posibles riesgos medioambientales ampliamente reportados. Estas y muchísimas otras críticas son parte habitual de la fuerte atención pública sobre el Bitcoin, sea tomado como oportunidad de inversión o como grave amenaza al ecosistema global en nombre de la codicia especulativa.

La “Ley Bitcoin” en El Salvador: el Decreto Legislativo Nro. 57

La Ley Bitcoin se convirtió en realidad tres días después de la viralización de un video en el que Bukele anunciaba en la Conferencia Bitcoin 2021 en Miami que la criptomoneda se convertiría en moneda de curso legal en El Salvador. La aprobación de la Ley Bitcoin tuvo una celeridad inusual: entre su presentación pública y su aprobación por la Asamblea pasaron apenas 5 horas. Más debate sobre el Bitcoin existe cualquier día en foros de Reddit o redes sociales. Mientras la Asamblea realizaba el proceso legislativo, el presidente Nayib Bukele, impulsor de la Ley, explicaba a inversionistas extranjeros la normativa en un chat virtual de Twitter, en inglés.

La aprobación de la Ley Bitcoin se da en un contexto particular. El Salvador vive un momento económico adverso, tal como el de otros países afectados por la pandemia. Pero además en un contexto político particular: la Asamblea Legislativa, dominada por el partido del presidente, ha aprobado gran cantidad de préstamos al Estado salvadoreño, que han incrementado en niveles históricos la deuda del país. Por otra parte, el contexto social en el que la Ley fue aprobada presenta dos caras: por un lado, la aun elevada popularidad del presidente y por otro, señalamientos de corrupción por parte del Departamento de Estado de Estados Unidos a una de sus principales funcionarias y la decisión de dar por finalizado el convenio con la Organización de los Estados Americanos que había creado la Comisión contra la Impunidad en El Salvador (CICIES). De acuerdo a los considerandos de la Ley Bitcoin, la misma pretende, entre otras cosas, facilitar la inclusión financiera de los ciudadanos, así como impulsar el crecimiento económico del país.

Sobre la aprobación de la Ley Bitcoin se han vertido críticas que abarcan el área jurídica, en particular sobre el proceso de formación de Ley, la obligatoriedad de la aceptación del uso de Bitcoin por “todo agente económico” (art. 7) y la ambigüedad de las disposiciones aparentemente redactadas por un interesado. En el área económica, se anotan críticas como la incompatibilidad respecto de la definición de Bitcoin como moneda y no como activo digital, así como de los inconvenientes de adoptar la criptomoneda como moneda de circulación legal a la par del dólar, la actual moneda de curso legal.

La Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (Fusades) la calificó como una ley inconsulta e improvisada. De la misma forma se han pronunciado varios académicos y profesionales del país, quienes señalan, además, la carencia de un estudio técnico y la falta de debate parlamentario. Otro riesgo identificado es la posibilidad de que las Bitcoin que “ingresen” a El Salvador provengan de actividades ilícitas como el narcotráfico, la trata de personas o la venta de armas; y que, además, con la oferta del presidente Bukele de brindar facilidades migratorias y de adquisición de bienes en territorio nacional a los inversionistas, El Salvador pueda convertirse en un paraíso fiscal apto para el lavado de dinero.

También se habla del problema del fideicomiso que será constituido para respaldar el cambio de Bitcoin a dólares, considerando que ese dinero podría ser usado para otras áreas prioritarias como la salud y la educación; además, que dada la volatilidad del Bitcoin, los costos de esta deficiencia serían pagados por la población.

Otras de las preocupaciones de la ciudadanía incluyen la falta de transparencia sobre el funcionamiento y los niveles de seguridad informática de bases de datos, herramientas y medios que se utilizarán para la realización de transacciones en Bitcoin, y respecto del tratamiento que estas harían de datos personales sensibles y biométricos en un país que carece de regulación adecuada en materia de protección de datos personales y ciberseguridad.

Por otro lado, instituciones financieras han expresado su recelo ante la medida. El Fondo Monetario Internacional, con el que el gobierno de Bukele negocia un préstamo, ha señalado que esta medida requiere análisis más cuidadosos; por su parte, el Banco Mundial, a quien el gobierno solicitó ayuda técnica para la implementación de la criptomoneda, ha declinado dadas las deficiencias medioambientales y de transparencia que la medida contiene.

Cómo avanzar en América Latina

El caso de El Salvador ha reavivado el ánimo por, a lo menos, regular estos activos digitales. Así, en Paraguay ya hay un proyecto de ley con el propósito de regular el mercado de las criptomonedas y la minería de “criptoactivos”, que se suma a otras iniciativas de investigación, tributación o regulación. Entre el escepticismo y el entusiasmo, se mantienen desafíos importantes para la región.

La tecnología blockchain en general y las criptomonedas en particular se presentan a menudo como la tecnología del futuro para transacciones de toda clase. Sin embargo, sus características intrínsecas presentan retos, sobre todo, frente a la garantía de seguridad jurídica por la que deben velar los estados, en particular si se pretendiera implementar su uso como una moneda de curso legal. Tanto la desregulación, la descentralización y la volatilidad de su valor son elementos que restan seguridad jurídica frente a fraudes o a riesgos derivados de cambios bruscos de valor. De ello surgen tendencias a reconocer la validez de las transacciones mediante criptomonedas solo bajo supervisión estatal, regulación específica y fortalecimiento de las instituciones públicas, o bien a su prohibición. Desde un punto de vista económico, especialistas apuntan al desafío que plantea la trazabilidad de los ingresos en criptomonedas en un país para la creación de las políticas públicas monetarias.

Finalmente, tres puntos fundamentales para la adopción de la tecnología blockchain, y particularmente, las criptomonedas es que debemos aprender de las lecciones y desafíos que ha significado el desarrollo, gobernanza y apertura de internet. No recurrir al solucionismo tecnológico, motivar la innovación, y adoptar y regular las tecnologías desde un enfoque de respeto a los derechos humanos. Debemos valorar los logros alcanzados con internet, motivar la discusión inclusiva de los diversos sectores de la sociedad que contribuyan a brindar claridad sobre los desafíos y posibles efectos de la implementación de las criptomonedas y, principalmente, debemos considerar la deuda que aún tiene Latinoamérica respecto de las brechas en acceso a tecnologías digitales. Adoptar la más reciente moda de activos digitales está muy lejos de cumplir con esos objetivos.

¿Quién defiende tus datos? Cómo protegen la privacidad de sus clientes las compañías proveedoras de internet

En una sociedad hiperconectada, donde gran parte de nuestras vidas transcurre en línea (y más todavía en un contexto de pandemia y cuarentena), la manera en que las empresas de telecomunicaciones protegen nuestra privacidad es un condicionante para nuestro desarrollo, conforme a un sistema democrático y respetuoso de los derechos humanos.

En este contexto, ¿Quién defiende tus datos? cobra especial relevancia. Se trata de un estudio realizado por Derechos Digitales con apoyo de la Electronic Frontier Foundation, que analiza las prácticas de las principales compañías proveedoras de internet en Chile.

En la cuarta edición del reporte, el balance es positivo: nos alegra ver cómo ha subido el estándar de la industria, a pesar de que ello dependa en gran medida de su autorregulación. Este año mantuvimos los criterios de evaluación utilizados en la versión pasada del informe, optando por analizarlos desde un estándar más crítico, lo que por un lado nos permitía ver si las empresas que ya cumplían optaban por continuar mejorando, así como darles tiempo a las empresas más atrasadas para ponerse al día.

Afortunadamente, la tendencia general ha sido a la mejora de las prácticas de las compañías en comparación a años anteriores.  Por tercer año consecutivo, Claro Chile es la empresa mejor posicionada y es la que cuenta con el mejor informe de transparencia entre las empresas estudiadas. Le siguen WOM y Entel. El criterio más estricto de evaluación hizo que algunas empresas disminuyeran su puntaje a pesar de tener un grado de cumplimiento similar al del año anterior, como en el caso de WOM.

Resulta gratificante también ver la evolución de compañías como GTD Manquehue, que pasaron de no tener política de privacidad, informe de transparencia ni protocolos, a elaborar y hacer públicos dichos documentos. Situación similar a la de Movistar, que progresa de tener 1 estrella en la versión anterior a tener 3,25 este año, donde se destaca su transparencia, al ser la única que da a conocer públicamente las alianzas públicas y privadas que tiene en materia de investigación y los términos en que se desarrollan dichas iniciativas.

El caso de VTR nos parece preocupante, pues la compañía ha demostrado escaso interés por mejorar sus prácticas de transparencia y protección de derechos hacia sus clientes. VTR no ha hecho eco de cuestiones básicas como fechar su política de privacidad y es la única empresa que no cuenta con un informe de transparencia actualizado, además de otorgar los datos personales de los clientes para efectos de publicidad o comunicaciones comerciales.

Con todo, la mejora generalizada mostrada por el resto de las empresas de telecomunicaciones demuestra que  ¿Quién defiende tus datos? ha resultado ser una valiosa herramienta para incentivar a los proveedores de internet a perfeccionen sus estándares de protección y transparencia, además de ser una buena instancia para la discusión académica acerca de los desafíos en la autoregulación de estas empresas en la oferta de sus servicios, más allá del marco regulatorio que fija la línea de base en la materia.

Puedes revisar el reporte aquí. El video del lanzamiento se encuentra disponible acá.

¿Quién defiende tus datos? 2021

Cuarta edición del reporte ¿Quién defiende tus datos? evaluación periódica realizada por Derechos Digitales sobre el modo en que las compañías proveedoras de internet defienden la privacidad de sus clientes en Chile.

Plebiscito y redes sociales en Chile

El 25 de octubre de 2020 fue un día histórico en Chile: por primera vez desde el regreso a la democracia los ciudadanos y ciudadanas participaban de un plebiscito para decidir si querían mantener la Constitución vigente o crear una nueva Carta Magna. Lo inédito del proceso no fue la única particularidad de una elección desarrollada en medio de una pandemia mundial, que incluso tuvo que ser postergada por esta razón.

Es en este contexto que Derechos Digitales junto a la Asociación por los Derechos Civiles (ADC) deciden aplicar por primera vez en Chile PubliElectoral, una herramienta tecnológica de interés social que permite la recolección de información relativa a la publicidad electoral en redes sociales. La herramienta había sido aplicada ya a la última elección presidencial en Argentina y actualmente está siendo desplegada en México. En el caso chileno, la investigación se centró en el uso de Facebook por parte de las distintas fuerzas políticas durante el plebiscito. El reporte ya está disponible para ser consultado.

Un primer resultado relevante de la investigación es la constatación de que la totalidad de las fuerzas políticas analizadas utilizaron Facebook para realizar publicidad electoral, confirmando así que las redes sociales (a lo menos, esta en particular) son espacios relevantes para las campañas políticas. Esto puede parecer de Perogrullo, pero no es una cuestión menor: el plebiscito de octubre de 2020 fue la primera elección en la que se decidió fiscalizar el gasto de campaña realizado en plataformas digitales, por medio de la obligación de partidos políticos, parlamentarios independientes y organizaciones de la sociedad civil de informar al Servicio Electoral de los contratos realizados con ese fin. Se trata de un primer paso importante, que se produce en el marco de las modificaciones constitucionales que autorizan la realización del plebiscito, pero que no son extensibles a las instancias eleccionarias regulares.

No solamente es necesario seguir avanzando en esta dirección, sino que además es importante complejizar tanto la regulación como los términos de cumplimiento de la normativa, hoy sostenida en gran medida en la autodeclaración y expresada en muchas ocasiones en términos ambiguos y no estandarizados, que dificultan comprender la naturaleza de lo declarado. Sin la debida fiscalización, la normativa se transforma en letra muerta, relegada a una formalidad que, en vez de aportar transparencia respecto a la campaña política, solamente genera más dudas.

En ninguna circunstancia se trata de desconocer el desafío que significa fiscalizar la propaganda en redes sociales, donde por una fracción del costo del avisaje en los medios tradicionales se pueden realizar múltiples publicaciones de campaña.Frente a una tarea de esta envergadura, mayor colaboración entre entidades estatales, sociedad civil y los privados que administran las plataformas se vuelve un imperativo.

Una cuestión relevante de destacar de la experiencia de realizar el proyecto PubliElectoral es la disposición que los distintos actores tuvieron al diálogo. Y, sin embargo, las instancias de conversación triestamental —si las hubo— fueron mínimas, menguando el potencial que podría tener la colaboración.

Un botón de muestra: en agosto de 2020 Facebook anunció la implementación de su biblioteca de anuncios políticos en varios países latinoamericanos, incluyendo Chile. Se trata de una herramienta fantástica para recabar datos respecto a las campañas políticas, pero que es sumamente engorrosa de consultar, socavando así gran parte de su potencial. Desconociendo el proceso interno a partir del cual se toman las decisiones sobre del modo en que la información es presentada, parece ser un problema de fácil solución, que se beneficiaría enormemente de una conversación con las usuarias finales de la herramienta: las autoridades electorales y las organizaciones civiles o académicas interesadas por realizar fiscalizaciones independientes de los procesos.

Lo mismo es cierto para los esfuerzos que ha realizado la sociedad civil. PubliElectoral demostró ser una herramienta sumamente útil, por ejemplo, para fiscalizar el cumplimiento de los plazos electorales, y estamos seguros de que la autoridad electoral podría beneficiarse muchísimo de una colaboración más estrecha con nosotros y con las otras organizaciones que están aplicando la metodología en otras partes de América Latina.

Creemos que es en la colaboración donde está la clave para poder avanzar en la sofisticación de las perspectivas, las herramientas y la regulación respecto a la publicidad electoral en medios digitales, un problema que solo puede complejizarse en el tiempo y que requiere respuestas ágiles y oportunas. Nuestras puertas están siempre abiertas para contribuir en ese sentido.