Transformaciones y desafíos en los derechos digitales en América Latina: un balance de 2024

En 2024, la intersección entre tecnología y derechos humanos ha cobrado una relevancia sin precedentes en América Latina. En un panorama global que anticipaba decenas de elecciones, pero que está todavía marcado por los horrores del genocidio y la guerra, como también por autoridades locales embelesadas con las promesas por la IA y pugnas políticas globales sobre el futuro de las redes digitales, vale la pena hacer una breve retrospectiva de lo que nos ha tocado enfrentar este año.

Encerrando en la lámpara al genio de la IA

La discusión sobre la regulación de la inteligencia artificial (IA) se intensificó en América Latina en 2024. Diversos países de la región han estado explorando marcos regulatorios para controlar los riesgos de estas tecnologías sin impedir su desarrollo ni excluir a los países de la economía global. El reciente avance en Brasil de un proyecto de larga discusión parece acercar esa regulación a la realidad.

En este contexto, Derechos Digitales ha enfatizado la importancia de poner los derechos humanos en el centro de la regulación y del desarrollo de la inteligencia artificial, destacando la necesidad de una participación ciudadana efectiva en su desarrollo e implementación. También hemos avanzado significativamente en demostrar, a través de la evidencia situada, cuáles son las características de la implementación en la región por entidades públicas, más allá de los compromisos declarados. A pesar de los desafíos, nuestra más reciente edición de Latin America in a Glimpse ofrece una luz de esperanza para un desarrollo comunitario, situado y feminista de estas tecnologías, en lugar de rendirnos a la voluntad de algunos gigantes de la tecnología.

Pactos mundiales, pero sin todo el mundo

El Pacto Digital Mundial (GDC, por sus siglas en inglés) aparecía como uno de los hitos más significativos del año, con una importante búsqueda de incidencia por incontables activistas de todo el mundo, para sumar sus voces a las de los Estados representados en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En los escasos espacios de participación abiertos, Derechos Digitales hizo valer sus expectativas sobre el GDC, enfatizando la necesidad de una perspectiva efectiva de género en el GDC, basada en principios feministas para la inclusión de género, y recomendando un enfoque basado en derechos humanos que considere intersección de género y derechos en áreas clave. No obstante, un resultado decepcionante en esas materias y de muy difícil participación para actores no estatales, nos hace sumarnos a la preocupación global sobre el proceso de implementación, que seguiremos con celo.

Otro proceso preocupante terminó de manera casi trágica: tras más de dos años de negociaciones, la ONU aprobó el texto final de un nuevo tratado internacional para combatir el ciberdelito. Organismos expertos y activistas alrededor del mundo advirtieron por años que el texto contiene falencias importantes que pueden ser utilizadas para validar abusos contra los derechos humanos, incluida la falta de salvaguardas suficientes en materia de protección de derechos frente a la cooperación internacional.

Libertad de expresión, siempre bajo ataque

En un año que vio nuevas preocupaciones no solo por los usuales bloqueos, sino también por la siempre presente violencia contra periodistas y por la posible promulgación de leyes mordaza en distintos países, o el levantamiento de restricciones y cierres contra organizaciones activistas, el uso de internet para la libre expresión parece ser cada vez más un riesgo que una oportunidad.

Independiente de las decisiones de ciertos gobiernos, recientes cambios como la compra de Twitter (ahora X) por un magnate controvertido, han complicado aún más el panorama para el ejercicio de la expresión en plataformas privadas. Así, el bloqueo de lo que era Twitter en Brasil levantó preocupación por el efecto aparentemente desproporcionado, como consecuencia de actos de autoridad legalmente tramitados por la falta de colaboración de la plataforma con procesos judiciales. Eso, sin siquiera discutir la decadencia de una plataforma que sigue siendo relevante para una minoría, y su incapacidad de mantenerse como un espacio seguro.

La arbitrariedad para la censura de contenidos en plataformas digitales quedó además validada en México, por medio de la sentencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación que validó el sistema de notificación y retirada, cuestionado por su facilidad para lesionar derechos humanos en línea en nombre del derecho de autor y sin real efecto sobre la “piratería”.

Tecnologías para la vigilancia: un paso adelante, diez atrás

En 2024, la Corte Interamericana de Derechos Humanos emitió un fallo histórico en el caso presentado por el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo (CAJAR), destacando que las actividades de inteligencia deben respetar la privacidad y la protección de datos personales. Esta decisión expuso la vigilancia sistemática ejercida sobre defensores de derechos humanos en Colombia, incluyendo el monitoreo de comunicaciones privadas, y estableció un precedente crucial para limitar abusos en las tareas de inteligencia en toda la región. Esto es especialmente relevante en un contexto en que los Estados latinoamericanos continúan utilizando herramientas intrusivas, como el software Pegasus, sin mecanismos efectivos de supervisión democrática, a pesar de los aprendizajes de la última década. Aunque el fallo representa un avance normativo, la persistencia de prácticas de espionaje y monitoreo masivo refleja la urgencia de fortalecer marcos regulatorios que protejan los derechos humanos.

Por otra parte, el ciberpatrullaje se ha consolidado en 2024 como una herramienta de vigilancia estatal en América Latina, presentada como un mecanismo para prevenir delitos pero aplicada también como medio para vigilar discursos críticos. Esta práctica, que implica el monitoreo constante de redes sociales y espacios digitales, permite perfilar usuarios, recopilar información personal y observar la actividad de activistas y periodistas sin salvaguardas legales suficientes.

Salir a la calle tampoco nos aleja del peligro. El uso de tecnologías de reconocimiento facial en América Latina ha seguido expandiéndose en 2024, especialmente en espacios abiertos al público como estadios. Si bien estas herramientas se presentan como soluciones para mejorar la seguridad, han sido criticadas por facilitar el control social y la vigilancia masiva. Su implementación ha afectado desproporcionadamente a comunidades vulnerables y restringido libertades fundamentales, como el derecho a la protesta.

Contribuyendo y colaborando

En julio de 2024, Derechos Digitales anunció las organizaciones seleccionadas para participar en el primer ciclo del Fondo para la Promoción de los Derechos Digitales (FDD). Este programa fue diseñado como una herramienta para fortalecer las capacidades de las comunidades en la región, sensibilizándolas sobre la importancia de proteger sus derechos en el entorno digital. A través de este fondo, se busca fomentar el desarrollo de iniciativas locales que promuevan un espacio digital más inclusivo, libre y seguro, donde los derechos fundamentales sean respetados y defendidos.

Este fondo se complementa con el ya consolidado Fondo de Respuesta Rápida de Derechos Digitales (FRR), que en 2024 celebró cinco años de funcionamiento. Desde su creación, este fondo ha permitido canalizar recursos hacia acciones urgentes de defensa de los derechos humanos en el entorno digital, proporcionando respaldo inmediato a comunidades y activistas que enfrentan amenazas o vulneraciones en línea.

Ambos mecanismos, al operar en conjunto, constituyen un esfuerzo integral para fortalecer el ecosistema de defensa de los derechos digitales en América Latina. En total, los fondos administrados por Derechos Digitales completaron un año de impacto significativo, apoyando 29 proyectos distintos distribuidos en 14 países de la región, abarcando una amplia gama de temas. Con este modelo de financiamiento, Derechos Digitales continúa impulsando estrategias de defensa y promoción de los derechos digitales, respondiendo a los desafíos urgentes de la región.

Mirando hacia 2025: desafíos y prioridades para los derechos digitales

A medida que nos acercamos a 2025, el escenario global estará marcado por la implementación de acuerdos clave y el desarrollo de procesos internacionales que definirán el futuro de los derechos digitales. La revisión de los veinte años de la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información (WSIS+20) será un momento decisivo para evaluar los compromisos adoptados hace dos décadas y proyectar un modelo más inclusivo, sostenible y centrado en derechos humanos para el desarrollo digital. Será una oportunidad para insistir en la participación de la sociedad civil y en la necesidad de garantizar la conectividad, sin comprometer libertades esenciales en nombre de la seguridad o el progreso económico.

Al mismo tiempo, se espera que comience la implementación del GDC, en un proceso todavía rodeado de incertidumbres y preocupaciones. La sociedad civil tendrá el desafío de incidir en los mecanismos de seguimiento y aplicación del Pacto, para asegurar que las decisiones adoptadas protejan los derechos humanos y no se conviertan en herramientas de control o exclusión.

En paralelo, tras su adopción, podría iniciarse la implementación del Tratado sobre Cibercrimen, con implicaciones directas en la regulación de la vigilancia estatal, la cooperación judicial y el intercambio de datos. La vigilancia transfronteriza, el acceso a información privada y las obligaciones impuestas a las empresas tecnológicas requerirán un escrutinio constante para asegurar que los esfuerzos por combatir el cibercrimen no se conviertan en justificaciones para expandir la vigilancia masiva

Con un año electoral en varios países de América Latina, 2025 también traerá desafíos para la estabilidad democrática en la región. Las tecnologías digitales jugarán un papel central tanto como herramientas para la participación política como instrumentos para perjudicar al espacio cívico. Nuestra participación en el proyecto Civic DEFENDERS aparece así como una oportunidad para ejercer nuestra misión junto a organizaciones de todo el mundo.

Al final de un nuevo año de intenso activismo, reafirmamos nuestra confianza en la capacidad de la sociedad civil para liderar cambios significativos y sostenibles. La construcción de un futuro digital justo, inclusivo y democrático dependerá de mantener la solidaridad transregional, de amplificar las voces de la Mayoría Global y de asegurar que los derechos humanos estén al centro de cada decisión que impacte a las tecnologías. Desde Derechos Digitales, seguimos comprometidas a trabajar para ese futuro.

Cosechar Energía Solar para la Resiliencia Digital

La crisis energética de Ecuador

Ecuador atraviesa la mayor crisis energética que se tenga memoria. En octubre de 2023 empezamos con apagones de 3 a 4 horas, que en su momento parecía un montón. Nunca imaginamos que un año después llegarían a durar 14 horas, en mi caso eso significó tener 3 horas de energía al día. Una amiga venezolana me contó que en su país ya no cuentan los apagones, sino los “alumbrones”.

Durante estos meses aprendí que no se puede pensar en resiliencia digital sin pensar en electricidad. Pasé varias semanas que se sentían como meses buscando la forma de trabajar. Intenté con UPS, ir a trabajar en cafeterías o incluso utilizar el plan de datos para conectarme a internet. Fue tal la crisis que después de dos horas de apagón ya no funcionaba ni la telefonía ni el internet móvil. Nos desconectamos de la electricidad, pero también de las comunicaciones.

Ecuador es un país privilegiado con muchas fuentes de aguas en las montañas que descienden hacia el Océano Pacífico y la Amazonía. Esto lo ha convertido en un país ideal para aprovechar la energía hidroeléctrica. También contamos con un parque de centrales termoeléctricas que están pensadas para cuidar el agua en tiempos de sequías. Las mismas estaban sin mantenimiento y ha costado mucho ponerlas a funcionar.

Si bien mi situación era complicada, seguramente no era nada comparado a alguien que vende helados, alimentos refrigerados o las industrias que dependen del suministro eléctrico. Cada vez más en las calles de las ciudades se escuchaba el sonido a generador eléctrico con olor a combustible quemado.

Mientras esto sucedía, yo participaba de una discusión interesante en X sobre energía solar liderada por Edgar Landivar. Él fue mi pionero del desarrollo de software libre en el país, diseñó respiradores de hardware abierto durante la pandemia y ahora fomenta el uso de energía solar. También fue mi primer jefe y un viejo amigo. Él nos contaba sobre el uso de paneles solares y baterías para sobrevivir a los apagones, además de la generación comunitaria que el país podía utilizar para afrontar la crisis de una manera descentralizada y amigable con el medio ambiente.

Busqué soluciones de energía solar para mi casa que, si bien son costosas, son mucho más accesibles de lo que me imaginaba. Intenté encontrar alguien que venda e implemente una solución en poco tiempo pero la demanda saturaba a la oferta y yo pasaría semanas o meses sin una solución hasta que descubrí los generadores solares.

Los generadores solares

Los generadores solares consisten en una estación de carga (powerstation en inglés) y uno o varios paneles solares. La estación de carga tiene baterías para almacenar electricidad, un inversor para convertir la energía directa en alterna que es lo que usamos en nuestras casas. Las baterías se pueden cargar desde la energía de la empresa eléctrica, en el encendedor del automóvil o a través de paneles solares.

Cuando llegó mi generador solar rápidamente la angustia se convirtió en curiosidad. A diferencia del UPS, la estación de carga me da un estimado de tiempo de duración según los dispositivos que están conectados. También me cuenta cuántos watts estoy consumiendo y según eso puedo decidir si desconecto dispositivos para soportar las horas de apagón. Además mi generador permite cargar mientras se usa y de esta manera pude trabajar incluso con apagones no programados que llegaron a ser de 8 horas.

Mi relación con la electricidad cambió desde entonces. Siento que utilizo los paneles solares para cosechar rayos solares que se almacenan como electricidad en mi estación de carga. A diferencia de los generadores a combustión, los rayos del sol no cuestan, no hacen ruido y no emiten gases. Ese mismo sol que se siente tan intenso en épocas de sequía, nos está regalando electricidad y somos muy pocas las personas que la aprovechamos.

El país de las montañas, agua y sol radiante

Si bien mi solución me salvó y pude trabajar con calma otra vez, no es una solución definitiva. De hecho mi generador solar está diseñado para acampar, pero en Ecuador sirve para mucho más, nos da la posibilidad de generar electricidad propia y tener autonomía, poder trabajar incluso si el Estado nos falló.

Una solución solar definitiva tendría que funcionar con una solución fija de paneles solares de mayor capacidad, un inversor que convierta la energía directa en alterna y un banco de baterías para sobrevivir a los apagones. Podría tener el sistema conectado a la red eléctrica de mi casa, encender, focos, prender la refrigeradora, tener internet y algunas otras necesidades básicas o no tan básicas.

Este tipo de sistema se lo conoce como desconectado de la red (off-grid en inglés) y me permite funcionar independientemente con o sin apagones. Dentro de este sistema lo más costoso son las baterías, pero son las que me permiten funcionar al momento del apagón. Con un sistema así puedo aprovechar la energía eléctrica incluso cuando no hay apagón. De esta manera estaría contribuyendo con mis gotitas de agua en los embalses de las hidróelectricas para que otras personas la puedan usar.

Por otro lado, los sistemas conectados a la red (on-grid en inglés) permiten inyectar el excedente de generación solar a la red pública. Si la gente instala paneles solares, esta energía se produce durante el día y probablemente la mayoría de personas en ese momento no se encuentran en casa. Entonces se puede solicitar a la empresa eléctrica un medidor bidireccional. El consumo de la noche o de los días muy nublados se compra a la empresa eléctrica, el excedente que se genera durante el día se lo entrega a la empresa eléctrica y el medidor lo va descontando del valor a pagar a fin de mes.

Esta solución tiene como ventaja que dejaríamos de utilizar la energía durante el día porque la generamos con el sol y además se contribuye con el excedente para que otra gente lo use a través de la empresa eléctrica. Alguien que tiene un sistema de este tipo, no solo guarda sus gotitas en los embalses, también contribuye para que otra gente no tenga que utilizar energía hidroeléctrica durante el día.

Es además una solución distribuida que hace que el país pueda ser más resiliente a crisis energéticas. Podríamos funcionar con energía solar en el día e hidroeléctricas en la noche. Seguro necesitaríamos algunas plantas térmicas o de otro tipo, pero estaríamos en una mejor situación.

Los sistemas solares conectados a la red tienen el problema que se deben desconectar cuando suceden apagones. Las personas que dependemos mucho de electricidad podemos considerar invertir en baterías y tener un sistema híbrido que nos permita resistir a los apagones y contribuir con electricidad al resto.

En varios países de Europa y en varios estados de Estados Unidos el gobierno ha dado incentivos para que la gente contribuya con energía solar. Lamentablemente en Ecuador solo se dieron incentivos claros para comprar generadores eléctricos a combustión. Se ha invertido cientos de millones de dólares en energía térmica y en algunos casos no se sabe si esta funcionaría. Estamos pronto a tener elecciones, esperemos que las y los candidatos hablen de energía solar y energías limpias en sus planes de trabajo.

Regulación de la IA en Brasil: media sanción para un proyecto de ley que seguirá en discusión

El Senado de Brasil dio media sanción, el pasado martes 10 de diciembre, a un proyecto de ley para regulación de la Inteligencia Artificial. Se trata del PL 2.338/23, que tiene por objetivo establecer normas generales para la “gobernanza responsable” de sistemas de Inteligencia Artificial (IA). Se trata de un proyecto que, de ser finalmente aprobado por ambas cámaras, puede sentar un antecedente determinante para la regulación de IA en otros países de la región.

Este proyecto adopta un sistema de riesgos inspirado, en parte, en la reciente Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea. El proyecto fue acordado tras un extenso proceso de debates bicamerales donde la presencia y aportes de la academia, el sector privado y la sociedad civil fue clave. 

Sin ser ley aún, el caso brasileño merece ser observado de cerca en el resto de la región, en especial de cara a la influencia excesiva que ciertos actores -como el sector de las Big Tech- tuvo al modular ciertos derechos y medidas de protección de derechos que perdieron potencia en el texto aprobado en el Senado.

Pese a todo, esta media sanción es oportuna para repasar cómo fue el proceso de construcción de este proyecto que será ley, y rescatar algunas críticas emitidas desde la sociedad civil.

¿Cómo se llegó hasta aquí?

La media sanción de este proyecto de ley marca el cierre de un proceso que se extendió por casi tres años, iniciado en febrero de 2022 con la creación de la Comisión Especial para la Regulación de la IA (CJSUBIA) por parte de la presidencia del Senado. Esta comisión trabajó durante todo 2022 y emitió un dictamen basado principalmente en el proyecto de ley 2.338/23, que sirvió como insumo clave para la versión final.

En agosto de 2023, se creó la Comisión Temporal Interna sobre la IA (CTIA), donde representantes del Senado debatieron el proyecto, presentaron enmiendas y lograron consolidar una versión final. Este texto fue llevado a la sesión plenaria de la cámara alta el martes 10 de diciembre, donde fue aprobado con media sanción tras un debate que duró apenas dos horas.

Desde Derechos Digitales seguimos este proceso desde la creación del proyecto de ley unificado, en la CJSUBIA, donde presentamos nuestros aportes en audiencias públicas, en mayo de 2022. En el marco de dicho proceso generamos un análisis detallado sobre la composición sectorial, no sólo de las audiencias, sino de todos los espacios de participación de esa comisión, y detectamos una amplia representación del sector privado en todos los espacios, sea tanto a partir de los aportes enviados directamente por representantes de las empresas, como a través de las cámaras y asociaciones que las aglutinan. Si tomamos todas las participaciones como un conjunto, 31% correspondieron al sector privado, mientras que la sociedad civil apenas estuvo representada en el 19% del total. La academia fue otro de los espacios de mayor participación, con cerca del 26% del total.

Este hallazgo fue confirmado, por su cuenta, por el medio Intercept Brasil que en un reporte reciente visibilizó la desproporcionada presencia de representantes de empresas de tecnología en las listas de oradores que participaron de las audiencias de la CTIA y que asistieron “camuflados” como parte de otros sectores que no representaban esas afiliaciones. Esto pone en evidencia los esfuerzos realizados por las empresas de tecnología para influir en el desarrollo del debate de una ley crítica que sentará un antecedente determinante para otras discusiones existentes en la región, un factor que fue denunciado desde distintos espacios, no solo en cuanto al lobby poco transparente, sino también en cuanto a su incidencia intensa para dilatar la votación en el legislativo

Un vistazo a lo que sabemos que se aprobó hasta ahora 

  • Lo bueno: un modelo de gobernanza que promete

Uno de los puntos de mayor resistencia fue la propuesta de creación de una autoridad única para la IA, punto que fue finalmente eliminado del proyecto aprobado en el Senado. En su lugar, esta nueva versión establece la creación del Sistema Nacional de Regulación y Gobernanza de la Inteligencia Artificial (SIA), compuesto por múltiples dependencias de la administración pública en materia de protección de datos y organismos de regulación sectorial, siendo su coordinadora la Agencia Nacional de Protección de Datos (ANPD) de Brasil (Cap IX). 

El SIA tendría la responsabilidad de generar nuevos criterios para la clasificación de un sistema de IA como de alto riesgo (art. 15), lo novedoso es cómo, en el marco de ese trabajo, dicha autoridad deberá garantizar un proceso de participación social así como efectuar análisis previos de impacto normativo (art. 16).

Este sistema de gobernanza puede tener un rol central en la protección de derechos en tanto que, por una parte, desconcentra el rol regulatorio de una tecnología en desarrollo en distintas entidades públicas preexistentes, así como por otro lado supone el fortalecimiento de entidades como la ANPD para robustecer su papel en materia de protección de datos aplicable a los sistemas de IA.

  • Lo regular: evaluaciones de riesgos “voluntarias”

Una de las principales modificaciones en la última versión del texto es la decisión de que la “evaluación preliminar”, es decir, una autoevaluación emprendida por los “agentes de IA” –quienes desarrollan, proveen o adquieren este tipo de sistemas–, previo al despliegue de sus tecnologías de IA en el mercado, será opcional para la mayoría de los sistemas de IA, excepto los sistemas de IA generativa y de propósito general, para los que la evaluación preliminar sí será obligatoria. 

Esta autoevaluación debería apuntar a determinar el nivel de riesgo que representa el sistema de IA de cara a la protección de la seguridad de la información, la transparencia y la ética en su funcionamiento, entre otros (art. 12). Para promover su adopción por el ecosistema de la IA, el proyecto propone un incentivo para que, quienes lo realicen, puedan obtener beneficios en el caso de recibir sanciones administrativas (art. 12, núm. 1). Habrá que ver si el incentivo es suficiente para volver una medida voluntaria en una práctica corriente en el ecosistema de la IA.

  • Lo malo: derechos de las personas trabajadoras y derechos de autor debilitados

Los derechos de las personas trabajadoras de plataformas mediadas por algoritmos quedaron mermados luego de sucesivas enmiendas al texto aprobado en el Senado. El Consejo Nacional de Derechos Humanos de Brasil (CNDH) recomendó (i) que se incluyera como sistemas de IA de alto riesgo a los que distribuyen tareas y evalúan el comportamiento de los trabajadores y trabajadoras, (ii) retomar disposiciones que fomenten la creación y valoración de empleos, la capacitación continua de trabajadores y trabajadoras y (iii) la necesidad de desarrollar evaluaciones de impacto algorítmico. 

Algo de esto se incluyó, pero no todo. Por ejemplo, el art. 14 inciso III reconoce que los mecanismos de “reclutamiento, selección, filtrado, evaluación de candidatos, toma de decisiones sobre promociones o finalización de relaciones laborales, evaluación del desempeño y comportamiento de las personas afectadas en los ámbitos de empleo, gestión de trabajadores y acceso al empleo por cuenta propia” sí son sistemas de IA de alto riesgo. Y en lo relativo a los derechos laborales, se menciona la importancia de la capacitación y fomento del empleo, pero el proyecto al día de hoy no fija garantías de supervisión humana y protección y estabilidad reforzada frente a eventuales despidos motivados por la adopción de la IA en el mundo del trabajo, tal y como había sido pedido por la CNDH.

Respecto de los derechos de autor, hubo una tensión entre los reclamos impulsados principalmente por agrupaciones de artistas y las empresas tecnológicas. El conflicto se centró, principalmente, en las disposiciones del artículo 65 enfocado en la remuneración de los titulares del derecho de autor en los casos en que las empresas que desarrollen sistemas de IA utilicen contenidos que están protegidos.

Los grandes centros de datos –que tienen la materia prima para el desarrollo de sistemas de IA- pedían por su cuenta la eliminación de la remuneración en tanto que desviará recursos esenciales para el desarrollo de otros centros de datos y la inversión tecnológica en el país. Sin embargo, el artículo 65 aprobado en el Senado es un victoria a medias, pues si bien reconoce el derecho a la remuneración, pese a las objeciones del sector privado, dicho pago beneficiará en buena medida a los titulares de los derechos de autor que “tengan condiciones efectivas de negociar”, lo que beneficiará en la práctica a las grandes empresas titulares de los derechos de autor –como grandes editoriales, o empresas discográficas- más que a los titulares de pequeño tamaño y sin músculo para negociar.

Un proyecto que avanza; próximos pasos 

Durante la votación en sesión plenaria, representantes del Senado tuvieron espacio para generar declaraciones acerca del proceso y de la importancia que implica contar con una regulación sobre Inteligencia Artificial. Esta media sanción fue celebrada, por ejemplo, por la Coalición de Derechos en la Red, una agrupación que nuclea más de 50 organizaciones de activistas por los derechos digitales.

 Si bien manifestaron sus preocupaciones frente a algunos puntos, la Coalición consideró esta aprobación como una victoria “frente al lobby de las empresas de tecnología, la industria y la extrema derecha”. Por su parte, la organización Data Privacy Brasil aseguró que la sesión del Pleno del Senado “se caracterizó por la madurez democrática y la construcción de consensos para la aprobación de la legislación”.

Si bien el proyecto plantea algunos interrogantes a futuro, especialmente frente a la merma de ciertos derechos como los de las personas trabajadoras y los de las y los creadores y artistas, su media sanción da lugar a la continuidad en el debate sobre cómo regular la IA en América Latina atendiendo las visiones y necesidades del contexto local. 

En 2025 el proyecto será debatido en la Cámara de Diputados, por lo que esperamos que entonces las victorias reconocidas no sean echadas atrás, y se aproveche esa última oportunidad para desarrollar garantías asociadas a la protección del medio ambiente en tanto que la IA es una tecnología sedienta y demandante en materia de consumo eléctrico, así como la recuperación de las protecciones para los trabajadores y trabajadoras que fueron advertidas por la CNDH. 

Autonomía bajo control: la paradoja de la flexibilidad en el trabajo digital

La Secretaría del Trabajo de México, tras dialogar con más de 30 plataformas digitales, propuso reformar la Ley Federal del Trabajo para incluir un capítulo específico sobre las condiciones laborales en apps como Uber, Didi y Rappi. Esta reforma, inspirada en regulaciones recientes en España y Chile, busca cerrar las brechas digitales y sociales que afectan a millones de personas trabajadoras. Además, luego de que el gobierno español aplicara sucesivas multas a Glovo por el incumplimiento de la Ley Rider, la compañía decidió contratar a los repartidores. Estas iniciativas no son siempre bienvenidas entre las personas que trabajan en estas apps, lo cual lleva a preguntarnos: ¿Podemos imaginar regulaciones del trabajo digital que respeten los derechos laborales y a la vez incluyan las  necesidades de las personas  trabajadoras? 

Un contexto de desigualdad y precariedad

En América Latina, las desigualdades estructurales generan la base de la precariedad en el trabajo digital. Las brechas digitales, caracterizadas por el acceso desigual a tecnología y educación digital, excluyen a los sectores más marginados,  creando una división entre quienes pueden beneficiarse de la economía digital y quienes la experimentan desde la vulnerabilidad. 

Ante este contexto, las plataformas de trabajo localizado se presentan como una alternativa de generación de ingresos rápida y simple. Sin embargo, operan mayoritariamente sin marcos regulatorios claros, lo que deja a las personas sin acceso a protección social ni prestaciones básicas.  Estas personas deben cubrir los costos de operación y mantenimiento de sus herramientas de trabajo, pero esto no siempre es retribuido con ingresos estables. Las plataformas no solo no proveen cobertura ante accidentes y enfermedades, sino que también tienen poder unilateral de suspender o incluso bloquear a estas personas, impidiéndoles trabajar. Estas decisiones pueden estar asociadas a falta de cumplimiento de ciertas métricas, como la aceptación de cierta cantidad de pedidos o viajes. Esto demuestra un claro  desbalance que desdibuja el límite entre el servicio autónomo y la subordinación laboral.

Este panorama nos lleva a hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué entonces la regulación no es bienvenida entre las propias personas que trabajan con estas apps? La dicotomía entre el trabajo flexible y la relación de dependencia lleva a pensar que una regulación eliminaría los principales atractivos de este trabajo, como la flexibilidad. Es importante destacar que si bien muchas personas utilizan estas apps como forma para generar ingresos extra, muchas dependen de ellas como su única fuente de ingresos, lo cual puede implicar jornadas laborales muy largas debido a que no todo el tiempo de logueo es remunerado. Según los reportes de Fairwork, que evalúan la remuneración horaria por estos trabajos, el índice de pago decente aún es muy bajo, no solo a nivel regional sino también global. Esto es especialmente grave cuando consideramos que en algunos países, por ejemplo en Argentina, se han evidenciado más de un 50% de repartidores y conductores encuestados con carga horaria semanal superior a las 45 horas. Si estos casos no cuentan con prestaciones sociales básicas, estamos hablando de vulnerabilidad laboral.

Estas problemáticas dan cuenta de la necesidad urgente de avanzar hacia marcos regulatorios que protejan a las  personas trabajadoras de plataformas y aseguren condiciones laborales dignas. No obstante, algunos países de la región han comenzado a implementar normativas en este sentido. A continuación haremos un breve diagnóstico.

Avances normativos

La región latinoamericana cuenta con distintas iniciativas y abordajes respecto a  la regulación. En Argentina, Brasil y Uruguay, el debate se centra en el reconocimiento de la relación laboral, mientras que en Costa Rica y Colombia los proyectos de ley buscan establecer contribuciones a la salud y seguridad social. Luego pueden mencionarse algunas iniciativas para las plataformas de transporte de pasajeros, como los casos de Ecuador y Bolivia, donde estas funcionan bajo un modelo de licencias de operación que permite cierta supervisión gubernamental. De todas formas, aún la mayoría de los países de la región se caracterizan por la ausencia de normativas o iniciativas vigentes en la temática. Buena parte de esta información se puede encontrar en WageIndicator, un portal que centraliza las novedades regulatorias de este tipo a nivel global.

Frente a tal escenario, sumada la presión social por mejores condiciones de trabajo, Chile ha dado un paso significativo con la Ley Nº 21.431. Implementada en 2022, esta ley reconoce derechos como la sindicalización, seguro de accidentes y el acceso a seguridad social, preservando la flexibilidad horaria. Sin embargo, según la última evaluación realizada por Fairwork en Chile, la regulación no siempre resulta efectiva. En muchos casos, las propias personas trabajadoras desconocen los derechos que les corresponden bajo estas nuevas leyes, lo que limita su capacidad para exigirlos. Asimismo, un relevamiento realizado por la OIT en Chile demuestra que el 60% de los trabajadores de plataforma continúan ejerciendo sus tareas en condiciones de informalidad. 

La combinación entre el vacío normativo y la falta de información sobre los derechos fundamentales en el ámbito laboral genera que las plataformas impongan sus propias condiciones. Fue así como en España las plataformas de reparto no respetaban las condiciones establecidas por la Ley Rider, pero luego de que el gobierno aplicara múltiples sanciones, las compañías decidieron acatar la iniciativa adoptando un modelo de contrato laboral

Las regulaciones buscan establecer límites y protecciones mínimas, que permitan a los trabajadores acceder a derechos esenciales, sin necesariamente eliminar la flexibilidad que caracteriza a estos empleos. El caso mexicano presenta una propuesta interesante debido al reconocimiento de la subordinación discontinua, permitiendo a los trabajadores conservar la flexibilidad en sus horarios, pero asegurando que el tiempo efectivamente trabajado sea respaldado mediante el otorgamiento del derecho a prestaciones sociales y la desconexión laboral. Asimismo, pretende implementar mecanismos de transparencia en los algoritmos que asignan tareas, y una perspectiva de género que aborda casos de acoso y hostigamiento.

Sin embargo, la regulación no debería entenderse como punto de llegada sino como punto de partida. Resulta indispensable que estos esfuerzos incluyan campañas de concientización a nivel regional, que informen a las personas trabajadoras sobre sus derechos, los puntos donde son vulnerados y las herramientas para hacer frente. Estas iniciativas deben asegurar que los algoritmos utilizados por las plataformas respeten la dignidad y los derechos laborales, y que existan mecanismos para supervisar, auditar y regular el uso de los datos.

El camino hacia un entorno digital más equitativo en la región requerirá esfuerzos coordinados y sostenidos que involucren a gobiernos, organizaciones de la sociedad civil, sindicatos y empresas, con el fin de garantizar que la digitalización sea una herramienta para la justicia y la inclusión, y no un reproductor de desigualdades.

Entre acrobacias burocráticas, retos y oportunidades de la sociedad civil latinoamericana

El Sector de Normalización de la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT-T) es un espacio donde se definen el rumbo de estándares técnicos que habilitan por ejemplo el funcionamiento de los dispositivos que usamos a diario. ¿Estándares técnicos? Un buen ejemplo es el protocolo «https» que ves en la dirección web de esta página, o las tecnologías 4G y 5G de tu red móvil. Estos se basan en estándares técnicos que, dependiendo de su diseño e implementación, pueden facilitar o dificultar el ejercicio de derechos humanos, como la privacidad y la protección de los datos personales. La UIT-T ha mostrado una cultura operativa cerrada por diseño a organizaciones de la sociedad civil, relegando como consecuencia a un segundo plano las consideraciones sobre derechos en sus discusiones.

Como hemos mostrado en otras publicaciones, en el proceso actual de estandarización de la UIT-T sólo los Estados Miembros tienen voto y predomina la influencia de las grandes empresas de telecomunicaciones. En consecuencia, las discusiones se enfocan en aspectos técnicos sin otorgar la atención adecuada a cuestiones de derechos humanos. Bajo estas condiciones, las organizaciones de la sociedad civil se enfrentan a acrobacias burocráticas y procesos costosos para sumar su voz, sin voto en la elaboración de estándares técnicos. En nuestra próxima publicación, señalamos la necesidad de repensar la cultura de operación de la UIT-T para integrar las experiencias locales de agentes no gubernamentales en materia de derechos humanos.

Relación entre estándares técnicos y derechos humanos.

La entrada tardía de consideraciones sobre derechos al establecimiento de estándares técnicos puede contribuir a vulnerar la privacidad y la libertad de expresión de las personas usuarias. Instancias como la Relatoría de Libertad de Expresión de Naciones Unidas reconocen que las normas técnicas repercuten en los derechos humanos dependiendo de cómo se diseñen, apliquen e interoperabilicen. Asimismo, pueden influir en el acceso a los derechos económicos, sociales y culturales. Esto cobra especial relevancia en los países del Sur Global, donde existen desprotecciones históricas en materia de derechos y los impactos de las tecnologías digitales son diferenciados.  En contraste, cuando el consenso técnico sobre estándares incluye desde etapas tempranas perspectivas de derechos humanos, se contribuye a características fundamentales de los sistemas de información, como la seguridad por diseño, que garantiza en todo momento la protección de los datos de las personas. Siendo así, afirmamos la importancia de que la sociedad civil latinoamericana haga seguimiento de los estándares técnicos, evaluando su impacto práctico en los derechos humanos y avanzando hacia marcos más accesibles, seguros, inclusivos y sostenibles.

Deuda con la perspectiva de género e interseccional.

No sólo hay vacíos desde una perspectiva de derechos, los organismos de normalización y la comunidad técnica en general también registran una deuda estructural con la perspectiva de género e interseccional. En el caso de la UIT-T, por un lado, a pesar de la conformación de redes y grupos que fomentan la participación de las mujeres en las actividades de normalización, aún se registra una brecha de género en el desarrollo de foros y asambleas donde discuten normas técnicas; de hecho “en 2022 y 2023, las mujeres representaban el 27% de los participantes en las comisiones de estudio”. Por otro lado, sostenemos que los estándares técnicos tienen consecuencias diferenciadas en la población; siendo fundamental mostrar cómo las niñas, mujeres y la comunidad LGBTQIA+ experimentan, se ven afectadas y retroalimentan los estándares establecidos en la UIT-T. 

Oportunidades de participación según los procesos institucionales UIT-T.

Hay un abanico de posibilidades, cada una con ventajas y desventajas, para que la sociedad civil latinoamericana incida en la UIT-T a través de vías institucionales. Una de las principales es la membresía, que se obtiene a través del pago de una categoría (miembro de sector, asociado o academia) que otorga beneficios y derechos de acceso a los grupos de estudio, documentos de trabajo, reuniones y actividades. De otra parte, algunos Grupos de Trabajo del Consejo de la UIT (CWGs por su sigla en inglés) desarrollan procesos de consulta abierta y pública donde la sociedad civil puede aportar sus conocimientos especializados en derechos digitales. También, organizaciones con experiencia en la UIT-T señalan que una de las formas más efectivas para que la sociedad civil participe es integrándose en las delegaciones de los Estados Miembros, reduciendo costos y complementando experticias. Asimismo, recomendamos la participación en los foros regionales preparatorios y grupos de estudio con miras a espacios de alto nivel como la Asamblea Mundial de Normalización de las Telecomunicaciones (AMNT), que se celebra cada 4 años. La edición más reciente se celebró en octubre de 2024. En la AMNT se definen las prioridades para la labor de estandarización de la UIT-T.  

Retos para la participación de la sociedad civil Latinoamericana.

Las oportunidades de participación aludidas presentan limitaciones específicas para la sociedad civil en América Latina. Primero, a los costos de la membresía se suman los gastos de viaje, visados y el dominio del inglés (lengua que predomina en los debates de alto nivel), elementos a evaluar para determinar si la participación es realmente factible. Cabe mencionar que la UIT-T permite la exención del pago de la membresía bajo condiciones específicas que, en lugar de ofrecer oportunidades, generan desafíos para la participación significativa de la sociedad civil. Por ejemplo, se exige que las organizaciones solicitantes operen en más de un Estado Miembro. Segundo, para participar de las consultas abiertas, los foros regionales y grupos de estudio es necesario contar con un equipo técnico capacitado para influir en la revisión de estándares técnicos, pues el lenguaje de estos no está diseñado desde una perspectiva de derechos humanos ni está orientado a defensores de los mismos. Tercero, ser parte de la delegación de un Estado Miembro implica ser aceptado por este, construir relaciones de confianza y compartir posiciones oficiales, limitando las posibilidades de participación según los espacios de incidencia de las organizaciones de la sociedad civil. Cuarto, la inestabilidad en la financiación y asignación de recursos de la sociedad civil del Sur Global compromete su participación continua y su capacidad de legitimidad en las reuniones de la UIT-T.

Recomendaciones para una incidencia significativa desde acciones locales.

La sociedad civil Latinoamericana produce evidencia crucial sobre las implicaciones reales de las normas técnicas, mostrando cómo los distintos grupos sociales experimentan y se ven afectados por los estándares establecidos en la UIT-T, lo que subraya la necesidad de su participación significativa y continua. Con nuestro policy brief, buscamos contribuir a la creación de estrategias internas de incidencia a través de vías paralelas a los procesos institucionales, por ejemplo:  monitorear de forma organizada las Resoluciones más relevantes para los derechos digitales, o identificar y priorizar los derechos humanos a defender mediante redes locales y regionales de incidencia, en función de estándares específicos.

Violencia digital: Respuestas feministas para resistir y transformar 

Columna publicada en el medio de comunicación La Tercera

El 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, nos invita a reflexionar sobre la persistencia de la violencia de género y la urgencia de combatir todas sus formas, incluidas aquellas facilitadas por las tecnologías. Abordar esta problemática requiere acciones multifacéticas: que los Estados pongan los derechos humanos en el centro de sus políticas, que las empresas asuman sus responsabilidades y que se impulsen acciones de concientización en la vida cotidiana.

La violencia de género facilitada por la tecnología es cada vez más frecuente, atravesando fronteras y afectando directamente la vida de las mujeres, invadiendo sus hogares, sus espacios personales y profesionales. Lo que comienza en línea puede tener consecuencias graves,incluso fatales, en el mundo real.

En otras palabras, las prácticas de violencia digital tienen repercusiones que van más allá del entorno en línea, generando serias amenazas a la seguridad y la integridad física de mujeres y personas LGBTQIA+. La violencia digital provoca daños psicológicos, afecta las relaciones sociales, fomenta la violencia sexual y física, y en casos extremos puede derivar en feminicidios. Además, actúa como una forma de censura al producir un efecto paralizante (chilling effect), que impacta tanto a nivel individual como colectivo, con consecuencias negativas para el debate público, un pilar fundamental en las sociedades democráticas.

Dubravka Šimonović, ex Relatora Especial de la ONU sobre la violencia contra la mujer, ha enfatizado que estas manifestaciones modernas de violencia deben comprenderse como parte de un continuo de la violencia de género, que no solo se reproduce sino que se amplifica en el ámbito digital.

Frente a este escenario, organizaciones y activistas feministas han asumido un rol protagónico, liderando esfuerzos para transformar sistemas y apoyar a víctimas y sobrevivientes.Un ejemplo de ello es el reciente informe de la ONG Derechos Digitales, Líneas de ayuda para casos de violencia de género digital, que documenta el trabajo de tres líneas de ayuda en seguridad digital en América Latina: el Centro S.O.S Digital de Fundación InternetBolivia.org en Bolivia, Maria d’Ajuda de Marialab en Brasil, y Navegando Libres por la Red de Taller Comunicación Mujer en Ecuador. 

Estas iniciativas no solo brindan acompañamiento y respuesta en casos de violencia de género digital, sino que también se consolidan como espacios colectivos feministas para apoyar a mujeres y personas LGBTQIA+ que sufren violencia digital. En un ámbito de activismo en seguridad digital históricamente dominado por hombres, estas líneas de ayuda destacan por ser lideradas y operadas principalmente por mujeres y personas LGBTQIA+, actuando desde una perspectiva feminista e interseccional.

El acompañamiento que ofrecen estas líneas tiene un objetivo fundamental: fortalecer las respuestas tecnológicas, psicológicas o legales de las víctimas y sobrevivientes frente a las agresiones digitales. Sin embargo, este trabajo va más allá de la atención directa. También permite analizar patrones, identificar causas estructurales y visibilizar las diversas formas en que la violencia de género digital se manifiesta en distintos territorios.

A pesar de estos avances, el desafío sigue siendo enorme. Combatir la violencia de género digital requiere prevención efectiva, desde la educación digital hasta políticas públicas con un enfoque de género interseccionalidad. Además, se necesita una colaboración real entre Estados, sociedad civil y empresas, acompañada de marcos legales sólidos y programas de apoyo que garanticen una protección integral para las víctimas.

La deuda que nuestras sociedades tienen con las mujeres no puede esperar más. Es tiempo de asegurar que el entorno digital sea un espacio seguro, libre y equitativo para todas. En esta lucha, el feminismo nos recuerda que cada paso hacia la justicia no solo resiste, sino que también transforma. Y ese es el poder que nos impulsa a seguir.

Mecanismos Nacionales de Derechos Humanos: mucho por hacer

El pasado 13 de noviembre participamos, como parte del Colectivo EPU América del Sur, de una audiencia regional ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en el marco del 191 período de sesiones la cual se enfocó en los Mecanismos Nacionales de Implementación y Seguimiento de Derechos Humanos, o NMIRFs por sus siglas en inglés.

Dichos mecanismos son engranajes complejos dedicados a identificar el nivel de protección y satisfacción de los derechos en los países, y son fundamentales en el ecosistema de derechos humanos tanto a nivel nacional como internacional.

Su funcionamiento adecuado permite documentar, informar y medir el nivel de protección de los derechos, así como dar seguimiento a las recomendaciones de organismos internacionales como CIDH, pero también el Examen Periódico Universal (EPU) de la ONU, entre otros. Los NMIRFs no sólo supervisan el cumplimiento de derechos, sino que también reportan el estado de las recomendaciones emitidas por dichos organismos especializados.

Desafíos en la Implementación de los NMIRFs en América Latina

La existencia y el funcionamiento de estos mecanismos es aún incipiente en América Latina, a pesar de su rol crucial. En un estudio reciente publicado por el Colectivo EPU América del Sur, se detalla que los países de América del Sur están lejos del estándar deseado, es decir, de NMIRFs que sean autónomos, independientes, con capacidades presupuestarias y humanas para cumplir su función, y con apertura para la participación de la sociedad civil.

Por ejemplo, Bolivia es un país en donde el Mecanismo Nacional se denomina “Sistema Plurinacional de Seguimiento, Monitoreo y Estadísticas de Recomendaciones sobre Derechos Humanos”, o SIPLUS. Fue creado en 2016, pero a la fecha ni el mecanismo ni su sitio web se encuentran operativos o funcionales. Y desde su creación, la participación de la sociedad civil no ha sido reconocida ni viabilizada. 

En otros países como Venezuela o Colombia, no existe la figura del NMIRF, y el gobierno de Brasil prometió hacer lanzamiento de su Mecanismo Nacional tan solo en mayo de 2026. Por su parte, en países donde el NMIRF en efecto opera –como en Perú y Paraguay -, dicho organismo depende del Poder Ejecutivo, lo que pone en entredicho su independencia técnica y administrativa.

El estudio del Colectivo EPU, que fue presentado en la audiencia ante la CIDH, afirma que sin autonomía ni independencia de los NMIRFs es difícil construir una visión alternativa sobre el desempeño de los Estados en cuanto a la protección de derechos. En la audiencia reiteramos que la participación de la sociedad civil es crucial en este sentido, en tanto puede conducir a un diagnóstico más informado y completo sobre el estado de los derechos humanos en un país determinado.

Ahora bien, el pedido de fortalecer los NMIRFs en la región también ha provenido tanto de la ONU –en diversas resoluciones- como de la propia CIDH que reiteran la necesidad de que los Estados los establezcan y fortalezcan.

En concreto, la resolución más reciente del Consejo de Derechos Humanos, señala que los NMIRFs a nivel nacional facilitarían a los Estados la presentación de sus informes ante los diversos mecanismos de tratados ante las Naciones Unidas, articularían los procesos de cooperación internacional de manera más contundente, y que su funcionamiento avanzaría en la institucionalización de los derechos humanos a nivel nacional y regional en tanto que articularían de manera más orgánica la creación de políticas públicas dirigidas a cumplir con los derechos. Para ello, llama la atención de los Estados a que dichos Mecanismos Nacionales adopten un enfoque participativo abierto a las contribuciones de la sociedad civil.

Por su parte, la CIDH, en su primer informe publicado en 2023 que explora la conveniencia de la creación de los NMIRFs para hacer seguimiento también a las recomendaciones en derechos humanos elevadas por este organismo, destacó su rol vital, y llamó la atención para que su funcionamiento integre a otros poderes del Estado, y no solo al Ejecutivo, en tanto que los lidera; y recalca la importancia de la articulación interinstitucional entre los NMIRFs y otros organismos en derechos humanos, para que su trabajo no esté fragmentado o desarticulado.

Lecciones desde el Examen Periódico Universal (EPU): la necesidad de los NMIRFs

En nuestro trabajo en el EPU, hemos constatado la importancia de estos mecanismos para monitorear las políticas públicas de derechos humanos. En el EPU reciente de países como Bolivia y Nicaragua, sobre los cuales informamos a la ONU en torno a su desempeño en derechos humanos en la esfera digital, los NMIRFs no están operativos, o como en el caso de Nicaragua, directamente no existen, por lo que el seguimiento de los derechos humanos se torna especialmente desafiante.

Nuestra experiencia en la presentación de informes sobre estos países ante el EPU ha demostrado que la existencia de NMIRFs facilitaría el acceso a datos basados en evidencia y permitiría una evaluación comparativa y global de los avances en derechos humanos. Sin estos mecanismos, las organizaciones de la sociedad civil deben asumir una carga de monitoreo, sin el respaldo y acceso a la información que proporcionaría un mecanismo nacional activo y robusto.

Y cuando en 2023 hicimos nuestra contribución al EPU de Chile ante la ONU, el Mecanismo Nacional de ese país denominado Sistema de Monitoreo de Recomendaciones en Derechos Humanos, o SIMORE Plus –que imita al SIMORE de Paraguay-, recién iba a ser creado, por lo que está por verse cómo se operacionaliza su funcionamiento en la práctica.

Fortalecer los NMIRFs: desafíos de voluntad política y recursos

En la audiencia de la CIDH, de hecho, el Comisionado Arif Bulkan nos planteó preguntas que invitan a una reflexión profunda y continua: ¿qué hacer con los NMIRFs si a los Estados puede faltarles voluntad política para implementarlos? ¿Cómo garantizar su funcionamiento que puede llegar a ser costoso?

Entendemos que la garantía de derechos humanos y la operatividad de estos Mecanismos Nacionales generen preocupaciones válidas en torno a la voluntad política de los tomadores de decisiones encargados de implementarlos y hacerlos efectivos. Sin embargo, los Estados, al asumir compromisos internacionales, se obligan a proteger derechos humanos de manera perdurable, independientemente de los cambios en el liderazgo político.

También es cierto que la protección de derechos requiere recursos, y los presupuestos de los Estados suelen ser escasos para atenderlos. No obstante, los derechos humanos deben ser garantizados en tanto que fines en sí mismo, pero también en tanto que favorecen el desarrollo económico que los Estados tanto persiguen.

Hacer de los NMIRFs una prioridad regional

Los NMIRFs son un componente esencial para asegurar que los compromisos internacionales en derechos humanos no queden en papel, sino que se traduzcan en avances concretos y medibles para las personas. Los Estados deben ver la inversión en estos mecanismos no como un gasto, sino como una garantía de desarrollo sostenible y cohesión social a largo plazo.

A futuro, nuestro trabajo en el marco del Colectivo EPU América del Sur continuará con la  documentación de los avances y retrocesos de los NRMIFs en la región, al tiempo, esperamos que la audiencia que tuvo lugar en la CIDH llame la atención para que dicho organismo pueda más adelante avanzar en diversos estándares interamericanos aplicables al funcionamiento de los NMIRFs y su tarea de seguimiento, monitoreo y implementación de los derechos humanos en la región; así como en estándares interamericanos aplicables a la participación significativa de la sociedad civil en el marco de dichos mecanismos.

Una voz firme para poner los derechos humanos en el centro de la inteligencia artificial 

En un contexto donde la tecnología avanza a una velocidad sin precedentes, el Foro de Gobernanza de Internet de América Latina y el Caribe (LACIGF) se ha convertido en un espacio fundamental para discutir las complejas intersecciones entre innovación y derechos humanos. Este año, desde Derechos Digitales nos sumamos nuevamente al evento, reafirmando nuestro compromiso con la defensa de los derechos humanos en el entorno digital y abogando por una gobernanza de Internet inclusiva y equitativa. 

En la instancia participamos en dos sesiones clave donde abordamos temáticas sobre derechos humanos, tecnología e inteligencia artificial. Conversamos con organizaciones de la sociedad civil, junto a la comunidad técnica, la academia, representantes de gobiernos y sector privado para discutir sobre los derechos digitales en la región. Acá tuvimos la oportunidad de debatir sobre los desafíos para el acceso universal a derechos fundamentales en el entorno digital en América Latina, junto al auge de las tecnologías emergentes como la inteligencia artificial, repasando dónde está situada hoy, marcos regulatorios y sus riesgos. De hecho, presentamos estudios de caso sobre distintas implementaciones de inteligencia artificial en el sector público en algunos países latinoamericanos.

Estudios de caso en América Latina: IA como instrumento de políticas públicas

Si bien la IA tiene el “potencial” de mejorar aspectos de la vida cotidiana, su implementación en ámbitos críticos ha comenzado a exponer serias vulneraciones de derechos. En particular, el uso de IA en la implementación de políticas públicas sin garantías suficientes,  puede conllevar riesgos significativos para la privacidad, la libertad de expresión y, sobre todo, el bienestar de las personas. Desde Derechos Digitales, mediante una investigación activa desde el 2019, hemos realizado estudios de caso -seis publicados y cuatro en desarrollo-, a partir de los cuales hemos identificado preocupaciones profundas sobre la manera en que la implementación de la IA está afectando el ejercicio de  los derechos humanos en nuestra región.

Los casos que hemos analizado muestran que, en países como Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, la IA se ha implementado en iniciativas gubernamentales que afectan de manera directa la vida de millones de personas. En Brasil, por ejemplo, el Sistema Nacional de Empleo utiliza IA para perfilar a personas desempleadas y ofrecerles posibles ofertas de trabajo. En Chile, el Sistema Alerta Niñez busca generar un “índice de riesgo” para predecir la vulneración de derechos de niñas, niños y adolescentes. En Uruguay, la aplicación móvil Coronavirus UY fue implementada para gestionar la pandemia; y en Colombia, el proyecto PretorIA se utiliza para definir la prioridad en casos de tutela judicial de derechos fundamentales en la Corte Constitucional.

Aunque estas iniciativas parecen responder a desafíos  importantes, nuestros hallazgos revelan serios riesgos. En primer lugar, la IA aplicada a estas áreas no siempre demuestra ser eficaz. En muchos casos, los resultados obtenidos no justifican la implementación de sistemas de IA. En segundo lugar, la mayoría de estas iniciativas se desarrollan sin marcos normativos adecuados o sin instituciones de supervisión fuertes que garanticen la protección de los derechos de las personas.

Resultados preliminares: ¿a qué nos enfrentamos?

Nuestros estudios, hasta la fecha, nos han llevado a identificar varios problemas recurrentes. Primero, la efectividad de los sistemas de IA para resolver los problemas de política pública es limitada. Esto resulta particularmente problemático en áreas como la seguridad, donde un mal uso de estas tecnologías puede tener consecuencias graves para la libertad y la privacidad de las personas.

Además, hemos detectado falencias en el manejo de datos personales. En muchos casos, no existe un consentimiento informado adecuado. En Brasil, por ejemplo, no se requiere consentimiento para reutilizar los datos recolectados por el Sistema Nacional de Empleo, lo que permite su tratamiento por parte de nuevos agentes privados sin el conocimiento de las personas afectadas. En Chile, el consentimiento para el uso de datos de niñas, niños y adolescentes no es claro ni explícito en el Sistema Alerta Niñez. Esta falta de transparencia y protección de los datos personales abre la puerta a prácticas de recolección y uso de datos que podrían vulnerar los derechos de las personas.

Otro problema clave es la escasa participación ciudadana en el diseño y la evaluación de esta implementación. En general, los estados de la región carecen de instancias donde la ciudadanía y las partes interesadas puedan formar parte de los procesos de regulación, reglamentación e implementación. Por eso, es fundamental destacar que la participación es un derecho humano. Diversos instrumentos en derechos humanos de alcance interamericano y universal dan cuenta de este derecho político de la ciudadanía y coinciden en apuntar a la participación como un habilitador para tener voz y voto sobre aspectos críticos que impactan a nivel individual y colectivo.

El camino hacia una IA ética y centrada en las personas

A pesar de estos desafíos, es posible construir una inteligencia artificial que respete y promueva los derechos humanos en nuestra región. Pronto lanzaremos un Latin America in a Glimpse: Reflexiones para una IA comunitaria y feminista, que explora iniciativas comunitarias apuntadas a reapropiar a la IA desde los contextos culturales y sociales de América Latina haciendo frente a modelos extractivistas y coloniales.

Este informe se basa en conversaciones con investigadoras, tecnólogas y activistas de distintos países que trabajan en enfoques alternativos para la IA desde temas como: género, territorio y educación. Un reporte que ilustra las diversas potencialidades de esta tecnología desde una mirada ética y justa que apunta al beneficio colectivo para y desde el sur global.

Nuestra labor continúa. A través de estos estudios y del nuevo informe Latin America in a Glimpse, buscamos aportar evidencias que contribuyan a generar un cambio en la forma en que los gobiernos utilizan  la inteligencia artificial, además de mostrar alternativas comunitarias para su uso. Queremos que la IA en América Latina sea una herramienta para el beneficio de las personas, y no un mecanismo que profundice las desigualdades estructurales y genere nuevas formas de exclusión. En Derechos Digitales, seguiremos trabajando para contribuir a que los derechos humanos estén al centro de las políticas relacionadas a la IA, con garantías jurídicas y procesos que prioricen la participación ciudadana y los contextos locales.

11 años después de Snowden: ¿Realmente estamos más protegidos?

Edward Snowden era un analista de inteligencia que trabajó para la CIA y la NSA. Al inicio de su carrera consideró que su trabajo correspondía al deber patriótico de defender a su país. Con el tiempo se dio cuenta que era parte de un sistema de vigilancia global secreto que era utilizado incluso para espiar dentro del país. Él consideró que la población de un país democrático debería, al menos, estar enterada de que algo así sucedía. Por este motivo filtró miles de documentos que demostraron lo que sucedía a periodistas que publicaron varios reportajes en importantes medios a nivel global.

En los mismos se pude ver las diversas formas en las que la NSA recolectaba, analizaba y luego utilizaba esta información para operaciones de espionaje alrededor del mundo. [RB1]  En una diapositiva se puede ver las capacidades recolección de información a nivel global a través de un mapa mundi dónde se explica cómo se recolectaba la información desde los cables fibra óptica, a través de embajadas, espiando comunicaciones satelitales, en colaboración con agencias de otros países o mediante ataques informáticos.

Toda esta información recolectada se almacenaba en centros de datos para luego ser accedida a través del sistema XKeyScore. Este sistema funciona de forma parecida a buscadores de internet dónde puedo realizar búsquedas. La diferencia radica en que las búsquedas se las hace sobre información privada. Los documentos muestran que se podían hacer consultas sobre como leer todos los correos electrónicos de persona X, saber quiénes usan correo cifrado en un país determinado, contraseñas de cuentas en línea, entre muchas otras. Básicamente un buscador sobre las vidas privadas de miles de millones de personas, sin ningún tipo de control.

Uno de los programas expuestos que más llamó la atención es el conocido como PRISM ya que involucra a grandes empresas de internet como Google, Facebook, Apple, Youtube, Microsoft, Yahoo, entre otras. Estas empresas tienen plataformas que funcionan como software de servicio, también conocido como “la nube”. Cuando compartes un documento con Google Drive, no solo lo compartes con tus colegas, sino también con Google. Cuando envías un correo usando Outlook, ese contenido es accedido por Microsoft. Si guardas tus fotos en la nube de Apple o de Google sucede lo mismo.

Resultaba lógico entender que estas empresas tendrían acceso a nuestra información para poder brindarnos el servicio. Algunas personas considerábamos que era probable que las empresas se aprovechen de nuestra información. Lo que la gran mayoría no imaginábamos era que además nuestras comunicaciones privadas eran vigiladas por agencias de inteligencia como la NSA. Lo que aprendimos en ese momento fue que, si no eres ciudadano de Estados Unidos y no resides en ese país, la NSA puede acceder a los datos de los servicios de estas empresas para informarse sobre ti. Estamos hablando de llamadas de voz y video, correos electrónicos, chats documentos, fotos, ubicación etcétera.

La recolección de este tipo de información sumada a la capacidad de análisis de la NSA permitieron hacer operaciones de espionaje a lideres mundiales como Angela Merkel, Enrique Peña Nieto o Dilma Rousseff. También existieron operaciones mediáticas para manipular la opinión pública como fue la operación QUITO que promovía una visión favorable para Inglaterra sobre las Islas Malvinas en América Latina.

Esto es un resumen muy superficial de lo que aprendimos hace 11 años. Es importante mirar para atrás y pensar qué cambió desde entonces. ¿Se suprimieron estos programas y ahora nuestra privacidad esta más aseguradas? Personalmente creo que algunas cosas mejoraron y otras han empeorado.

El escándalo de las revelaciones generó una discusión a nivel mundial sobre la privacidad en Internet. Una de las primeras consecuencias fue el Marco Civil de Internet en Brasil dónde se fortaleció la protección de los derechos civiles en internet y en particular la privacidad. En el caso de Europa, esto promovió la discusión de la protección de los datos que personales que en 2017 se vio reflejada en el Reglamento General de Protección de Datos Personales (RGPD). Esta legislación sirvió para que países como Ecuador tengan su ley de protección de datos personales en 2021.

Estas legislaciones son muy positivas y en el caso Europea, incluso se ha llegado a multar a empresas como Google y Meta (antes Facebook). Sin embargo, no es suficiente ya que si bien estas legislaciones buscan el consentimiento informado  para el tratamiento de datos personales, en la práctica se traduce como una incómoda ventana dónde se nos pide aceptar la política de privacidad y gestionar las configuraciones de cookies. En la práctica la mayoría de personas aceptan los términos y probablemente todas las cookies.

En lo tecnológico el cambio fue mayor. Antes de las revelaciones de Snowden la mayoría de sitios web funcionaban bajo el protocolo inseguro de HTTP.  En 2015 la EFF en colaboración con otras organizaciones y empresas lanzaron la iniciativa de Letsencrypt que hizo que la implementación de sitios web con el protocolo seguro HTTPS sea accesible para cualquier sitio o aplicación web. Gracias a esta iniciativa hoy casi todos los sitios y aplicaciones que usamos en Internet cifran la comunicación. De esta manera se puede presumir que parte importante de los programas de recolección de información de la NSA quedaran obsoletas. Esta característica no solo nos protege de la NSA, sino de cualquier actor con malas intenciones, desde un ciber criminal a Estados.

Sin duda una mejora importantísima para la seguridad de las comunicaciones de todas las personas que utilizamos internet. No obstante, esto no nos protege del espionaje de programas como PRISM, ya que la información que utilizamos en servicios en la nube generalmente es accesible por las empresas que proveen el servicio como se mencionó anteriormente. Personalmente creo que la situación ahora es peor.

Durante estos 11 años la NSA ha seguido trabajando en secreto y sus capacidades tecnológicas debieron mejorar. Pero la debilidad más fuerte es que empresas mencionadas en PRISM siguen siendo parte esencial de nuestras vidas. Nuestros teléfonos celulares si no funcionan con Android de Google, funcionan con el iOS de Apple. Los sistemas de reconocimiento de voz como Siri, Hey Google o Cortana son todos provistos por empresas PRISM. Por citar dos ejemplos. 

Otro avance importante que tenemos desde las revelaciones de Snowden es la adopción del cifrado extremo a extremo. A diferencia del cifrado de tráfico en la red, con este podemos proteger el contenido de la información incluso de la empresa que provee el servicio. Si ciframos un correo de Gmail, incluso Google no lo podría leer.

Si bien el cifrado de correo electrónico existe hace más de una década, su adopción es marginal. El caso más importante es la adopción de cifrado extremo a extremo es la de WhatsApp en 2016 que permitió a miles de millones de personas cifrar sus mensajes.

Claro que no podemos olvidar que WhatsApp es una empresa de Meta (antes Facebook), que está involucrada en el programa PRISM. La aplicación es de código propietario y no se puede saber cómo está hecha por lo que podría tener una puerta trasera. Incluso me atrevería a decir que tiene una puerta delantera cuándo en las conversaciones de la aplicación tenemos la opción de que participe la inteligencia artificial de Meta. Es una forma cool de pedirnos acceso a nuestras conversaciones.

Otro gran avance que hemos tenido es el desarrollo de aplicaciones de software libre que nos permiten controlar nuestra información.  Existen aplicaciones de chat, correo electrónico, colaboración, edición de documentos y más. En Derechos Digitales, por ejemplo, utilizamos Matrix como nuestro sistema de chat, Nextcloud para compartir documentos, OnlyOffice  para editarlos, Jitsi y BigBlueButton para video llamadas. Ninguna de estas aplicaciones es perfecta, algunas pueden llegar a ser incómodas o fallar en cuestiones que no quisiéramos, pero nos permiten tener agencia sobre nuestros datos y privacidad.

Snowden nos hizo saber que vivimos en una máquina de vigilancia y que estamos perdiendo nuestra privacidad. Ahora como sociedad debemos decidir si queremos seguir atrapados en este sistema o buscamos alternativas. En próximas columnas reflexionaré sobre algunas herramientas que usamos de forma cotidianas y las alternativas que respetan nuestra privacidad. Por lo pronto comparto columnas que escribí sobre aplicaciones de chat, teléfonos móviles, redes sociales y herramientas de video conferencia.

Starlink: tensiones frente a la promesa de conectividad

En la actualidad, cada vez más países de América Latina y el mundo reportan una presencia significativa de Starlink, la empresa de satélites de propiedad de Elon Musk que busca otorgar cobertura a internet satelital en zonas remotas. En 2023, un informe de Sumaúma afirmaba que Starlink estaba presente en el 90% de las localidades de la Amazonía brasileña. Indudablemente, este servicio llegaba para cubrir una necesidad básica y poco atendida en esta región, que había permanecido con poca o nula conectividad a internet.

La promesa del cierre de la brecha digital en zonas remotas

Sabemos que la conectividad en zonas remotas implica desafíos, como la dificultad de instalar infraestructura en donde el territorio y las condiciones climáticas deterioran los equipos. En un contexto de oferta mayormente privada de telecomunicaciones, los costos implicados en la instalación y manutención han hecho a ciertos territorios poco atractivos para las empresas del sector. Por otro lado, los Estados en la región siguen teniendo déficits importantes en cubrir esos vacíos, sea por medio de inversiones propias, o presionando por el cumplimiento de compromisos de cobertura asumidos por las empresas en los procesos de privatización. Cuando una solución como Starlink surge, parece representar una oportunidad. La reducción de costos se debe a que el internet satelital –una vez puesto a disposición por medio de la empresa SpaceX–  no requiere la instalación de infraestructura física en territorios de difícil acceso. Desde el punto de vista de las personas usuarias, todo lo que se requiere es la compra de un kit con equipo especializado, que puede ser instalado en cualquier parte del mundo. Si bien el valor del kit no es siempre accesible considerando los costos de vida en América Latina, los precios vienen bajando en los últimos años.

A seis años de finalizar el plazo para que los países alcancen el compromiso de proporcionar acceso universal y asequible a internet plasmado en la Agenda 2030, Starlink viene a llenar un importante vacío dejado por sucesivos fallos en el cumplimiento de políticas de conectividad. Parece ser que los gobiernos han encontrado en Starlink la solución para legitimarse ante la comunidad global, promoviendo el cierre de la brecha de acceso que no habían logrado a través de sus varias políticas públicas, agendas y programas digitales. Brechas que persisten a pesar de que en algunas naciones el acceso a la red se establece como un derecho a nivel constitucional.

La estrategia de los líderes nacionales se basa en generar alianzas y contratos millonarios con Starlink, para conectar zonas remotas de difícil acceso. Para ejemplificar, tenemos el caso del gobierno mexicano, quien en 2023 otorgó dos licitaciones a Starlink para proveer de internet a comunidades alejadas, así como servicio de telefonía celular hasta el año 2026, con el propósito de lograr los objetivos planteados en su programa federal “Internet para Todos”. También el de Brasil, que promovió el uso de este servicio en la Amazonía en conjunto con Musk para fines educativos. Mientras que en Argentina, el gobierno de Milei promovió un decreto que incentiva la desregularización del mercado de internet satelital, incentivando así la entrada de Starlink. 

Principales debates sobre la cobertura de Starlink

Si Starlink resuelve un problema legítimo, ¿por qué sigue preocupando su presencia? El principal argumento sobre la mesa es la idea de la generación de un monopolio de internet satelital. Pese a que existen iniciativas que intentan competir con Starlink, la empresa de Musk ha permeado a la mayoría de las regiones en el mundo, yendo a la delantera en las licitaciones y acuerdos con los gobiernos. Como ejemplo encontramos el caso mexicano en el que solo participaron dos competidores adicionales, quienes no obtuvieron la concesión debido a sus altos costos. No obstante, el modelo de negocios de Starlink ha sido cuestionado por algunos analistas, quienes se preguntan si será sostenible en el tiempo, tanto en infraestructura como en costos ofertados.

Adicionalmente, la concentración de internet satelital en un solo proveedor abre la posibilidad de desconexión de todas las personas que se sirven del mismo sin contar con alternativas. Existe un cuestionamiento fundamentado sobre qué pasaría si Starlink deja de funcionar; la primera respuesta y la más lógica es la desconexión de aquellas  usuarias y usuarios que tienen a Starlink como única fuente de acceso a internet —pensemos como ejemplo en la región amazónica brasileña—. A su vez, esto imposibilitaría también el ejercicio de otros derechos que se habilitan con internet como el acceso a la información, a la salud o la educación.

Por otra parte, las tensiones políticas que se suscitan entre los gobiernos y el entramado de empresas de Elon Musk tienen repercusiones en la continuidad del servicio de Starlink. El ejemplo más reciente y concreto es el riesgo que vivió Starlink de no continuar con sus operaciones en Brasil, luego del congelamiento de sus activos como una medida colateral de los conflictos entre la justicia brasileña y la red social X (perteneciente a Musk). Es aquí cuando salen a la luz las complicaciones políticas de fomentar un monopolio encabezado por una persona poderosa con una agenda propia.

Asimismo, existe una serie de cuestionamientos sobre la recolección de datos que obtiene Starlink a través de su servicio. A ese respecto, especialistas han realizado análisis sobre sus principales reglas en materia de privacidad, identificando la posibilidad de que esta compañía comparta los datos recogidos con terceros países que pueden contar con un marco legal de protección de datos personales endeble o para compartir esta información con instituciones gubernamentales de inteligencia y seguridad.

Las tensiones continúan cuando nos cuestionamos sobre el involucramiento de las comunidades que reciben este servicio. Sobre esto, el estudio de Sumaúma ya adelantaba una falta de debate público con las poblaciones locales, además de la ausencia de estudios que analicen los impacto sociales y ambientales de su implementación. Esto se ha derivado en otras polémicas como la basura espacial generada por la gran ocupación de satélites de órbita baja terrestre, incluso,  se ha cuestionado el efecto que estos pueden generar en áreas de estudio como la astronomía.

Desde las comunidades, si bien se reconoce el valor de finalmente tener acceso a una conectividad de calidad, existen preocupaciones respecto a los impactos de internet sobre la juventud y su relación con la preservación de las culturas indígenas. Debido a ello, las poblaciones de estas localidades han identificado la necesidad de prepararse y conocer más sobre el uso de internet y sus alcances. Estas inquietudes han sido compartidas en el ámbito de los diálogos promovidos por aliadas de Derechos Digitales en distintas regiones de la Amazonía.

Promovamos la transparencia y alternativas de conectividad

La presencia y cobertura de Starlink en América Latina es una realidad y muy probablemente nuevos servicios similares llegarán a nuestra región. Ante este escenario, consideramos fundamental tener a la vista nuestras necesidades como poblaciones usuarias. En una primera vía, identificamos que hay una urgencia por involucrar a las poblaciones en consultas y debates públicos que determinen formas de conectividad adecuadas, tomando en cuenta las culturas locales. En territorios indígenas o en zonas protegidas, el análisis previo de impacto socioambiental y las consultas previas son mecanismos clave a tomarse en cuenta al promover iniciativas de este tipo.

Tanto las compañías tecnológicas como los gobiernos deben aplicar el principio de transparencia de manera proactiva, especialmente, para comprender de qué forma se están manejando los datos personales en manos de Starlink y SpaceX. Derechos Digitales y otras organizaciones en la región han hecho un inmenso trabajo de monitoreo de políticas y prácticas de empresas de telecomunicaciones con resultados positivos en impulsar mayor responsabilidad en el sector. Garantizar que Starlink cumpla con estándares, como mínimo, equivalentes es solamente un primer paso en ese sentido. Asimismo, observamos la necesidad de una rendición de cuentas por parte de los gobiernos, en la que determinen si los programas están siendo efectivos y en concordancia con el respeto a los derechos humanos de las poblaciones.

Pero tampoco deberíamos conformarnos con explorar cómo acomodarnos a grandes empresas de conectividad satelital. Especialmente en las zonas remotas y con la llegada de Starlink, creemos que existe una clara urgencia de equilibrar las formas de conectividad, que promuevan la independencia del acceso a internet a través de la diversificación de proveedores en estas regiones, idealmente con apoyo y financiamiento público. Recordemos también, que en muchos países de América Latina las comunidades se han empoderado a través de la gestión de sus propias redes comunitarias para conectarse a internet y usar telefonía móvil, lo que no solo representa una forma de apropiación y manejo colectivo de las tecnologías, sino también una forma de defensa de su derecho a la comunicación y a su autonomía.

En un mundo donde las tecnologías digitales han evolucionado a gran escala, la conectividad a internet podría considerarse un viejo debate. Sin embargo, la superación de la brecha de acceso a la red se logrará cuando se garantice el acceso universal que, como ya ha afirmado la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la

Comisión Interamericana de Derechos Humanos, debe ser equitativo, asequible y de calidad. Y aquello no debería depender del arbitrio de multimillonarios.