Miente, miente, que algo(ritmo) quedará

Se acerca una nueva elección presidencial y parlamentaria altamente polarizada en la región, esta vez en Chile. En respuesta a temores sobre rumores y noticias falsas, el gobierno y el Servicio Electoral lanzaron la campaña «Chile Vota Informado 2025», pidiendo evitar «que la desinformación se propague» y reiterando, a la vez, el lema «aguanta, chequea y comparte» que el gobierno chileno ha promocionado por más de un año y difundido hasta en forma de cumbia.

Como hemos declarado, la mentira política dista de ser una anomalía reciente, siendo más bien una táctica arraigada en la historia de la propaganda. Pero la preocupación tiene sentido. Como advierte el informe de la Relatoría Especial de la ONU sobre Libertad de Expresión, «cuando la libertad de expresión es suprimida, los procesos electorales están en peligro». Esta advertencia llega en un momento crítico para la región, donde múltiples países se enfrentan a ciclos electorales en medio de una creciente polarización y desconfianza institucional, y donde la capacidad de identificar la falta de autenticidad es necesaria para interactuar en el debate público. Sin embargo, el enfoque en la conducta individual desplaza parte de la responsabilidad hacia la ciudadanía, mientras las condiciones estructurales que producen desinformación permanecen intactas.

Innovando para mentir

Las narrativas de desinformación muestran notables continuidades a lo largo del tiempo. La acusación de fraude electoral aparece cíclicamente, como quedó demostrado tras las elecciones legislativas de 2022 en Colombia, donde las narrativas de fraude se difundieron ampliamente sin pruebas. Paralelamente, en las presidenciales de 2023 de Argentina circularon frases inventadas atribuidas a candidatos, mientras en los comicios de Perú del 2021 Convoca verificó imágenes falsas de supuestos conteos rápidos. Bolivia experimentó durante sus elecciones de 2025 una campaña sucia que tomó las redes sociales, con plataformas que parecían relajar sus políticas de moderación de contenidos en el contexto boliviano.

Esta persistencia de métodos más tradicionales contrasta con la innovación en herramientas. Una realidad presente hace más de una década: el crecimiento de la sofisticación en el uso de datos para la microsegmentación de destinatarias. El fin es llegar con más precisión a votantes a través de mensajes dirigidos a sus puntos de sensibilidad más probables, amparados en vacíos regulatorios o institucionales frente al uso de datos personales. Los antecedentes en herramientas de análisis de datos han sido ofrecidos mostrando que sería posible mapear preferencias políticas mediante minería de datos. Así, la datificación de la sociedad abre camino para formas más avanzadas de influencia electoral.

A eso se suma el uso de herramientas más complejas, como destacamos, junto a otras organizaciones, en nuestra contribución al informe de la Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre la Libertad de Expresión y Opinión, Irene Khan. Las campañas políticas ahora enfrentan el desafío de contener mensajes sintéticos que pueden difamar candidaturas o atribuirles declaraciones nunca realizadas. Brasil vivió en 2024 una campaña municipal marcada por deepfakes, lo que llevó al Tribunal Superior Electoral a aprobar una resolución que prohíbe estos contenidos sintéticos y exige etiquetar el uso de inteligencia artificial en la propaganda. Mientras tanto, en Chile es parte de la propaganda diaria de una candidatura y sin mayores consecuencias.

La industria de la desinformación ha perfeccionado sus métodos, evolucionando desde la microsegmentación de audiencias hacia la producción de deepfakes. Esta sofisticación genera ahora una asimetría aún mayor entre quienes pueden producir desinformación convincente y quienes intentan verificarla, además de poner un manto de duda sobre el debate público.

Respuestas regulatorias: entre la prevención y la censura

Reconociendo -y hasta exagerando- los riesgos de la desinformación y fenómenos asociados a ella, en la región latinoamericana tanto los Estados como las plataformas digitales han ensayado diversas respuestas, con resultados dispares. En Chile se firmó en 2025 un compromiso de integridad electoral entre la autoridad electoral y actores privados y de la sociedad civil, que establece principios de defensa de la libertad de expresión y prevención del contenido falso. En Brasil, como fue comentado más arriba, el máximo tribunal con competencia electoral aprobó sanciones contra quienes elaboren o difundan contenido manipulado con IA. El panorama regulatorio se complejiza rápidamente y nuevas iniciativas normativas aparecen, aún si no llegan a convertirse en reglas.

Sin embargo, estas propuestas enfrentan dilemas fundamentales, como los riesgos de censura al utilizar nuevas herramientas supuestamente contrarias a la mentira. En contextos con una frágil independencia judicial, las leyes ambiguas contra «fake news» podrían usarse para silenciar voces disidentes, un riesgo que se extiende con la moderación automatizada. La Electronic Frontier Foundation (EFF) advirtió que las noticias falsas ofrecen a los poderes consolidados una oportunidad para censurar oponentes.

Ante estos desafíos, las respuestas puramente tecnológicas o punitivas muestran limitaciones conocidas: peligro de censura a nivel de regulación o de implementación u observancia, transferencia de responsabilidad hacia las plataformas digitales que las obligue a moderar más, y la eventual mala definición de lo que se intenta proteger o sancionar. La Comisión contra la Desinformación chilena entregó 72 recomendaciones que reconocen la naturaleza multifacética del problema, proponiendo soluciones que van desde la educación mediática hasta la transparencia algorítmica y el fortalecimiento del ecosistema informativo, bajo un mandato que se restringía a redes digitales. Las soluciones adecuadas pasan por fortalecer las instituciones democráticas, garantizar la independencia de órganos electorales, apoyar los medios comunitarios y promover la alfabetización mediática e informativa, lo que supera por mucho lo que ocurre en internet. Es decir, la realidad obliga a observar el problema más ampliamente.

Hacia una resiliencia democrática

La desinformación en contextos electorales manifiesta problemas más grandes de la sociedad, como falta de transparencia, concentración mediática, desigualdad económica y debilidad institucional. Esto merece cuestionar el relato que atribuye el problema principalmente a las redes sociales, y que culpa a la ciudadanía por compartir noticias falsas como quien culpa a las personas enfermas por su fiebre. No se trata de una batalla técnica por la verdad, sino de un desafío político y social por el espacio cívico que requiere respuestas integrales. Las campañas de sensibilización serán insuficientes si no se enmarcan en procesos más amplios de fortalecimiento democrático.

De cara a las elecciones más próximas en Chile y las del próximo año en la región (que incluyen, entre otras, presidenciales en Costa Rica, Perú, Colombia y Brasil), es urgente integrar una estrategia de resiliencia democrática. Esto requiere tomar con seriedad recomendaciones comunes: transparencia en propaganda política y en el uso de algoritmos; educación mediática e informativa desde las escuelas hasta espacios comunitarios; pluralismo informativo que incluya apoyo financiero a medios independientes; regulación proporcional que proteja la libertad de expresión; y participación ciudadana que promueva colaboración entre autoridades, academia, sociedad civil y plataformas en la formulación, implementación y evaluación de reglas. También, reforzar la protección efectiva de los datos personales frente a la recolección masiva, el uso en algoritmos de recomendación y la capacidad creciente de crear y distribuir contenidos dirigidos a percibidas vulnerabilidades en la sociedad.

La resiliencia democrática se construye también desde abajo. Las instituciones pueden fallar, pero las redes ciudadanas de verificación, la desatención a medios, programas e influencers dedicados a narrativas antiderechos, permite construir y reforzar las defensas de la sociedad. Campañas como «Chile Vota Informado» serán útiles si se enmarcan en procesos más amplios de fortalecimiento democrático. De lo contrario, se quedará en un eslogan bien intencionado que no aborda las razones profundas por las que la ciudadanía participa en la circulación de falsedades.

El negocio del iris: Colombia marca un precedente regional al frenar las operaciones de World Foundation y Tools for Humanity

El pasado 3 de octubre, la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) de Colombia, autoridad en materia de protección de datos personales, ordenó el cierre inmediato y definitivo de las operaciones de World Foundation y Tools for Humanity, por incumplir la legislación nacional de protección de datos. Además, les impuso la obligación de eliminar toda la información personal sensible bajo su custodia.

World Foundation, organización sin fines de lucro, administra el sistema de verificación de identidad basado en el iris conocido como World ID. Tools for Humanity, su socio operativo y compañía privada, es la creadora del Orbe -el dispositivo esférico de escaneo ocular-, además de la billetera digital World App y la criptomoneda Worldcoin (WLD).

Estas tecnologías, impulsadas por actores -entre ellos Sam Altman, CEO de OpenAI– con intereses que van desde lo social hasta lo comercial, convergen en una misma propuesta: construir una “prueba de humanidad” segura y anónima, un sistema capaz de distinguir a las personas reales de los bots en la era de la Inteligencia Artificial Generativa (GenAI), también promovida por el propio Altman.

En 2024, World -nombre que agrupa tanto a la fundación como a su rama con fines de lucro- inició operaciones en Colombia, llegando a 17 ciudades. Su desembarco se enmarcó en un intenso lobby ante la SIC, en un intento por demostrar la compatibilidad de su modelo de negocio con la legislación local.

Sin embargo, la llamada “prueba de humanidad” ha estado lejos de ser un modelo de negocio pacífico. Autoridades de protección de datos en Argentina, Alemania, Corea del Sur, España, Francia, Filipinas, Hong Kong, Kenia, Portugal, Tailandia, Italia, Perú y más recientemente Chile y Brasil, han alertado, investigado o suspendido total o parcialmente las actividades de ambas organizaciones. Las decisiones se tomaron principalmente por deficiencias en la información proporcionada sobre las condiciones del tratamiento de datos biométricos; recolección de datos sensibles de menores de edad sin el consentimiento de sus familias o tutores; e imposibilidad para que las personas titulares retiren o revoquen su consentimiento una vez otorgado.

El registro en el Orbe: un diseño técnico con profundas implicaciones jurídicas

El proceso de entrega de datos personales a World no ocurre en un solo momento ni bajo un único responsable: los datos atraviesan distintas etapas tecnológicas y jurídicas a lo largo de su ciclo de vida.

Primero, durante el registro inicial en la billetera digital (World App), se solicitan datos personales diversos: nombre, teléfono, correo electrónico, cuenta bancaria y otros metadatos asociados al dispositivo móvil. Información que es tratada por Tools for Humanity.

El registro permite localizar el Orbe más cercano y programar una cita para el escaneo. En esta fase, el dispositivo captura el iris y el rostro de la persona. La obtención masiva de este tipo de datos es el ingrediente clave para saciar el apetito de entrenamiento del algoritmo de World, que determina si uno es o no una persona humana. De esta información personal es responsable World Foundation.

Vale la pena añadir dos cuestiones en esta fase. Por una parte, que el escaneo del iris se transforma en menos de 10 segundos: la imagen del iris y rostro se convierte en un código hash cifrado, basado en un protocolo de blockchain, o sea, en una larga hilera de números y letras. Esto es así para dar mayor seguridad y privacidad a los datos, según World. Y por otra, que el hash cifrado se fragmenta y almacena entre terceros, es decir, se descentraliza su custodia con el objetivo de dar mayor seguridad y confianza, pues evita la concentración de información en un único actor.

Cuando el registro es exitoso, la persona usuaria recibe en su billetera un depósito de 10 WLD, equivalentes a aproximadamente 50 USD (unos 200 mil pesos colombianos). De este proceso se desprenden varios puntos críticos:

  • En la descarga y registro en World App, persiste el tratamiento de datos personales. Estos datos no son anonimizados, por lo que el titular conserva el ejercicio de sus derechos de actualización, rectificación, cancelación y oposición (ARCO).
  • En el Orbe, los datos personales dejan de serlo en cuestión de segundos. Por la velocidad con que acontece dicho proceso, World ha reconocido ante otras autoridades –como la de Brasil– que resulta técnicamente imposible retractar el consentimiento después del escaneo del iris.
  • Si la imagen del iris es efectivamente anonimizada, los responsables de su tratamiento no estarían, en principio, sujetos a la legislación de protección de datos, pues los datos dejarían de identificar o hacer identificable a su titular. Eso sí, se debe probar que ese proceso es irreversible, efectivo y permanente.
  • El cifrado, que protege la información de accesos no autorizados, es un componente que debe permear todo el ciclo de vida del dato, sea personal o no.

El análisis de la SIC: políticas de tratamiento y consentimiento

La SIC evaluó la compatibilidad de las políticas de tratamiento de datos de World App y World ID con la Ley 1581 de 2012, y llegó a estas conclusiones: no están disponibles en su mayoría en idioma español, no identifican un responsable del tratamiento en Colombia, no ofrecen mecanismos claros de consulta o queja, no especifican las finalidades del tratamiento ni los tipos de datos recogidos, y no contemplan procedimientos para ejercer los derechos ARCO. En el proceso ante la SIC emergieron dudas sobre la anonimización y el cifrado de los datos extraídos por el Orbe.

World no aclaró ante la autoridad las medidas de seguridad que aplica en esa tecnología de reconocimiento facial, donde las imágenes de los iris estarían más expuestas, ni ofreció pruebas claras de que el anonimato sea irreversible y efectivo, o que el cifrado se mantenga en toda el ciclo de vida del dato.

De hecho, un reporte de auditoría de 2024 del protocolo de cifrado de World, sugirió fallas críticas de seguridad que, según la SIC, no habrían sido solucionadas.

Ahora bien, si realmente se trata de información anonimizada, ¿cómo cambia esto las obligaciones legales de World Foundation y Tools for Humanity? Y, ¿qué deberes recaen sobre los terceros en quienes se descentraliza el almacenamiento de datos? Incluso antes de la anonimización, ¿cómo podría una persona titular ejercer el retracto o cancelación de su consentimiento una vez registrado en el Orbe? Y, ¿cómo obligar a World a garantizar ese derecho?

La SIC, por su parte, sostuvo que el código hash permitiría identificar o hacer identificable al titular del dato. De ser cierta esta afirmación, el proyecto World estaría poniendo en muy grave peligro el tratamiento de datos biométricos y fallando a la promesa detrás de su modelo de negocio.

También, la entidad determinó que las y los usuarios no otorgaron un consentimiento informado ni libre, no solo en razón a los defectos de las políticas de tratamiento de datos del proyecto World, sino a vicios en la libertad de acción de las personas: “el consentimiento que otorga el titular debe responder únicamente a su propia voluntad y no a la entrega de cualquier tipo de contraprestación que pueda condicionarlo” (p. 30).

Sobre este punto, vale la pena señalar que la autoridad brasileña de datos (ANPD) suspendió en ese país recientemente la entrega de criptomonedas por el escaneo del iris. En ese caso, World se defendió al calificar la entrega del WLD como un incentivo, no como una contraprestación. Una diferencia conceptual que la ANPD desvirtuó al señalar que, tratándose de personas vulnerables, los incentivos se convierten en salvavidas que terminan explotando los datos de quienes no tienen otra alternativa económica.

Ese enfoque habría enriquecido la decisión de la SIC, pues no deja de ser cierto que el despliegue de World se concentra mayoritariamente en países de rentas media y baja, y que sin ese “incentivo” no habría obtenido para enero de 2025 el iris de más de 10 millones de personas.

La estrategia de World: disputar lo procesal y fingir demencia

La respuesta de World Foundation y Tools for Humanity fue predecible: alegar violaciones al debido proceso, o sea, supuestos errores en la notificación de las decisiones de la autoridad que fueron remitidas a World Foundation, cuando la encargada de responder era Tools for Humanity, o viceversa. En este año y medio, sí se dieron por enteradas de cada respuesta y solicitud de la autoridad, como se lee en el proceso.

Frente a los requerimientos de la SIC sobre la legalidad de sus políticas de tratamiento, su defensa fue igualmente débil: afirmaron, entre otros, que la ley no los obligaba a detallar ciertos aspectos, como las medidas de seguridad aplicadas al tratamiento de los datos, o que hacerlo resultaba demasiado costoso, como designar un responsable local en Colombia. Argumentos que se derrumbaron por su propio peso, ¿a qué argumentos habrían acudido en 2024 en las acciones de lobby donde buscaban mostrar su adherencia a la norma local?

Las preguntas que quedan abiertas

Las incógnitas tras la decisión de la SIC son numerosas. Ambas organizaciones deben eliminar todos los datos personales obtenidos a través de World App y del Orbe, pero ¿cómo garantizarán que la información -incluso la que ha sido anonimizada- haya sido completamente retirada de los conjuntos de datos utilizados para entrenar a sus algoritmos? Y, ¿cómo se comprometerán a que no queden registros del código hash en manos de los “terceros de confianza”?

El caso de World en Colombia revela algunas de las grietas en el negocio de la “prueba de humanidad” que promete protegernos de los bots pero que termina, paradójicamente, enfrentándonos a un dilema más complejo: quién controla, con qué fines y bajo qué garantías, la prueba de que somos humanos.

Como quiera que sea, la decisión de la SIC marca un precedente relevante para América Latina pues nos remite de nuevo a preguntas que dejan de ser tecnológicas y se vuelven profundamente políticas: ¿cuál es el precio estamos dispuestos a pagar por demostrar que existimos? Y sobre todo, ¿cuál es la responsabilidad ética y jurídica de quienes generan “soluciones” tecnológicas inescrutables para problemas que en parte han contribuido en crear?

Derechos Digitales lanza “Consejos para el resguardo digital en protestas”, una guía para la protección de la ciudadanía en Ecuador y Perú

En las últimas semanas, Ecuador y Perú vienen atravesando contextos nacionales de fuerte conmoción social y política. Distintos organismos de Derechos Humanos, como la ONU y la Comisión Interamericana, han llamado la atención en ambos contextos para el respeto de la protesta pacífica y la investigación de presuntos de uso excesivo de la fuerza relacionados con posibles desapariciones forzadas, detenciones arbitrarias y homicidios que deben ser investigados de manera imparcial y diligente.

En cada caso, expresamos nuestra solidaridad e instamos a los Estados de Perú y Ecuador a garantizar, proteger y respetar el ejercicio de la protesta pacífica y a garantizar el derecho a la vida, la libertad y la integridad física de los manifestantes de conformidad con los derechos al debido proceso y la presunción de inocencia. Llamamos la atención de organismos internacionales en Derechos Humanos, la sociedad civil y otros Estados de la región para monitorear el desarrollo y desenlace de las protestas en cada caso y exigir transparencia y rendición de cuentas sobre la actuación de las autoridades estatales.

En medio de estos escenarios de convulsión social, de paros continuos y otras formas de manifestación y protesta ciudadana, sabemos que también está en juego la seguridad de las personas. Por eso, desde Derechos Digitales lanzamos “Consejos para el resguardo digital en protestas”, una guía con recomendaciones y recursos para que la población pueda ejercer sus derechos a la participación y la libertad de expresión, cuidando sus datos personales y su privacidad.

¿Qué está pasando en Ecuador y Perú?

El 22 de septiembre, organizaciones sindicales, indígenas y campesinas iniciaron un paro nacional en Ecuador. Por estos días, el paro continúa y aumentan las cifras de asesinatos, desapariciones, torturas y detenciones ilegales. El gobierno nacional sostiene un discurso de “guerra interna” contra el terrorismo y el narcotráfico para justificar las masivas violaciones a los Derechos Humanos.

En Perú, en medio de una crisis institucional, varios sectores vienen desarrollando jornadas de protesta social ante un gobierno nacional de transición. El pasado miércoles 15 se llevó adelante un paro y movilización, que dejó el saldo de al menos 75 personas heridas en el marco de represiones. La sociedad peruana reclama acciones inmediatas del Ejecutivo y el Congreso, reformas en el sistema político y la implementación de políticas de seguridad y empleo. Asimismo, la CIDH emitió una declaración donde urge al Estado peruano a garantizar que las decisiones políticas se adopten dentro del respeto al orden constitucional, y convoca al diálogo democrático.

En el marco de estos estados de conmoción social y política, en ambos países se evidencian casos de intromisión y patrullaje digital hacia la ciudadanía. Días atrás, más de 50 activistas y líderes sociales del Perú amanecieron con sus teléfonos celulares bloqueados. A su vez, en algunas regiones de Ecuador se está bloqueando la señal de internet, como vienen denunciando las organizaciones de Derechos Humanos, dejando a la población incomunicada y limitando la posibilidad de informar sobre lo que está ocurriendo.

“Consejos para el resguardo digital en protestas”

Participar, reclamar, informar y expresarse no pueden ser motivo de censura ni acoso digital. Los derechos de las personas deben respetarse tanto en línea, como fuera de ella. Ante los contextos de protestas en Ecuador y Perú, Derechos Digitales pone a disposición esta guía con recomendaciones para la seguridad digital de la ciudadanía.

1. Usa servicios de mensajería segura y cifrada              

Si tienes que comunicar información sensible o tienes la sospecha de que puedes ser víctima de vigilancia estatal, la mejor aplicación de mensajería es Signal, no WhatsApp ni Telegram. Signal es diferente a WhatsApp porque casi no guarda información de las personas usuarias. Si la policía o una empresa le pide datos, esta compañía de mensajería lo único que puede entregar es la fecha en que la cuenta se creó y la última vez que se conectó, nada más. No guarda mensajes, ni fotos, ni contactos.

Para lograr que el mensaje llegue a buen puerto, te recomendamos que lo hagas con texto, si la conectividad no está muy bien o estás sufriendo algún tipo de inhibición las imágenes y los audios pueden demorar mucho en enviarse.

2. Protege tu identidad y la de terceros

Si vas a sacar fotos o grabar videos de protestas y otros actos, es importante proteger la identidad de terceros para que no sean identificados. Esto se puede hacer en la configuración del mismo Signal. Además, te sugerimos difundir el contenido después de la protesta, de esta manera se reduce el riesgo de exposición no intencionada de otras manifestantes.

3. Elimina los metadatos de las fotografías que tomes              

Signal quita los metadatos por defecto, por lo tanto las imágenes que envías ya no conservan esa información. Para poder eliminar los metadatos de tus fotografías de forma manual, puedes hacerlo acá para dispositivos con Android, y de esta manera en el caso de equipos con iOS.

4. Usa VPN para hacer más segura tu navegación              

Para resguardar tu navegación en Internet e impedir que te geolocalicen o que quede rastro de tu actividad existen muchos VPN. El VPN de RiseUp.net es una buena alternativa. Para dispositivos con iOS recomendamos ProtonVPN.

5. Desactiva la ubicación              

En el caso de Android: Configuración > Ubicación > Desactivar.

En el caso de IOS: Privacidad y seguridad > Localización (desactivar) / Rastreo (desactivar).

6. Utiliza mapas offline              

Si necesitas navegar con GPS, utiliza una aplicación de mapas offline como Organic Maps. Deberías descargarte previamente un mapa de la zona donde vayas a movilizarte. Organic Maps está disponible tanto para Android como iOS.        

7. Apaga tu teléfono o activa el modo avión

Como una medida alternativa, se puede apagar el teléfono o usarlo sólo en modo avión. Esto puede ser útil en caso de que autoridades soliciten a las compañías telefónicas datos sobre dispositivos conectados en determinadas zonas de conflicto.

8. Considera llevar un teléfono celular alternativo

Si tienes la posibilidad de conseguir un teléfono alternativo al que utilizas cotidianamente, lleva ese. Es mejor moverse en estos contextos con un dispositivo que no tenga historial de nuestra actividad en línea, ni contactos, ni información personal. Y siempre recuerda llevar tu teléfono con buen nivel de batería y con el cable para cargarlo (o una batería externa/portátil).

9. Respalda sitios web

Si sospechas que pueden dar de baja tu página u otro sitio web con información importante, te sugerimos realizar un respaldo permanente. Archive es un archivo de páginas web recomendado para esta tarea.

10. Revisa tu vestimenta

Para manifestaciones siempre se recomienda asistir protegidas, con pantalones largos y camisas con mangas largas para cuidado del cuerpo. Algún objeto o accesorio en la cara sirven doblemente: te resguardas tanto de gases lacrimógenos como de identificación no intencionada.

Otros recursos para proteger la seguridad digital durante protestas

La resiliencia digital en América Latina se construye hace tiempo desde las organizaciones de la sociedad civil. En este apartado ofrecemos más recursos y herramientas.

En la página de Derechos Digitales, se pueden encontrar artículos que puede ser de utilidad para este tipo de situaciones excepcionales. Por ejemplo, en esta columna ofrecemos consejos para poder asegurarse de eliminar mensajes ante el riesgo de intrusión. En otro texto, analizamos la huella digital, reflexionando sobre los datos y la privacidad y sugiriendo herramientas para su resguardo. También, armamos un recursero en esta columna, con la idea de fomentar la seguridad digital de las personas y activistas LGBTIQA+ específicamente.

Lo más actualizado, y focalizado en los contextos de Ecuador y Perú en particular, lo vienen impulsando organizaciones aliadas locales. La Libre, junto a INREDH y otros, lanzó una guía para usar Signal de forma segura. Además, junto a Taller de Comunicación Mujer, Centro de Autonomía Digital y Conexión Educativa difundieron consejos para poder informar durante una protesta cuando la señal del teléfono está inhibida o saturada. En Perú, Hiperderecho lanzó www.ciudadaniabajoataque.pe, una plataforma para documentar ataques y activar la defensa colectiva.

Algunas herramientas más promueven Surveillance Self-Defense, Espacio Público y Witness.

Filtraciones de datos: el costo ciudadano de la negligencia digital

Cada nueva filtración de datos parece encontrarnos igual: con indiferencia y resignación. No es apatía, sino cansancio. “Total, no tengo nada que ocultar, no soy tan importante”, es una de las frases más repetidas, que refleja cómo se ha instalado la idea de que la privacidad no importa. Esa resignación, alimentada por la negligencia de las empresas y entidades estatales que almacenan nuestros datos, está erosionando la confianza social y normalizando la idea de que la privacidad deje de percibirse como un derecho básico.

Se trata de un fenómeno que no surge de la nada. En lo que va del año, ya podemos constatar múltiples casos en distintos países de América Latina. En Argentina una app estatal comprometió 13 mil perfiles; en Uruguay se vendió una base de datos estatal con más de medio millón de registros; en México un ataque a una boletera dejó al descubierto datos bancarios de 80 mil personas; en Paraguay se filtraron más de 7 millones de registros del Tribunal Superior de Justicia Electoral; en El Salvador una gestora de cobros perdió más de 140 gigabytes de información de sus clientes; y en Venezuela se reportó la exposición de más de 3,2 millones de personas usuarias de Movistar. En estas filtraciones suelen aparecer datos como el documento de identidad, nombres, fechas de nacimiento, direcciones, teléfonos. Muchos incidentes incluyen además información sensible como fotografías, firmas, huellas, historiales médicos, registros laborales y socioeconómicos.

Desde el tecnicismo, estos campos se presentan como simples columnas en una base de datos, pero en realidad cada una de esas columnas corresponde a fragmentos de nuestras vidas: quiénes somos, dónde vivimos, cómo trabajamos y hasta qué padecemos. Reducir la información a tablas y registros invisibiliza que detrás de cada dato hay una persona con derechos que pueden ser vulnerados si su información personal queda expuesta.

Cuando la tecnología falla, las personas lo sufren

Tanto el sector privado como el público parecen estar en una carrera sin fin hacia la “innovación”, pero ¿qué valor tiene hablar de innovación si se construye sobre la exposición constante de los datos de la ciudadanía? Innovar no debería significar coleccionar más información de la necesaria ni esconder en la letra pequeña cómo se utiliza. Tiene que incluir el diseño de sistemas no solo funcionales, sino también seguros y accesibles, que no trasladen todo el riesgo a las personas. Mientras eso no ocurra, la llamada “innovación” seguirá siendo un discurso vacío, blindado a través de comunicados tardíos que llegan cuando el daño ya está hecho.

Las filtraciones permiten que datos que parecen administrativos se transformen en herramientas de delito. Con un número de documento, y otras informaciones básicas que suelen aparecer en un carnet de identidad, un delincuente puede solicitar préstamos o abrir cuentas bancarias a nombre de otra persona. Con direcciones y teléfonos filtrados, las extorsiones y estafas se multiplican. Esa información llegó a utilizarse incluso para inscribir a personas en partidos políticos sin su consentimiento, como ocurrió en el caso de la filtración de la base de datos del Reniec en Perú, el cual facilitó afiliaciones masivas a organizaciones políticas sin autorización ciudadana.

La mayoría de los ciberataques ocurridos entre 2023 y 2024 contra organizaciones latinoamericanas derivó en filtraciones de datos, que representaron el 53% de los casos. Más de la mitad de la información robada correspondió a datos personales (32%) y credenciales de cuentas (21%), revelando cómo el contenido filtrado es insumo para el delito digital.

No todas las personas enfrentan los mismos riesgos cuando sus datos quedan al descubierto. Las mujeres suelen ser blanco de violencia digital: acosadores que utilizan sus fotos o números de teléfono para hostigarlas, amenazarlas o enviarles contenido sexual. Niñas, niños y adolescentes quedan especialmente vulnerables a engaños en línea o a ser fácilmente identificables, lo que conlleva a riesgosas situaciones de trata y violencia infantil. Las personas defensoras de Derechos Humanos o pertenecientes a la comunidad LGTBIQA+ quedan expuestas a campañas de acoso y criminalización si su información personal se hace pública. En muchos casos esto ocurre a través del doxxing, es decir, la exposición maliciosa de datos personales en Internet. Las filtraciones masivas de bases de datos que luego circulan abiertamente en la web —ya sea en foros de la Darkweb o en canales de compraventa de Telegram— alimentan estas prácticas, amplificando el hostigamiento y poniendo en riesgo la garantía de derechos en general.

Los datos socioeconómicos filtrados también agravan la desigualdad: un historial de deudas o la procedencia de un barrio estigmatizado pueden bastar para que alguien sea descartado en un proceso laboral. Entonces, si miramos estas filtraciones solo como un problema técnico, pasamos por alto que en realidad refuerzan estructuras de discriminación y amplifican violencias que ya existen históricamente en nuestra sociedad.

Medidas urgentes para resguardar la confianza

Uno de los mayores descuidos suele ubicarse en el control de accesos: se debe garantizar que solo las personas autorizadas puedan acceder a los sistemas que almacenan nuestra información y que esos permisos deban ser revisados de forma constante y eliminados cuando ya no correspondan. No hacerlo puede derivar en situaciones graves. En un caso reciente en Perú, un extrabajador de una empresa de telecomunicaciones fue investigado penalmente porque delincuentes aprovecharon un acceso a su nombre que nunca había sido desactivado para ingresar a la base de datos personales nacional y, con esa información, suplantar personas, cambiar titularidad de líneas móviles y robar cuentas bancarias.

Para prevenir estos delitos, es necesaria la aplicación del principio de “mínimo privilegio”, es decir, que cada persona que trabaja en las entidades que almacenan nuestros datos tenga únicamente los accesos que necesita para cumplir su función, y desactivar de inmediato los accesos de quienes dejan esa institución.

Asimismo, la adopción de autenticación multifactor (MFA) en todos los accesos administrativos junto al uso de gestores de contraseñas, reduce significativamente el riesgo de intrusiones. La MFA consiste en combinar al menos dos métodos distintos de verificación, como por ejemplo: algo que sabemos (una contraseña), algo que tenemos (un celular o un token físico) y algo que somos (huella digital o rasgos faciales). No obstante, este último método -la biometría- actualmente no es una solución libre de riesgos. En Brasil, por ejemplo, se investigó un esquema que vulneró los sistemas de biometría del portal gov.br mediante técnicas de manipulación de imágenes, accediendo de forma indebida a datos personales.

Otra medida indispensable es el cifrado. En pleno 2025 todavía vemos bases de datos expuestas y archivos circulando sin protección, como si fueran documentos abiertos al público. Ese tipo de fallo de seguridad permitió la intrusión fraudulenta a los registros de más de 243 millones de personas en Brasil en 2020, cuando credenciales del Ministerio de Salud quedaron expuestas en el código fuente de una página oficial durante al menos seis meses. Toda información debe almacenarse cifrada y toda transferencia de información debe viajar por canales seguros, como ocurre con las páginas web que usan HTTPS en lugar del inseguro HTTP.

La seguridad exige constancia: auditar accesos, detectar patrones anómalos como consultas masivas o fuera de horario y mantener registros verificables. Cada ingreso debe quedar trazado y cada alerta investigada a tiempo, porque no sirve reaccionar cuando el daño ya está hecho. La ciudadanía tiene derecho al resguardo de sus datos y su privacidad y no solo a que se informe livianamente después de un incidente. Cada registro ignorado o cada log sin revisar es, en realidad, una decisión sobre cuánto valoran las instituciones la confianza pública.

Tan importante como proteger los sistemas es cuestionar la cantidad de información que se recolecta. Muchas filtraciones se podrían haber evitado si las organizaciones no hubieran almacenado más datos de los necesarios. Guardar copias indefinidas de documentos, recolectar información sensible “por si acaso” o para generar publicidad, no establecer plazos claros de eliminación, todo esto multiplica los riesgos.

De todas formas, ninguna herramienta sustituye a una cultura de seguridad que ponga a las personas en el centro. Una capacitación en seguridad digital de media hora una vez al año no forma conciencia ni previene errores. Las instituciones necesitan contar con una política de seguridad digital, dotada de equipos profesionales preparados, protocolos claros y un compromiso real desde la dirección hasta el último nivel operativo. A menudo vemos gastos millonarios en sistemas de seguridad, pero la tecnología por sí sola no es suficiente si no se acompaña de procesos claros de prevención, detección y respuesta, y de especialistas capacitados que entiendan que están protegiendo a personas, no solo datos o dispositivos.

Cuando la ley no alcanza

Varios países de América Latina cuentan hoy con leyes de protección de datos personales y autoridades de regulación. Sin embargo, los casos recientes demuestran que lejos de resolverse, esta problemática se vuelve recurrente en nuestra región: tanto empresas como entidades estatales vuelven a tener filtraciones que afectan a millones de personas. El marco regulatorio, aunque necesario, se muestra insuficiente si no existe la capacidad y voluntad de hacerlo cumplir.

Proteger los datos es un deber político y ético. El Estado debe garantizar derechos y construir confianza ciudadana, y las instituciones -públicas y privadas- asumir que detrás de cada registro hay vidas humanas. Mientras nuestra región no entienda que la privacidad es parte de la dignidad, seguiremos tratando las filtraciones como simples fallas técnicas, cuando en realidad evidencian la falta de compromiso público con la protección de derechos.

Datos, privacidad y nuestra huella digital

Tuve la suerte de experimentar con computadoras desde niño en la década de 1980. En esa época la información se guardaba en disquetes, primero los de 5 ¼, luego los de 3 ½. El disquete de mayor capacidad no podría almacenar una sola foto de la que tomamos hoy en día con un teléfono móvil. Sin embargo, en ellos guardábamos videojuegos -lo que más me gustaba en esa época-, archivos de texto y hojas de cálculo. Si bien era poca la información que estos dispositivos almacenaban, las personas eran muy conscientes de su importancia y era común tener varias copias de un documento en distintos disquetes. Con el tiempo, la capacidad de almacenamiento se incrementó y las computadoras personales empezaron a traer discos duros donde se podía guardar mucha más información. Eso sí, era importante respaldarla en disquetes porque la computadora podía dañarse con virus o con alguna descarga eléctrica.

Ya en los 90 se popularizaron los discos compactos (CD por sus siglas en inglés), primero para música y luego para software más complejo que podía almacenar mucha más información. La capacidad de un solo CD era equivalente a la de, aproximadamente, 484 disquetes y la disponibilidad de espacio facilitó la popularización, entre las personas usuarias de ese entonces, de la grabación de multimedia, como música, fotos y videos. Durante esa época, algunas personas tuvimos la suerte de conectarnos a internet, a través de la telefonía fija de las casas utilizando el sistema de dial-up. Si bien las conexiones eran muy lentas, y el contenido multimedia limitado, algo importante empezó a cambiar en relación a la gestión de nuestra información y todavía no teníamos noción de esto: nuestros datos se comenzaban a guardar de manera remota.

En sus inicios, utilizábamos internet para aprender, investigar y comunicarnos. El correo electrónico era la principal forma de comunicación y, a finales de los 90, si no tenías un correo de Hotmail, era de Yahoo, aunque había otros también. Sin embargo, lo que tenían en común esos sistemas era que su capacidad de almacenamiento era limitada y los buzones de correo se llenaban rápidamente, por lo que había que vaciarlos y respaldar localmente la información que considerábamos importante. Esto empezó a cambiar en 2004, cuando Google creó Gmail con una capacidad extraordinaria para el guardado comparado con el resto de proveedores de correo de la época: 1GB o el equivalente a 710 disquetes de 3 ½ . En pocos años, Gmail se convirtió en uno de los proveedores más populares y borrar correos electrónicos en algo del pasado. La capacidad de almacenamiento creció de manera similar del tamaño de los archivos multimedia que hoy son tan populares.

Con la popularización de los teléfonos inteligentes, pude vivir otra gran transformación: la integración directa entre mi información –como contactos, fotos, documentos y otros – y los servidores de las gigantes tecnológicas como Apple y Google. Esta costumbre de guardar la información en línea en servidores remotos fue adoptada por otras empresas y es lo que actualmente conocemos como “la nube”.

Durante los cerca de 40 años que llevo siendo usuario de la informática pude presenciar la transición del almacenamiento de forma local a remota. Cuando la información se guardaba de forma local sabíamos dónde estaba y éramos responsables de su cuidado. Cuando apareció la nube, cedimos esta información a terceros que guardan nuestros datos bajo criterios de acceso y respaldo que no siempre conocemos.

Somos datos, ¿dónde estamos?

Somos nuestros contactos, “dime con quién andas y te diré quién eres”. Somos nuestros chats, correos, fotos y videos que describen nuestra vida personal y profesional. Somos el lugar y la hora donde nos encontramos, lo que buscamos, lo que leemos, los likes que damos y los likes que no damos. Somos los documentos de texto, las hojas de cálculo y las presentaciones que hacemos. Somos las conversaciones que tenemos con la inteligencia artificial y muchos datos más.

Todos ellos se encuentran en la nube –lo que coloquialmente conocemos como la computadora de alguien más-. Google sabe lo que buscamos, nuestros correos electrónicos, ubicación, los documentos que escribimos y con quién colaboramos. Meta conoce nuestras interacciones sociales a través de plataformas como Facebook, Instagram o WhatsApp. Aquí citamos sólo dos ejemplos, pero vale la pena preguntarnos: ¿por qué estas empresas ofrecen tanto espacio para almacenar nuestra información de forma gratuita? Si para nosotras hay una ventaja clara en no depender de dispositivos frágiles o limitados, ¿qué beneficios obtienen ellas? ¿Cuál es el costo real de esta inesperada gentileza?

Hoy sabemos que estas empresas nos regalan espacio de almacenamiento porque esos datos les dan poder. Empresas como Google y Meta nos dan servicios “gratuitos” a cambio de nuestros datos, que luego utilizan para vender publicidad dirigida o generar nuevos productos que luego serán explorados económicamente. Desde hace algunos años estamos viviendo el boom de la inteligencia artificial, en particular de los modelos largos de lenguaje. ¿Nos hemos preguntado por qué aplicaciones como Gemini y ChatGPT saben lo que saben? Es muy probable que las hayamos estado entrenando con nuestros datos sin un consentimiento explícito.

Pero el uso comercial de nuestros datos por las gigantes de tecnología no es el único riesgo del modelo de almacenamiento en nube a nuestra privacidad. En 2013, Edward Snowden filtró documentos de inteligencia de EE. UU. que revelaron cómo este país y sus aliados utilizan la infraestructura de empresas como Google, Meta, Microsoft y Yahoo, entre otras, para espiar a sus usuarios. Ya pasaron 12 años desde estas filtraciones y si bien se han incorporado algunas protecciones adicionales a la información que circula en internet, lo más probable es que los datos almacenados en la nube sigan siendo espiados. Es más: es plausible pensar que el modelo se replica en otros contextos y la información almacenada en Tik Tok, Alibaba o Temu también sean accesibles por agencias del gobierno chino.

El éxito del modelo depende de las facilidades que puedan ofrecer en un contexto de abundancia (por no decir exceso) de información, versus la dificultad de tener mayor control. Pensemos en las fotografías que tomamos en nuestros teléfonos móviles. Por defecto, cuando se toma una fotografía, esta se sube a la nube de Google o a la de Apple. Personalmente, no quiero que mis momentos personales queden almacenados en una nube a la cual tienen acceso agencias de inteligencia de diferentes países del mundo. Es verdad que tanto Android como Apple permiten desactivar la característica de sincronizar nuestras fotos. ¿Pero qué pasa con las fotos donde aparezco, que fueron tomadas desde el celular de otra persona? ¿Mi exposición personal queda entonces dependiente de la consciencia de una persona desconocida? 

¿Qué podemos hacer?

Existen datos sobre los que podemos tener control de forma individual, otros que podemos controlar de forma colectiva y otros sobre los que no tenemos control directo. Para proteger nuestra privacidad, podemos pensar en almacenar la información privada de manera local. Si pensamos en un documento de texto, podemos utilizar herramientas como LibreOffice en lugar de Office 365 o Google Docs, que están conectados a las nubes de sus proveedoras. Si pensamos en fotos tomadas en nuestro teléfono, podemos desactivar la sincronización de las mismas, tanto en Android como iPhone.

Sí, gran parte de las buenas prácticas en gestión de información personal actualmente requieren resistir a las supuestas facilidades ofrecidas por los servicios dominantes y cambiar prácticas para lograr recuperar nuestra autonomía. Al almacenar la información de manera local, ganamos en privacidad, pero puede ser que, al menos al inicio, perdamos en conveniencia.

Podemos experimentar vivir la digitalización de otras formas. Por ejemplo, para respaldar las fotos y otros documentos de un teléfono, podemos utilizar el cable de datos para transferir la información a nuestra computadora y de la computadora podemos usar un disco duro externo para respaldar nuestros datos. También se puede acceder a soluciones más sofisticadas utilizando herramientas libres como Syncthing o mediante un servidor de archivos.

También podemos utilizar aplicaciones cifradas como Signal. Si queremos compartir más documentos, podríamos buscar nubes en las que confiemos o incluso utilizar nubes en las que no confiamos pero cifrar nuestros documentos con herramientas como Veracrypt.

En organizaciones o comunidades donde se cuenta con determinados recursos, se puede utilizar infraestructura propia y autónoma con herramientas de software libre. En el caso de Derechos Digitales, compartimos nuestros documentos a través de una instancia propia de  Nextcloud, los redactamos utilizando OnlyOffice o a través de pads. Nuestras conversaciones suceden a través de nuestra propia plataforma de chat cifrada y autónoma. En el caso de los correos, si bien no controlamos nuestro servidor, sí estamos en la capacidad de cifrar correos sensibles utilizando aplicaciones como Thunderbird.

Tener control sobre el lugar donde se almacena nuestra información o cifrar la información sensible en lugares que no controlamos es una forma de ejercer nuestro derecho a la privacidad. Lamentablemente eso no siempre es una tarea sencilla o posible. Por eso es que seguimos luchando para que cualquier recolección o uso de nuestros datos se haga en base a criterios muy bien establecidos de modo que se garantice el respeto y la protección de nuestros derechos. Y una forma de resguardar nuestra privacidad es defendiendo el cifrado, el anonimato y la privacidad por diseño, intentando alinear nuestra comodidad con el ejercicio de los Derechos Humanos.

Nuestras vidas suceden en el espacio digital y, por tanto, quedan documentadas. Entender dónde se almacenan es el primer paso para poder cuidar nuestros datos y nuestra privacidad. Es fundamental que la ciudadanía tenga una visión crítica de la vida digital y poder explorar alternativas tecnológicas que nos permitan retomar el control sobre nuestra información.

Sandboxes para la IA en países de América Latina y Europa

El uso de sandboxes o areneros regulatorios para inteligencia artificial se ha extendido en Europa y América Latina como espacios de prueba que prometen impulsar la innovación bajo excepciones regulatorias. Sin embargo, la evidencia muestra que su implementación varía según el contexto y no siempre garantiza entornos seguros de aprendizaje. Más preocupante aún es la ausencia de una mirada sobre los derechos humanos, que queda relegada frente a la prioridad de fomentar la innovación. Este informe analiza experiencias recientes y subraya la necesidad de mayor escrutinio, participación ciudadana y adaptación a realidades locales para que estas herramientas no reproduzcan desigualdades ni vulneren derechos fundamentales.

Amicus curiae sobre la demanda de inconstitucionalidad de la Ley de Inteligencia Orgánica de Ecuador

En este documento sustentamos argumentos para la inconstitucionalidad de los artículos que regulan la solicitud de entrega de datos a entidades públicas, privadas y personas naturales; la interceptación de las comunicaciones y entrega de metadatos; la vigilancia del ciberespacio; la protección de datos en las tareas de inteligencia; y las limitaciones al derecho de acceso a la información pública.

Privacidad en la mensajería: ¿cómo asegurarse de eliminar mensajes ante el riesgo de intrusión?

En la actualidad, más de 3 mil millones de personas usan activamente aplicaciones de mensajería en todo el mundo, y las cifran van en aumento. Si bien existe una gran variedad de alternativas con distintas características y funciones, la mayoría comparte elementos en común. Su popularidad varía geográficamente por regiones y también por países. A continuación, analizamos tres de las más relevantes: Signal, WhatsApp y Telegram.

Antecedentes: de la ausencia de privacidad hacia «alguna» privacidad

Más allá de su popularidad, las preocupaciones con la privacidad de las aplicaciones de mensajería –y las respuestas a tales preocupaciones– se han ido incrementando a lo largo del tiempo. Las revelaciones de Edward Snowden sobre vigilancia masiva son un hito clave en esta breve historia, una vez que ayudaron a popularizar el cifrado y otras medidas de protección como estándar.

En este contexto, y como fusión de los proyectos TextSecure y RedPhone, en 2014 nace Signal. El espíritu de esta nueva herramienta se centraba en proteger la privacidad de las comunicaciones, y en ese esfuerzo introdujeron el esquema de seguridad de cifrado de extremo a extremo. Si bien esta aplicación está delimitada por su uso en pequeños nichos o determinadas regiones del mundo (incluso al día de hoy muchas personas la desconocen), ella fue crucial para la introducción de un sistema de protección similar en WhatsApp, la aplicación de mensajería más popular en América Latina. Ante la creciente demanda por resguardar los intercambios de mensajes, la empresa más pujante del rubro tuvo la necesidad de aplicar un mecanismo de cifrado a la altura de las necesidades para no quedar obsoleta. Por ello, en 2016 WhatsApp integra el protocolo Signal para el cifrado de extremo a extremo por defecto para todas las personas usuarias.

Por su parte, Telegram, creada en 2013, no posee este esquema de cifrado de extremo a extremo por defecto en sus conversaciones, solo lo utiliza para los chats secretos. Esta plataforma aplica por defecto el cifrado entre cliente-servidor, lo que significa que, si bien los mensajes viajan cifrados, pueden ser legibles por la empresa o quien tenga acceso a sus servidores. En este sentido, el uso de canales comunes en Telegram es desaconsejado desde un punto de vista de protección de la privacidad.

Desafíos que persisten

El cifrado de extremo a extremo busca dar cuenta de la privacidad de las comunicaciones en tránsito, o sea, de cómo se protegen en el camino de un origen a un destino. Pero, ¿cómo garantizar la privacidad de las comunicaciones en aplicaciones de mensajería ante una intrusión física en el dispositivo?

La pregunta es válida para situaciones simples de extravío o pérdida, pero también en contextos de intervención policial o de intrusión a dispositivos por medio de software diseñado para eso. Ante el reporte de situaciones de abuso en tales acciones en la región y su riesgo para el ejercicio de Derechos Humanos, es fundamental conocer mecanismos para hacer valer el derecho a la privacidad en el uso de herramientas de mensajería.

Existen una serie de medidas que se pueden aplicar para mitigar estos riesgos, que abordamos anteriormente. Algunas son: utilizar contraseña en el dispositivo, contar con una clave de acceso para la aplicación, configurar el chat para mensajes temporales, entre otras. Presentes desde 2016 en Signal y desde 2020 en WhatsApp, los mensajes temporales pueden resultar una estrategia segura, pero solo funcionarán desde el momento en que el chat haya sido configurado para tal efecto.

Entonces, ante el peligro de intervención de un equipo, ¿cómo asegurarnos de que no puedan acceder a las conversaciones o, al menos, a algunas de ellas? La respuesta es simple, pero su implementación no tanto: eliminando esos mensajes. Si estuviéramos hablando de una carta que podemos destruir físicamente quizás la recomendación fuera obvia, pero en dispositivos digitales surge la legítima duda: ¿existe la posibilidad de recuperar un mensaje eliminado? Sí, bajo ciertas circunstancias se pueden restablecer conversaciones eliminadas. De ahí la necesidad de abordar algunos aspectos técnicos para garantizar que el ejercicio del derecho a la privacidad, en este caso, sea más efectivo.

WhatsApp: cómo eliminar mensajes de forma definitiva

Actualmente, existen dos formas de recuperar los chats eliminados: la recuperación de los respaldos en línea por un lado, y la copia de seguridad local de la aplicación, por el otro.

Una instalación típica de WhatsApp ofrece la opción de configurar un respaldo en línea utilizando Google Drive, para usuarios Android, o iCloud, en el caso de Iphone. Los respaldos de Android en Google Drive son únicos y se sobrescriben, es decir, no existen versiones históricas de los archivos. Si se desea que los mensajes no se puedan restablecer, es necesario eliminar el archivo en cuestión desde Google Drive.  

En el caso de Android se debe acceder a la cuenta en Google Drive, ir al apartado “Almacenamiento” y luego a “Copias de seguridad”. Ahí se encuentra el archivo de respaldo de la cuenta de WhatsApp identificado por el número telefónico. Si se desea que los mensajes no se puedan recuperar, se debe eliminar el archivo en cuestión. Es fundamental asegurarse de que el archivo eliminado no quede en la papelera de reciclaje; de ser así, también debe borrarse desde allí.

Además del respaldo en línea, WhatsApp utiliza copias de seguridad locales para posibles restauraciones. El esquema de respaldo local es incremental, es decir utiliza varios archivos para guardar el historial de las conversaciones de forma periódica. Las copias pueden ser encontradas en una carpeta cifrada ubicada en “Android/media/com.whatsapp/WhatsApp/Databases”. Dentro de este directorio encontraremos una serie de archivos cuya nomenclatura es “msgstore.db.crypt14*”. Para eliminar estos archivos de respaldo locales, y que estos no puedan ser recuperables, se debe usar una herramienta de borrado seguro como iShredder o bien conectar el dispositivo al computador y utilizar herramientas como Shred, disponible en la mayoría de las distribuciones GNU/Linux, Eraser para Windows o srm para macOS.

Cabe mencionar que todos estos procedimientos explicados solo aplican al dispositivo donde se ejecute el proceso. Es decir, si la otra persona a quien se dirigen los mensajes no los elimina, seguirá teniendo acceso a los mismos y permanecerán disponibles para terceros en el caso de una extracción o intrusión al dispositivo. También es necesario prestar atención a los mensajes temporales, cuya duración puede ser de 1, 7 o 90 días, pues, según explica WhatsApp, si crea una copia de seguridad antes de que desaparezca un mensaje, este se incluirá en la copia de seguridad.

Eliminar mensajes de WhatsApp definitivamente requiere de al menos esos tres pasos e implementarlos o no depende de la percepción de riesgo que pueda tener cada persona de estar sujeta a una intrusión indebida a sus comunicaciones personales. Aún así, como se ve, hay fragilidades que son intrínsecas al uso de este tipo de aplicaciones y la confianza en la empresa por detrás de la aplicación y en las terceras personas con quienes compartimos nuestras informaciones.

Borrar mensajes, resguardar derechos

Aunque pueda resultar una tarea compleja, y que requiere de varios pasos a seguir, la posibilidad de borrar mensajes de manera segura es una acción concreta hacia una mayor autonomía digital y una defensa efectiva de nuestros derechos. Así como en la vida real, es necesario que los entornos digitales nos provean de herramientas que nos permitan resguardar nuestro derecho a la privacidad en línea y que están accesibles para todas las personas.

Desde Derechos Digitales, sostenemos que la privacidad de las comunicaciones no es un lujo ni una cuestión meramente técnica: es una condición indispensable para el ejercicio de otros derechos, como la libertad de expresión, la organización social y la defensa de los Derechos Humanos. En América Latina, donde diversos Estados han desplegado prácticas de vigilancia sin control ciudadano ni garantías adecuadas, proteger nuestras comunicaciones digitales se vuelve urgente.

El desafío de construir el futuro de los derechos humanos

La historia de Derechos Digitales comenzó hace dos décadas apostando a una idea común: que las tecnologías permitirían democratizar el ejercicio de un conjunto de derechos humanos de los cuales buena parte de nuestras poblaciones se veían excluidas. En particular, los derechos a acceder y compartir libremente contenidos artísticos, culturales y científico-académicos, así como noticias y opiniones sobre una amplia variedad de temas. Iniciamos nuestro activismo luchando por garantías a estas libertades en el ámbito tecnológico: que no se impusieran barreras técnicas ni jurídicas al acceso. Al contrario, que los nuevos marcos protegieran y desarrollaran nuestros derechos digitales.

Si bien nuestros orígenes se enmarcan más de una década después de que la apertura democrática en la mayoría de los países del Cono Sur abriera espacio a las primeras iniciativas sociales similares, construimos nuestro trabajo a partir de sus luchas y logros, y de las reflexiones y avances de movimientos iniciados años antes. No partimos desde cero, sino desde un mapa que ya mostraba zonas de conflicto, alianzas posibles y caminos por ensayar.

Una historia construida sobre sueños de libertad

Nuestra relación más obvia, al haber sido responsables de la adaptación y difusión de las licencias Creative Commons a Chile, es con el movimiento de “cultura libre”: con el que compartimos la resistencia al avance desenfrenado de la propiedad intelectual como mecanismo para controlar la circulación de contenidos digitales y proteger antiguos monopolios culturales y mediáticos. Sin embargo, este también nace con fuerte inspiración en dos movimientos previos: el que se construye alrededor del software libre, y aquel que se origina de las disputas por el acceso libre al conocimiento, en particular el acceso a la literatura científica.

El primer texto de nuestra actual página web, con fecha de 5 de mayo de 2005 refleja esta vinculación fundante. Su título: “¿Qué es el software libre?”. Su conclusión:

Considerando las políticas de licenciamiento impuestas por soluciones propietarias, las que suelen socavar las libertades ciudadanas, los beneficios que reporta el trabajo colaborativo y el aliciente para el desarrollo nacional, y los costes asociados a la implementación de soluciones informáticas de código abierto, Derechos Digitales manifiesta su decidida opción por el software libre u open source”.

Otro ejemplo del mismo mes, que apunta al vínculo con movimientos más tradicionales de derechos humanos, es el texto de Daniel Álvarez Valenzuela, fundador y entonces director de Derechos Digitales. Según él, internet podría “conferir a los ciudadanos ‘de a pie’ las mismas posibilidades de ejercer su derecho a la libertad de expresión que los grandes grupos económicos”.

Así, al argumentar sobre cómo la propiedad intelectual representaba una “mordaza” a la libertad de expresión, Álvarez recupera las reivindicaciones del fuerte activismo por la libertad de expresión y el derecho a la comunicación en América Latina. Movimientos responsables por denunciar la censura estatal y cuestionar el monopolio económico de los medios de comunicación en nuestra región.

Nuestros primeros textos reflejan otras relaciones con temáticas de interés de distintos grupos: transparencia y acceso a la información, acceso a la justicia, protección de datos, entre otras. Si bien esas referencias ampliaban el marco conceptual desde el cual abordábamos lo digital, nuestras alianzas y formas de trabajo siguieron, durante bastante tiempo, ligadas sobre todo a comunidades técnicas y jurídicas. Así, por mucho tiempo nuestro trabajo se enmarcó en un nicho dentro del amplio espectro del activismo en derechos humanos.

Promesas secuestradas

En 20 años de actuación, maduramos nuestra concepción sobre estas bases, siempre buscando proteger el ejercicio de derechos facilitado por las tecnologías de intentos de captura, criminalización y vigilancia. Pero lo que antes tomaba la forma de una discusión técnica, jurídica y delimitada a un ambiente digital accesible a una pequeña élite regional, hoy está en el centro de las preocupaciones cotidianas de un sinnúmero de personas afectadas de diferentes formas por las tecnologías digitales.

Primero porque el acceso a internet se ha incrementado significativamente en la región, aunque de manera desigual y a menudo en condiciones precarias. Las brechas no son solo de infraestructura, sino también de calidad, asequibilidad y autonomía. Muchas conexiones son lentas, inestables o costosas, y buena parte del acceso ocurre exclusivamente vía móvil, con planes que restringen contenidos y vulneran el principio de neutralidad de la red. Además, persiste una desigualdad profunda en el acceso a dispositivos adecuados y en las competencias necesarias para usar internet de forma segura, crítica y orientada al ejercicio de derechos. La desconexión ya no es el único problema: también lo es una conectividad limitada, subordinada y sin garantías.

Segundo porque ya no es necesario “estar” en internet para sentir los efectos de la digitalización que –a pesar de la eterna promesa de eficiencia– parece haber traído más riesgos que ventajas. La digitalización atraviesa hoy el acceso a servicios esenciales como salud, educación o justicia, sin que existan garantías adecuadas para todas las personas. Estas transformaciones, impulsadas muchas veces por actores privados sin transparencia ni control democrático, o embelesadas por la promesa de la inteligencia artificial, terminan agravando desigualdades y generando nuevas formas de exclusión. Si antes una preocupación central era con el filtrado de datos y la ciberseguridad, a ella se suman también las consecuencias tangibles de los mismos, la violencia y la manipulación del debate público digital a nuestras vidas y sociedades. Ya no hablamos solo de acceso a información, sino de la posibilidad misma de participar en la esfera pública sin ser invisibilizadas, acosadas o manipuladas.

Tercero, porque nuestros cuerpos son capturados y transformados en rastros digitales explotables para distintos fines ajenos a nuestra voluntad, a medida que las tecnologías digitales se aplican para mediar nuestro acceso a espacios y derechos. La expansión de sistemas de identificación biométrica, el monitoreo de actividades y el análisis predictivo han convertido nuestra vida en datos a explotar y nuestras huellas digitales en materia prima para el control social, la discriminación automatizada y la extracción de valor. Lo que alguna vez se entendió como mediación tecnológica, hoy opera como filtro, barrera o condición de acceso a la vida en sociedad.

Las promesas de apertura, descentralización y acceso que inspiraron el nacimiento del campo han sido sistemáticamente desplazadas por dinámicas de concentración, extracción y control que definen las infraestructuras digitales contemporáneas.

En estas condiciones, el entorno digital ya no parece un espacio naturalmente propicio para el ejercicio de derechos. Lo que comenzó como un terreno fértil para imaginar nuevas libertades, hoy plantea desafíos más urgentes, más desiguales, más difíciles de revertir. Pero si algo hemos aprendido en estos veinte años, es que el conflicto no clausura la posibilidad, sino que nos obliga a repensar nuestro trabajo.

Por el derecho a soñar

A pesar de estos patentes cambios y de un contexto geopolítico internacional refractario a las narrativas de derechos humanos, hoy más que nunca nos parece central reivindicar nuestra misión. No como una consigna repetida, sino como una tarea que se redefine constantemente frente a amenazas más sofisticadas, actores más poderosos y exclusiones más profundas. El escenario que enfrentamos es a menudo hostil, pero también más disputado: cada vez hay más fisuras que visibilizan una diversidad de voces que reclaman por justicia. Voces que requieren ambientes seguros para seguir manifestándose y entornos habilitantes, incluso a nivel digital.

A 20 años de nuestra fundación, seguimos apostando en el software libre para garantizar libertad, autonomía y protección. Mantenemos nuestra convicción en la necesidad de democratizar las comunicaciones y romper con los monopolios que se actualizan cada día a costa de la libertad de nuestras comunidades. Confiamos, más que nunca, en que los derechos humanos son una herramienta viva para enfrentar las crisis del presente y construir el futuro.

Los próximos años exigirán más que resistencia: necesitaremos nuevas alianzas, nuevas formas de incidencia y una comprensión más amplia de qué significa hoy defender derechos en entornos digitales. Necesitaremos resiliencia y solidaridad. Desde los márgenes donde trabajamos como sociedad civil latinoamericana y en toda la región, sabemos que no basta con reaccionar, sino que debemos proponer el futuro que queremos. Este seguirá siendo nuestro lugar.

Análisis sobre el proyecto de Ley de Inteligencia en Ecuador

En la Asamblea Legislativa de Ecuador avanza la discusión del «Proyecto de ley orgánica de inteligencia» que, si bien busca responder a los retos que enfrenta el país en materia de seguridad nacional, propone un articulado que genera preocupación por su nivel de desprotección de los derechos humanos.