Contribución conjunta sobre derechos humanos en el entorno digital en Chile

Este informe producido por Derechos Digitales y la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC) se enfoca en el ejercicio de los derechos humanos en la esfera digital en Chile, en el marco del 4° ciclo del Examen Periódico Universal (EPU) y analiza el cumplimiento de las siete recomendaciones en esta materia recibidas durante el ciclo anterior del EPU.

Solidaridad y compromiso contra el discurso de odio y la desinformación

En México, el 70.1% de las mujeres mayores de 15 años hemos experimentado algún tipo de violencia en nuestras vidas, de acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, publicada en 2021. Esto constituye un incremento de un 4% desde la medición anterior, que data de 2016. Mientras tanto, el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra personas LGBT en México registró, al menos, 75 crímenes de odio en contra de personas de la comunidad en 2019.

El asesinato de le magistrade Ociel Baena a mediados de noviembre, víctima de un crimen de odio, no es un hecho aislado y nos convoca a reflexionar sobre la forma en que la intolerancia y la violencia se experimentan en el territorio. Al mismo tiempo, nos recuerdan que —como en otros países de América Latina— ser activista, persona trans o mujer conlleva exponerse a constantes vulneraciones a nuestros derechos y recibir discursos y actos de odio, proveniente de diversos actores.

La violencia de género encuentra en las tecnologías digitales un medio para amplificarse. La violencia de género facilitada por la tecnología no es una conducta nueva ni un fenómeno aislado, sino un antecedente importante de otras formas de violencia, muchas veces ignorado en las investigaciones. En la región hemos visto cómo el odio y las amenazas en línea persisten después de los ataques físicos, perpetuando la violencia en el tiempo y extendiéndola a familiares, pares y colectivos que comparten un activismo o identidad de género comunes con las víctimas. Por ello, es importante examinar el tipo de prácticas que estamos cultivando, dentro y fuera de las redes sociales, así como los desafíos que perduran al ejercicio del derecho a vivir una vida libre de violencia en México y en la región.

Ociel Baena: el odio entre las calles y las redes

Ociel Baena fue magistrade del Tribunal Electoral del estado de Aguascalientes. En el ejercicio de su cargo defendió los derechos de la comunidad LGBT+ y abrió espacios importantes para el reconocimiento legal de las personas no binaries en el país. Fue la primera persona no binarie en acceder a un cargo en el Poder Judicial, no solo en México, sino en América Latina. Asimismo, realizó avances para que las personas no binaries puedan contar con documentos legales de identidad, pues fue la primera persona en obtener un pasaporte, un acta de nacimiento y una credencial de elector no binaries

Además de su actuación como magistrade, Ociel Baena también ejercía su labor en la defensa de derechos en las redes sociales, donde constantemente recibía expresiones de odio, comentarios estigmatizantes y amenazas. Le magistrade Ociel realizó un arduo trabajo por visibilizar las violencias que sufren diariamente las personas trans, especialmente las personas no binaries, convirtiéndose en referente de la lucha por los derechos humanos de la comunidad LGBT+.

El 13 de noviembre de 2023, le magistrade fue asesinade en un crimen de odio junto a su pareja sentimental, Dorian Nieves Herrera. El caso generó una serie de movilizaciones a lo largo del país, exigiendo justicia y una investigación con perspectiva de género. 

La  Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) hizo un llamado a la Fiscalía de Justicia del Estado de Aguascalientes para que realice una investigación “que no ignore la condición de género y las amenazas previas recibidas por una de las víctimas [le magistrade]”. Según la CNDH, este crimen pudo ser calificado como una expresión de odio. Pese a ello, las autoridades de Aguascalientes anunciaron que probablemente se trataba de un “crimen pasional”.

El discurso de odio en plataformas digitales del cual era víctima Ociel no cesó tras la brutal violencia sufrida por elle y su pareja. Siguió activa en las noticias asociadas con el suceso y, todavía peor, encontró eco en una narrativa nbfóbica reforzada por algunos medios de comunicación. La comunidad LGBT+ pide que se investigue el caso como crimen de odio, pues existía un antecedente de amenazas hacia Baena por ser no binarie y por los derechos que defendía. 

La perpetuación del odio y la falta de respuestas

El discurso de odio en plataformas digitales busca silenciar la genuina indignación que nace de un caso de violencia extrema, aprovechando su visibilidad para inculcar más odio e intolerancia en la sociedad. En Brasil, ni el brutal asesinato de la diputada Marielle Franco terminó con los ataques que tuvo que enfrentar en vida. Hoy, todavía circula desinformación sobre su biografía y justificaciones del crimen del que fue víctima. Como Ociel Baena, Marielle luchaba por la protección de derechos humanos desde su posición como concejala de la ciudad de Río de Janeiro y desde sus redes digitales. Era una mujer negra, periférica y bisexual.

El caso de Ociel Baena muestra al mundo la incapacidad del Estado mexicano de garantizar una vida libre de violencia a su población, especialmente a las personas LGBT+. Los discursos de odio y estigmas que generaron un ambiente hostil para le magistrade se siguen perpetuando, sin que haya una respuesta efectiva. Su asesinato no solo interrumpe su vida, sino su lucha en la defensa de derechos humanos y los avances de toda la sociedad mexicana en esta materia.

En el marco de esta situación sensible, algunas comunidades LGBT+ en los estados de Puebla y Coahuila desean impulsar legislaciones denominadas “Ley Ociel Baena”, que tienen como objetivo sancionar a quienes emitan discursos de odio, especialmente aquellos que hagan apología al delito. Es importante que este tipo de iniciativas se discuta de manera participativa y cuidadosa, para que no resulten en una forma más de censura contra poblaciones históricamente vulneradas. Además, es relevante que el abordaje de la violencia no se restrinja a una perspectiva puramente punitivista.

Es clara la necesidad de seguir abordando el tema de sensibilización y educación contra la violencia de género, incluso desde los medios de comunicación. Si bien las tecnologías digitales son una plataforma adicional para ejercer estas agresiones, es importante trabajar desde la raíz del problema, que se encuentra en el pensamiento y conductas patriarcales y machistas, ampliamente arraigadas en la sociedad mexicana y latinoamericana en su conjunto.

Exigimos a las autoridades que se esclarezcan los hechos en una investigación con perspectiva de género, que se haga justicia y una debida reparación del daño para sus familiares.

Contra la violencia en Gaza, dentro y fuera de internet

Cuál fue el papel que ocupó el desarrollo técnico en el exterminio y cómo narrar la masacre son dos de las grandes preguntas que planteó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Son preguntas todavía pertinentes hoy, a casi tres semanas de que las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) comenzaran un bombardeo implacable sobre la Franja de Gaza, tras los ataques terroristas de Hamás del 7 de octubre, donde murieron 1400 personas —en su mayoría civiles— y más de 200 fueron tomadas como rehenes.

Las acciones de Hamás y sus horrorosas consecuencias merecen nuestra total condena. Israel tiene derecho a defenderse, rescatar a los rehenes y buscar justicia. Pero, tal como recordaba el Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, frente al Consejo de Seguridad, incluso la guerra tiene reglas. A pesar de ello, a lo que ya es un territorio ocupado en condiciones propias de una prisión al aire libre, sujeto a bloqueo para la circulación de bienes, se sumó el bloqueo de servicios y de ayuda internacional, junto a una campaña de bombardeo aéreo sobre blancos civiles (supuestamente albergando a Hamás), que a su vez antecede a una anunciada invasión terrestre. Como señaló Guterres, “esos atroces ataques no pueden justificar el castigo colectivo del pueblo palestino”.

Las palabras de Guterres generaron indignación en el gobierno israelí, acusándole de justificar la masacre. El ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Eli Cohen, canceló una reunión programada con Guterres, y el enviado de Israel ante la ONU, Gilad Erdan, pidió su dimisión, al punto que el Secretario General tuvo que realizar una rueda de prensa donde denunció una tergiversación de sus declaraciones.

Mientras tanto, la principal agencia de la ONU que trabaja en Gaza debió interrumpir sus operaciones por falta de combustible y el sistema de salud ha colapsado: las instituciones sanitarias están saturadas y no tienen agua ni higiene suficiente. El gobierno israelí ordenó el bloqueo total en la zona: ni electricidad, ni comida, ni agua, ni combustible, mientras la castigada población de Gaza quedaba incomunicada por cortes de internet. A la fecha, alrededor de siete mil personas han muerto en Gaza producto de los bombardeos, incluyendo a casi tres mil niños y niñas. El resto de la población no tiene forma de escapar, pues la región está sujeta a un bloqueo militar.  Algunas provisiones han comenzado a llegar desde la frontera con Egipto, pero no son suficientes.

Estamos frente a un castigo colectivo y a una crisis humanitaria.

El silenciamiento de las víctimas

Los cortes de electricidad e internet en Gaza tienen el efecto de empeorar la crisis humanitaria, al limitar el acceso a la información de calidad, impedir la documentación de abusos de derechos humanos, cercenar las capacidades para reportar noticias, intercambiar información sobre necesidades o disponibilidad de ayuda, o encontrar a seres queridos de entre las miles de personas sepultadas bajo los escombros, producto de los ataques aéreos de la IDF.

Aparte del silencio por la imposibilidad de conectarse a internet, la forma en que se ejerce la expresión en internet ha estado afectada por décadas. La reacción del gobierno de Israel a las declaraciones de Guterres dan cuenta de una lógica que impone una falsa dicotomía que impide una discusión seria, donde cualquier discrepancia con las decisiones del gobierno israelí es vista como apoyo a Hamás o la denegación del derecho a la defensa de Israel. Se trata de una lógica maniquea que por largo tiempo ha redundado en una forma dispar de tratar la ocupación en Gaza frente a eventos como la invasión rusa en Ucrania.

Esta lógica se tradujo literalmente a Instagram: El usuario de TikTok ytkingkhan subió un video mostrando como su biografía en la plataforma, que contenía la bandera de palestina y la frase ٱلْحَمْدُ لِلَّٰهِ» —que significa “Alabado sea Dios”— era traducida automáticamente como “Alabado sea Dios, los terroristas palestinos están luchando por su libertad». Instagram agregaba la palabra “terroristas” a la traducción, la que desaparecía al remover la bandera.

Tras la publicación, Meta se disculpó y enmendó el error, pero no es la primera vez que se documenta la mala administración de contenidos en favor de Palestina en sus plataformas. En septiembre de 2022, Human Rights Watch detectó una aplicación excesiva de las normas relativas a moderación de contenidos a los contenidos publicados en árabe, y una moderación insuficiente de aquellos publicados en hebreo. Durante las últimas semanas, distintas usuarios y usuarias han denunciado la supresión de contenidos, restricciones a las cuentas y shadow-banning tras realizar publicaciones relativas al conflicto en Gaza.

Este tipo de situaciones no se limita a Meta. 7amleh, el Arab Center for the Advancement of Social Media, documentó más de 103.000 casos de discurso o incitación al odio en hebreo de 120.000 publicaciones realizadas, principalmente, en la plataforma antes conocida como Twitter, recopiladas entre el 7 y el 18 de octubre.  YK Hong publicó un video en Instagram donde mostraban las diferencias en las respuestas que distintos sistemas de inteligencia artificial daban frente a la pregunta por Israel y Palestina. Consultado si las personas en Israel merecían ser libres, el sistema de ChatGPT respondía concluyentemente que sí. Pero cuando se le preguntaba si las personas de Palestina merecían ser libres, ChatGPT partía explicando que se trataba de un tema polémico.

Del mismo modo, cuando Alexa aparecía configurada en modo infantil y se le preguntaba qué estaba ocurriendo en Palestina, el asistente virtual explicaba que no podía entregar información de este tipo para niños y niñas. Pero cuando se le preguntaba qué estaba ocurriendo en Israel —en la misma modalidad— no dudaba en realizar un resumen pormenorizado de la situación.

La diferencia de criterios para tratar ambos lados del conflicto y la penalización en contra de los contenidos en favor de Palestina establecen limitantes artificiales a la discusión en línea, que en este caso —de una forma u otra— son funcionales a la masacre que está sufriendo la población civil en Gaza.

Todos los derechos para todas las personas en todo el mundo

Las empresas de tecnología deben garantizar el respeto y la protección de las voces palestinas en sus plataformas y de su derecho a la libre expresión, al igual que las de todas las personas, especialmente aquellas que documentan violaciones de derechos humanos y utilizan las tecnologías en defensa de su propia vida y la de sus familiares. Para ello, deben asumir su responsabilidad y dejar de ser parte activa en el silenciamiento y las atrocidades contra la gente en Palestina.

Manifestamos nuestra solidaridad con toda la población civil que ha sufrido las consecuencias de la violencia y esperamos el alto al fuego y una pronta solución al conflicto, además de sumarnos a los llamados para abordar las causas de la violencia y el fin de las condiciones de abuso, de manera que se garantice el pleno ejercicio de derechos humanos para todas las personas que habitan la región de Gaza.

Violencia digital: nuevos formatos, viejas formas de censura

La masificación del acceso a internet tiene dos consecuencias indiscutibles: amplificar conductas, positivas y negativas, de la sociedad en su conjunto; y trasladar las discusiones a entornos digitales, donde la circulación de discursos no tiene límites, independiente de sus características particulares. En este escenario, el derecho a la libertad de expresión es constantemente cuestionado pese a que, desde la mirada de los derechos fundamentales, es una obligación de los Estados generar marcos regulatorios que lo protejan y, a la vez, garanticen la seguridad de quienes lo ejercen.

A propósito del rol de la libertad de expresión en línea, conversamos con la psicóloga Daniela Céspedes, cocreadora y productora ejecutiva de Pliegue, sobre diversos episodios de violencia digital e intentos de censura en los que este colectivo fue víctima durante 2020.

Pliegue es, en palabras de su directora, un “colectivo de investigación de filosofía poshumana y de estéticas del proceso”. Se posiciona contra el pensamiento liberal y la privatización del conocimiento, y su misión y visión se traducen en acciones concretas: ofrece charlas de divulgación a bajo costo, produce material audiovisual (cápsulas de video y largometrajes) y tiene amplia presencia en redes sociales.

Por las características de la labor que realizan, no es extraño que hayan surgido detractores desde los comienzos de su aventura: episodios de acoso digital por parte de personas con poca afinidad por los contenidos divulgados en su cuenta de Instagram, bombardeos de comentarios negativos a sus publicaciones y denuncias para dar de baja la página en las redes sociales son algunos ejemplos.

Esto no fue un obstáculo para el desarrollo de su trabajo, sino un aliciente. En el año 2019, el colectivo se adjudicó un Fondo Audiovisual del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile para desarrollar una webserie sobre, lo que consideran, configura la decadencia de las instituciones de educación superior producto de lógicas neoliberales y su conversión en productoras de conocimiento que nunca llega a socializarse.

La webserie fue estrenada el 27 de mayo de 2020 y está disponible de manera gratuita y abierta en YouTube. Desde el estreno del trailer, aún previo al lanzamiento, la obra generó controversias. Ahí también empezaron los primeros eventos de acoso. “Desde el primer momento en que empezamos a estrenar los clips, me llegaban mensajes de números que yo no conocía, comentarios de personas señalando que conocían a un profesor, que conocían a otro profesor, que conocían a un decano, que preguntaban de qué se trata esto”.

Parte de la reacción vino de las instituciones académicas, que se pusieron en alerta debido a la presunción de que habría denuncias individuales, con nombre y apellido, de malas prácticas al interior de sus centros de estudio. “Hubo desconocimiento de sobre qué era el documental. No se entendió qué iba a tratar en lo concreto, a pesar de que toda la promoción aclaraba que era un ensayo filosófico”.

Los mensajes iniciales escalaron al hostigamiento anónimo a académicos que aceptaron dar entrevistas para el proyecto. “Cuatro personas que participaron en el documental fueron sistemáticamente, en distintos grados, llamadas por las instituciones a las cuales ellos prestan servicio, con preguntas como: ¿por qué dijiste esto? ¿Tú sabes que, si tú dijiste esto, en la universidad se te va a despedir?”.

La práctica contraría los derechos a la libre expresión de las personas cuestionadas y su libertad académica que, tal como reconoce la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), “abarca la libertad de trabajadoras, trabajadores y estudiantes de instituciones académicas para expresarse con respecto a dichas instituciones y sobre el sistema educativo”.

Posteriormente comenzó el acoso personal hacia ella, quien actuó como productora ejecutiva de la serie: “días antes de estrenar, [llegaron] los llamados diciéndome ‘tu teléfono es conocido’, ‘ten cuidado’, que yo no iba a pisar un pie en la universidad nunca más. Que, si yo quería ser académica o profesora o intelectual o algo así, que tuviera cuidado porque con esto me estaba metiendo en un problema muy grave”.

Nuevas amenazas se iniciaron en octubre del mismo año, cuando en las fechas cercanas al 18 de octubre de 2020, es decir, el primer aniversario del estallido social que sucedió en Chile, Pliegue decidió realizar una adenda a la webserie e incluir material sobre las protestas en los cortes originales. Además, entre las charlas abiertas que dictaban incluyeron una acerca de la psicología, estética y filosofía detrás de los movimientos fascistas.

Fue lo último lo que le llamó la atención de Alexis López Tapia, figura de ultraderecha chilena vinculado a teorías conspiratorias sobre los movimientos sociales en América Latina. Además de publicar en Facebook una alerta sobre la charla, sindicando al colectivo como “lo peor de la izquierda” y “enemigo del movimiento” que lidera, López Tapia usó la red para pedir a sus seguidores que reporten las cuentas de Pliegue, describiéndolos como un colectivo de terrorismo intelectual y cabecillas de una supuesta asociación clandestina y revolucionaria.

En principio, relata Daniela, no les dieron mayor importancia a dichas acusaciones, hasta que advirtieron apariciones de López Tapia en espacios virtuales de políticos del Partido Republicano, de extrema derecha, y con las fuerzas del orden en Chile, aumentando así su visibilidad y, por ende, las reacciones virulentas en los canales de Pliegue por parte de sus seguidores. Volvieron las llamadas anónimas, esta vez amenazando a Daniela con agresiones físicas e invasión de morada.

La estrategia adoptada para hacer frente a estas oleadas de censura, difamación y hostigamiento fue “esperar a que pasara la ola”: reducir el número de publicaciones, no lanzar material nuevo y mantener un perfil bajo hasta que cesara el acoso. Daniela afirma que “lo que nosotros hacemos es siempre estar en contra de la ola, pero yo no quiero estar en contra de la ola con la bandera arriba. O sea, a mí no me interesa el drama. Si hay que hacerlo más lento, si hay que hacerlo más silencioso, prefiero eso. Yo no quiero tener ese nivel de mediatización” ya que la prioridad política del colectivo es el conocimiento abierto y no la visibilidad.

Los hechos narrados por Daniela, afectando al colectivo Pliegue y a personas de la comunidad académica con quienes se han relacionado, demuestran la persistencia de desafíos en el Estado chileno para proteger a las personas frente a amenazas o actos de violencia derivados de su expresión o participación en los debates públicos en línea.

Tales prácticas responden a una cultura de censura que , facilitadas por las tecnologías, puede en muchos casos derivar en otras formas de violencia. Sus objetivos son silenciar la crítica, la denuncia de abusos y a cualquier tipo de voces disonantes a los poderes establecidos, así como inhibir el trabajo de defensoras de derechos humanos, periodistas, artistas, entre otras. Al permitirlas, por acción u omisión, el Estado de Chile contraviene la obligación legal internacional de garantizar el derecho a defender derechos.

Uno de los compromisos que Chile necesita observar es mantener ambientes informativos, académicos y un espacio digital que propicie el ejercicio de derechos, incluyendo también la adopción de medidas de prevención, investigación y acompañamiento a las personas afectadas, de modo que no resulten en otras vulneraciones.

El caso de Pliegue, además, pone en la palestra la reducción del espacio de discusión democrática en Chile. La falta de mecanismos efectivos a los que acudir en situaciones como esta es una señal para el Estado de Chile, en este nuevo período del Examen Periódico Universal, a suscribir y ejecutar compromisos que aseguren el derecho a la libertad de expresión para todas las chilenas, en todo el país, en todos los estratos, exista o no el amparo de una institución. 

Migrantes sin papeles y su regularización

Quienes hemos migrado a otro país, o quienes han soñado en hacerlo, tenemos como una gran prioridad contar con “los papeles al día” lo que incluye, entre otros, portar un pasaporte y visado vigente, y obtener el documento de identidad o permiso temporal de estadía en nuestro lugar de destino.

No tener los papeles al día tiene consecuencias relevantes. Sin ellos es casi imposible matricularse en una universidad o colegio, reduce los chances de conseguir empleo formal, puede alejarnos del acceso a servicios de salud y ni hablar de abrir una cuenta bancaria para emprender o recibir un sueldo, o de la posibilidad de enviar o recibir mesadas. Todo esto sumado al miedo continuo de ser deportados o devueltos a nuestro lugar de origen por las autoridades migratorias.

La situación de migrantes indocumentados ha motivado al Relator Especial de los Derechos Humanos de los Migrantes de las Naciones Unidas a publicar un informe dedicado a llamar la atención de los Estados para que su situación se regularice. El informe, quizá por primera vez, advierte algunos aspectos sobre el rol que las tecnologías digitales juegan en ese tipo de políticas y que vale la pena explorar de cerca.

¿Qué es eso de la regularización?

Según el Relator Especial, la regularización es el proceso que emprenden los Estados para poner fin al limbo en que viven los migrantes indocumentados, a través de políticas diversas que buscan dotarlas de los permisos necesarios para normalizar su estadía o residencia en el país.

Estas políticas casi siempre tienen un período de duración limitado y operan bajo restricciones o requisitos exigentes, por lo que beneficiarse de estas no es fácil. El informe del Relator Especial menciona el caso de las políticas de regularización de migrantes indocumentados en Ginebra durante 2017 y 2018. Dicha política regularizó a indocumentados siempre que llevasen residiendo allí más de 10 años — 5 para personas con hijos—, tuviesen un empleo formal e independencia económica, un certificado A2 de francés y ningún antecedente penal.

Las políticas de regularización pueden llegar a ser tan exigentes, poco transparentes y discrecionales, que terminan excluyendo a los migrantes más vulnerables.

Regularización: entre la digitalización y la biometría

El informe menciona cómo, fruto de los procesos de transformación digital que están experimentando las políticas y proceso migratorios en distintos países, el trámite de las solicitudes de regularización depende cada vez más de los canales digitales. Para los migrantes sin papeles que no tienen acceso estable a internet o dispositivos para navegar en línea, o que no cuentan con las habilidades necesarias para navegar los sitios web o aplicaciones móviles a través de las cuales enviar y consultar el estado de su solicitud, la digitalización puede suponer un reto adicional. La brecha digital, recordemos, puede agravar desigualdades de base y el informe enfatiza que no tener papeles al día es un factor de vulnerabilidad muy serio.

Pero otro asunto que menciona el informe tiene que ver con la captura de datos biométricos de migrantes indocumentados como un obstáculo adicional en la postulación a los procesos de regularización. No obstante, no explora cuál es el impacto que podría tener la recogida de ese tipo de información en esos contextos. Una oportunidad perdida de cara a la progresiva masificación de ese tipo de prácticas en países como Colombia y, más recientemente, en Chile.

En ese contexto, distintas preocupaciones e intereses opuestos convergen. Por un lado, los migrantes indocumentados son titulares del derecho a la privacidad y protección de datos con la autonomía para decidir a quién entregan o no su información personal sensible. No obstante, el ejercicio del consentimiento en los contextos de regularización se ve en entredicho cuando la entrega de los datos biométricos supone una condición para acceder a los procesos de regularización migratoria. Ahora ¿qué finalidades cumple esta captura de datos?

En el caso de Chile, el más reciente caso en nuestra región, la toma de datos biométricos no tiene un fin del todo claro, pero abstenerse a su entrega puede influenciar negativamente la decisión de regularización migratoria que depende de si la persona solicitante tiene o no un empleo formal, vínculos familiares, ausencia de antecedentes penales, entre otros. Sin embargo, la política omite que las oportunidades de formalización de empleo para los migrantes sin papeles son escasas, si es que existen.

La creciente tendencia de recopilación de datos biométricos dice justificarse en la necesidad de identificar a las personas migrantes sin papeles, pero ¿qué otras alternativas menos invasivas de su privacidad podemos imaginar en aras de normalizar su situación migratoria? Urge fortalecer la rendición de cuentas de los Estados que despliegan políticas de regularización, al tiempo que aumenta su apetito por datos cuyo abuso puede ser instrumentalizado en contra de personas en condición vulnerable. Las políticas migratorias suelen tener reglas esquivas sobre privacidad y protección de datos, incluso cuando estas puedan estar vigentes.

En el caso chileno hay un proyecto de ley de protección de datos que lleva más de dos décadas en trámite. ¿Qué tema no ha sido discutido en la futura ley? La protección de los datos biométricos de personas migrantes en situación irregular, incapaces de negarse a entregar sus datos sensibles. ¿No valdría la pena corregir el rumbo ahora, que todavía estamos a tiempo? Ojalá en futuros informes el Relator Especial pueda profundizar en este tipo de prácticas.

Hasta entonces, les sugiero estar pendientes de nuestra próxima publicación sobre programas de identidad digital en la región. En ella hay hallazgos relevantes para avivar la discusión también en esta materia. 

Derechos digitales en América Latina: por tecnologías al servicio del bien común y el desarrollo integral de la sociedad

Los últimos tres años han sido particularmente agitados en América Latina. Los estragos mundiales causados por la pandemia de COVID-19 se vieron exacerbados por “estructuras de protección social débiles, sistemas de salud fragmentados y profundas desigualdades”, donde las personas en situación de vulnerabilidad fueron las más afectadas. A eso se suma un contexto de enorme inestabilidad, polarización política y un avance del autoritarismo en la región, particularmente en países como Ecuador, Perú, Brasil y la región centroamericana, por mencionar algunos.

En paralelo, hemos experimentado una reevaluación del rol de internet y las tecnologías emergentes. La noción cándida de que los procesos de digitalización solamente podían significar un fortalecimiento de los ideales democráticos de acceso, participación y desarrollo ya no es más que un recuerdo de otra época, y la pandemia despejó cualquier duda de que dichas tecnologías podían, en efecto, no solo exacerbar todavía más las inequidades sociales estructurales sino generar otras brechas.

Respecto de la función política de las tecnologías, la respuesta de los Estados ha sido ambivalente. Abandonada la idea ingenua, tan propia de principios de principios de siglo, de que internet y democracia eran prácticamente intercambiables, ahora se ha vuelto un lugar común responsabilizar a internet por la destrucción de la convivencia democrática, a veces de modo literal. Es conocido el caso de Centroamérica, donde se han utilizado leyes contra los cibercrímenes y la difusión de “desinformación” como excusa legal para perseguir a activistas, periodistas y opositores políticos. Al mismo tiempo, los Estados latinoamericanos están adquiriendo, implementado y haciendo usos cada vez más intensivos de distintas tecnologías digitales con el fin de vigilar, perseguir y controlar a la ciudadanía.

Frente a un cuadro que puede parecer desolador, la sociedad civil latinoamericana ha realizado un trabajo valiosísimo, no solamente en la defensa de los derechos humanos en entornos digitales, sino que en la articulación de una narrativa que recupera la esperanza por tecnologías al servicio del bien común y el desarrollo integral de la sociedad en su conjunto, sin sucumbir al optimismo acrítico y fetichista. En ese sentido, uno de los grandes valores de la región es un ecosistema de organizaciones cada vez más fuerte, más preparado y con mejores capacidades para lidiar con los múltiples riesgos y amenazas que debe enfrentar. Aportar al fortalecimiento del ecosistema latinoamericano generando conocimiento, participando de los debates pertinentes para la región y apoyando la creación de capacidades en la sociedad civil fueron los objetivos generales de Derechos Digitales en el marco del proyecto Greater Internet Freedom (GIF), cuyo tercer año de ejecución concluyó recientemente.

Inequidades históricas, nuevas brechas

En América Latina la tecnología siempre ha venido aparejada de la promesa de desarrollo. La persecución de una “modernización” que nunca pareciera que termináramos de alcanzar es un elemento constante, y sumamente efectivo, del discurso político en la región. Ello, sumado a la falta de normativas efectivas que regulen la implementación de tecnologías en el marco de políticas públicas, así como la opacidad con la que permiten operar legislaciones sumamente permisivas en materia de rendición de cuentas, hacen que la región sea campo fértil para la adquisición y aplicación de todo tipo de tecnologías con beneficios inciertos y escasa consideración por los derechos humanos, desde el voto electrónico a la implementación de tecnologías de identidades digitales.

Y, sin embargo, el acceso a tecnologías como internet sigue siendo una deuda pendiente para gran parte de la población en la región. Las investigaciones que forman parte del proyecto Latin America in a Glimpse: Amazonía —que documentan las brechas de acceso, los anhelos y los riesgos relativos a internet que perciben algunas de las comunidades que habitan la región amazónica de Bolivia, Brasil, Colombia y Ecuador— constatan que el acceso a internet en la zona es limitado, costoso y de baja calidad. En general, estamos hablando de una región con alta presencia de comunidades indígenas que han sido empobrecidas sistemáticamente y cuyas poblaciones han sido pospuestas en materias como acceso a la salud y a la educación.

De forma un poco más amplia, la octava edición de la publicación Latin America in a Glimpse ejemplifica algunas de las diversas formas que adoptan las brechas de acceso en la región: desde la dificultades que enfrentan las mujeres migrantes en Colombia para contratar planes de conectividad hasta los problemas que tienen las organizaciones de la sociedad civil para adoptar tecnologías más seguras, que les otorguen mayor protección en el ejercicio de su trabajo. La conclusión es que las brechas constituyen realidades complejas y multifactorial, que exceden a lo meramente técnico y tienen una base en inequidades estructurales —económicas, geográficas, culturales, etarias, de género, etcétera— que a su vez configuran nuestras experiencias en los entornos digitales.

Participación, regulación y gobernanza

En materia regulatoria, una fuente de constante angustia entre las agrupaciones activistas de la región es la falta de perspectivas de derechos humanos en las iniciativas legales que se discuten en América Latina, particularmente aquellas relativas a la implementación de tecnologías. Es un problema que las organizaciones locales han asumido como propio, sobreponiéndose muchas veces a la falta de instancias de participación real y trabajando de forma cada vez más efectiva en la incidencia legislativa.

Este es un ámbito donde la cooperación puede tener gran impacto, incluyendo aquella realizada entre organizaciones ubicadas en distintos países. Dos ejemplos interesantes en el marco de GIF: la participación de Derechos Digitales en alianza con organizaciones locales durante la discusión de la ley de datos personales en Ecuador y la colaboración entre organizaciones locales e internacionales en el marco del 41º ciclo del Examen Periódico Universal por el Consejo de Derechos Humanos, donde fueron evaluados Brasil y Ecuador. El trabajo colaborativo y en red es fundamental para la construcción de capacidades locales que permitan una defensa de los derechos fundamentales más efectiva a lo largo de toda la región.

La falta de instancias de participación a nivel local tiene su contraparte también a nivel internacional, donde muchas veces la actuación de las delegaciones de los estados latinoamericanos es escueta y presenta la misma falta de perspectiva de derechos fundamentales que las discusiones locales. Las barreras de acceso para la participación de las organizaciones de sociedad civil en estos espacios son todavía mayores, en tanto no solamente pueden suponer altos costos económicos (por ejemplo, para asistir y poder participar de una sesión de discusión de un organismo del sistema de Naciones Unidas), sino que además conlleva contar con conocimiento respecto del funcionamiento del sistema internacional, además de la dedicación de muchísimo tiempo, recurso particularmente escaso para la sociedad civil.

Mayor representatividad de voces latinoamericanas en los espacios de gobernanza a nivel internacional es fundamental por una serie de razones. La primera, es que la carencia de perspectivas locales puede resultar en la adopción de mandatos imposibles, inadecuados o que abran la puerta a distintas formas de abuso, producto de debilidades de la institucionalidad democrática en nuestros países, desconocidos por los representantes de otras latitudes. Un buen ejemplo de ello es la discusión en torno a una nueva “Convención de Cibercrimen” en el Comité Especial de las Naciones Unidas.

Por otro lado, la falta de participación en los espacios de gobernanza de la tecnología es la contracara de la dependencia técnica a la que se han visto subyugadas las naciones latinoamericanas a lo largo de su historia. En ese sentido, destacamos como sumamente positiva la posibilidad de participar en foros tales como el Grupo de Trabajo de Ingeniería de Internet (IETF por sus siglas en inglés) o de la Conferencia Mundial de Desarrollo de las Telecomunicaciones (CMDT) organizada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones.

Del mismo modo, durante los últimos años realizamos una serie de aportes a consultas internacionales que fueron incluidos en los reportes de los organismos, como nuestra contribución al informe sobre el derecho a la privacidad en relación a las tecnologías digitales en América Latina y nuestra contribución al reporte sobre la relación entre derechos humanos y los procesos para establecer normas técnicas para las nuevas tecnologías, ambos de la oficina de la ambos de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de ONU. Además, la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos recogió opiniones de Derechos Digitales en su informe anual, correspondiente al año 2022.

Seguridad digital para la defensa de derechos

América Latina tiene un largo historial de autoritarismo e inestabilidad política. Los últimos años han estado marcados por alta polarización en la región y protestas masivas, lo que en muchos casos ha desencadenado violencia, represión y persecución política, principalmente contra activistas, periodistas y defensores de derechos humanos. En este contexto, mejorar las condiciones de seguridad de organizaciones de derechos humanos se vuelve un imperativo.

En el marco de GIF, se realizaron dos distintas capacitaciones en Safetag, una metodología para realizar auditorías de seguridad digital en organizaciones de sociedad civil, desarrollada por Internews. Estas auditorías permiten a las organizaciones tener un mejor entendimiento de la información que manejan, cómo priorizar que se debe proteger, los riesgos y amenazas potenciales y cómo comunicaciones de forma más segura. Al completar la auditoría, las organizaciones pueden tener una comprensión suficiente de sus circunstancias para adoptar políticas internas que ayuden a las organizaciones a mejorar su seguridad. Por medio de la creación de capacidades para que nuevas organizaciones puedan realizar auditorías, se incrementan las competencias del ecosistema completo.

Además, se organizaron distintas instancias de intercambio de conocimientos sobre seguridad digital entre organizaciones latinoamericanas, incluyendo temáticas como análisis forense, atención de casos en línea y seguridad en sitios web, entre otros. Esto no solo ha permitido la mejora en el conocimiento técnico de las organizaciones, sino que la construcción de redes de colaboración y trabajo conjunto, lo que permite proyectar objetivos compartidos a nivel regional de mejor seguridad digital. Es importante destacar también la Guía de seguridad digital para personas defensoras del medio ambiente en Colombia, desarrollada por Fundación Karisma, con recomendaciones prácticas y consejos para proteger la identidad en redes sociales, evitar el phishing y el malware, fortalecer la seguridad de cuentas, gestionar contraseñas de manera segura y utilizar herramientas de cifrado.

Estas son solamente algunas de las muchas actividades realizadas durante los últimos tres años, que dan cuenta no solamente de las distintas necesidades del contexto latinoamericano en materia de derechos humanos y tecnología, sino que además de la fortaleza que supone la existencia de una red de organizaciones con capacidades en expansión.

Para Derechos Digitales y las organizaciones con las que colaboramos durante estos tres años, la ejecución del proyecto Greater Internet Freedom han supuesto además una mejora de capacidades internas y fortalecimiento institucional, ayudando a posicionar también el trabajo de organizaciones locales, cuestión señalada por ellas mismas en una reunión de evaluación sostenida en San José de Costa Rica, al margen de la realización de RightsCon, una de las conferencias mundiales más importantes en materia de derechos humanos y tecnología, y a la que tuvimos la posibilidad de llevar a 15 personas de distintas organizaciones latinoamericanas.

América Latina constantemente presenta grandes desafíos y amenazas a quienes trabajamos en favor de los derechos humanos, en condiciones que no siempre son ideales. Pero también hay una oportunidad gigantesca para dar un paso definitivo en levantar el estándar a nivel regional. La dedicación y el compromiso de quienes están dando la pelea en cada uno de los países latinoamericanos es un activo invaluable. La cooperación internacional para mejorar sus capacidades es fundamental.


Un agradecimiento a Mayra Osorio, Rafael Bonifaz y Juan Carlos Lara del equipo de Derechos Digitales por sus aportes e ideas para esta columna.

Una nueva opción para fortalecer los derechos digitales en Latinoamérica

Para comenzar a hablar sobre el nuevo fondo desarrollado por Derechos Digitales, es necesario tener en cuenta lo que ha sido el Fondo de Respuesta Rápida (FRR) y su impacto en la región. El FRR fue creado para dar respuesta inmediata a situaciones en donde los derechos humanos en línea se vieran afectados.

Se trata de un fondo diseñado para América Latina y sus necesidades y es así como mantiene un esquema flexible, democratizando el acceso al apoyo financiero y técnico requerido. Esto es, situaciones en las que es necesario una reacción o solución inmediata o de lo contrario, podría continuar el daño a la comunidad, por ejemplo, el uso de software en ámbitos educativos sin control de la privacidad de datos de las estudiantes; las herramientas para la seguridad digital de las mujeres en universidades para que puedan evitar abusos en línea; o los diferentes casos de litigio estratégico en la región que van desde la regulación del uso de programas de reconocimiento facial en espacios públicos o para la protección y defensa de mujeres víctimas de violencia basada en género en lo digital.

Desde el 2019 las experiencias del FRR han hecho evidente que muchas de las necesidades en el ámbito de los derechos digitales en América Latina son importantes y estructurales, que no se inscriben necesariamente en un marco de urgencia, que necesitan ser atendidos pero su respuesta o solución no es inmediata. En tiempos postpandemia, esto es especialmente cierto cuando las organizaciones siguen lidiando con temas de capacitación y entrenamiento en sus comunidades ya sin el manto de urgencia que la pandemia exigía al digitalizar muchos de nuestros procesos cotidianos, como la asistencia a clases, el acceso a servicios de salud, mecanismos de participación pública entre otros. Esta digitalización sigue en pie e incrementándose en nuestro día a día, manteniendo igual la necesidad de ofrecer herramientas a las comunidades para la utilización óptima de los instrumentos digitales.

De la experiencia con el FRR, surge el Fondo para los Derechos Digitales en América Latina (FDD).  El principal objetivo del fondo es sensibilizar a las comunidades sobre sus derechos digitales y promover un entorno digital libre, seguro y en favor del desarrollo íntegro de las personas, a través de micro subvenciones como una forma de apoyar y fortalecer a las organizaciones de la región.

 Entendemos que actualmente la región tiene países con contextos hostiles para la sociedad civil y la cooperación internacional, así tanto el FRR como el FDD funcionan como canal de distribución efectiva para atender a quienes más lo necesiten, proveyendo una opción de financiamiento flexible indispensable para que organizaciones locales puedan tener impacto en sus países, y con una metodología que minimiza la carga administrativa y de gestión con enfoque en el servicio y el impacto en sus comunidades.

Para quienes buscamos fondos para organizaciones, sabemos que es una labor que demanda tiempo, recursos y conocimientos que no siempre están disponibles en nuestras organizaciones. Mucha de la oferta de financiadoras es de países del hemisferio norte, lo que representa una barrera de idiomas en ocasiones, y con mecanismos de debida diligencia abrumadores para organizaciones incipientes o que trabajan en países con limitaciones para la sociedad civil.

Es esta una de las razones por las cuales la flexibilidad es uno de los valores que buscamos mantener también para el FDD. Un fondo pensado para América Latina, que conoce sus realidades en su mismo idioma, para que pueda ser un recurso sobre el que construyan su fortaleza institucional y experiencia en la gestión de fondos que les impulse para obtener recursos de otras fuentes.

Esperamos que el FDD atraiga propuestas interesantes para el fortalecimiento de los derechos digitales en la región que no se vean reflejados en un esquema de emergencia pero que al igual que el FRR, pueda atender los distintos niveles de necesidades presentes en nuestros países, desde alfabetización digital, hasta estrategias de respuestas a situaciones que ponen en riesgo a nuestras comunidades.

Para más información y postular a ambos fondos visita https://fondos.derechosdigitales.org/