Contribución al llamado de ACNUDH: Protección de personas defensoras de derechos humanos en la era digital

Derechos Digitales presentó una contribución al llamado de la ACNUDH sobre la protección de personas defensores de derechos humanos en la era digital. Proporcionamos información centralizada sobre las tendencias en la legislación que afectan el trabajo y la seguridad de los defensores de derechos humanos; la importancia de las comunicaciones digitales para su trabajo y sus acciones de incidencia; los riesgos que enfrentan relacionados con su privacidad y bienestar integral; y la centralidad de las respuestas corporativas.

Contribución a la encuesta en línea de la Oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre el espacio de la sociedad civil

Derechos Digitales respondió a la encuesta en línea de la Oficina de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre el espacio cívico para informar sobre las tendencias legislativas e institucionales emergentes relativas al espacio de la sociedad civil en América Latina. Nuestras respuestas a esta encuesta destacan la reducción generalizada del espacio cívico en toda América Latina. Subrayamos que esta tendencia regresiva amenaza a la sociedad civil en Perú, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Venezuela y Ecuador.

Solicitud de Opinión Consultiva presentada por el Estado de Guatemala «Sobre la democracia y su protección en el Sistema Interamericano de Derechos Humanos»

Este documento reúne el aporte colectivo en respuesta a la Opinión Consultiva N.º 33 presentada por el Estado de Guatemala ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en la que se plantea el alcance y contenido del derecho a la democracia en el Sistema Interamericano. En el marco de este proceso, Derechos Digitales, Fundación Multitudes, CEJIL, CIVICUS, Centro de Derechos Humanos Zerefino Ladrillero y Universidad Rafael Landívar aportan argumentos para el reconocimiento de la democracia como un derecho humano autónomo, basado en el respeto de la participación significativa, la protección del espacio cívico analógico y digital, y la garantía de la independencia judicial, contribuyendo al desarrollo de estándares regionales frente a los retrocesos democráticos en las Américas.

La militarización de la inteligencia artificial: violencia de género en contextos de guerra y conflicto armado

Esta columna fue publicada originalmente en Volcánicas

En un contexto marcado por una acelerada escalada de tensiones geopolíticas, el debilitamiento del sistema multilateral y un creciente desprecio por las normas internacionales, el mundo presencia la expansión de guerras, conflictos armados e intervenciones militares ilegales de enorme impacto para las poblaciones civiles. Al mismo tiempo, la IA se ha convertido en uno de los ejes centrales del discurso político y corporativo global.

La competencia por su desarrollo y control no solo enfrenta a gobiernos y grandes empresas tecnológicas, sino que también revela tensiones más profundas vinculadas al poder global, la seguridad y el futuro del ejercicio de los derechos humanos.

Entre las consecuencias más urgentes -y menos reguladas- del despliegue acelerado de estos sistemas se encuentra el aumento de formas de violencia de género facilitadas por tecnologías (VG FT). Observamos la aparición y expansión de prácticas como el acoso automatizado, la creación de imágenes íntimas falsas mediante modelos generativos, campañas de desinformación con sesgo de género, y formas cada vez más invasivas de vigilancia digital. A la vez, la gobernanza de estas tecnologías sigue estando profundamente fragmentada: mientras los marcos regulatorios sobre IA rara vez incorporan los riesgos específicos asociados a la violencia de género, las políticas dirigidas a abordar la VG FT todavía no integran plenamente los impactos de estos sistemas.

En este escenario, el desarrollo y despliegue de IA se entrelaza cada vez más con dinámicas de militarización y guerra. Este 8 de marzo nos obliga, por tanto, a mirar de frente una dimensión todavía insuficientemente abordada: la VG FT en contextos de guerra y conflictos armados.

Una aplicación incompatible con los derechos humanos

El despliegue de tecnologías basadas en IA en contextos de guerra y de conflicto armado no solo ya es un hecho, sino que continúa expandiéndose. Se utilizan, por ejemplo, para vigilancia masiva, análisis predictivo de amenazas, sistemas de armas autónomos y localización de “objetivos”.

Como han advertido numerosas expertas y organizaciones, los sistemas de IA no pueden evaluar adecuadamente principios fundamentales del derecho internacional humanitario, como la distinción entre combatientes y civiles o la proporcionalidad de un ataque. A esto se suman las implicancias para los mecanismos de responsabilidad y rendición de cuentas, ya de por sí difíciles de ejercer en estos contextos.

Como ocurre con muchas aplicaciones de IA, su incorporación suele justificarse en términos de eficacia. Pero: ¿qué significa “eficacia” en este contexto? ¿Puede hablarse de eficacia cuando se trata de sistemas utilizados para identificar, vigilar y atacar a personas? ¿Qué tipo de acción se considera eficaz en un escenario donde el resultado final es la expansión de la violencia? Si se parte de la premisa de que la eficacia depende del objetivo que se busca alcanzar, estudios señalan que estos sistemas están muy lejos de ser eficaces respecto a los objetivos que se les asignan.

Cuando sesgos y errores incorporados en el diseño de la IA se traducen en fallas al identificar objetivos, el costo recae literalmente sobre vidas humanas. La preocupación no se limita a fallos técnicos. En completa ausencia de reglas y límites, esos sistemas a veces son diseñados para identificar y atacar a personas que presenten determinados “marcadores”.

En cualquiera de estos escenarios, la noción misma de eficacia queda profundamente cuestionada. Si los sistemas fallan, el resultado es la muerte de personas que nunca debieron ser consideradas objetivos. Si funcionan como fueron diseñados, identifican y atacan a personas en función de su identidad. En ambos casos, lo que está en juego es la legitimidad misma de estos sistemas y su compatibilidad con el derecho internacional.

También se suele afirmar que estas tecnologías permitirían reducir las bajas civiles gracias a ataques supuestamente más “precisos”. El genocidio en Gaza ofrece un contraste brutal con ese argumento. A pocos meses del inicio del ataque militar por parte de Israel, expertas y expertos de Naciones Unidas advertían que se había destruido “un porcentaje mayor de viviendas e infraestructura civil que en cualquier otro conflicto que se recuerde”. En ese mismo contexto, señalaron el presunto uso de sistemas de IA para identificar objetivos y atacar viviendas familiares, con escasa consideración por la presencia de civiles en su interior o en sus alrededores.

Investigaciones periodísticas posteriores confirmaron el uso de IA por parte del ejército israelí en Gaza. Entre ellos destacan, por su carácter particularmente perverso, los sistemas conocidos como Lavender, Gospel y Where’s Daddy? (¿Dónde está papi?). Según reportes del Instituto de Estudios Palestinos, estos sistemas procesan enormes volúmenes de datos obtenidos a partir de años de vigilancia masiva sobre la población palestina que es utilizada para generar listas de personas y estructuras consideradas objetivos.

Mientras el sistema conocido como Gospel “recomienda” edificios e infraestructuras para ser bombardeadas, Lavender identifica personas como objetivos potenciales. Un sistema adicional, Where’s Daddy?, se utiliza específicamente para rastrear a las personas señaladas y ejecutar bombardeos cuando estas ingresan a su destino, el cual muchas veces es su vivienda familiar.

Según testimonios de agentes de inteligencia israelíes, la validación previa a autorizar un ataque podía durar alrededor de veinte segundos. Ese breve intervalo se utilizaba principalmente para comprobar si la persona señalada por el sistema era un hombre, usando al género como indicador de posible “combatiente”. No está claro si se trata de un procedimiento formalizado o de una práctica extendida dentro de las unidades involucradas.

Las consecuencias de este tipo de prácticas han sido devastadoras, siendo la mayoría de las personas asesinadas mujeres y niños. Lejos de proteger a la población civil, estos sistemas amplían la capacidad de identificar y atacar personas y aceleran el uso de la fuerza.

El uso de IA con fines militares se extiende a otros contextos y regiones del mundo. Según reportes periodísticos, Claude habría sido utilizado como apoyo en la invasión militar ilegal liderada por Estados Unidos en Venezuela en enero de este año, poniendo en evidencia que las implicaciones de estas tecnologías también alcanzan a América Latina.

La combinación de IA, vigilancia persistente y procesamiento masivo de datos en tiempo real configura nuevas formas de intervención basadas en la asimetría tecnológica y la superioridad informacional. Comprender esta lógica resulta crucial para América Latina y el Caribe, donde en los últimos años se han intensificado acuerdos militares, despliegues “temporarios” de tropas y sistemas de monitoreo vinculados a Estados Unidos en distintos países de la región.

La geopolítica detrás de la inteligencia artificial

El desarrollo y uso militar de la IA tiene como trasfondo una carrera tecnológica que asocia su desarrollo con la “dominación global” en una versión de la carrera armamentista en la Guerra Fría. Central a tal proceso es el desmantelamiento de legislaciones orientadas a generar protecciones. En el caso estadounidense, los documentos oficiales son explícitos al afirmar que quien controle el ecosistema de IA podrá fijar las reglas globales y obtener ventajas económicas y militares.

Los procesos multilaterales capaces de poner límites a tal lógica han fallado, como fue el caso del Pacto para el Futuro, adoptado en 2024 y presentado como una iniciativa para fortalecer el sistema internacional frente a los desafíos del siglo XXI. A pesar de que las bases normativas ya existen dentro del propio sistema internacional de derechos humanos, incluyendo la Resolución 48/4 del Consejo de Derechos Humanos y el informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que recomiendan establecer moratorias o incluso prohibiciones para sistemas de IA que no puedan utilizarse en conformidad con el derecho internacional.

No resulta sorprendente -aunque no por ello deja de ser indignante- que las iniciativas derivadas de este proceso se inscriban en esa misma falta de voluntad política para establecer límites efectivos. El Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial, creado a partir del Pacto para el Futuro para evaluar los impactos y riesgos de estas tecnologías, establece explícitamente que su mandato se limitará al ámbito no militar, asegurando así que una de las discusiones más urgentes sobre estas tecnologías quede deliberadamente fuera del análisis.

Las grandes empresas tecnológicas desempeñan un papel central en esta estructura. A través de crecientes alianzas público-privadas, contribuyen a consolidar dinámicas de poder cada vez más autoritarias y asociadas a prácticas abusivas de derechos humanos. Este poder se sustenta no solo en la enorme concentración económica e informacional que acumulan -facilitada en gran medida por la desregulación del sector-, sino también en la creciente convergencia entre intereses corporativos y estatales, que se proyecta de forma cada vez más evidente en la arena militar.

En un reciente informe, la Relatora Especial de Naciones Unidas sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados identificó 48 compañías globales que apoyarían directa o indirectamente el genocidio en Gaza. Según Albanese, la continuidad de esta violencia no puede comprenderse sin considerar también los incentivos económicos que la sostienen: el genocidio, advierte, también es rentable.

Perspectivas feministas frente a la militarización de la IA

La incorporación de IA en actividades militares está transformando las formas en que se produce y se ejerce la violencia de género en contextos de conflicto armado y crisis humanitarias. Sin embargo, el análisis de los conflictos y de los procesos de paz continúa estando dominado por perspectivas patriarcales que invisibilizan las afectaciones diferenciadas que enfrentan las mujeres, así como las contribuciones que los movimientos de mujeres han realizado en la construcción de la paz.

Abordar estas dinámicas desde una perspectiva de género implica reconocer dos dimensiones interrelacionadas. Por un lado, la militarización tecnológica profundiza violencias ya presentes en contextos de guerra, donde las desigualdades estructurales se intensifican y las violaciones de derechos humanos contra mujeres y niñas adquieren formas particularmente graves. Por otro, la incorporación de sistemas basados en IA está dando lugar a nuevas formas de violencia, lo que vuelve urgente ampliar los marcos desde los cuales se las analizan.

Para entender la violencia de género facilitada por tecnologías es recomendable incorporar factores contextuales desde una perspectiva interseccional que permita comprender estas violencias de manera situada. Las formas que adoptan tales violencias no son universales ni se experimentan de la misma manera en todos los territorios; están atravesadas por desigualdades sociales, culturales y políticas que configuran tanto las dinámicas de violencia como las posibilidades de respuesta.

Los ejemplos son múltiples. Entre ellos se encuentran campañas de desinformación generadas o amplificadas mediante IA, ataques dirigidos contra mujeres a través de contenidos como deepfakes -utilizados para desacreditar o silenciar a figuras públicas y activistas-, y el despliegue de tecnologías biométricas y de reconocimiento facial que permiten rastrear e identificar poblaciones enteras sin salvaguardias adecuadas. Estas herramientas, a menudo presentadas como neutrales o necesarias para la seguridad o la gestión humanitaria, pueden exponer especialmente a mujeres activistas y a otras comunidades en situación de vulnerabilidad.

Como evidencia el caso de Gaza, estos sistemas también interactúan con categorías simplificadas de género. Programas utilizados para identificar y rastrear objetivos han operado en gran medida a partir de marcadores binarios de género (hombre es igual a “combatiente”), aunque contribuyendo en la práctica a ataques que terminan afectando de manera desproporcionada a mujeres y niños. Este patrón se inserta, además, en un contexto más amplio de violencia basada en género documentado por organismos internacionales, incluyendo la destrucción de servicios de salud reproductiva y otras prácticas que diversas expertas han descrito como parte de un proceso de femigenocidio.

Organizaciones humanitarias han advertido que el uso de sistemas digitales en contextos militares puede acelerar el ritmo de la guerra, reduciendo los tiempos de deliberación y debilitando los mecanismos de control humano sobre el uso de la fuerza. En escenarios ya marcados por altos niveles de violencia y deshumanización, esta aceleración incrementa los daños para la población civil y amplifica patrones preexistentes de discriminación, exclusión y violencia de género.

Frente a este panorama, resulta urgente ampliar los marcos desde los cuales comprendemos la violencia de género facilitada por tecnologías, incorporando las dinámicas de militarización, colonialismo y desigualdad global que atraviesan el desarrollo y despliegue de estas tecnologías. Al mismo tiempo, la evidencia acumulada refuerza la necesidad de establecer límites claros al uso de IA con fines militares. Sistemas que no pueden operar en conformidad con el derecho internacional humanitario y el derecho internacional de los derechos humanos deberían ser prohibidos.

Este 8 de marzo nos recuerda que las luchas feministas han sido fundamentales para cuestionar las lógicas de violencia, militarización y dominación que atraviesan nuestras sociedades. Frente a la expansión de la militarización de la IA, incorporar perspectivas feministas no es opcional: es una condición fundamental para comprender sus impactos reales y para imaginar alternativas que pongan a la vida -y no a la violencia- en el centro.

La erosión de la libertad de expresión en Costa Rica

Durante décadas, Costa Rica se presentó como una excepción democrática en Centroamérica, un país donde los derechos humanos se consolidaron frente a escenarios de inestabilidad en la región. Sin embargo, en los últimos años ese relato se ha tensionado en torno a la libertad de expresión. El país no está viviendo una ruptura autoritaria abrupta, sino una erosión progresiva que combina hostilidad política, vacíos legales y normalización social del silenciamiento.

La Clasificación Mundial de Libertad de Expresión de Reporteros Sin Fronteras muestra una caída progresiva: del 8° lugar en 2022, al 23° en 2023, 26° en 2024 y 36° en 2025, lo que representa el mayor retroceso en su trayectoria reciente. Este descenso no ocurre en abstracto: diversas coberturas periodísticas y análisis indican que durante el gobierno del presidente saliente Rodrigo Chaves Robles se impulsó una línea de confrontación con medios y periodistas, manifestada en ataques verbales, estigmatización de la prensa, presiones económicas y restricciones al acceso a la información pública que alimentan un clima de hostilidad, poco común en la historia del país.

Señales persistentes de presión sobre el ecosistema informativo y digital

En los años recientes, se vienen dando episodios que configuran un patrón reconocible de presión a la prensa. Uno de ellos fue la subasta de frecuencias de radio y televisión que generó fuertes cuestionamientos por su posible impacto en el pluralismo informativo y el acceso equitativo al espectro radioeléctrico. A esto se suman incidentes donde periodistas de medios digitales, especializados en verificación de datos, fueron objeto de restricciones o tratos diferenciados durante conferencias de prensa del Ejecutivo. En estos casos, la Sala Constitucional reconoció que estas prácticas vulneraban el ejercicio libre del periodismo.

Otro suceso fue el retiro de pauta estatal a un medio de comunicación luego de la publicación de contenidos satíricos sobre el gobierno. Según el Informe Nacional sobre Prácticas de Derechos Humanos 2024 del Departamento de Estado de EE. UU., se indica que la acción configuró una forma indirecta de sanción económica.

Esta rotura está teniendo repercusiones concretas en la percepción social y en las prácticas comunicativas de la ciudadanía. Los datos de la III Encuesta sobre Libertad de Expresión (Proledi-UCR 2025) revelan que más de la mitad de la población percibe un deterioro en su libertad de expresión y declara haber evitado expresar opiniones en redes sociales por temor a represalias o consecuencias. La percepción de censura y autocensura está en los niveles máximos de los últimos tres años, marcando el pulso de un entorno en el que internet y las plataformas digitales se convierten tanto en espacios esenciales de discusión como en territorios de riesgo para quienes discrepamos o criticamos al poder.

Costa Rica atrapada en la ola autoritaria

Las recientes elecciones del 1 de febrero marcaron un punto de inflexión en la política costarricense. La candidata oficialista Laura Fernández (aliada política y exministra de Chaves) logró una victoria en primera vuelta con alrededor del 51% de los sufragios, superando al principal contendiente de la oposición y evitando la segunda ronda.

Más allá del resultado de la votación, lo que preocupa es la consolidación de un clima político que debilita los contrapesos democráticos. La normalización del ataque a la prensa, la deslegitimación sistemática de voces críticas y la construcción de enemigos internos son rasgos ampliamente documentados en procesos de autoritarismo en la región. Que estas prácticas encuentren respaldo electoral en Costa Rica marca un quiebre en el país.

Sin equipararse aún a los escenarios más extremos, el gobierno costarricense comienza a reproducir patrones conocidos en los países centroamericanos. Desde Derechos Digitales lo hemos alertado. En el caso de El Salvador, por ejemplo, se dieron exilios masivos de periodistas y organizaciones de la sociedad civil en 2025, una situación que resuena más allá de sus fronteras y evidencia la fragilidad de la libertad de expresión cuando se normalizan narrativas de control por encima del debate crítico. En Honduras o Nicaragua, los medios enfrentan no solo presiones económicas y legales sino amenazas directas, lo que pone en perspectiva la preocupación costarricense como parte de un denominador común más amplio en la región.

El informe de la Fundación Heinrich Böll sobre libertad de expresión en Centroamérica evidencia que Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua ocupan posiciones muy bajas en los índices internacionales, reflejando contextos donde censura, criminalización del periodismo y violencia contra comunicadores son fenómenos recurrentes, y donde muchas veces no queda medio independiente alguno.

El escenario electoral de 2026 consolidó prácticas y narrativas que proyectan sus efectos más allá del ciclo electoral.

Derechos reconocidos, protecciones insuficientes

En términos generales, la libertad de expresión y de prensa en Costa Rica cuenta con una protección normativa robusta. La Constitución Política reconoce el derecho a la libre comunicación del pensamiento sin censura previa y prohíbe cualquier forma de restricción indirecta. A ello se suma la adhesión del país a instrumentos internacionales como la Convención Americana sobre Derechos Humanos y la Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión, que obligan al Estado no solo a abstenerse de censurar, sino a garantizar condiciones efectivas para su ejercicio libre y seguro.

Sin embargo, esta solidez no se traduce en un desarrollo legislativo integral que permita enfrentar los desafíos contemporáneos. Como se evidenció en los casos registrados anteriormente, el rol de la Sala Constitucional fue clave para contener algunas de las amenazas más evidentes. Estos fallos funcionaron como un contrapeso institucional frente a decisiones administrativas y prácticas gubernamentales que, de otro modo, habrían consolidado restricciones indirectas al ejercicio periodístico. Pero el rol de la Sala Constitucional como principal barrera de protección también evidencia que se depende cada vez más de la judicialización posterior, y no de políticas públicas preventivas.

A las alertas señaladas, se suma la evaluación de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que en 2025 señaló la existencia de un “ambiente de creciente deterioro de la libertad de expresión” en Costa Rica, marcado por el hostigamiento en redes sociales a personas críticas del gobierno y por el uso discrecional de recursos públicos como la pauta oficial. Estas prácticas, aun cuando no constituyen censura directa, generan un efecto inhibidor para la autoexpresión.

Diversas organizaciones de la sociedad civil vienen planteando una advertencia: el marco legal costarricense resulta insuficiente para abordar la violencia digital. Informes como Freedom on the Net 2024 subrayan que, las referencias a internet se resuelven caso por caso a partir de derechos tradicionales, sin una tipificación clara ni mecanismos procesales adecuados para enfrentar violencias en plataformas digitales, lo que deja amplios márgenes de impunidad y desprotección.

Esta brecha entre el reconocimiento normativo y la protección efectiva fue documentada también por otras organizaciones especializadas. El informe Libertad de Expresión en Costa Rica 2024 de la Universidad para la Paz advierte que las agresiones al ejercicio periodístico se reproducen y amplifican en entornos digitales, donde se organizan campañas de descrédito, se normaliza la intimidación y no se dan las condiciones para un debate público libre. En una línea complementaria, el Informe Alternativo del Examen Periódico Universal (EPU), elaborado por Sulá Batsú y CEJIL, señala un aumento sostenido de violencia digital de género y ataques de odio en línea dirigidos particularmente a mujeres periodistas y defensoras.

Sobre este tema, el trabajo de Derechos Digitales refuerza que estas dinámicas afectan de manera diferenciada a mujeres y personas LGBTIQA+, ya que restringe la participación pública y reproduce desigualdades estructurales en el entorno digital. Recientemente, junto al Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), se propusieron principios orientadores para reformas legislativas y políticas públicas, que apuntan a transformar no solo el reconocimiento normativo, sino también las capacidades estatales y sociales necesarias para proteger y garantizar la libertad de expresión en espacios digitales de forma efectiva y con perspectiva de derechos humanos.

Fortalecer la libertad de expresión en medio de la erosión democrática

En América Latina, el debilitamiento de la libertad de expresión se convirtió en una de las primeras señales de tendencia autoritaria, la experiencia en nuestros territorios demuestra que su desgaste rara vez comienza con censura directa. Costa Rica todavía cuenta con instituciones, estándares y capacidades para revertirlo, pero esa ventana no es indefinida.

Asumir que la libertad de expresión está garantizada por inercia es uno de los riesgos más altos del momento actual. Para fortalecerla no basta con invocar la tradición democrática ni confiar exclusivamente en la fortaleza institucional heredada.

Implica asumir responsabilidades concretas: actualizar el marco legal para enfrentar violencias digitales sin criminalizar la expresión, establecer reglas claras y transparentes para la comunicación estatal, garantizar mecanismos efectivos de protección a periodistas y personas comunicadoras, y reconocer que las plataformas digitales son hoy infraestructuras políticas que requieren regulación con enfoque de derechos humanos.

Diversidad cultural bajo asedio algorítmico: folklorización, silenciamiento y colonización de nuestros patrimonios culturales

El diseño, entrenamiento y despliegue de tecnologías está transformando nuestras sociedades en los ámbitos económico, social y político. Sin embargo, este debate suele dejar en un segundo plano cómo la IA está reconfigurando los modos en que la cultura se crea, promueve, accede y experimenta, con implicaciones profundas para el ejercicio de los derechos culturales.

Estos derechos son fundamentales en tanto protegen el desarrollo y la manifestación de las identidades culturales, y garantizan que personas y comunidades puedan expresar sus cosmovisiones y los significados que atribuyen a su existencia. Esta expresión se materializa a través de formas diversas de la experiencia humana que incluyen las artes, el patrimonio cultural, las lenguas, los sistemas de conocimiento, las convicciones, las creencias religiosas, e incluso prácticas cotidianas como la alimentación y la vestimenta.

En otras publicaciones hemos analizado las implicancias de la IA para el campo de los derechos culturales, puntualmente para la creación artística y la creatividad. En esta columna, problematizaremos a la IA como producto de hegemonías culturales y, a la vez, como infraestructura tecnológica que condiciona los marcos en los que la cultura se produce, circula y valora socialmente. Partimos de la premisa de que cuando los sistemas de IA se entrenan con información cultural del Norte Global, así como bajo lógicas coloniales y extractivistas, los resultados sesgados y discriminatorios no son accidentales, sino que reflejan las dinámicas de inclusión y exclusión presentes en los datos de entrenamiento y en los procesos de diseño. Como consecuencia, las culturas, las lenguas, los conocimientos y las formas de expresión del Sur Global están constantemente ausentes o mal representadas en los contenidos asistidos o generados por esta tecnología.

Resaltaremos la importancia de proteger, hoy más que nunca, la soberanía y la autodeterminación de las comunidades de nuestra región sobre sus datos culturales. Algo imprescindible frente a la creciente expansión de sistemas de IA que tienden a producir una visión de la cultura homogénea, estandarizada y colonial. Los argumentos presentados a continuación están basados en una contribución conjunta presentada por Derechos Digitales y Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC) ante el Mecanismo de expertos sobre el Derecho al Desarrollo de Naciones Unidas.

¿Cómo nos ven los grandes modelos de IA?

Diferentes investigaciones vienen señalando que los modelos de IA de las principales compañías tecnológicas no están diseñados para narrar con precisión aspectos culturales de los países del Sur Global. En algunos casos, esto se traduce en imprecisiones que reflejan desconocimiento y, en otros, en la reproducción de estereotipos e imaginarios simplificados que desdibujan la especificidad de identidades y expresiones culturales diversas.

Un claro ejemplo se observa en un estudio de la Universidad Diego Portales, en el que se generaron más de dos mil imágenes utilizando la herramienta Dall-E para analizar la percepción de los outputs de la IA sobre Chile y América Latina. Los resultados fueron desalentadores: la IA reproducía sesgos culturales, desigualdades, prejuicios, estereotipos de género y raciales. Así, al pedirle a la IA que generara imágenes a partir del prompt de «una mujer mapuche», los resultados mostraban a mujeres de cabello castaño, nariz respingada, ojos grandes y piel clara. Además, su vestimenta mezclaba elementos de diversos pueblos originarios de Latinoamérica y, en algunos casos, incluía plumas en la cabeza, algo característico de culturas indígenas norteamericanas.

Lo anterior refleja una problemática clara de la IA frente a la diversidad cultural: la mitificación, ficción y folklorización de las formas de expresión y las comunidades de regiones del Sur Global. A saber, las principales herramientas de IA amplifican ciertas estéticas y narrativas, mientras silencian y tergiversan otras, influyendo en cómo se representan las culturas en los entornos digitales y fuera de ellos. En esa medida, aquellas narrativas culturales alineadas con las normas dominantes -a menudo del Norte Global- son priorizadas, mientras que las expresiones e identidades de regiones pertenecientes al Sur Global están infrarrepresentadas o, peor aún, mal representadas.

Las implicaciones sociales y políticas de este escenario resultan preocupantes en el contexto tecno-político que vivimos. Estos sistemas -por su diseño y escala- no solo pueden profundizar jerarquías dominantes sino también generar nuevas formas de exclusión al promover la homogeneidad cultural y estética, con impactos directos en la diversidad cultural. Esto deteriora las condiciones del acceso y la transmisión de la cultura, a la vez que obstaculiza los esfuerzos de independencia, soberanía y autorrepresentación de comunidades históricamente marginalizadas, quienes continúan excluidas de las expresiones culturales dominantes.

Colonialismo digital extractivista

Otra problemática vinculada al diseño y entrenamiento de los grandes modelos de IA son las prácticas extractivistas y coloniales sobre los datos culturales de comunidades del Sur Global. En efecto, organismos internacionales de derechos humanos ya lo están advirtiendo: las empresas tecnológicas tratan los datos derivados de los patrimonios culturales como simples insumos para sus sistemas, despojándolos de los significados que les atribuyen las comunidades y sin beneficios reales para ellas.

Desde luego, los inventarios de datos que alimentan dichos sistemas rara vez se crean de forma participativa y transparente, o se rigen por marcos de derechos humanos con el fin de promover la diversidad cultural, comprenderla y protegerla. En contraste, lo que prevalece son prácticas de recopilación de datos culturales que priorizan el beneficio económico, normalmente sin consultar a las comunidades ni solicitar su consentimiento, y sin informarles sobre los objetivos de la recopilación.

Algunos estudios nombran esta postura extractivista como colonialismo digital. Se caracteriza por la construcción de un imperio algorítmico en el que los patrimonios culturales se convierten en materia prima de los sistemas de IA dominantes, extraídos de forma selectiva, descontextualizada, y sin favorecer realmente a las comunidades. Bajo esta lógica, al igual que las potencias coloniales extraen los recursos naturales de nuestras tierras, los grandes modelos de IA extraen idiomas, historias y conocimientos de las comunidades, los separan de su contexto y significado originales, y los vuelven a ofrecer de forma tergiversada para su consumo global.

Lo anterior no solo perpetúa la ya mencionada malrepresentación de las culturas y formas de expresión del Sur Global, sino que erosiona la autodeterminación cultural de las comunidades. El derecho a determinar libremente el desarrollo y destino de sus culturas fue señalado por organismos regionales de derechos humanos como un pilar fundamental para preservar las tradiciones y los sistemas de significado y conocimiento. Por tanto, la omisión y negativa de las empresas que controlan la infraestructura global de la IA frente a la capacidad de decisión de las comunidades sobre sus formas de expresión cultural, cómo, hasta qué punto y bajo qué términos se les incluye en los conjuntos de datos de entrenamiento, influye determinantemente en el ejercicio pleno de derechos fundamentales, como los culturales.

Soberanía sobre los datos culturales y el derecho a la autodeterminación cultural

Frente a este escenario, ya emergieron múltiples iniciativas de IA impulsadas por comunidades, academia y sociedad civil del Sur Global. A través de enfoques situados, disputan las lógicas dominantes del desarrollo de la IA, priorizando la programación y el diseño participativo, así como criterios de pluralidad y liderazgo de las comunidades.

Un ejemplo destacado es “AIkuaa”, una herramienta que permite transcribir a texto grabaciones de audio en guaraní, uno de los idiomas oficiales de Paraguay y una de las lenguas indígenas más habladas en América Latina. Según sus creadores, los modelos de lenguaje de gran tamaño (LLM) ampliaron la brecha digital, ya que lenguas como el guaraní se encuentran infrarrepresentadas debido a la falta de datos en su entrenamiento. Frente a esto, el objetivo es crear un repositorio de conocimiento abierto que permita que las organizaciones, la comunidad y los medios de comunicación puedan responder mejor a las audiencias que hablan guaraní. Como metodología, desarrollan “mingas de voces abiertas” -inspiradas en los espacios tradicionales de trabajo comunitario- para seleccionar y validar las frases en guaraní que enriquecen los conjuntos de datos públicos de voz.

Otro caso relevante es “AfroféminasGPT”, una herramienta diseñada para fortalecer el pensamiento afrofeminista y decolonial, con especial foco en las mujeres negras y personas racializadas. AfroféminasGPT no tiene acceso a Internet de forma deliberada, lo que implica que no incorpora información en tiempo real desde la web sino que opera a partir de una serie de textos y materiales que fueron cuidadosamente curados. Este elemento, lejos de ser una limitación técnica, constituye una elección ético-política que busca evitar la incorporación automática de narrativas dominantes y coloniales sobre las experiencias, saberes y luchas de comunidades negras y racializadas. En ese sentido, la herramienta se nutre de fuentes originales producidas desde perspectivas afrofeministas y decoloniales, con el objetivo de contrarrestar la producción de narrativas blanqueadas, tergiversadas o desinformadas.

En un escenario mundial en el que un número reducido de actores, como OpenAI, ChatGPT, Google Gemini, Meta AI y Microsoft Copilot, concentra el desarrollo de sistemas de IA que jerarquizan y visibilizan contenidos culturales, iniciativas como las anteriormente descritas adquieren una relevancia particular y permiten el acceso a contenidos culturales guiados por principios como la participación y la diversidad.

A lo largo de esta columna, hemos problematizado algunas implicaciones de la IA para la cultura, argumentando cómo las comunidades menos representadas en los sistemas de datos suelen ser también las más perjudicadas por sus decisiones y resultados estereotipados y sesgados. Este panorama pone de relieve la importancia de la soberanía sobre los datos culturales y el derecho a la autodeterminación cultural, dos principios fundamentales de herramientas contrahegemónicas de IA que fueron impulsadas por comunidades históricamente marginalizadas. Estas alternativas desafían el dominio de los gigantes tecnológicos y demuestran la urgencia de repensar y rediseñar la tecnología desde la riqueza cultural del Sur Global, asegurando que las iniciativas se construyan desde, y en respuesta a, los conocimientos y las necesidades culturales locales.

Contribución al Consejo Asesor de Contenido de Meta sobre la expansión del programa de notas de la comunidad

En esta contribución presentamos evidencia sobre las fallas y la ineficacia, ya documentadas a partir del caso de X, del sistema de notas de la comunidad para hacer frente a la desinformación y la diseminación de contenidos engañosos en redes sociales. También, argumentamos que en países del Sur Global, como los de América Latina, donde los esfuerzos estatales para abordar la desinformación han sido insuficientes, heterogéneos y desequilibrados ante los múltiples intereses en juego; y donde en los últimos años ha persistido el silenciamiento de voces críticas y comunidades históricamente marginalizadas, un sistema como el de las notas comunitarias de Meta incrementa el riesgo de un aumento significativo del abuso, la violencia, la desinformación y la manipulación en las redes sociales.

Entre cuerpos y códigos: nuevos medios, viejas violencias

La violencia de género, que afecta principalmente a mujeres y personas LGBTIQA+, forma parte de la estructura del capitalismo. Se manifiesta a partir de diversas conductas y atraviesa distintos formatos que van mucho más allá de la violencia física. Históricamente, el control sobre los cuerpos ha sido una de sus expresiones más persistentes. Desde la reproducción forzada de mujeres esclavizadas para aumentar la mano de obra en las colonias, pasando por las altísimas tasas de violencia sexual -entre 2018 y 2022, se registraron más de 800 mil casos de mujeres víctimas de delitos sexuales en nuestra región, la mitad de ellas niñas con menos de 18 años-, hasta llegar a las leyes restrictivas en materia de aborto. De forma constante y sistemática, los cuerpos que no se amoldan a la lógica y la moral patriarcal, ven su autonomía limitada.

No solo el “cómo”, sino también el medio por el cual ocurre esa violación a la autonomía es reinventado constantemente. En las últimas décadas, ante el avance de la digitalización y la penetración de internet en América Latina y en todo el mundo, las tecnologías de información y comunicación pasaron también a ser soporte para esta vieja expresión de desigualdades y violencia de género.

Cuando las tecnologías reproducen el control

En 2016, la organización Coding Rights ya denunciaba fallas de seguridad en las aplicaciones de control del ciclo menstrual (las llamadas “menstruapps”), así como el uso indebido y opaco de los datos registrados por las usuarias para dirigir publicidad de acuerdo con los patrones de sus ciclos, como anuncios de toallitas, copas menstruales o termómetros. En 2020, Brasil presenció además el trágico episodio de una niña de 10 años que, al tener que ser trasladada a otro estado para ejercer su derecho al aborto legal por un embarazo producto de la violación de su tío, fue blanco de manifestaciones de grupos conservadores luego de la filtración de sus datos en redes sociales.

También forma parte de este conjunto de ejemplos lo sucedido en la provincia argentina de Salta, donde salió a la luz un proyecto del gobierno que utilizaba datos personales sensibles para “predecir” embarazos adolescentes. La iniciativa, cuestionada por organizaciones feministas y de derechos digitales debido a los sesgos del algoritmo, evidenció cómo las tecnologías pueden reforzar patrones de vigilancia y control sobre los cuerpos de niñas y adolescentes, especialmente aquellas provenientes de comunidades indígenas o de bajos recursos.

A ello se suman los constantes ataques digitales contra activistas feministas y defensoras de los derechos sexuales y reproductivos en distintos países de la región. En El Salvador, por ejemplo, organizaciones que acompañan a mujeres criminalizadas por emergencias obstétricas fueron objeto de campañas coordinadas de desinformación, acoso y discurso de odio en redes sociales, en un intento por desacreditar su labor y silenciar la denuncia sobre la penalización de la interrupción voluntaria del embarazo.

La desinformación, además, opera como un mecanismo de pánico moral: no solo ataca a quienes defienden derechos reproductivos, sino que instrumentaliza la propia agenda del aborto para generar confusión, miedo y resistencia social. En Paraguay, sectores conservadores difundieron narrativas falsas que vinculaban el Acuerdo de Escazú (un convenio sobre transparencia ambiental) con la supuesta imposición de agendas sobre aborto o “ideología de género”, en un uso estratégico de la desinformación que desvió el debate público y funcionó como cortina de humo, dificultando la discusión de un tratado clave para la protección de defensoras ambientales.

Junto a otras conductas como la difusión no consentida de imágenes íntimas y el stalkerware, estas prácticas son expresión de lo que llamamos violencia de género facilitada por las tecnologías (VG FT).

Del control a la resistencia digital

Pero si la tecnología es parte del problema, también puede -y debe- ser parte de la respuesta. En los últimos años, especialmente los colectivos feministas y LGBTIQA+ se han movilizado para hacer del entorno digital un espacio de resistencia y cuidado. Además de ofrecer servicios como líneas de ayuda para personas víctimas de violencia de género facilitada por las tecnologías, organizan campañas cuya pauta central es la autonomía sobre el propio cuerpo. Dos ejemplos importantes son: el movimiento Ni Una Menos, en Argentina, que desde 2015 articula protestas masivas tanto en las calles como en redes sociales contra los femicidios y las violencias machistas; y el movimiento colombiano Causa Justa, que utilizó estratégicamente plataformas digitales en la articulación del debate público que llevó a la despenalización del aborto por decisión de la Corte Constitucional en 2022.

El avance de la telemedicina para acceder a cuidados reproductivos seguros, como la interrupción voluntaria del embarazo, es otro ejemplo relevante de cómo las tecnologías pueden reforzar el ejercicio de la autonomía. En Brasil, dispositivos pioneros fueron clave para mitigar desigualdades territoriales en el acceso a servicios legales. De manera similar, en México, proyectos piloto demostraron que el aborto con medicamentos acompañado por telemedicina es seguro, eficaz y garantiza privacidad y autonomía para las usuarias. En países con sistemas de salud fragmentados o con profundas brechas territoriales -una característica común a toda América Latina-, estas iniciativas permitieron que más personas accedan a información confiable, acompañamiento profesional y atención oportuna, incluso en zonas donde los servicios presenciales son inexistentes o insuficientes.

La protección frente a las violencias de género facilitadas por las tecnologías

El 25 de noviembre es el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. El hito, instituido por la ONU en 1999, surge de la lucha feminista latinoamericana, en memoria del día del asesinato de las hermanas Mirabal en 1960, quienes se oponían a la dictadura en República Dominicana. En esta efeméride, es esencial recordar que eliminar la violencia de género implica también erradicar las violencias facilitadas por las tecnologías. Además, debe servir como un llamado urgente a fortalecer los marcos legales y las políticas públicas destinadas a enfrentar esta problemática.

Estos marcos deben partir de una perspectiva interseccional y basada en derechos humanos, e ir más allá de la criminalización y la punición de los agresores. Deben integrarse a otros encuadres preexistentes de prevención y protección frente a la violencia basada en género. También deben centrarse en las sobrevivientes y asegurar la capacitación de actores e instituciones para que puedan ofrecer respuestas sensibles y no revictimizantes a todas las personas que hayan sufrido violencias, tal como desarrolla el reporte Combating Technology-facilitated Gender-based Violence under the Lenses of International Human Rights Law, recientemente publicado por Derechos Digitales en alianza con el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA). En el documento, analizamos marcos del derecho internacional de derechos humanos y legislaciones de ocho países sobre violencia de género facilitada por las tecnologías, para proponer directrices y caminos para enfrentar este fenómeno.

La lucha por la autonomía sobre el cuerpo y la lucha por la autonomía frente a las tecnologías de la información y comunicación están profundamente interconectadas. Ambas reivindican el derecho a decidir y experimentar entornos libres de acuerdo con esa decisión -ya sea respecto del propio cuerpo, de los datos personales o de la vida digital-. En una sociedad marcada por desigualdades de género persistentes, reconocer esta conexión es esencial para imaginar políticas que realmente protejan y amplíen las libertades y cuidados. Entre cuerpos y códigos, es necesario recordar que las tecnologías no crean las violencias de género, pero sí pueden reproducirlas o transformarlas. Que sigan siendo, entonces, cada vez más, herramientas de emancipación.

Combatir la violencia de género facilitada por tecnologías (VGFT) desde el enfoque del derecho internacional de los derechos humanos

Este documento, realizado con el apoyo de UNFPA, identifica vacíos comunes en distintas jurisdicciones sobre la violencia de género facilitada por tecnologías y sintetiza los principales desafíos conceptuales, estratégicos y legislativos. Elaborado con un enfoque interseccional y centrado en derechos humanos, este trabajo busca orientar futuras reformas legales y de política pública. Su propósito es apoyar a quienes diseñan políticas, investigan o defienden derechos en la construcción de marcos coherentes y garantes para prevenir, atender y reparar la VGFT.