El 2023 en retrospectiva: ¿qué fue de la defensa de los derechos humanos en la era digital?

De crisis en crisis

Parecería ser que no conseguimos salir de situaciones dramáticas. A la emergencia climática y las persistentes consecuencias económicas de la pandemia del COVID-19 y del capitalismo global, debemos sumar los constantes riesgos a nuestras frágiles democracias.

La crisis bélica con que terminó 2022 en lugares lejanos a América Latina, se esparció por el mundo, incluidas amenazas en nuestra región. La violencia en los territorios ocupados de Palestina se extendió al entorno digital, en forma de censura y acoso. A la vez, la atención de usuarias de redes sociales se volcó en solidaridad no solo con Gaza, sino también con el Congo y Sudán. Vimos protestas en toda la región, incluyendo la continuación de protestas contra el gobierno en el Perú, y el surgimiento de violenta represión contra las protestas en Panamá y Guatemala, además del escenario que hoy se abre en Argentina.

A pesar de los cuestionamientos a las plataformas sociales como espacios de desinformación y frivolidad, internet sigue siendo  un lugar para el activismo, la denuncia de violaciones de derechos humanos y el periodismo.

Más tecnologías, más vigilancia

En América Latina pasamos de un año marcado por la vigilancia mediante tecnologías a un año en que, bueno, sucedió lo mismo y a menudo peor. La repetida historia de la vigilancia a través de Pegasus tuvo nuevas revelaciones sobre espionaje en México, El Salvador (a una jueza en una extensión de las revelaciones de 2022) y República Dominicana. Y más spyware fue detectado en México.

A ello se suman los riesgos de moverse de un lado a otro en un cuerpo tangible, en una región con creciente adopción de sistemas de vigilancia biométrica. San Pablo, en Brasil, anunciaba una adquisición millonaria de un nuevo sistema de vigilancia pese a las victorias contra sistemas de reconocimiento facial en el pasado reciente; el transporte público en Bogotá y la policía en Medellín anunciaban nuevas capacidades en Colombia; el nuevo gobierno argentino anunció vigilancia de rostros para identificar y castigar a participantes en protestas. La biometría siguió su expansión para los movimientos entre países: organizaciones de sociedad civil denunciaron el uso en fronteras y sobre personas migrantes. Y mientras en Ecuador se fortalecen capacidades con fines de seguridad y hasta la figura de un agente encubierto digital, languidece la esperanza de hacer aplicable la ley de datos personales aprobada hace años.

Expresión y protesta bajo asedio: dentro y fuera de internet

La situación argentina, una de las secuelas de la elección presidencial de fines de 2023, es parte de una fuerte acción gubernamental contra la protesta social, que merecerá cercana atención en 2024. Con la misma preocupación por la capacidad de trabajo en asociaciones de sociedad civil levantamos la alerta por la regulación de organizaciones en Venezuela.

Vimos  aumentar y profundizarse parte de la discusión sobre desinformación, acentuada en nuestra región por actos de violencia en Brasilia a principios de año, con la preocupación adicional por la desinformación política en ese país. Mientras tanto, en Chile se inauguraba una comisión experta para formular recomendaciones pese a la incertidumbre sobre el real efecto de las mentiras digitales. El traslado de la preocupación hacia una discusión más amplia sobre la regulación de empresas de internet también tuvo énfasis en Brasil, donde el proyecto de ley que partió como uno sobre fake news se convirtió en un debate mayor sobre la regulación de plataformas digitales.

Una importante sentencia de la Corte Constitucional en Colombia, dio importantes luces sobre el rol del Estado en la garantía del acceso a internet, como elemento crucial en el ejercicio de derechos fundamentales.

Nuestra seguridad en el marco vigente de derechos humanos como la referencia directa para exigir deberes de los Estados se mantiene firme, por lo que seguiremos trabajando en el reconocimiento institucional de aquello que sabemos que son nuestras prerrogativas como titulares de derechos fundamentales.

Tecnologías para todas

Sabemos que hay un fuerte énfasis en producir nuevas formas de gobernanza para la inteligencia artificial, incluyendo esfuerzos regulatorios en la región. También nuestro trabajo de este año dio cuenta de la necesidad de integrar perspectivas feministas al desarrollo tecnológico, y publicamos un informe en la materia con contribución significativa de especialistas de toda América Latina, además de coorganizar un taller sobre justicia de datos para recabar más perspectivas de personas expertas de la región.

Nuevas actividades dentro de nuestra línea programática sobre inteligencia artificial e inclusión se proyectarán hacia los próximos años para dar cuenta de la necesidad de aprovechar la oportunidad histórica de incidir en el desarrollo tecnológico futuro, con respeto a la democracia, los derechos fundamentales, el medio ambiente, y la inclusión. Es cierto que la tecnología es una fuente de riesgos y oportunidades, pero materializar estas últimas requiere una actitud vigilante y proactiva.

Solidaridad en tiempos de crisis

Este año, el trabajo de Derechos Digitales se vio fuertemente marcado por nuestra dedicación a la colaboración y el fortalecimiento de la sociedad civil en toda la región. Condujimos regionalmente acciones dentro del proyecto Greater Internet Freedom, para generar evidencias, reforzar activismo y construir capacidades en varios países de la región, dando lugar así a la publicación de una nueva versión de Latin America in a Glimpse, dedicada la conectividad en distintas áreas de la Amazonía.

También apoyamos financieramente al trabajo de activistas en la región, entregando fondos a 20 iniciativas de 13 países de la región, a través de nuestro Fondo de Respuesta Rápida y nuestro nuevo Fondo de Derechos Digitales, cuyo sistema de gestión sigue recibiendo el registro de postulantes y de proyectos. Apoyamos la formación de capacidades para personas en etapas iniciales o con interés en el trabajo por los derechos digitales, mediante un curso introductorio a fines del año. Examinamos el rol de la evaluación en el trabajo del activismo de sociedad civil.

Este año, inauguramos el Programa LaREDD, para la resiliencia y la defensa digital, mientras mantenemos nuestro trabajo de formación de confianza con personas expertas en seguridad digital en la región. Recibimos al primer par de pasantes con énfasis de inclusión en materias de seguridad y resiliencia digitales.

Fuimos parte del lanzamiento de una nueva Red Global para la Justicia Social y la Resiliencia Digital. Mantuvimos nuestra participación en nuestras múltiples redes, como el consorcio AlSur, la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC), IFEX, la Global Network Initiative (GNI), el Movimiento para una Mejor Internet (MFABI), la Red de Datos para el Desarrollo (D4D) y más.

Creemos en la cooperación como vía para el fortalecimiento mutuo, y seguiremos en ese camino.

Los desafíos globales de 2023 y 2024

Nuestra misión regional reconoce la necesidad de poner atención en procesos y eventos globales relacionados con los derechos humanos en la sociedad digitalizada. Seguimos con fuerte involucramiento en lugares como: el Comité Especial que discute un nuevo tratado de cibercrimen en el Tercer Comité de la ONU; el Grupo de Trabajo de Composición Abierta del Primer Comité, dedicado a la seguridad y el uso de las tecnologías, especialmente por los Estados. Continuamos el seguimiento de procesos en foros técnicos que inciden en el desarrollo de las redes y el impacto de las mismas en las posibilidades de los derechos humanos; la atención a tratados de libre comercio que por la vía del intercambio comercial pueden comprometer los derechos de las personas o transarlos por ventajas económicas.

También en  la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de la ONU, dedicada a las tecnologías y la superación de las brechas; en el seguimiento de las discusiones en la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual con posible impacto en el futuro del acceso al conocimiento; todo sumado a la atención dada a espacios como la UNESCO y sus iniciativas en IA y en gobernanza de plataformas, el Foro de Gobernanza de Internet, la Freedom Online Coalition, y mucho más.

En 2024 seremos testigos de la celebración de una Cumbre para el Futuro, organizada por Naciones Unidas, que incluirá un Pacto Digital Global, cuya elaboración ha traído múltiples preocupaciones para una sociedad civil global con renuencia a dejar el futuro digital a la decisión entre estados. Sabemos que se trata de una oportunidad de retomar el futuro a favor de los derechos humanos, por sobre los intereses gubernamentales.

Y en todos estos espacios, actuales y futuros, locales y globales, confiamos en el poder de la sociedad civil para cambiar la sociedad. La defensa de una perspectiva latinoamericana de los derechos humanos en la era digital requiere también la visibilización de la misma en múltiples espacios, gubernamentales e intersectoriales, con alcance global y con solidaridad transregional con el resto de la Mayoría Global.

El 2024 será un intenso año electoral, incluso para varios países de la región. Estaremos atentas a los procesos de cambio y a las posibles amenazas a nuestras democracias.

También, con una preponderancia de las personas, como tú y yo, y de grupos y comunidades, como todas nosotras, como verdaderas agentes de cambios que no tengan al poder estatal o empresarial como los grandes ganadores del futuro. Puedes confiar, como siempre, que desde Derechos Digitales seguiremos trabajando para que el futuro sea de todas.

Contribución conjunta sobre derechos humanos en el entorno digital en Chile

Este informe producido por Derechos Digitales y la Asociación para el Progreso de las Comunicaciones (APC) se enfoca en el ejercicio de los derechos humanos en la esfera digital en Chile, en el marco del 4° ciclo del Examen Periódico Universal (EPU) y analiza el cumplimiento de las siete recomendaciones en esta materia recibidas durante el ciclo anterior del EPU.

Elecciones, derechos digitales y desinformación: desafíos y aprendizajes a partir de la experiencia brasileña en 2022

La publicación analiza las especificidades del ecosistema de desinformación en las últimas elecciones presidenciales de Brasil, buscando ofrecer recomendaciones para otros países de la región que enfrenten esta problemática. El estudio fue realizado por la investigadora y docente brasileña, Anna Bentes, en el marco de una pasantía en Derechos Digitales entre noviembre de 2022 y mayo de 2023. Revisa el estudio completo aquí.

 

Solidaridad y compromiso contra el discurso de odio y la desinformación

En México, el 70.1% de las mujeres mayores de 15 años hemos experimentado algún tipo de violencia en nuestras vidas, de acuerdo con la última Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, publicada en 2021. Esto constituye un incremento de un 4% desde la medición anterior, que data de 2016. Mientras tanto, el Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra personas LGBT en México registró, al menos, 75 crímenes de odio en contra de personas de la comunidad en 2019.

El asesinato de le magistrade Ociel Baena a mediados de noviembre, víctima de un crimen de odio, no es un hecho aislado y nos convoca a reflexionar sobre la forma en que la intolerancia y la violencia se experimentan en el territorio. Al mismo tiempo, nos recuerdan que —como en otros países de América Latina— ser activista, persona trans o mujer conlleva exponerse a constantes vulneraciones a nuestros derechos y recibir discursos y actos de odio, proveniente de diversos actores.

La violencia de género encuentra en las tecnologías digitales un medio para amplificarse. La violencia de género facilitada por la tecnología no es una conducta nueva ni un fenómeno aislado, sino un antecedente importante de otras formas de violencia, muchas veces ignorado en las investigaciones. En la región hemos visto cómo el odio y las amenazas en línea persisten después de los ataques físicos, perpetuando la violencia en el tiempo y extendiéndola a familiares, pares y colectivos que comparten un activismo o identidad de género comunes con las víctimas. Por ello, es importante examinar el tipo de prácticas que estamos cultivando, dentro y fuera de las redes sociales, así como los desafíos que perduran al ejercicio del derecho a vivir una vida libre de violencia en México y en la región.

Ociel Baena: el odio entre las calles y las redes

Ociel Baena fue magistrade del Tribunal Electoral del estado de Aguascalientes. En el ejercicio de su cargo defendió los derechos de la comunidad LGBT+ y abrió espacios importantes para el reconocimiento legal de las personas no binaries en el país. Fue la primera persona no binarie en acceder a un cargo en el Poder Judicial, no solo en México, sino en América Latina. Asimismo, realizó avances para que las personas no binaries puedan contar con documentos legales de identidad, pues fue la primera persona en obtener un pasaporte, un acta de nacimiento y una credencial de elector no binaries

Además de su actuación como magistrade, Ociel Baena también ejercía su labor en la defensa de derechos en las redes sociales, donde constantemente recibía expresiones de odio, comentarios estigmatizantes y amenazas. Le magistrade Ociel realizó un arduo trabajo por visibilizar las violencias que sufren diariamente las personas trans, especialmente las personas no binaries, convirtiéndose en referente de la lucha por los derechos humanos de la comunidad LGBT+.

El 13 de noviembre de 2023, le magistrade fue asesinade en un crimen de odio junto a su pareja sentimental, Dorian Nieves Herrera. El caso generó una serie de movilizaciones a lo largo del país, exigiendo justicia y una investigación con perspectiva de género. 

La  Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) hizo un llamado a la Fiscalía de Justicia del Estado de Aguascalientes para que realice una investigación “que no ignore la condición de género y las amenazas previas recibidas por una de las víctimas [le magistrade]”. Según la CNDH, este crimen pudo ser calificado como una expresión de odio. Pese a ello, las autoridades de Aguascalientes anunciaron que probablemente se trataba de un “crimen pasional”.

El discurso de odio en plataformas digitales del cual era víctima Ociel no cesó tras la brutal violencia sufrida por elle y su pareja. Siguió activa en las noticias asociadas con el suceso y, todavía peor, encontró eco en una narrativa nbfóbica reforzada por algunos medios de comunicación. La comunidad LGBT+ pide que se investigue el caso como crimen de odio, pues existía un antecedente de amenazas hacia Baena por ser no binarie y por los derechos que defendía. 

La perpetuación del odio y la falta de respuestas

El discurso de odio en plataformas digitales busca silenciar la genuina indignación que nace de un caso de violencia extrema, aprovechando su visibilidad para inculcar más odio e intolerancia en la sociedad. En Brasil, ni el brutal asesinato de la diputada Marielle Franco terminó con los ataques que tuvo que enfrentar en vida. Hoy, todavía circula desinformación sobre su biografía y justificaciones del crimen del que fue víctima. Como Ociel Baena, Marielle luchaba por la protección de derechos humanos desde su posición como concejala de la ciudad de Río de Janeiro y desde sus redes digitales. Era una mujer negra, periférica y bisexual.

El caso de Ociel Baena muestra al mundo la incapacidad del Estado mexicano de garantizar una vida libre de violencia a su población, especialmente a las personas LGBT+. Los discursos de odio y estigmas que generaron un ambiente hostil para le magistrade se siguen perpetuando, sin que haya una respuesta efectiva. Su asesinato no solo interrumpe su vida, sino su lucha en la defensa de derechos humanos y los avances de toda la sociedad mexicana en esta materia.

En el marco de esta situación sensible, algunas comunidades LGBT+ en los estados de Puebla y Coahuila desean impulsar legislaciones denominadas “Ley Ociel Baena”, que tienen como objetivo sancionar a quienes emitan discursos de odio, especialmente aquellos que hagan apología al delito. Es importante que este tipo de iniciativas se discuta de manera participativa y cuidadosa, para que no resulten en una forma más de censura contra poblaciones históricamente vulneradas. Además, es relevante que el abordaje de la violencia no se restrinja a una perspectiva puramente punitivista.

Es clara la necesidad de seguir abordando el tema de sensibilización y educación contra la violencia de género, incluso desde los medios de comunicación. Si bien las tecnologías digitales son una plataforma adicional para ejercer estas agresiones, es importante trabajar desde la raíz del problema, que se encuentra en el pensamiento y conductas patriarcales y machistas, ampliamente arraigadas en la sociedad mexicana y latinoamericana en su conjunto.

Exigimos a las autoridades que se esclarezcan los hechos en una investigación con perspectiva de género, que se haga justicia y una debida reparación del daño para sus familiares.

Contra la violencia en Gaza, dentro y fuera de internet

Cuál fue el papel que ocupó el desarrollo técnico en el exterminio y cómo narrar la masacre son dos de las grandes preguntas que planteó el fin de la Segunda Guerra Mundial. Son preguntas todavía pertinentes hoy, a casi tres semanas de que las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) comenzaran un bombardeo implacable sobre la Franja de Gaza, tras los ataques terroristas de Hamás del 7 de octubre, donde murieron 1400 personas —en su mayoría civiles— y más de 200 fueron tomadas como rehenes.

Las acciones de Hamás y sus horrorosas consecuencias merecen nuestra total condena. Israel tiene derecho a defenderse, rescatar a los rehenes y buscar justicia. Pero, tal como recordaba el Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, frente al Consejo de Seguridad, incluso la guerra tiene reglas. A pesar de ello, a lo que ya es un territorio ocupado en condiciones propias de una prisión al aire libre, sujeto a bloqueo para la circulación de bienes, se sumó el bloqueo de servicios y de ayuda internacional, junto a una campaña de bombardeo aéreo sobre blancos civiles (supuestamente albergando a Hamás), que a su vez antecede a una anunciada invasión terrestre. Como señaló Guterres, “esos atroces ataques no pueden justificar el castigo colectivo del pueblo palestino”.

Las palabras de Guterres generaron indignación en el gobierno israelí, acusándole de justificar la masacre. El ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Eli Cohen, canceló una reunión programada con Guterres, y el enviado de Israel ante la ONU, Gilad Erdan, pidió su dimisión, al punto que el Secretario General tuvo que realizar una rueda de prensa donde denunció una tergiversación de sus declaraciones.

Mientras tanto, la principal agencia de la ONU que trabaja en Gaza debió interrumpir sus operaciones por falta de combustible y el sistema de salud ha colapsado: las instituciones sanitarias están saturadas y no tienen agua ni higiene suficiente. El gobierno israelí ordenó el bloqueo total en la zona: ni electricidad, ni comida, ni agua, ni combustible, mientras la castigada población de Gaza quedaba incomunicada por cortes de internet. A la fecha, alrededor de siete mil personas han muerto en Gaza producto de los bombardeos, incluyendo a casi tres mil niños y niñas. El resto de la población no tiene forma de escapar, pues la región está sujeta a un bloqueo militar.  Algunas provisiones han comenzado a llegar desde la frontera con Egipto, pero no son suficientes.

Estamos frente a un castigo colectivo y a una crisis humanitaria.

El silenciamiento de las víctimas

Los cortes de electricidad e internet en Gaza tienen el efecto de empeorar la crisis humanitaria, al limitar el acceso a la información de calidad, impedir la documentación de abusos de derechos humanos, cercenar las capacidades para reportar noticias, intercambiar información sobre necesidades o disponibilidad de ayuda, o encontrar a seres queridos de entre las miles de personas sepultadas bajo los escombros, producto de los ataques aéreos de la IDF.

Aparte del silencio por la imposibilidad de conectarse a internet, la forma en que se ejerce la expresión en internet ha estado afectada por décadas. La reacción del gobierno de Israel a las declaraciones de Guterres dan cuenta de una lógica que impone una falsa dicotomía que impide una discusión seria, donde cualquier discrepancia con las decisiones del gobierno israelí es vista como apoyo a Hamás o la denegación del derecho a la defensa de Israel. Se trata de una lógica maniquea que por largo tiempo ha redundado en una forma dispar de tratar la ocupación en Gaza frente a eventos como la invasión rusa en Ucrania.

Esta lógica se tradujo literalmente a Instagram: El usuario de TikTok ytkingkhan subió un video mostrando como su biografía en la plataforma, que contenía la bandera de palestina y la frase ٱلْحَمْدُ لِلَّٰهِ» —que significa “Alabado sea Dios”— era traducida automáticamente como “Alabado sea Dios, los terroristas palestinos están luchando por su libertad». Instagram agregaba la palabra “terroristas” a la traducción, la que desaparecía al remover la bandera.

Tras la publicación, Meta se disculpó y enmendó el error, pero no es la primera vez que se documenta la mala administración de contenidos en favor de Palestina en sus plataformas. En septiembre de 2022, Human Rights Watch detectó una aplicación excesiva de las normas relativas a moderación de contenidos a los contenidos publicados en árabe, y una moderación insuficiente de aquellos publicados en hebreo. Durante las últimas semanas, distintas usuarios y usuarias han denunciado la supresión de contenidos, restricciones a las cuentas y shadow-banning tras realizar publicaciones relativas al conflicto en Gaza.

Este tipo de situaciones no se limita a Meta. 7amleh, el Arab Center for the Advancement of Social Media, documentó más de 103.000 casos de discurso o incitación al odio en hebreo de 120.000 publicaciones realizadas, principalmente, en la plataforma antes conocida como Twitter, recopiladas entre el 7 y el 18 de octubre.  YK Hong publicó un video en Instagram donde mostraban las diferencias en las respuestas que distintos sistemas de inteligencia artificial daban frente a la pregunta por Israel y Palestina. Consultado si las personas en Israel merecían ser libres, el sistema de ChatGPT respondía concluyentemente que sí. Pero cuando se le preguntaba si las personas de Palestina merecían ser libres, ChatGPT partía explicando que se trataba de un tema polémico.

Del mismo modo, cuando Alexa aparecía configurada en modo infantil y se le preguntaba qué estaba ocurriendo en Palestina, el asistente virtual explicaba que no podía entregar información de este tipo para niños y niñas. Pero cuando se le preguntaba qué estaba ocurriendo en Israel —en la misma modalidad— no dudaba en realizar un resumen pormenorizado de la situación.

La diferencia de criterios para tratar ambos lados del conflicto y la penalización en contra de los contenidos en favor de Palestina establecen limitantes artificiales a la discusión en línea, que en este caso —de una forma u otra— son funcionales a la masacre que está sufriendo la población civil en Gaza.

Todos los derechos para todas las personas en todo el mundo

Las empresas de tecnología deben garantizar el respeto y la protección de las voces palestinas en sus plataformas y de su derecho a la libre expresión, al igual que las de todas las personas, especialmente aquellas que documentan violaciones de derechos humanos y utilizan las tecnologías en defensa de su propia vida y la de sus familiares. Para ello, deben asumir su responsabilidad y dejar de ser parte activa en el silenciamiento y las atrocidades contra la gente en Palestina.

Manifestamos nuestra solidaridad con toda la población civil que ha sufrido las consecuencias de la violencia y esperamos el alto al fuego y una pronta solución al conflicto, además de sumarnos a los llamados para abordar las causas de la violencia y el fin de las condiciones de abuso, de manera que se garantice el pleno ejercicio de derechos humanos para todas las personas que habitan la región de Gaza.

El fallo de apagones de internet: la máxima información es la clave

¿Qué pasó?

El fallo se refiere al episodio de interrupción del servicio de internet que tuvo lugar los días 4, 5 y 6 de mayo de 2021, en la Ciudad de Cali. En ese momento, Colombia experimentaba uno de los episodios de protesta social más intensos y prolongados que se habían vivido hasta entonces, detonado por el descontento en torno a la propuesta de reforma tributaria que apretaría el bolsillo de las personas, mermado por la pandemia. 

En esos días, según lo documentó Netblocks (organización británica que monitorea el acceso a internet a nivel global), el servicio de internet estuvo indisponible. Desde la tarde del día 4 y hasta la mañana del día 5 de mayo no hubo internet en varias zonas de Cali. Y para el día 6 de mayo, el Ministerio de las TIC había reproducido los comunicados de empresas proveedoras del servicio de internet informando la extensión de dicha afectación durante todo ese día.

En total, fueron tres días en que la ciudadanía, periodistas, protestantes y organizaciones de la sociedad civil enfrentaron serios retos para conocer, documentar y transmitir lo que estaba sucediendo en una ciudad calificada como uno de los epicentros de la represión policial durante el Paro Nacional.  

En un contexto así, el acceso a la información de situación, eventuales víctimas y localización de heridos, de puntos de resguardo, así como de los eventos y puntos de enfrentamiento entre protestantes y cuerpos de policía, se torna vital para informar a otros, formar y comunicar opiniones propias, protestar y asociarse pacíficamente. Y siendo internet el entorno de mayor flujo de informaciones en vivo y en directo, su interrupción no pasa desapercibida.

Por eso, la Fundación Karisma, El Veinte, la Fundación para la Libertad de Prensa y el Centro de Internet y Sociedad ISUR, interpusieron una acción de amparo o tutela para exigir la protección de los derechos a la libertad de expresión y acceso a la información, a la libre asociación y reunión por la interrupción del servicio de internet que tuvo lugar en Cali.

¿Y qué dijo la Corte? Dificultades probatorias y la necesidad de certezas

El fallo dice muchas cosas relevantes, algunas de ellas abordadas de cerca por el comunicado de prensa de las organizaciones que tutelaron, así como otros análisis posteriores. Entre los aspectos que queremos destacar ahora es el de la discusión sobre quién tiene que probar qué, y la clave usada por la Corte para resolver el caso.

En las facultades de derecho nos enseñan el primer día de clases que, en general, el que alega un hecho, tiene el deber de probarlo. En este caso, Karisma, la FLIP, El Veinte e ISUR adujeron dos hechos clave.

Primero, que la interrupción del servicio de internet pudo haber estado conectado con el posible uso por parte de las autoridades de Policía y el Ejército, de las tecnologías capaces de inhibir la señal de internet. Lo que no suena del todo descabellado si recordamos que Cali fue una de las ciudades que recibió asistencia militar para contener la protesta social, y que tanto la Policía como el Ejército en Colombia cuentan en efecto con este tipo de tecnología.

Segundo, que el Estado habría sido pasivo en la entrega de información sobre la naturaleza y alcance de la interrupción del servicio de internet, pues se limitó a hacer eco de los comunicados de prensa de los proveedores del servicio de internet que dijeron que las fallas eléctricas habrían tenido que ver con la interrupción del suministro de internet, sin haber empleado por su cuenta esfuerzos adicionales para explorar hipótesis alternativas.

Pero este caso se sale de la regla básica de derecho probatorio. En principio, porque las organizaciones tutelantes no tenían cómo probar que, en efecto, la Policía y el Ejército habrían desplegado esas tecnologías cuyo uso no es fácilmente detectable sino mediando pruebas técnicas en terreno que habrían supuesto, entre otros, exponer, la seguridad física de sus integrantes.

Al tiempo, las autoridades públicas implicadas, según la Corte, no tendrían cómo probar que no hicieron uso de dicha tecnología, pues su uso no deja nada parecido a un registro o rastro técnico ni jurídico sobre cuándo y dónde fueron empleadas en el pasado, y tener la tecnología capaz de inhibir la señal de internet no es suficiente para deducir que fue empleada intencionalmente durante el Paro en Cali.

Pero al abordar el segundo hecho alegado, la Corte presentó a través de una fórmula sencilla la solución del caso. Dijo que el Estado, en efecto, habría vulnerado los derechos de las tutelantes por “no brindar a la ciudadanía y a los periodistas información veraz e integral sobre los cortes al servicio de internet y el uso de inhibidores de señal, en el marco de las protestas sociales en Cali entre abril y mayo de 2021” (énfasis propio). Información veraz e integral que debió haber producido el Estado para esclarecer las denuncias de la ciudadanía que sospechaba que la interrupción de internet podría haberse debido al accionar deliberado de la Policía o el Ejército

La Corte señaló que el Estado, en resumen, no cumplió con el deber de “maximización de transparencia” que permite que “la ciudadanía pueda escrutar y cuestionar eventuales usos indebidos de tecnología que coarta su libertad de expresión en el entorno digital”.

Es decir, la libertad de expresión, el derecho a la libre asociación y la protesta también pueden ser vulnerados por el Estado si no media la información necesaria para dar certeza a la ciudadanía sobre las causas, origen e impacto de la interrupción de un derecho vital en tiempos de convulsión social. Y sin información clara en escenarios de zozobra, no se puede predicar la garantía de los derechos. Así de claro.

Esto es clave. No solo es una formulación novedosa del carácter instrumental del acceso a la información, sino que permite avanzar en el análisis sobre vulneración de derechos sin someter a las personas que acuden a la justicia, a satisfacer un estándar probatorio tan estricto como imposible de aplicar en los casos en que se discute el uso de ciertas tecnologías invasivas en manos del Estado.

¿Qué viene después del fallo?

La Corte emitió diversas órdenes a las autoridades públicas involucradas: Policía, Ejército Nacional, Ministerio de Defensa, Ministerio de las TIC, Agencia Nacional del Espectro, que van  desde la producción de información e investigaciones formales que profundicen en las causas de la interrupción del servicio de internet en Cali, y el presunto uso de inhibidores de señal; hasta exhortos al Congreso para que regule sobre el uso de ese tipo de tecnologías en escenarios de protesta y manifestaciones de conformidad con estándares de derechos humanos aplicables en esa materia.

Está por verse el cumplimiento de la sentencia, más aún si se tiene en cuenta que las entidades públicas accionadas sostuvieron durante el trámite del proceso de tutela, o bien no tener competencias para investigar o conocer sobre las interrupciones de internet, o no tener facultades para regular los asuntos relacionados con ésta.

Ya veremos a futuro qué acciones de seguimiento emplea la Corte para que su propio fallo no se convierta en ‘tierra de nadie’. Por ahora, el fallo constituye una victoria para la sociedad colombiana que abre un camino por explorar para el resto de países de nuestra región.

Desde Derechos Digitales participamos de este caso con un amicus curiae, que puede consultarse aquí.

Para conocer más sobre apagones de internet, elaboramos un informe sobre el tema que se puede consultar aquí.

Violencia digital: nuevos formatos, viejas formas de censura

La masificación del acceso a internet tiene dos consecuencias indiscutibles: amplificar conductas, positivas y negativas, de la sociedad en su conjunto; y trasladar las discusiones a entornos digitales, donde la circulación de discursos no tiene límites, independiente de sus características particulares. En este escenario, el derecho a la libertad de expresión es constantemente cuestionado pese a que, desde la mirada de los derechos fundamentales, es una obligación de los Estados generar marcos regulatorios que lo protejan y, a la vez, garanticen la seguridad de quienes lo ejercen.

A propósito del rol de la libertad de expresión en línea, conversamos con la psicóloga Daniela Céspedes, cocreadora y productora ejecutiva de Pliegue, sobre diversos episodios de violencia digital e intentos de censura en los que este colectivo fue víctima durante 2020.

Pliegue es, en palabras de su directora, un “colectivo de investigación de filosofía poshumana y de estéticas del proceso”. Se posiciona contra el pensamiento liberal y la privatización del conocimiento, y su misión y visión se traducen en acciones concretas: ofrece charlas de divulgación a bajo costo, produce material audiovisual (cápsulas de video y largometrajes) y tiene amplia presencia en redes sociales.

Por las características de la labor que realizan, no es extraño que hayan surgido detractores desde los comienzos de su aventura: episodios de acoso digital por parte de personas con poca afinidad por los contenidos divulgados en su cuenta de Instagram, bombardeos de comentarios negativos a sus publicaciones y denuncias para dar de baja la página en las redes sociales son algunos ejemplos.

Esto no fue un obstáculo para el desarrollo de su trabajo, sino un aliciente. En el año 2019, el colectivo se adjudicó un Fondo Audiovisual del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio de Chile para desarrollar una webserie sobre, lo que consideran, configura la decadencia de las instituciones de educación superior producto de lógicas neoliberales y su conversión en productoras de conocimiento que nunca llega a socializarse.

La webserie fue estrenada el 27 de mayo de 2020 y está disponible de manera gratuita y abierta en YouTube. Desde el estreno del trailer, aún previo al lanzamiento, la obra generó controversias. Ahí también empezaron los primeros eventos de acoso. “Desde el primer momento en que empezamos a estrenar los clips, me llegaban mensajes de números que yo no conocía, comentarios de personas señalando que conocían a un profesor, que conocían a otro profesor, que conocían a un decano, que preguntaban de qué se trata esto”.

Parte de la reacción vino de las instituciones académicas, que se pusieron en alerta debido a la presunción de que habría denuncias individuales, con nombre y apellido, de malas prácticas al interior de sus centros de estudio. “Hubo desconocimiento de sobre qué era el documental. No se entendió qué iba a tratar en lo concreto, a pesar de que toda la promoción aclaraba que era un ensayo filosófico”.

Los mensajes iniciales escalaron al hostigamiento anónimo a académicos que aceptaron dar entrevistas para el proyecto. “Cuatro personas que participaron en el documental fueron sistemáticamente, en distintos grados, llamadas por las instituciones a las cuales ellos prestan servicio, con preguntas como: ¿por qué dijiste esto? ¿Tú sabes que, si tú dijiste esto, en la universidad se te va a despedir?”.

La práctica contraría los derechos a la libre expresión de las personas cuestionadas y su libertad académica que, tal como reconoce la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), “abarca la libertad de trabajadoras, trabajadores y estudiantes de instituciones académicas para expresarse con respecto a dichas instituciones y sobre el sistema educativo”.

Posteriormente comenzó el acoso personal hacia ella, quien actuó como productora ejecutiva de la serie: “días antes de estrenar, [llegaron] los llamados diciéndome ‘tu teléfono es conocido’, ‘ten cuidado’, que yo no iba a pisar un pie en la universidad nunca más. Que, si yo quería ser académica o profesora o intelectual o algo así, que tuviera cuidado porque con esto me estaba metiendo en un problema muy grave”.

Nuevas amenazas se iniciaron en octubre del mismo año, cuando en las fechas cercanas al 18 de octubre de 2020, es decir, el primer aniversario del estallido social que sucedió en Chile, Pliegue decidió realizar una adenda a la webserie e incluir material sobre las protestas en los cortes originales. Además, entre las charlas abiertas que dictaban incluyeron una acerca de la psicología, estética y filosofía detrás de los movimientos fascistas.

Fue lo último lo que le llamó la atención de Alexis López Tapia, figura de ultraderecha chilena vinculado a teorías conspiratorias sobre los movimientos sociales en América Latina. Además de publicar en Facebook una alerta sobre la charla, sindicando al colectivo como “lo peor de la izquierda” y “enemigo del movimiento” que lidera, López Tapia usó la red para pedir a sus seguidores que reporten las cuentas de Pliegue, describiéndolos como un colectivo de terrorismo intelectual y cabecillas de una supuesta asociación clandestina y revolucionaria.

En principio, relata Daniela, no les dieron mayor importancia a dichas acusaciones, hasta que advirtieron apariciones de López Tapia en espacios virtuales de políticos del Partido Republicano, de extrema derecha, y con las fuerzas del orden en Chile, aumentando así su visibilidad y, por ende, las reacciones virulentas en los canales de Pliegue por parte de sus seguidores. Volvieron las llamadas anónimas, esta vez amenazando a Daniela con agresiones físicas e invasión de morada.

La estrategia adoptada para hacer frente a estas oleadas de censura, difamación y hostigamiento fue “esperar a que pasara la ola”: reducir el número de publicaciones, no lanzar material nuevo y mantener un perfil bajo hasta que cesara el acoso. Daniela afirma que “lo que nosotros hacemos es siempre estar en contra de la ola, pero yo no quiero estar en contra de la ola con la bandera arriba. O sea, a mí no me interesa el drama. Si hay que hacerlo más lento, si hay que hacerlo más silencioso, prefiero eso. Yo no quiero tener ese nivel de mediatización” ya que la prioridad política del colectivo es el conocimiento abierto y no la visibilidad.

Los hechos narrados por Daniela, afectando al colectivo Pliegue y a personas de la comunidad académica con quienes se han relacionado, demuestran la persistencia de desafíos en el Estado chileno para proteger a las personas frente a amenazas o actos de violencia derivados de su expresión o participación en los debates públicos en línea.

Tales prácticas responden a una cultura de censura que , facilitadas por las tecnologías, puede en muchos casos derivar en otras formas de violencia. Sus objetivos son silenciar la crítica, la denuncia de abusos y a cualquier tipo de voces disonantes a los poderes establecidos, así como inhibir el trabajo de defensoras de derechos humanos, periodistas, artistas, entre otras. Al permitirlas, por acción u omisión, el Estado de Chile contraviene la obligación legal internacional de garantizar el derecho a defender derechos.

Uno de los compromisos que Chile necesita observar es mantener ambientes informativos, académicos y un espacio digital que propicie el ejercicio de derechos, incluyendo también la adopción de medidas de prevención, investigación y acompañamiento a las personas afectadas, de modo que no resulten en otras vulneraciones.

El caso de Pliegue, además, pone en la palestra la reducción del espacio de discusión democrática en Chile. La falta de mecanismos efectivos a los que acudir en situaciones como esta es una señal para el Estado de Chile, en este nuevo período del Examen Periódico Universal, a suscribir y ejecutar compromisos que aseguren el derecho a la libertad de expresión para todas las chilenas, en todo el país, en todos los estratos, exista o no el amparo de una institución.