Starlink: tensiones frente a la promesa de conectividad

En la actualidad, cada vez más países de América Latina y el mundo reportan una presencia significativa de Starlink, la empresa de satélites de propiedad de Elon Musk que busca otorgar cobertura a internet satelital en zonas remotas. En 2023, un informe de Sumaúma afirmaba que Starlink estaba presente en el 90% de las localidades de la Amazonía brasileña. Indudablemente, este servicio llegaba para cubrir una necesidad básica y poco atendida en esta región, que había permanecido con poca o nula conectividad a internet.

La promesa del cierre de la brecha digital en zonas remotas

Sabemos que la conectividad en zonas remotas implica desafíos, como la dificultad de instalar infraestructura en donde el territorio y las condiciones climáticas deterioran los equipos. En un contexto de oferta mayormente privada de telecomunicaciones, los costos implicados en la instalación y manutención han hecho a ciertos territorios poco atractivos para las empresas del sector. Por otro lado, los Estados en la región siguen teniendo déficits importantes en cubrir esos vacíos, sea por medio de inversiones propias, o presionando por el cumplimiento de compromisos de cobertura asumidos por las empresas en los procesos de privatización. Cuando una solución como Starlink surge, parece representar una oportunidad. La reducción de costos se debe a que el internet satelital –una vez puesto a disposición por medio de la empresa SpaceX–  no requiere la instalación de infraestructura física en territorios de difícil acceso. Desde el punto de vista de las personas usuarias, todo lo que se requiere es la compra de un kit con equipo especializado, que puede ser instalado en cualquier parte del mundo. Si bien el valor del kit no es siempre accesible considerando los costos de vida en América Latina, los precios vienen bajando en los últimos años.

A seis años de finalizar el plazo para que los países alcancen el compromiso de proporcionar acceso universal y asequible a internet plasmado en la Agenda 2030, Starlink viene a llenar un importante vacío dejado por sucesivos fallos en el cumplimiento de políticas de conectividad. Parece ser que los gobiernos han encontrado en Starlink la solución para legitimarse ante la comunidad global, promoviendo el cierre de la brecha de acceso que no habían logrado a través de sus varias políticas públicas, agendas y programas digitales. Brechas que persisten a pesar de que en algunas naciones el acceso a la red se establece como un derecho a nivel constitucional.

La estrategia de los líderes nacionales se basa en generar alianzas y contratos millonarios con Starlink, para conectar zonas remotas de difícil acceso. Para ejemplificar, tenemos el caso del gobierno mexicano, quien en 2023 otorgó dos licitaciones a Starlink para proveer de internet a comunidades alejadas, así como servicio de telefonía celular hasta el año 2026, con el propósito de lograr los objetivos planteados en su programa federal “Internet para Todos”. También el de Brasil, que promovió el uso de este servicio en la Amazonía en conjunto con Musk para fines educativos. Mientras que en Argentina, el gobierno de Milei promovió un decreto que incentiva la desregularización del mercado de internet satelital, incentivando así la entrada de Starlink. 

Principales debates sobre la cobertura de Starlink

Si Starlink resuelve un problema legítimo, ¿por qué sigue preocupando su presencia? El principal argumento sobre la mesa es la idea de la generación de un monopolio de internet satelital. Pese a que existen iniciativas que intentan competir con Starlink, la empresa de Musk ha permeado a la mayoría de las regiones en el mundo, yendo a la delantera en las licitaciones y acuerdos con los gobiernos. Como ejemplo encontramos el caso mexicano en el que solo participaron dos competidores adicionales, quienes no obtuvieron la concesión debido a sus altos costos. No obstante, el modelo de negocios de Starlink ha sido cuestionado por algunos analistas, quienes se preguntan si será sostenible en el tiempo, tanto en infraestructura como en costos ofertados.

Adicionalmente, la concentración de internet satelital en un solo proveedor abre la posibilidad de desconexión de todas las personas que se sirven del mismo sin contar con alternativas. Existe un cuestionamiento fundamentado sobre qué pasaría si Starlink deja de funcionar; la primera respuesta y la más lógica es la desconexión de aquellas  usuarias y usuarios que tienen a Starlink como única fuente de acceso a internet —pensemos como ejemplo en la región amazónica brasileña—. A su vez, esto imposibilitaría también el ejercicio de otros derechos que se habilitan con internet como el acceso a la información, a la salud o la educación.

Por otra parte, las tensiones políticas que se suscitan entre los gobiernos y el entramado de empresas de Elon Musk tienen repercusiones en la continuidad del servicio de Starlink. El ejemplo más reciente y concreto es el riesgo que vivió Starlink de no continuar con sus operaciones en Brasil, luego del congelamiento de sus activos como una medida colateral de los conflictos entre la justicia brasileña y la red social X (perteneciente a Musk). Es aquí cuando salen a la luz las complicaciones políticas de fomentar un monopolio encabezado por una persona poderosa con una agenda propia.

Asimismo, existe una serie de cuestionamientos sobre la recolección de datos que obtiene Starlink a través de su servicio. A ese respecto, especialistas han realizado análisis sobre sus principales reglas en materia de privacidad, identificando la posibilidad de que esta compañía comparta los datos recogidos con terceros países que pueden contar con un marco legal de protección de datos personales endeble o para compartir esta información con instituciones gubernamentales de inteligencia y seguridad.

Las tensiones continúan cuando nos cuestionamos sobre el involucramiento de las comunidades que reciben este servicio. Sobre esto, el estudio de Sumaúma ya adelantaba una falta de debate público con las poblaciones locales, además de la ausencia de estudios que analicen los impacto sociales y ambientales de su implementación. Esto se ha derivado en otras polémicas como la basura espacial generada por la gran ocupación de satélites de órbita baja terrestre, incluso,  se ha cuestionado el efecto que estos pueden generar en áreas de estudio como la astronomía.

Desde las comunidades, si bien se reconoce el valor de finalmente tener acceso a una conectividad de calidad, existen preocupaciones respecto a los impactos de internet sobre la juventud y su relación con la preservación de las culturas indígenas. Debido a ello, las poblaciones de estas localidades han identificado la necesidad de prepararse y conocer más sobre el uso de internet y sus alcances. Estas inquietudes han sido compartidas en el ámbito de los diálogos promovidos por aliadas de Derechos Digitales en distintas regiones de la Amazonía.

Promovamos la transparencia y alternativas de conectividad

La presencia y cobertura de Starlink en América Latina es una realidad y muy probablemente nuevos servicios similares llegarán a nuestra región. Ante este escenario, consideramos fundamental tener a la vista nuestras necesidades como poblaciones usuarias. En una primera vía, identificamos que hay una urgencia por involucrar a las poblaciones en consultas y debates públicos que determinen formas de conectividad adecuadas, tomando en cuenta las culturas locales. En territorios indígenas o en zonas protegidas, el análisis previo de impacto socioambiental y las consultas previas son mecanismos clave a tomarse en cuenta al promover iniciativas de este tipo.

Tanto las compañías tecnológicas como los gobiernos deben aplicar el principio de transparencia de manera proactiva, especialmente, para comprender de qué forma se están manejando los datos personales en manos de Starlink y SpaceX. Derechos Digitales y otras organizaciones en la región han hecho un inmenso trabajo de monitoreo de políticas y prácticas de empresas de telecomunicaciones con resultados positivos en impulsar mayor responsabilidad en el sector. Garantizar que Starlink cumpla con estándares, como mínimo, equivalentes es solamente un primer paso en ese sentido. Asimismo, observamos la necesidad de una rendición de cuentas por parte de los gobiernos, en la que determinen si los programas están siendo efectivos y en concordancia con el respeto a los derechos humanos de las poblaciones.

Pero tampoco deberíamos conformarnos con explorar cómo acomodarnos a grandes empresas de conectividad satelital. Especialmente en las zonas remotas y con la llegada de Starlink, creemos que existe una clara urgencia de equilibrar las formas de conectividad, que promuevan la independencia del acceso a internet a través de la diversificación de proveedores en estas regiones, idealmente con apoyo y financiamiento público. Recordemos también, que en muchos países de América Latina las comunidades se han empoderado a través de la gestión de sus propias redes comunitarias para conectarse a internet y usar telefonía móvil, lo que no solo representa una forma de apropiación y manejo colectivo de las tecnologías, sino también una forma de defensa de su derecho a la comunicación y a su autonomía.

En un mundo donde las tecnologías digitales han evolucionado a gran escala, la conectividad a internet podría considerarse un viejo debate. Sin embargo, la superación de la brecha de acceso a la red se logrará cuando se garantice el acceso universal que, como ya ha afirmado la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la

Comisión Interamericana de Derechos Humanos, debe ser equitativo, asequible y de calidad. Y aquello no debería depender del arbitrio de multimillonarios.

Pacto Global Digital: Gobernanza tecnológica y la protección de los derechos humanos

En nuestra publicación anterior, analizamos el Pacto Global Digital (GDC), un documento clave que se centra en los desafíos digitales globales y que forma parte del Pacto para el Futuro como uno de sus anexos. A pesar de que el GDC aborda específicamente aspectos relacionados con la gobernanza digital, el Pacto por el Futuro en su conjunto también trata temas esenciales relacionados a la protección de datos, los derechos humanos, la igualdad de género, y el acceso a internet. Es fundamental que comprendamos cómo estos dos documentos se complementan y responden a los desafíos globales emergentes.

El Pacto para el Futuro fue adoptado por consenso en medio de tensiones geopolíticas – y tras varias versiones que circulaban informalmente hasta el día anterior a su adopción- el día 22 de Septiembre del corriente.

Género desde una Mirada Interseccional: Omisiones que implican retrocesos

Un aspecto esencial que sigue siendo insuficientemente tratado en el Pacto para el Futuro es la incorporación de la perspectiva de género desde una mirada interseccional. A pesar de las referencias a la brecha digital de género, no se abordan con suficiente profundidad las múltiples formas de discriminación que enfrentan las mujeres y personas de género diverso, particularmente en el contexto digital.

Aunque uno de los objetivos clave del Pacto «no dejar a nadie atrás» (leave no one behind), ninguno de los documentos menciona explícitamente a las personas LGBTQIA+ en su ámbito de protección. Esto es preocupante, dado que esta comunidad enfrenta impactos diferenciados. Un ejemplo claro es la violencia de género facilitada por la tecnología (TFGBV), que afecta tanto a mujeres cis y tránsgenero como a personas con diversas identidades de género y orientaciones sexuales. Ignorar esta realidad deja a estas comunidades expuestas a sufrir violencias en línea y explotación de sus datos, subrayando la urgencia de políticas digitales verdaderamente inclusivas.

Además, es necesario considerar otras dimensiones interseccionales, como la raza, la clase social, y la ubicación geográfica, entre otras, que agravan las formas de exclusión y vulnerabilidad que también se manifiestan en el entorno digital. Las personas que enfrentan múltiples formas de discriminación suelen ser las más afectadas por las brechas digitales y, a su vez, las más expuestas a los riesgos y abusos facilitados por la tecnología. Es crucial que cualquier enfoque sobre género en el ámbito digital no sólo contemple a las mujeres cis, sino que abarque a todas las identidades de género  e incluya a la necesidad de tomar en cuenta los contextos para asegurar una verdadera inclusión.

Inteligencia Artificial y Aplicaciones Militares y Contraterrorismo: La Falta de Salvaguardias Claras

El Pacto reconoce los riesgos y las oportunidades de las tecnologías emergentes, incluida la inteligencia artificial (IA), y subraya la importancia de la cooperación internacional para evaluar estos riesgos, especialmente en sus aplicaciones militares. Sin embargo, el Pacto no establece limitaciones explícitas ni mecanismos de supervisión independiente que aseguren que la IA sea utilizada de manera que respete los derechos humanos. En nuestras contribuciones al proceso enfatizamos la necesidad de responder a estos riesgos con un marco regulatorio que se base en recomendaciones clave, como la Resolución 48/4 del Consejo de Derechos Humanos, y el informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, que abogan por una moratoria o incluso la prohibición de herramientas de IA que no puedan ser utilizadas en cumplimiento con el derecho internacional de derechos humanos.

Además, realizamos un llamado a que se establezcan limitaciones claras en las acciones de contraterrorismo, garantizando que las respuestas de los Estados partan desde un enfoque balanceado de derechos Esto es crucial para evitar legislaciones que puedan ser aplicadas de manera arbitraria y que arriesgue los derechos fundamentales, como la libertad de expresión y la asociación, como hemos analizado en investigaciones relacionadas. El Pacto, aunque aborda los riesgos de aplicación de tecnologías, no define estas salvaguardias, lo cual abre la puerta a posibles abusos en nombre de la seguridad.

Fortalecimiento del Modelo de Múltiples partes interesadas: Desafíos y Oportunidades en la Gobernanza Global

El Pacto reconoce la importancia de un sistema multilateral más inclusivo y efectivo, pero no detalla de manera específica cómo asegurar la representación diversa de partes interesadas del Sur Global y otros grupos históricamente subrepresentados en los procesos de toma de decisiones globales.

Uno de los ejes centrales de nuestras diversas recomendaciones fue el de enfatizar en la necesidad de que para avanzar en el cumplimiento  de un modelo de múltiples partes interesadas que tenga como base a la participación significativa que garantice inclusión. Esto incluye, por ejemplo, proporcionar avisos adecuados y sistemas de acreditación accesibles. Además, enfatizamos que la participación remota no debe ser la única opción; se deben proporcionar opciones de participación robustas, incluidas el apoyo para viajes y visados, y que los foros se realicen en lugares accesibles y en entornos que protejan las libertades fundamentales.

Esto es especialmente importante considerando que el proceso de consultas no ha garantizado la plena participación de sociedad civil conforme hemos expresado en declaraciones anteriores.

Garantías de Transparencia y Rendición de Cuentas en los Procesos ligados a Iniciativas de Desarrollo:

Uno de los aspectos clave que resaltamos en nuestras recomendaciones -y que no ha sido abordado en el pacto- es la necesidad de fortalecer los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas en los programas de desarrollo financiados por la ONU y otros organismos internacionales. En nuestras observaciones, enfatizamos que estos programas deben someterse a evaluaciones técnicas y de derechos humanos antes de su implementación. Además, los proyectos de financiamiento deben hacerse públicos, y deben establecerse mecanismos de monitoreo y evaluación durante y después de la ejecución de dichos programas.

La falta de transparencia en el diseño y ejecución de estos programas puede facilitar la implementación de tecnologías de vigilancia que, en lugar de promover el desarrollo, ponen en riesgo las libertades individuales. Investigaciones basadas en evidencia señalan una tendencia preocupante en la que las tecnologías y metodologías utilizadas por donantes bilaterales y agencias de financiamiento internacional tienden hacia prácticas de vigilancia, a menudo a expensas de los derechos humanos, en especial el derecho a la privacidad y la protección de los datos personales.

Es fundamental que los procesos de financiamiento y desarrollo sean transparentes y que las propuestas de financiamiento sean públicas y sujetas a evaluaciones técnicas y de derechos humanos antes de su implementación. Además, se deben establecer mecanismos de monitoreo que aseguren la supervisión continua durante y después de la implementación de estas iniciativas.

Relación con otros Instrumentos Internacionales

El Pacto por el Futuro y el Global Digital Compact (GDC) destacan varios aspectos positivos relacionados con la protección de datos, subrayando la necesidad de garantizar que la tecnología se utilice de manera que respete los derechos humanos, especialmente en lo que respecta a la privacidad. Sin embargo, es crucial considerar la reciente adopción de la Convención de las Naciones Unidas contra el Cibercrimen, mencionada en el Pacto, que plantea preocupaciones significativas en este contexto.

Uno de los aspectos más alarmantes de esta Convención es el intercambio transfronterizo de datos, que se permite sin las salvaguardas adecuadas. El tratado autoriza a los países a recopilar y compartir datos a través de fronteras para una amplia gama de delitos «graves», lo que incluye la vigilancia electrónica. Aunque, no establece condiciones claras sobre proporcionalidad o estándares de derechos humanos que deban respetarse en estos procedimientos.

Es importante prestar atención a cómo dialogarán estos instrumentos y abogar por la mayor protección a partir de principios de derechos humanos del pacto aplicados a la protección de datos.

Próximos Pasos: Implementación y retos de Desigualdades Globales

Con la adopción del GDC y el Pacto por el Futuro, el reto siguiente recae en su implementación. En ese sentido, es fundamental reconocer que el Pacto no operará sobre una base homogénea. Los diferentes niveles de desigualdad global—reflejados en la falta de legislación adecuada basada en derechos humanos, la debilitación de las instituciones públicas y los retrocesos democráticos—implicarán desafíos particulares en cada contexto.

Este proceso de implementación deberá ser monitoreado muy de cerca, entendiendo que, si bien el Pacto establece principios que permiten exigir responsabilidades a los Estados, la efectividad de estos dependerá de los mecanismos que cada país adopte para llevarlos a cabo. Es necesario que los Estados avancen en mecanismos de implementación que aseguren la participación de múltiples partes interesadas, prioricen las necesidades de sus comunidades locales, y sean capaces de aplicar estos principios de acuerdo con las realidades específicas de cada contexto. Sólo a través de un enfoque flexible, contextualizado y centrado en los derechos humanos, se podrá construir un futuro digital inclusivo y equitativo.

Rompiendo Barreras: claves para una participación efectiva en la gobernanza digital global

En octubre vamos a tener múltiples discusiones importantes en la Asamblea Mundial de Normalización de las Telecomunicaciones, en India. Pero son preocupantes las barreras de la participación dentro de la toma de decisiones de la UIT para la participación efectiva de la sociedad civil en estos espacios.

La Asamblea Mundial de Normalización de las Telecomunicaciones (AMNT-24) será llevada adelante en octubre del presente. Esta asamblea es celebrada cada cuatro años y reviste de especial importancia dado que determina la estrategia, las políticas y el programa de trabajo del UIT-T. Esto es importante para la sociedad civil porque las normas elaboradas por el UIT-T “contribuyen a definir la infraestructura mundial de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y pueden tener amplias repercusiones en el ecosistema regulador de las TIC más allá de la UIT”.

Como es advertido en una reciente guía publicada por la organización Global Partners Digital, en los últimos años muchos estados han utilizado este espacio para intentar ampliar el mandato de la UIT a ámbitos emergentes críticos de la gobernanza digital, como por ejemplo la Inteligencia Artificial o a aspectos operativos de Internet y sus recursos críticos.

Considerando a las barreras de la participación dentro de la toma de decisiones de la UIT y teniendo en cuenta que muchas de estas discusiones se dan en otros foros impulsados por personas expertas y con participación de sociedad civil, esta ampliación de mandato podría socavar el modelo de gobernanza de múltiples partes interesadas.

Estándares técnicos con perspectiva de derechos humanos: es esencial el modelo de múltiples partes interesadas

Siguiendo a la guía mencionada, la forma más efectiva de que la sociedad civil pueda visibilizar sus conocimientos, preocupaciones y contribuciones y -con ello- influir en el alcance y la dirección del trabajo del AMNT-24 es a través de su participación de forma activa para dar forma al texto de las Resoluciones. ¿Pero sería este entonces un modelo de múltiples partes interesadas?

Primero, que este modelo apunta a asegurar una participación significativa de distintas partes como sociedad civil, academia y sector técnico con el objetivo que las discusiones sean llevadas adelante considerando todos los puntos de vista y necesidades, sobre todo de aquellos sectores mayormente afectados por las políticas públicas digitales, evitando que aquellas se concentren exclusivamente en los Estados. A su vez -y sobre todo- este modelo impulsa a que el análisis parta desde el derecho internacional de los derechos humanos.

Como ocurre con cualquier avance tecnológico, los estándares no se limitan a cumplir funciones técnicas. Al contrario, están influenciadas por los contextos históricos y culturales en los que surgen, reflejan visiones de sus desarrolladores, y tienen un impacto en las políticas públicas. Aplicar una perspectiva de derechos humanos, implica centrar las discusiones en como el funcionamiento de internet puede -y debe- contribuir a garantizar la promoción y ejercicio de derechos.

En ese sentido, organismos como la Oficina del Alto comisionado de Derechos Humanos han resaltado que los estándares técnicos pueden facilitar o inhibir el ejercicio de los derechos, dependiendo de su diseño. Un elemento clave para para inclinar la balanza hacia el ejercicio de derechos recae en la participación, sobre todo de comunidades mayormente afectadas, que permita una mayor comprensión sobre las repercusiones de dichos estándares apuntando a que se puedan adoptar y utilizar normas técnicas más favorables a la defensa de los derechos humanos.

Esto no es hipotético. Tal como han señalado, organismos como la Relatoría de Libertad de expresión de Naciones Unidas la falta de perspectiva de derechos humanos en este ámbito ha contribuido a la creación de lagunas técnicas que ocasionan vulneraciones a derechos como la privacidad, restricciones de acceso y otros abusos.

Algunos ejemplos de cómo las normas técnicas pueden afectar negativamente a los derechos humanos son la recopilación masiva de datos, la vigilancia, la erosión del anonimato y la creación de perfiles permanentes para rastrear personas o contenidos. Las normas técnicas también pueden afectar al acceso a los derechos económicos, sociales y culturales, así como al principio de no discriminación.

A pesar de la obligación de los Estados y la responsabilidad de las empresas de cumplir con los derechos humanos, la mayoría de los organismos de generación de estándares no se han comprometido claramente a situar los derechos humanos en el centro de sus actividades. Esto se refleja en la falta de personal dedicado a los derechos humanos en la labor normativa; la excepcionalidad de las evaluaciones de impactos en derechos humanos, y la falta de realización de un seguimiento sistemático de las repercusiones de las normas en los derechos humanos, una vez adoptadas.

¿Cómo se relaciona este modelo con la generación de estándares técnicos respetuosos de DDHH?

Como explicamos en una columna anterior, el ámbito de la elaboración de normas técnicas es amplio y variado. Algunas organizaciones intergubernamentales como la UIT -que cumple un rol central dado su status de agencia especializada de la ONU- se encargan de establecer estándares técnicos relacionados con las tecnologías digitales y emergentes. Esto implica generar espacios de diálogo con el objetivo de generar normas técnicas para el funcionamiento, implementación e interoperabilidad de tecnologías.

A pesar de que estos estándares no son vinculantes y son adoptados sobre la base de generación de consensos, muchas de ellas han sido ampliamente adoptadas entre los Estados y el sector privado. Además, las normas del UIT-T y las elaboradas por organizaciones multilaterales de normalización cuentan con protección comercial en virtud del Acuerdo sobre Obstáculos Técnicos al Comercio (OTC) de la Organización Mundial del Comercio (OMC), lo que facilita su adopción y uso.

Aunque la membresía de la UIT, incluye -además de un centenar de Estados- a sectores no gubernamentales; a la hora de la verdad, la participación de ONG’s en este espacio es poco frecuente, las tasas anuales son muy costosas para sociedad civil y también solamente los Estados tienen derechos de votación. Esto ha generado varias críticas por llevar a cabo «un proceso de toma de decisiones muy exclusivo y verticalista» y por carecer de «transparencia, apertura e inclusión.

La falta de participación significativa se sitúa como un elemento central de dichas críticas. El informe referido del ACNUDH ahonda en esta problemática indicando que estos procesos son a menudo opacos y no buscan o no aceptan activamente aportes públicos significativos. La falta de representatividad se refleja en predominantemente en términos geográficos, de género y de centralización de decisiones en los Estados.

Los participantes provienen predominantemente de países de ingresos altos y medios, con una representación limitada de regiones como África y América Central y del Sur. Los altos costos asociados con la membresía, el registro, los viajes y la contratación de expertos limitan la participación de organizaciones de la sociedad civil, investigadores y pequeñas y medianas empresas.

Además, el predominio del idioma inglés y las culturas operativas excluyentes, como el machismo en estos espacios, dificultan una participación más amplia. Este entorno afecta especialmente a mujeres, personas pertenecientes a la comunidad LGTBIQIA y participantes del Sur Global. Por ejemplo, en 2022, las mujeres constituían solo el 27% de los participantes en los grupos de estudio del Sector de Normalización de las Telecomunicaciones de la UIT.

Por otra parte, las reglas procesales que favorecen a los estados miembros en la UIT limitan el impacto de los participantes no estatales. Aunque la UIT técnicamente permite una membresía más amplia, en la práctica, solo unas pocas organizaciones de la sociedad civil están incluidas en las listas de grupos de estudio. Incluso, los estados pueden oponerse a la membresía de actores no estatales específicos, lo que complica aún más la situación.

Ahora bien, lo constatado en el informe ofrece un diagnóstico que permite identificar los nodos críticos de participación. Esto no significa que la batalla este perdida. Al contrario, ofrecen argumentos basados en evidencia que permiten exigir el cumplimiento de una participación efectiva como esencial para avanzar a estándares técnicos que operen en función a los derechos de las personas.

¿Qué sigue? Oportunidades de influir en normativas técnicas:

¿Cuales, entonces serían las posibilidades de influenciar en las discusiones de la AMNT-24? Para ello, la guía de GPD presenta diversas opciones: Participar de las delegaciones estatales permite -entre otras cosas- tener acceso a los documentos de trabajo y asistir de manera presencial a las reuniones. No obstante está sujeto a la decisión de los estados de habilitar esta participación, además de obvias limitaciones que pueden reflejarse en intereses contrapuestos. Adquirir una membresía del sector o trabajar con Asociados o Miembros del Sector existente es otra opción. Mientras que ofrece ciertos beneficios como poder tener una participación activa en grupos de estudio, miembros del Sector o Asociados no tienen derecho a voto y es posible que no tengan acceso a todas las discusiones ni a procesos de toma de decisión.

Un dato importante sobre la membresía, es que a lo largo de los años se han eximido a alguna organizaciones de carácter internacional de las obligaciones financieras que conlleva la participación. Esto significa que, bajo el cumplimiento de ciertos criterios pre establecidos, se puede eximir a organizaciones el pago de cuotas de afiliación. Esto es una realidad actualmente para 132 organizaciones que están exentas de pagar estos gastos.

La participación de las múltiples partes interesadas como parte de una delegación en reuniones preparatorias regionales es altamente recomendado. Estas reuniones tienen el objetivo de llegar a un consenso regional sobre las resoluciones: se consolidan posiciones sobre temas de importancia regional y propuestas comunes para la AMNT. Aunque estas reuniones generalmente empiezan un año antes de la asamblea, aún quedan reuniones pendientes de aquí a Octubre.

Por otra parte, se encuentra abierto el llamado de la UIT de consultas referente a como procesos de múltiples partes interesadas pueden abordar aspectos relacionados al desarrollo de la Internet; cuales son los desafíos y oportunidades para fortalecer la Internet; y como se puede fomentar la cooperación internacional entre múltiples partes interesadas en cuestiones de política pública centradas en la promoción de los aspectos de desarrollo de Internet.

Considerando la importancia de la participación de sociedad civil para garantizar que las decisiones de estos órganos no presenten una amenaza para los derechos humanos, influir en estas discusiones no solo es importante, sino urgente.

Contribución a la consulta de la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión sobre discurso no protegido

La contribución se centra en el punto n. 13 de la consulta que preguntó a la sociedad civil y otros actores sobre cuál debería ser el rol de los actores privados de internet frente al discurso no protegido. El aporte recoge algunos de los estándares del sistema interamericano en derechos humanos en esa materia, así como el trabajo de AlSur y principios aplicables en esa materia.

Problemas globales, debates globales

Atravesamos un momento crucial en la gobernanza mundial de internet y las nuevas tecnologías, que podría determinar qué tan libre, segura y abierta será la red informática en el futuro. 

Ha pasado la primera mitad de un año clave para el futuro de la comunicación global. Los países latinoamericanos han sido protagonistas de diversas maneras en estos foros globales sobre la gobernanza de internet y el mundo digital. Pero quedando todavía un largo y sinuoso camino al frente, necesitamos ver cómo una visión latinoamericana puede ayudar a avanzar en aspectos clave de estas discusiones.

El Foro para la Gobernanza de Internet (FGI) y el modelo de la CMSI

Hace unas semanas participamos en la Reunión de Alto Nivel del Foro 20 de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información (CMSI+20), un evento que reunió en Ginebra a varios Estados, miembros de la sociedad civil y de la comunidad técnica, empresas y agencias de la ONU. Se trata de un proceso con un antecedente histórico importante: la evaluación del 20º aniversario de la CMSI, cuyos hitos fundantes fueron los eventos de Ginebra y Túnez en 2003 y 2005 respectivamente, llega en un momento en el que estamos debatiendo aspectos importantes del futuro de internet y la gobernanza digital en distintos lugares.

Aunque se trata de una revisión amplia de un sistema de gobernanza complejo y cambiante, dos puntos destacan en este debate. En primer lugar, la declaración de principios, junto con los documentos de la agenda, ha permitido a agencias de la ONU, como UNESCO y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT o ITU por sus siglas en inglés), entre otras, crear líneas de trabajo centradas en las personas. La publicación GISWatch 2024 publicada por APC (una de las organizaciones protagonistas de la CMSI) que evalúa estos 20 años, arroja luz sobre los retos a los que nos enfrentamos y explica por qué este compromiso es tan necesario. Ahora es el momento de evaluar si las promesas que se hicieron hace dos décadas se han cumplido y cómo podemos construir nuevas perspectivas para el futuro, en una realidad diferente, con déficits democráticos, la hegemonía de unas pocas corporaciones y el creciente uso de las tecnologías para fortalecer el autoritarismo, como describen Valeria Betancourt y Anita Gurumurthy.

El segundo punto es la importancia del modelo de múltiples partes interesadas, un enfoque de gobernanza de internet que tiene la visión de que las decisiones deben ser adoptadas por múltiples actores como la sociedad civil, la comunidad técnica y las empresas, además de los Estados. Este modelo ha sido clave para lograr los diversos consensos necesarios para procurar que el entorno digital no esté totalmente controlado por algunos actores, y también como espacio para buscar el respeto de los derechos humanos en la era digital, de manera que la sociedad de la información se adhiera a las necesidades de las personas, incluidas las más vulnerables. El Foro para la Gobernanza de Internet (FGI, o IGF por sus siglas en inglés) ha jugado un papel muy relevante como catalizador de este modelo, como espacio de discusión para mejorar la coordinación de la gobernanza de Internet y la cooperación digital, y como pieza central en el ecosistema de Internet, tal y como destacó Jamila Venturini en el IGF de 2022. 

Si bien se trata de un modelo bajo constante tensión y cuestionamiento, sigue siendo una aspiración para una gobernanza legítima de las redes globales, como también de los distintos aspectos de su gobernanza a nivel regional y local. Hace unas semanas, por ejemplo, cuando hablamos de nuestra participación en el evento de UNESCO conmemorativo del Día Mundial de la Libertad de Expresión, hicimos hincapié en la necesidad y la importancia de que múltiples partes interesadas se ocupen colectivamente del entorno en línea y garanticen los derechos humanos, como la libertad de expresión y de prensa, más allá de intereses dominantes de empresas o de Estados.

La agenda digital de Brasil: G20 y NetMundial+10

Los países latinoamericanos intentan cada vez más erigirse en protagonistas de la discusión global sobre nuestro futuro digital. En este sentido, Brasil lleva más de una década liderando iniciativas locales y globales sobre la gobernanza de entornos digitales. Este año también se ha convertido en un actor clave en la construcción de una nueva agenda. El país ostenta actualmente la presidencia del Grupo de los 20 (G20), un grupo de países desarrollados y en vías de desarrollo, y entre cuyas prioridades digitales se encuentran la conectividad significativa, la inteligencia artificial, la integridad de la información y la inclusión digital.

En otras palabras, a partir de una agenda compartida por una veintena de países desde la perspectiva de sus economías, surge así una agenda que corre en paralelo a los procesos globales de gobernanza de internet. A través de la coordinación y el establecimiento de directrices globales que rijan en las medidas sobre conectividad, ciberseguridad y el desarrollo de infraestructuras digitales, pueden surgir así nuevos acuerdos separados de consensos globales. La participación de actores no estatales en esas negociaciones es clave para guiar a los Estados hacia decisiones que mantengan el foco en sus obligaciones sobre derechos humanos.

Además, siguiendo el modelo propuesto en su Marco Civil da Internet de 2014, este año Brasil también fue sede de NetMundial+10, un encuentro que tuvo como objetivo revisar el evento inicial que tuvo lugar en São Paulo en 2014 y que trajo grandes avances en el tema de la necesidad de la participación de las partes interesadas en los debates sobre las diversas formas de gobernanza en el entorno digital. El resultado de este año fue una declaración construida de forma participativa, que trae un elemento esencial para avanzar en aspectos prácticos: fijar directrices para los pasos de un proceso de múltiples partes interesadas que sea verdaderamente participativo. Aunque se trata de un paso importante, no fue suficiente debido a la baja participación de los Estados en el evento.

Llega septiembre: Cumbre del Futuro y Pacto Mundial Digital

La CMSI+20 no es el único espacio en el que tienen lugar debates globales sobre nuestro futuro digital. Hace unos años, el Secretario General de las Naciones Unidas lanzó el documento «Nuestra Agenda Común«, que propone entre otras cosas la creación de un Pacto Digital Mundial (GDC por sus siglas en inglés) que se firmará en la Cumbre del Futuro de Nueva York el próximo mes de septiembre.

Se ha criticado la forma en que se ha debatido el Pacto Digital Mundial.Esto porque el propio proceso de formulación del Pacto, que por ser un proceso multilateral (y no multisectorial) ha enfatizado cada vez más el papel de los Estados y ha obstaculizado la participación de la sociedad civil. Además, los diversos informes de representantes de la sociedad civil sobre las dificultades de participación, especialmente del Sur Global, también pueden verse en las cifras de estas participaciones. Según los datos de DNS RF, sólo el 40,59% de las contribuciones escritas recibidas para el Pacto procedían del Sur Global, con Asia-Pacífico a la cabeza con el 23,76%, seguida de América Latina con el 10,89% y África con sólo el 5,94% de las contribuciones.

Aspectos sustanciales también han sido cuestionados por la comunidad técnica y la sociedad civil. La versión tres del borrador del texto a aprobarse en septiembre, difundida esta semana, se encontraba en un proceso de consulta silenciosa, que se rompió por el desacuerdo de varios países sobre artículos concretos de la propuesta. La falta de priorización de los derechos humanos y la ausencia de compromisos específicos en materia de género son algunos de los puntos que decenas de organizaciones de la sociedad civil critican del texto, según una declaración también firmada por Derechos Digitales. Además, surge la preocupación de que los textos muy amplios o ambiguos pueden ser aprovechados por gobiernos autoritarios para justificar violaciones de los derechos humanos. Como indica Konstantinos Komaits, es importante que el GDC no se convierta en un «vehículo para cambiar las normas de gobernanza o acabe introduciendo nuevos procesos que puedan socavar Internet y el trabajo que han hecho las comunidades que lo han apoyado».

Una historia de aprendizajes

En un mundo cada vez más complejo y lleno de desafíos, es crucial no descartar las enseñanzas que hemos aprendido. La gobernanza digital y de Internet se ha fortalecido significativamente en años recientes, con el IGF y el proceso de la CMSI jugando roles fundamentales en este avance. Incidentes como apagones, filtraciones de datos y escándalos de vigilancia nos hacen conscientes de nuestra interconexión y subrayan la necesidad de enfocarnos en las personas al construir nuestro futuro digital. En septiembre, es vital que los países consideren estas necesidades y no ignoren las valiosas lecciones obtenidas a través de las décadas por gobiernos, la sociedad civil y otros actores no estatales. Un paso fundamental en esta dirección es perfeccionar el modelo de múltiples partes interesadas, fomentando una participación más amplia de las comunidades afectadas en los debates a niveles mundial, regional y local.

Gobernanza sobre las plataformas digitales y el rol de los reguladores de medios

Recientemente, la ciudad de Dubrovnik fue sede de una conferencia para el futuro de la gobernanza de plataformas digitales a nivel global. Este evento, celebrado en junio de 2024, reunió a expertas y representantes de diversos reguladores estatales y sus redes, para discutir la implementación de sistemas de gobernanza de contenidos de manera coherente a nivel mundial, con los contenidos ilegales o potencialmente dañinos en internet como el foco de la preocupación.

La conferencia en Dubrovnik es el paso más reciente en un proceso que comenzó con la publicación de las Directrices de la Unesco sobre la gobernanza de plataformas digitales en noviembre de 2023. En febrero de 2023, la conferencia «Internet para la Confianza» buscó construir un consenso inicial sobre estas guías, sentando las bases para la discusión y el desarrollo de políticas más específicas. Entre ambos eventos, se llevaron a cabo múltiples consultas y reuniones técnicas para ajustar y afinar las estrategias regulatorias propuestas, no sin polémica.

Un largo trayecto, un hito más

Estos esfuerzos no están exentos de críticas y desafíos. La gestión de contenidos disponibles en línea debe encontrar un equilibrio entre la libertad de expresión y otros derechos potencialmente afectados. Organizaciones de la sociedad civil y expertos internacionales han señalado repetidamente que las políticas restrictivas, tanto a nivel estatal como de plataformas privadas, pueden llevar a la censura y a la limitación de la participación en el espacio cívico. Del mismo modo, la difícil armonización entre opciones regulatorias con múltiples ejemplos divergentes hace difícil pensar en soluciones únicas que sirvan a todos los intereses en juego. Incluso en la región, la Comisión Asesora contra la Desinformación en Chile subrayaba la importancia de pensar distintos esquemas de regulación, corregulación y autorregulación para combatir ciertas formas de discurso legal pero nocivo.

Una preocupación habitual en la región frente a las iniciativas por influenciar procesos regulatorios nacionales, es el riesgo de que la implementación de ejemplos comparados o de directrices internacionales sirva como excusa para implementar nuevas normas que sirvan como herramientas políticas para silenciar la disidencia política. Así ha pasado con varias otras leyes en la región, combatiendo supuestas preocupaciones como el discurso de odio, el cibercrimen o la desinformación. Todo lo cual podría socavar aún más la confianza en las plataformas digitales y fomentar la arbitrariedad en las autoridades encargadas de implementar nuevas reglas.

Organizaciones como Derechos Digitales expresaron preocupaciones afines durante la discusión de los borradores de las Directrices sobre la gobernanza de plataformas digitales de la UNESCO. También se ha señalado la falta de mecanismos claros para asegurar la participación significativa de todos los actores y se ha criticado la falta de un enfoque más inclusivo en el desarrollo de estas Directrices. Si bien el contenido de la versión final de las Directrices muestra un enfoque más equilibrado hacia la gobernanza de plataformas, con recomendaciones específicas para garantizar la transparencia, la rendición de cuentas y la protección de los derechos humanos en la regulación de contenidos en línea, persisten preocupaciones sobre la implementación efectiva de estas directrices, especialmente en contextos nacionales con marcos regulatorios débiles, instituciones poco preparadas, o tendencias autoritarias.

Competencias regulatorias bajo la lupa

La UNESCO ha promovido la creación de un Foro Global de Redes, reuniendo a su vez a distintas redes regionales de reguladores de medios, plataformas digitales y otros actores. El propósito declarado es compartir experiencias sobre mejores prácticas para implementar los principios de las Directrices a nivel nacional, regional y global. Las propias redes de reguladores (redes que en LatAm incluyen a PRAI https://prai.tv/) de medios y de seguridad en línea firmaron su compromiso con los objetivos de la UNESCO con ocasión de la conferencia de febrero de 2023, como también su voluntad de “desarrollar sistemas regulatorios coherentes” entre distintas regiones. No obstante, en el momento mismo de esos compromisos, el borrador 2.0 de las eventuales Directrices estaba siendo objeto de profunda crítica, en parte en torno a las propuestas de regulación allí contenidas.

Una cuestión crucial es el ámbito de competencia de tan distintos reguladores asociados a estas redes, y su efectiva capacidad de participación en la gobernanza de espacios digitales. Actualmente, los reguladores involucrados en estos foros internacionales tienen competencias variadas que incluyen la supervisión de la radiodifusión, la televisión, telecomunicaciones, y, en algunos casos, la regulación del comercio electrónico. Esta variedad de competencias plantea preguntas significativas sobre su capacidad para adaptarse a la regulación de plataformas digitales.

¿Tienen estos reguladores la experiencia y el conocimiento necesarios para gestionar eficazmente las plataformas digitales? ¿Es adecuado transferir las competencias regulatorias de medios tradicionales a espacios digitales dinámicos y en constante evolución? ¿Cómo se alinean en la práctica la postura de los reguladores digitales y los posicionamientos de agencias con diferentes ámbitos de acción? ¿Cómo se traducen los compromisos compartidos en acciones concretas a nivel nacional? ¿Cómo se suplen las faltas de facultades o de recursos que hagan imposible la implementación de políticas comunes entre países? Estas preguntas subrayan la necesidad de una capacitación y adaptación continua para los reguladores en todo el mundo, pero por sobre todo, ponen aún más en relieve diferencias institucionales significativas entre distintas regiones y distintas jurisdicciones. Las buenas intenciones pueden no ser suficientes para abordar los desafíos únicos del entorno digital. Menos aún si la conversación excluye a la participación multisectorial.

Reflexiones finales

Estas preocupaciones son especialmente relevantes desde la perspectiva latinoamericana. La región enfrenta desafíos críticos en términos de acceso a la tecnología, desigualdades socioeconómicas y marcos legales en desarrollo. La participación activa de la sociedad civil es crucial para asegurar que las políticas digitales no solo protejan los derechos humanos, sino que también fomenten la inclusión y el desarrollo sostenible.

La armonización de los esquemas de gobernanza de plataformas digitales a nivel global es un esfuerzo ambicioso que plantea importantes preguntas sobre jurisdicción, competencias regulatorias, derechos humanos y participación multisectorial. La UNESCO, a través de sus conferencias y redes, ha dado pasos significativos para liderar estas discusiones. Sin embargo, el éxito de las iniciativas de armonización dependerá de la capacidad de muy distintos reguladores para adaptarse a los nuevos desafíos, para la protección efectiva de los derechos humanos con inclusión de una amplia gama de actores en la toma de decisiones.

Una propuesta de ley contra el activismo

¿Qué pasa en Venezuela?

Ya en junio de 2022 y en abril de 2023 se exploraron las potenciales implicancias de este tipo ley en un país sin separación de poderes, además de reseñar cómo ha sido la experiencia en otros países de la región como El Salvador y Nicaragua.

Básicamente se ha llevado adelante la discusión del proyecto de ley de forma unilateral por parte del gobierno y sin participación alguna de la sociedad civil. El borrador que circula de dicha propuesta de ley no es oficial, es decir, no hay certezas sobre los contenidos reales que se llevan a debate. Aun así, fue aprobada en primera discusión por la Asamblea Nacional en enero de 2024 desatando las alarmas de las organizaciones de la sociedad civil y de la comunidad internacional. Pero no es un tema nuevo, sino cíclico y recurrente y ya en septiembre de 2023, varias relatorías de las Naciones Unidas se pronunciaron sobre los efectos negativos de este tipo de ley en el espacio cívico del país.

Desde enero hasta mayo de 2024, la propuesta de ley hibernó cuando Diosdado Cabello anunció que la ley sería aprobada al día siguiente ya se trataba de una deuda con el país. Ante estas declaraciones se hizo evidente que esta propuesta de ley pone a las organizaciones sociales como el «enemigo interno» del país dejándoles además poco margen de reacción.

El 21 de mayo no se aprobó la ley en su totalidad (aunque sí se aprobaron nueve artículos) y se pospuso la discusión en la Asamblea Nacional. Es decir, la amenaza real sigue siendo potencial y como un peso que se balancea sobre la cabeza de la sociedad civil.

¿Por qué la alarma ante este proceso?

La cooperación internacional en sí misma no se limita a los fondos de otros países que puedan recibir las organizaciones sociales. Se basa en el principio de la colaboración entre países y eso incluye intercambio técnico y judicial entre otras formas de trabajo colaborativo.

Una ley que criminalice los fondos internacionales para la sociedad civil organizada envía un mensaje también a aquellos países con los que se tienen relaciones diplomáticas. No sólo con los países que se antagoniza en discurso sino con aquellos con los que se tienen relaciones más cordiales, además de afectar en igual medida a las organizaciones que son afines al gobierno.

Esta propuesta de ley se ha ido perfilando evolutivamente a un detalle en que se castiga a aquellas organizaciones sociales que son críticas al gobierno y que sirve de instrumento restrictivo.

¿Por qué ahora?

La amenaza de aprobar esta ley en un país con una crisis humanitaria compleja, una economía inestable y un panorama sociopolítico y que además tendrá elecciones generales el próximo 28 de julio, viene de alguna manera a atomizar la atención y la acción de las organizaciones sociales. Temen no sólo por el cierre del espacio cívico, sino por el impacto que tendrá esto en las comunidades a las que atienden. Se enmarca en un año donde el gobierno ha recrudecido las detenciones de políticos y activistas contando con más de 250 presos políticos en la actualidad y en donde el discurso sigue sin encontrar una vía para la reconciliación.

Mientras tanto…

El 13 de mayo en Perú, el congresista conservador Alejandro Muñante Barrios, propone el PL 7818/2023-CR, que solicita mediante la intervención del Ministerio Público, la posibilidad de disolución de asociaciones y fundaciones si estas reciben financiamiento para promocionar, realizar, desarrollar, o financie actividades consideradas “ilícitas” en territorio peruano, dejando abierta la interpretación de actividades ilícitas, en las que pueden incluirse organizaciones que trabajan por la despenalización del aborto, por ejemplo. Una propuesta que si bien no es exclusiva de quienes reciban fondos internacionales, estigmatiza la cooperación internacional y criminaliza a las organizaciones por su mandato y labor en la comunidad cuyo efecto será la reducción de la acción de la sociedad civil y el abandono de las comunidades a las que atienden dichas organizaciones.

Por otro lado, este proyecto de ley parece olvidar también que tanto en los convenios de cooperación como en los concursos para recibir fondos, las asociaciones explicitan siempre el uso que harán de los mismos. La propuesta de ley sigue su curso burocrático y de ser aprobado en el Legislativo, traería como consecuencia la disolución de ciertas ONG incómodas para el gobierno de turno y estos grupos religiosos que se han hecho del poder, reduciendo entonces el ejercicio democrático de participación. Perú se sumaría a la lista de países de la región que buscan reducir de forma proactiva la acción de la sociedad civil, tal como pasa en El Salvador y en Nicaragua.

Fuera de la región y más recientemente, Georgia sí aprobó la ley de agentes extranjeros parecido al modelo ruso de la ley que se basa también en el modelo del “enemigo interno”, y que etiqueta a todas aquellas organizaciones o medios de comunicación cuyos ingresos foráneos superen el 20% de su total, obligándoles a registrarse como “portadores de los intereses de una potencia extranjera”. Nuevos modelos de leyes constrictivas que no necesitábamos.  

El costo invisible

Por otro lado, el costo invisible más grande que tiene esta amenaza de ley es el que pagan los activistas de las organizaciones, que trabajan en comunidades pero que también son ciudadanos y que se enfrentan por un lado a la inestabilidad laboral como consecuencia de este tipo de ley y que se suma a las condiciones económicas del país, y por otro, el temor a su seguridad personal por las posibles represiones. Es la carga mental de tener cuidado y hacer un activismo que negocia constantemente con ponerse en la línea de riesgo. Es un contexto que vulnerabiliza en todas las dimensiones posibles al activismo en un juego de desgaste constante en donde todos pierden.

¡Por elecciones más informadas! El urgente compromiso de las plataformas digitales con la transparencia en México

Se avecinan las elecciones en México, en las que elegiremos a la próxima presidencia de la república. Las tecnologías digitales resuenan dentro de los debates entre las candidaturas, quienes las utilizan como bandera del tecnosolucionismo para sus propuestas, pero también por su rol determinante en el proceso electoral debido al gran flujo de información que transita diariamente a través de plataformas digitales.

Por supuesto, en este ejercicio democrático, la desinformación está presente. De acuerdo con el Instituto Nacional Electoral (INE), “el 87% de mexicanas y mexicanos toman como la principal fuente de noticias las plataformas por internet”, por lo tanto, cuando circulan noticias falsas se vuelve un tema de interés público —por ejemplo, cuando el actual presidente demandó fallidamente investigar granjas de bots que le perjudicaban tanto a él como a la candidata de su partido—.

Sin embargo, una excesiva moderación de contenidos que no cumpla con las normas internacionales de derechos humanos puede mermar la opinión de la población, que no está exenta del recibimiento de este tipo de contenido y que, algunas veces, no cuenta con las herramientas para distinguir entre noticias falsas y verdaderas. En este escenario, se espera que las plataformas digitales se preparen, teniendo una amplia colaboración con las autoridades, pero también con una serie de acciones proactivas que promuevan la transparencia de sus actos ante la desinformación.

Entre la opacidad y los limitados esfuerzos por la transparencia

En este periodo electoral hemos visto casos en los que la transparencia de las plataformas digitales y las autoridades deja mucho que desear. En febrero de 2024, circularon noticias sobre la decisión de Instagram de limitar el “contenido político de cuentas que no sigues”. De acuerdo con la plataforma, esta acción fue tomada para que las personas usuarias de Instagram y Threads tengan una “excelente experiencia” en estos sitios, evitando recomendar de manera proactiva contenido político en secciones como en el feed o los reels; la plataforma asegura que esto no afectará la forma en que se muestra el contenido de las cuentas que sí sigue un usuario. Esta configuración se activó de manera automática y las personas no fueron explícitamente informadas.

¿Qué significa esto en un contexto electoral como el que está viviendo México? Que las personas usuarias son limitadas en su derecho a la información. Si bien es completamente válido que las usuarias no deseen recibir este tipo información y contenidos políticos, es necesario comunicarlo de la manera más transparente posible para respetar el derecho a decidir por cuenta propia.  La falta de transparencia sobre el funcionamiento y configuración de las plataformas genera incertidumbre sobre la selección de contenidos que nos están mostrando al navegar por estos sitios.

Asimismo, en México se cuenta con un marco regulatorio desactualizado respecto a la publicidad electoral y su relación con las plataformas digitales. Hoy en día, en entornos digitales hay múltiples brechas y vacíos legales que le impiden a las autoridades mexicanas, como el INE, tomar decisiones imparciales y claras sobre los contenidos falsos o ilegales que circulan en redes sociales y otras plataformas

De acuerdo con la campaña “Censura Electoral”, impulsada por organizaciones locales y regionales, el INE se ha valido de medidas cautelares para solicitar a las plataformas digitales la remoción de contenido, siendo en 2018 (en las elecciones presidenciales previas) uno de los años con más solicitudes. Al no requerir de una decisión de un juez competente, la medida cautelar promueve una arbitrariedad por parte del INE, poniendo en peligro la libertad de expresión de las usuarias y usuarios de estas plataformas.

Lo cierto es que, a pesar de la opacidad y arbitrariedad, las plataformas están colaborando con las autoridades electorales en el combate a la desinformación para este 2024. De forma conjunta, Meta, el INE y  la organización Movilizatorio lanzaron el programa educativo Soy Digital, con miras a brindar herramientas a la ciudadanía para detectar y denunciar noticias falsas, estrategia que incluye un chatbot en WhatsApp para realizar preguntas directas al INE sobre estas elecciones.

Mientras tanto, Google lanzó su programa Transparencia México para combatir noticias falsas, que implica, entre otras cosas, ajustes en su buscador para mostrar información oficial sobre el proceso electoral; posibilidad de tener mayor información sobre las imágenes, por ejemplo, saber cuándo se indexó por primera vez ese contenido; alianza con proyectos de audio fact checking, y monitoreos de contenido de publicidad engañosa en YouTube.

En este entorno digital, en donde la inteligencia artificial (IA) juega un papel importante en la generación de contenido —mismo que algunas veces es difundido con la intención de generar desinformación— , tanto Meta con su política de anuncios sobre temas sociales, electorales y políticos lanzada en noviembre de 2023 y Google con su programa antes mencionado, buscan alertar cuando una imagen o contenido han sido creados o modificados con IA u otras tecnologías.  A esto se suma una iniciativa proactiva de Meta: su biblioteca de anuncios, la que también ha sido implementada en otros países.

Para transparencia, lineamientos claros

La realidad del ecosistema de opacidad, tanto por parte del gobierno como de las plataformas digitales, genera una preocupación y una traba metodológica para realizar investigaciones sobre el panorama de desinformación en procesos electorales, tal como lo enfatiza Anna Bentes en su investigación sobre las elecciones brasileñas de 2022. La difusión de noticias falsas, la remoción de contenidos sin criterios claros de derechos humanos y la limitación de contenidos consumidos por las usuarias por decisión unilateral de las plataformas son una forma explícita de vulnerar los derechos humanos en entornos digitales como la libre expresión y el acceso a la información.

Existe una delgada línea entre la regulación y la injerencia que debe ser tratada cuidadosamente en las políticas públicas en esta materia. Por una parte, se debe fomentar que los marcos regulatorios en procesos electorales motiven la transparencia de las plataformas digitales sobre sus configuraciones, decisiones e infraestructura para combatir la desinformación con un enfoque de derechos humanos. Por otra, que la colaboración entre autoridades y plataformas no debe implicar la solicitud arbitraria de las autoridades para la remoción de contenidos. De esta forma se evitan abusos y vulneración a los derechos políticos electorales por parte de las plataformas y las autoridades.

Más importante aún, es necesario que las autoridades en México construyan una estrategia clara sobre la transparencia y la desinformación en elecciones, que tengan claridad de los lineamientos y estándares regionales e internacionales de derechos humanos y que las colaboraciones con plataformas se realicen basadas en una amplia comprensión del ecosistema de desinformación en México. Los programas existentes muestran un buen inicio para prevenir a la población, dotándole de herramientas para identificar noticias falsas o promover una cultura de la verificación de la información. Sin embargo, hace falta un mayor alcance de estas acciones para contar con elecciones más y mejor informadas.

Inteligencia artificial más allá de la polarización

La edad avanza y llegamos a un punto en la vida en que vemos con curiosidad que las cosas se repiten. Convivimos por décadas con un tecno-optimismo que nos hizo ciegas a la complejidad implicada en el desarrollo tecnológico. Discursos sobre el potencial de internet para facilitar el acceso a todo – la cultura, el conocimiento, la información, la educación, etc. – olvidaban que esas mismas tecnologías no se diseñan, ni se implementan en el vacío. Un escándalo tras la exposición de cómo las principales potencias mundiales utilizaban la misma infraestructura de internet para meterse en las comunicaciones privadas de todo el mundo – incluidos jefes de Estado – fue necesario para traernos de vuelta a la tierra. Sí, las tecnologías digitales pueden y han generado mayor democratización en algunos ámbitos de la vida y para algunas personas. Pero no, no se trata de una panacea que nos va a salvar de todos los males del mundo. Al contrario, puede exacerbar algunos de esos males.

Entra 2024 – 11 años desde las lecciones dejadas por las revelaciones de Snowden –, pero parece que retrocediéramos en el tiempo. Se reemplaza “internet” por “IA” y nuevamente se multiplican expectativas sobre los potenciales beneficios (en este caso, rara vez comprobados) de esta innovadora tecnología. Incluso, frente a críticas sobre su implementación y crecientes evidencias de sus impactos en el ejercicio de derechos, se apuesta a cómo nos ayudará a superar problemas históricos y estructurales que van desde la crisis climática hasta el acceso a salud de calidad y la inclusión de personas con discapacidad. Hay quienes dicen, incluso, que la IA ayudará a combatir la desinformación – quizás ignorando u olvidando que las decisiones algorítmicas automatizadas por detrás de la priorización de contenidos en las plataformas de redes sociales están entre las raíces del caos informativo en la esfera pública digital.

Una “inteligencia” socialmente construida

Lo que se conoce como IA hoy se refiere, en gran medida, a un conjunto de procesos y técnicas que permiten a un sistema computacional hacer cálculos estadísticos capaces de identificar patrones y a partir de ellos, predecir comportamientos. Podría parecer obvio, pero es importante resaltar que pese a la referencia a la inteligencia humana, este tipo de sistema está lejos de tener una capacidad crítica o empática, por ejemplo.

Ellos dependen de al menos (i) la disponibilidad de bases de datos que permitan “entrenar” determinados modelos matemáticos para sacar inferencias, (ii) la existencia de masas de trabajadoras clasificando y etiquetando estas bases de datos según diferentes criterios, (iii) el desarrollo de los modelos algorítmicos responsables de los cálculos, y (iv) una interfaz para la interacción con las usuarias finales o con otros sistemas. Para que la IA exista es necesaria también una infraestructura física, compuesta por cables de telecomunicación, satélites, centros de datos, súper computadoras con extrema capacidad de procesamiento, baterías, etc.

Más allá de la idea de automatización, cada uno de esos procesos implica un conjunto de decisiones humanas influidas por aspectos culturales, éticos, históricos y sociales y, en algunos casos, afectada por factores políticos y económicos. Como en el caso de cualquier tecnología, la IA no es neutral y tampoco fruto de cualquier tipo de magia.

Como sintetiza el investigador de la Universidad de Edinburg, Ben Williamson: esos sistemas materializan formas particulares de percibir el mundo y a su vez pueden influenciar y modelar la manera como las personas actúan en el mundo. Académicas feministas hace mucho apuntan a ese aspecto. La australiana Judy Wajcman, por ejemplo, ha explorado ampliamente cómo las relaciones de género se encuentran materializadas en las tecnologías – que no solo incorporan nociones de masculinidad y femineidades socialmente construidas, sino que luego pasan a ser parte en la construcción del significado de tales conceptos. Y Ruha Benjamin, profesora en la Universidad de Princeton, a su vez, presenta la idea de diseño discriminatorio al identificar cómo las jerarquías raciales son normalizadas en la producción tecnológica.

Por otro lado, tal como el diseño y la implementación de las tecnologías y la IA son permeadas por factores culturales y sociales, también lo son sus usos. Aplicaciones y sistemas desarrollados para ciertos fines, pueden muy bien ser utilizados para otros y los ejemplos abundan. Al contrario de una idea determinista de que los sistemas producirían por sí mismos ciertos resultados – positivos o negativos – en la sociedad, se trata de pensar que los usos de las tecnologías son múltiples y que están en constante interacción con los contextos en que son implementadas.

IA: ¿para el bien, o para el mal?

No es posible, por lo tanto, hablar de una AI for good, o “IA para el bien”. Ese tipo de idea además de mostrar como los aprendizajes, aunque dolorosos, pueden no ser duraderos, refleja nociones deterministas y simplistas sobre las tecnologías que perjudican las importantes discusiones sobre su gobernanza.

El énfasis en el (supuesto) objetivo de determinado sistema – como si hubiera fines legítimos “para el bien” que justificaran el no cumplimiento de determinadas obligaciones –, opera como una cortina de humo que nos distrae de los procesos productivos por detrás de su desarrollo y despliegue. Antes de emprender la imposible tarea de enumerar despliegues positivos o negativos de IA, como si las mismas nociones de “bien” y “mal” fueran estáticas y universales, nuestros líderes deberían reforzar los principios acordados en el marco internacional de derechos humanos a todas las etapas de producción de IA.

Eso implica garantizar que las bases de entrenamiento cumplan con estándares de protección de datos; que las personas que trabajan en la cadena de producción de la IA – sea en la extracción de minerales usados para la creación de productos tecnológicos, sea en el etiquetado de datos – reciban una compensación justa por su trabajo y tengan observados sus derechos laborales; que los data centers obedezcan la legislación ambiental; que las personas indígenas sean consultadas de manera previa antes de intervenciones que puedan impactar sus derechos. Algunas de estas recomendaciones incluimos en el insumo de Derechos Digitales al reporte intermedio del Órgano Asesor sobre IA de la Organización de las Naciones Unidas.

No hay magia

Ningún “bien” puede derivar de la vulneración indebida de derechos garantizados. Adoptar una perspectiva de derechos humanos al enfrentar los desafíos de la gobernanza de IA significa avanzar en mecanismos para lidiar con situaciones complejas y concretas. Tal compromiso debe ir mucho más allá de la creación de principios éticos o declaraciones vacías, pero garantizar, por ejemplo, que las empresas y los Estados sean debidamente responsabilizados en el caso de abusos derivados del desarrollo o despliegue de IA.

El marco de legalidad, necesidad y proporcionalidad es una buena referencia tanto para la resolución de conflictos, como para guiar la digitalización de manera que dichos procesos no impliquen ni un incremento en el deterioro ambiental o reemplacen necesarias inversiones en infraestructura básica de educación, salud, entre otras. Además, resulta fundamental llevar a cabo estudios de impacto en derechos humanos con una participación amplia y diversa para guiar decisiones de diseño y despliegue.

El avance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, la “modernización”, “progreso” o la “participación en la economía digital” no pueden ser excusas para la promoción de tecnología de manera irresponsable. La transformación social y la superación de desigualdades siempre dependerá de compromisos sostenidos de los Estados y del apoyo y participación de las distintas partes interesadas. La realidad muestra y reitera que no existen las fórmulas mágicas.

Perspectiva de Género en el Pacto Global Digital (1 de marzo, 2024)

Aportes de Derechos Digitales sobre una perspectiva efectiva de género en el Pacto Mundial Global, basados en los principios feministas para inclusión de género en el Pacto, además de investigaciones y contribuciones realizadas por Derechos Digitales y otras organizaciones de la sociedad civil: Brecha digital de género y acceso equitativo a la tecnología; necesidad de alfabetización y construcción de capacidades digitales para mujeres y niñas.