Hacia una justicia penal que hable el lenguaje de internet

«Desafíos de la armonización de la Convención de Budapest en el sistema legal paraguayo» es el título de una publicación realizada por las abogadas Maricarmen Sequera y Marlene Samaniego de la organización paraguaya TEDIC, la quinta en una serie coordinada por Derechos Digitales y desarrollada por algunas de las organizaciones más importantes de la región en materia de derechos humanos y tecnología, en relación al cibercrimen y, particularmente, a la adhesión al Convenio de Budapest.

Para el caso Paraguayo, las autoras proponen un análisis crítico sobre la Convención y su armonización en el sistema penal paraguayo, a partir de una revisión jurídica y de entrevistas a los responsables en la aplicación del código penal y procesal penal en Paraguay. Para Sequera y Samaniego, la Convención es un instrumento legal que regulariza los esfuerzos internacionales en la persecución de la conducta delictiva por medios digital, pero a su vez contiene fallas de forma y fondo, a pesar de que a primera vista se observe como una propuesta que garantiza la protección de los derechos humanos.

Es decir, la investigación expone que la Convención genera importantes conflictos de proporcionalidad con relación a la protección del derecho a la privacidad. Por tanto, para la armonización de este instrumento internacional al sistema penal interno, se deberá tomar recaudos en el diseño de investigación para acceder a las evidencias electrónicas, incautación de pruebas a través de sistemas informáticos, retención de datos de tráfico entre otros porque muchas de estas acciones procesales conllevan la violación de la Constitución Nacional paraguaya y los derechos humanos.

Entre otros puntos a destacar, se encuentran los principales hallazgos que se deberán tener en cuenta para la armonización de la Convención:

  1. Los jueces entrevistados del Poder Judicial reconocen que no cuentan con criterios técnicos para evaluar el proceso de incautación de las evidencias digitales solicitadas por el Ministerio Público. Esta situación es grave porque para otorgar autorización judicial, el juez debe analizar si el uso de tecnología es excesiva o no para la investigación penal, sin este proceso no existe salvaguarda de las garantías establecidas en la Constitución Nacional.
  2. El Ministerio público contiene protocolos de tratamientos y acceso a las evidencias, sin embargo no cuenta con protocolos específicos de evidencias digitales.

Por otro lado se encuentra el desconocimiento que tienen los funcionarios de las Unidades de delitos ordinarios del Ministerio Público sobre el rol y los delitos que persigue la Unidad especializada de delitos informáticos. Desde la creación de esta Unidad, hasta la fecha reciben casos ordinarios que tienen como evidencia el uso de tecnología. Este tipo de casos derivados genera retardos en  la persecución efectiva del delito, ya que no se determina cual Unidad ser hará responsable para la investigación fiscal.

También existe desconocimiento por parte de la ciudadanía en general sobre las instancias de persecución penal. Se recurre al Ministerio Público para realizar las denuncias delitos realizados a través de internet, sin embargo la mayoría de estas denuncias son de acción penal privada por ejemplo acoso cibernético, bullying, difamación y calumnia entre otros. Esto también genera recarga administrativa a una unidad que actualmente cuenta con dos fiscales para atender a nivel nacional todos los delitos informáticos.

  1. La policía Nacional recibe las denuncias que son etiquetadas como “delitos informáticos” en su sistema. Sin embargo no se distingue si estos delitos se adecuan a la tipificados en el código penal como delitos informáticos o simplemente son delitos ordinarios que tienen como evidencia el uso de tecnología, como por ejemplo los casos de hurto de celulares. La falta de categorización unificada de datos cuantitativos de los delitos informáticos en Paraguay genera riesgos a la hora de elaborar políticas públicas para la mitigación y persecución penal de los mismos.
  2. Paraguay no cuenta con una ley de protección de datos personales, este instrumento legal brindaría garantías y control de la información personal depositada en sistemas de almacenamiento digital, asegurando que personas que lucren sin consentimiento del titular cualquier dato de carácter personal sean llevados a la justicia. Tampoco se puede debatir un proyecto de Retención de Datos sin antes contar con una Ley de Protección de Datos Personales.

Para finalizar, las autoras concluyen que la Convención debería tomarse como una norma modelo a seguir, no como algo para aplicar: por un lado porque no tiene en cuenta la diversidad cultural, política y económica de los países, y por otro lado porque disminuye las barreras de seguridad nacional, entra en conflicto con el interés público y los derechos humanos. Es necesario realizar salvedades para no ceder jurisdicción y la privacidad de forma desproporcionada.  Además se debería de priorizar el conocimiento sobre el contenido y alcance del mismo. Debe darse un debate calmo y sereno entre todos los sectores de la sociedad con plena participación ciudadana a nivel nacional y regional, para conjuntamente elaborar una armonización eficaz y que respete los derechos humanos.

También será necesario fortalecer las instituciones penales para una mejor interpretación de la leyes nacionales e internacionales sobre vigilancia de las comunicaciones, dado el avance de las técnicas y tecnologías de vigilancia. Para que los jueces del Poder Judicial realicen un análisis de proporcionalidad de ley o el uso de software malicioso como FinFisher o cualquier forma interpretación de las comunicaciones incluyendo los metadatos, deberán estar capacitados para conocer y justificar su uso, y así evitar negligencias o abusos por parte de los otras Instituciones del sistema penal como SENAD, Policía Nacional o Ministerio Público.

Y por sobre todo desarrollar áreas que permitan contar medios de investigación académica y capacitación para ofrecer respuestas a los delitos con y en las TIC. Así también la promoción de espacios técnicos que permitan a los diferentes actores interactuar e intercambiar experiencias y opiniones. Esto es además una necesidad para el diseño de las políticas públicas en la materia, por los requerimientos técnicos que implica.

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«Desafíos de la armonización de la Convención de Budapest en el sistema legal paraguayo» es el título de una publicación realizada por las abogadas Maricarmen Sequera y Marlene Samaniego de la organización paraguaya TEDIC, la quinta en una serie coordinada por Derechos Digitales, y desarrollada por algunas de las organizaciones más importantes de la región en materia de derechos humanos y tecnología, en relación al cibercrimen y en particular a la adhesión al Convenio de Budapest.La publicación puede ser descargada aquí.

TEDIC es una organización de la sociedad civil paraguaya cuya misión es promover los principios de una cultura libre y defender los derechos civiles en internet, propiciando espacios de interacción e intercambio de conocimientos y desarrollando herramientas Web con código y diseño abierto, apoyado en un trabajo de comunicación e incidencia alternativa e innovadora.

El Convenio de Budapest en contexto: la seguridad digital como parte de la política criminal

El personal administrativo de una universidad colombiana descubrió un día que todas las notas de sus alumnos habían sido cambiadas a 5, la máxima posible. Todas la notas de todos los programas, el histórico de calificaciones y el promedio semestral. Los encargados de la infraestructura tecnológica de la universidad afirmaron que el atacante conocía bien la forma de funcionamiento del sistema de notas y que están trabajando en colaboración con las autoridades para encontrar al culpable.

Ingresar sin autorización a un sistema informático, como puede ser lo que sucedió en esta universidad, se sanciona en Colombia con penas de 4 a 8 años de prisión. El acceso abusivo a un sistema informático junto con los delitos de obstaculización ilegítima de sistemas o redes, interceptación de datos informáticos, daño informático, uso de software malicioso, violación de datos personales o suplantación de sitios web para capturar datos personales, entre otros, conforma el capítulo de delitos informáticos en el Código Penal Colombiano.

La preocupación por este tipo de conductas también está expresada a nivel internacional. El Convenio de Budapest sobre ciberdelincuencia es un acuerdo entre varios países, principalmente europeos, para buscar un mínimo común entre las diferentes legislaciones en la persecución de conductas que, por su naturaleza transnacional, requieren de la colaboración de las autoridades para su investigación y posterior sanción. Como en el caso de la universidad colombiana, quien quiera que haya cambiado las notas podría haber estado físicamente en cualquier lugar del mundo, y, además, el mismo sistema de notas podría estar en servidores en Estados Unidos o Europa. Por eso las diferentes autoridades que deben investigar estos hechos requieren de un marco normativo que permita la colaboración entre ellas.

Ya que el Convenio de Budapest es un tratado internacional, se requiere que su aprobación se haga por medio de una ley que debe expedir el Congreso, luego ser firmada por el Presidente y que la Corte Constitucional debe revisar para que no haya desacuerdo con la Constitución. Actualmente, el proyecto de Ley para la aprobación del Convenio está siguiendo su proceso en el Senado.

El proyecto estará sometido a los problemas de cualquier otro tratado. Especialmente, es importante hacer notar la poca participación ciudadana que ocurre en la aprobación de tratados internacionales y la tendencia de la Corte Constitucional a rechazar las leyes aprobatorias de tratados por razones formales, y no sustanciales. Sin embargo, de los múltiples contextos en los que se puede discutir los efectos del tratado sobre cibercrimen, es relevante para Colombia pensar este problema en el marco de la política criminal.

La política criminal es “el conjunto de respuestas que un Estado estima necesario adoptar para hacerle frente a conductas consideradas reprochables o causantes de perjuicio social con el fin de garantizar la protección de los intereses esenciales del Estado y de los derechos de los residentes en el territorio bajo su jurisdicción. Dicho conjunto de respuestas puede ser de la más variada índole”. [1]

Desde esa perspectiva, el Estado decide que algunas conductas sociales que merecen una respuesta oficial y luego busca las diferentes formas en las que puede concretar dicha respuesta. El objetivo de estas intervenciones es la defensa de los derechos de las personas, por lo cual, en todos los casos, las soluciones deben estar orientadas a ese fin. Sin embargo, el tipo de intervención estatal debe variar de acuerdo al problema social, por lo cual, el derecho penal, es decir, criminalizar una conducta, debe ser visto como un tipo de intervención entre otras.

Como dice la Comisión Asesora de Política Criminal: “un Estado democrático debe minimizar la intervención punitiva, pues si la garantía y protección de los derechos humanos y de los bienes jurídicos fundamentales pueden ser alcanzadas por vías distintas a la penal, como la política social, las políticas preventivas o el uso de mecanismos administrativos de control, entonces es ilegítimo recurrir al instrumento penal. En otras palabras, se trata de que “el derecho penal es de ultima ratio”, es decir, la última herramienta a la que un estado puede recurrir cuando encuentra una conducta que merece una reacción oficial.

Volviendo al Convenio de Budapest, es necesario entonces que su aprobación en Colombia no solo se trate de la simple criminalización de conductas, sino, también, de reflexionar sobre otro tipo de intervenciones que son necesarias para proteger los derechos de las personas en el contexto digital. Si el Estado asume con seriedad el principio según el cual derecho penal es la última reacción posible, es necesario entonces tomar en serio la labor de prevención.

Ante la indeterminación de buena parte de los actores y las motivaciones detrás del cibercrimen, el Estado debe apostar por la ciberseguridad con un enfoque de derechos humanos como una forma de prevención del cibercrimen. Al tiempo, es necesario aclarar la confusión entre ambas y entender que muchas de las conductas que hoy se relacionan con el cibercrimen, en realidad son acciones que fortalecen la seguridad digital y que no pueden ser castigadas de plano.

Teniendo en cuenta esto, algunos problemas que son enfocados dentro del cibercrimen tienen otro significado si se asume, de nuevo, que el derecho penal está reservado para lo más grave y que, por tanto, la prevención de las conductas que se quiere evitar es una mejor alternativa. Uno de estos problemas es la búsqueda y reporte de vulnerabilidades dentro de los sistemas informáticos del gobierno. Desde una perspectiva del derecho penal, esto podría ser un delito. Sin embargo, adoptar esa posición implicaría olvidar el contexto en el que se desarrollan este tipo de reportes.

En Colombia no existe un organismo independiente que pueda atender eficientemente los casos en los que por varias razones se encuentra una vulnerabilidad en los sistemas de información o de infraestructura digital. Actualmente existe el Grupo de Respuesta a Emergencias Cibernéticas de Colombia (colCERT), que está dentro del Ministerio de Defensa, el Centro de Operaciones de Seguridad del Comando Conjunto Cibernético de las Fuerzas Armadas (CCOC) y el Centro Cibernético Policial (CCP). Como se ve, estos no son organismos independientes pues hacen parte de la rama del estado encargada de la seguridad y defensa nacional. El trabajo de reporte y solución de vulnerabilidades puede ser dirigido en condiciones de mayor confianza, que descarte el temor a la acción penal por reportar fallas en los sistemas informáticos.

El contexto institucional de la seguridad digital, entonces, es clave para que la prevención del cibercrimen sea una realidad. Este tipo de reflexiones no pueden ser ajenas a la discusión de la aprobación del Convenio de Budapest pues solo criminalizar conductas no es suficiente para solucionar los retos que plantea la seguridad digital para los derechos humanos. La perspectiva de la seguridad digital debe ser privilegiada para pensar estos problemas, en vez de reaccionar con el derecho penal, que es la herramienta más agresiva y quizás menos eficaz cuando no hay una adecuada política de prevención.

[1]         Corte Constitucional de Colombia. Sentencia C-646 de 2001. M.P. Manuel José Cepeda Espinosa. http://www.corteconstitucional.gov.co/relatoria/2001/c-646-01.htm

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Esta columna fue escrita por Juan Diego Castañeda y es la cuarta de una serie colaborativa, coordinada por Derechos Digitales y desarrollada por algunas de las organizaciones más importantes de la región en materia de derechos humanos y tecnología. La serie contempla además investigaciones desarrolladas por las mismas organizaciones. En el caso de Fundación Karisma, la investigación se titula «Convenio de Budapest: aplicación en Colombia frente a derechos humanos» y puede ser descargada aquí.

La Fundación Karisma es una organización de la sociedad civil que busca responder a las amenazas y oportunidades que plantea la “tecnología para el desarrollo” al ejercicio de los derechos humanos.

La necesidad de legislar sobre cibercrimen en Panamá

El Networked Readiness Index (NRI) es un indicador producido por el Foro Económico Mundial sobre acceso a las Tecnologías de la Información y comunicación, que busca medir qué tan preparado está un país para afrontar la transición al nuevo mundo, marcado por la convergencia de tecnologías digitales, físicas y biológicas, en lo que algunos economistas denominan “la cuarta revolución industrial”. Según el NRI, Panamá se encuentra en una posición de ventaja frente al resto de países centroamericanos, el uso de las tecnologías es cada vez más frecuente en un creciente espectro de actividades diarias de los ciudadanos.

Sin embargo, el uso de las tecnologías de la información no está necesariamente limitado por la legalidad y, en algunos casos, se está utilizando también para cometer delitos: el creciente acceso a internet y las tecnologías de la información han requerido de la creación de marcos jurídicos que lidien con los delitos cibernéticos, un aspecto que la legislación panameña todavía tiene pendiente de resolver.

Lo interesante es que Panamá fue el segundo país latinoamericano en ratificar el Convenio de Budapest, después de la República Dominicana: La Asamblea Nacional de Panamá aprobó el Convenio sobre la Ciberdelincuencia a través de la Ley 79 del 22 de octubre de 2013; Panamá aprobó el texto del Convenio de Budapest sin reservas ni modificaciones, y depositó el instrumento de adhesión en marzo del 2014 ante la Secretaría del Consejo de Europa.

Al mismo tiempo, Panamá cuenta con institucionalidad en materia de ciberserguridad. En el año 2011 se creó el CSIRT-Panamá (Computer Security Incident Response Team, por sus siglas en inglés) bajo la estructura gubernamental de la Autoridad Nacional para la Innovación Gubernamental, creado a través del Decreto Ejecutivo No.709 del Ministerio de Presidencia. El CSIRT-Panamá es la institución encargada de prevenir e identificar ataques e incidentes de seguridad a los sistemas informáticos de la infraestructura crítica del país.

El Consejo Nacional para la Innovación Gubernamental elaboró y aprobó en 2013, la Estrategia Nacional de Seguridad Cibernética y Protección de Infraestructuras Críticas, esta política establece un conjunto de acciones y procedimientos para mejorar la ciberseguridad, así como proteger las infraestructuras vitales del país.

Panamá investiga los casos de delincuencia cibernética a través de la Unidad de Investigaciones de Delitos Informáticos, dependiente de la Dirección de Investigación Judicial, y a través de la Fiscalía Superior Especializada en Delitos contra la Propiedad Intelectual y Seguridad Informática. Sin embargo, actualmente, el Código Penal vigente únicamente tipifica 2 conductas como delitos informáticos, y no incluye los delitos que se realicen por medios electrónicos. Del artículo 289 al 292 regula los delitos contra la seguridad informática: a) ingresar o utilizar de bases de datos, red o sistemas informáticos; y, b) apoderar, copiar, utilizar o modificar datos en tránsito o contenidos en bases de datos o sistemas informáticos, o interferir, interceptar, obstaculizar o impedir la transmisión.

En ese sentido, Panamá tiene la obligación internacional de adecuar su legislación penal conforme a los estándares regulados en el Convenio de Budapest, lo que implica elaborar reformas al Código Penal y Código Procesal Penal.

Ya se han presentado anteproyectos para la implementación del Convenio de Budapest, sin embargo, el Proyecto de Ley 558 que modifica y adiciona artículos al Código Penal, relacionados al cibercrimen, presentado el 27 de septiembre de 2017, es el que se encuentra más avanzado en la Asamblea Nacional.

Este proyecto de ley carece de una adecuación integral, ya que debería incluir la adopción de nuevos tipos penales más allá de una simple adecuación de tipos penales ya existentes en un entorno cibernético. En materia procesal, este proyecto únicamente incluye un apartado sobre la evidencia digital, sin embargo, no profundiza en otros aspectos procedimentales regulados en el Convenio de Budapest. Esto último dificultaría la adecuada implementación a nivel nacional e internacional de los mecanismos de investigación de ciberdelincuencia, así como el procesamiento de las personas involucradas en estos actos.

Panamá enfrente grandes desafíos en la implementación del Convenio de Budapest, especialmente en la necesidad de crear estándares legales claros para la investigación de ciberdelitos y la falta de capacidades adecuadas en las diferentes instituciones públicas que participan en los procesos de persecución penal y que dificultan los procedimientos internos para la investigación en ciberdelincuencia.

La construcción de políticas públicas y legislaciones, sustantivas y procesales, adecuadas a los estándares internacionales en materia de ciberdelincuencia es una urgencia en Panamá. Las entidades públicas que participan en los procesos de investigación penal y de otros sectores, como el sector privado y la comunidad técnica, deben buscar el desarrollo de capacidades para hacer frente en la lucha contra la ciberdelincuencia.

Una reforma adecuada de este último permitiría que los mecanismos para la investigación penal aseguren la correcta guía y salvaguarda de los derechos humanos y garantías procesales reconocidos por tratados internacionales y la Constitución.

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Esta columna fue escrita por Sara Fratti y es la tercera de una serie colaborativa, coordinada por Derechos Digitales y desarrollada por algunas de las organizaciones más importantes de la región en materia de derechos humanos y tecnología. La serie contempla además investigaciones desarrolladas por las mismas organizaciones. En el caso de Ipandetec, la investigación se titula “Panamá, un país con la necesidad de una legislación sobre cibercrimen’ y puede ser descargada aquí.

El Instituto Panameño de Derecho y Nuevas Tecnologías (IPANDETEC) es una asociación sin fines de lucro que promueve el uso y regulación de las TICs y la defensa de los derechos humanos en el entorno digital en Panamá y Centroamérica.

El Convenio de Budapest desde una perspectiva de derechos humanos

El Convenio sobre Ciberdelincuencia, mejor conocido como el Convenio de Budapest, es un tratado internacional vinculante en materia penal, que establece herramientas legales para perseguir penalmente aquellos delitos cometidos ya sea en contra de sistemas o medios informáticos, o mediante el uso de los mismos. El Convenio nació, como señala su preámbulo, en vista de la necesidad prioritaria de aplicar “una política penal común” entre sus miembros, así como de mejorar la cooperación internacional entre ellos con el fin de “proteger a la sociedad frente a la ciberdelincuencia”.

En función de lo anterior, para abordar la efectividad del mismo o la necesidad de que México se adhiera a él, surge una primer interrogante: ¿qué se debe entender por una “política penal común”? Para atender esta cuestión, habría que recurrir primeramente a la concepción de “derecho penal” en sí misma. Esta suele dividirse en dos aspectos, el derecho penal objetivo, “ius poenale” y el derecho penal subjetivo, “ius puniendi”. Como explica Miguel Polaino Navarrete, el primero refiere al “conjunto de normas públicas que definen determinadas acciones como delitos e imponen las penas correspondientes”. El segundo, a la facultad o potestad del Estado para imponer dichas penas a quienes incurran en estas acciones. El derecho penal, por tanto, resulta ser una atribución única y exclusiva del Estado. Solo a este le compete definir su política penal y sancionar a aquellos ciudadanos que actúen de forma contraria a la misma.

Entonces, la necesidad de aplicar una “política penal común” implica otorgarle a los Estados signatarios del Convenio la facultad de, en términos de su preámbulo, “detectar, investigar y sancionar” aquellas conductas que, de acuerdo a las definiciones establecidas por el mismo Convenio, constituyen actos que ponen en peligro los sistemas, redes y datos informáticos, con el fin de “proteger los intereses legítimos en la utilización y el desarrollo de las tecnologías de la información”. De lo anterior, surge una segunda interrogante: ¿a qué intereses legítimos se refiere el Convenio? ¿Intereses legítimos según quién o para quién? Al tratarse de una potestad exclusiva de los Estados, es claro que la “legitimidad” detrás de los intereses en juego también deberá definirse por estos.

Por tratarse de un instrumento internacional que busca homogeneizar la manera en que los diversos países contratantes abordan y definen la “cibercriminalidad”, o ser el marco de referencia en este sentido, el Convenio incorpora, de manera por demás vaga, amplia y general, las conductas mínimas que cada Estado deberá criminalizar en su derecho interno para combatir este fenómeno. El problema es que no todos los Estados parten de los mismos contextos ni enfrentan los mismos obstáculos. No todos los Estados son igual de democráticos, no todos los Estados son igual de transparentes y no todos los Estados garantizan o priorizan de la misma forma el respeto a los derechos humanos.

El Convenio pretende la implementación de nuevos tipos penales, así como el establecimiento de facultades de investigación más robustas para que los Estados puedan perseguir a los “ciberdelincuentes”. No obstante, el Convenio y sus principales promotores probablemente parten del supuesto de que el país firmante es un país democrático, un país en el que se respeta el Estado de Derecho. También del supuesto común de que son los particulares o los entes privados los principales responsables de la comisión de delitos informáticos. ¿Pero qué pasa cuando se trata de Estados con regímenes poco democráticos y/o poco transparentes? ¿Qué pasa cuando son los mismos Estados los responsables de la comisión de este tipo de delitos?

Durante la elaboración del Convenio surgieron preocupaciones, sobre todo por parte de la sociedad civil, en torno a que bajo la narrativa de buscar “proteger a la sociedad frente a la ciberdelincuencia”, el instrumento fuera utilizado como fundamento para expandir facultades de vigilancia e implementar restricciones demasiado vagas o ilegítimas al uso de internet y al contenido en línea. De hecho, desde 2001 se han presentado diversas iniciativas por parte de Estados que, operando bajo la misma supuesta línea de querer combatir la “ciberdelincuencia”, pretenden criminalizar y restringir arbitrariamente el derecho a la libertad de expresión en línea.

En México, por ejemplo, se ha documentado que autoridades han utilizado ataques informáticos para invadir la privacidad de defensores de derechos humanos, periodistas y otros actores de la sociedad civil. Según ha sido revelado, el Estado mexicano habría adquirido licencias de un costoso y sofisticado malware de vigilancia que, explotando vulnerabilidades en dispositivos electrónicos, permite al atacante tomar control absoluto del dispositivo con fines de vigilancia. Las investigaciones revelan que dicho malware de vigilancia se habría utilizado en contra de los defensores de derechos humanos, periodistas y otros actores de la sociedad civil de manera presumiblemente ilegal, al no mediar la autorización judicial pertinente, entre otros. Tal nivel de control e intrusión sobre las comunicaciones de una persona constituye una violación grave a su derecho a la libertad de expresión, a la privacidad e incluso, podría derivar en violaciones al derecho a la integridad y a la seguridad personal.

Cabe mencionar que estos hechos también implican la comisión de diversos delitos informáticos conforme al Convenio. Los mismos encuadran dentro de la descripción típica que hace este instrumento de los delitos de acceso ilícito, previsto en el Artículo 2; interceptación ilícita, previsto en el Artículo 3, y abuso de dispositivos, previsto en el Artículo 6, por ejemplo. Incluso, sin necesidad de recurrir al Convenio, esta violación grave implica la comisión de delitos que ya se encontraban tipificados en México, mucho antes de su comisión, como delitos graves.

Partiendo de un contexto como el anterior, ¿sería acorde a los principios y estándares internacionales en materia de derechos humanos el i) imponer la creación de nuevos tipos penales que dejan un amplio margen a la interpretación estatal, así como ii) dotar de mayores facultades de investigación a los Estados, con el fin “proteger a los ciudadanos contra el mal uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones”, cuando existe evidencia sólida de que es el mismo Estado el que ha usado las tecnologías de la información y las comunicaciones para violar los derechos humanos de sus ciudadanos?

La respuesta más lógica sería que no, al contrario. Resultaría riesgoso otorgar mayores facultades de investigación, vigilancia, retención de datos y persecución de delitos (tipificados de forma todo menos precisa, clara y detallada) a países que, por mencionar un ejemplo, ya figuran entre los principales clientes de empresas de “ciberguerra” , como es el caso de NSO Group y México, los Emiratos Árabes Unidos y Turquía. Países que, se ha demostrado, en vez de recurrir a estas herramientas de “ciberguerra” en pro de la lucha contra el terrorismo y la delincuencia organizada, recurren a estas en contra de sus propios ciudadanos.

La creación del Convenio de Budapest como un intento de armonización en la materia pretendía justificarse a la luz de la complejidad técnica y la necesidad de colaboración internacional para afrontar el fenómeno de la «ciberdelincuencia». Sin embargo, parece ser que a la fecha no se ha abordado lo suficiente el riesgo tangible que implicaría que, con base en el mismo Convenio, bajo el pretexto de “proteger a los ciudadanos contra el mal uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones”, Estados con regímenes autoritarios o poco democráticos justifiquen violaciones a derechos humanos e incluso, paradójicamente, mediante el mal uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones, cometan delitos informáticos en contra de sus ciudadanos.

En vista de que no se ha otorgado mayor consideración a esta posibilidad ni se ha discutido profundamente la misma, que es por demás factible, cobra fundamental importancia que la sociedad civil participe en los procesos de adopción e implementación del Convenio de aquellos Estados con contextos similares al de México, con altos índices de corrupción e impunidad y bajos niveles de transparencia y rendición de cuentas, que decidan adherirse al mismo. De igual forma, que la misma sociedad civil e incluso la comunidad internacional den especial seguimiento a los instrumentos jurídicos y mecanismos de cooperación que de ello deriven, incluyendo su respectiva aplicación.

Si dichos procesos de implementación, instrumentos jurídicos y mecanismos de cooperación no gozan de las debidas garantías de transparencia, publicidad, objetividad, imparcialidad, legalidad y exacta aplicación de la ley penal, así como de mecanismos suficientes de supervisión independiente y de rendición de cuentas, la efectividad del Convenio para alcanzar su objetivo -proteger a los ciudadanos contra el mal uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones- se tornaría lejana. Incluso, contraproducente.

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Esta columna es la segunda de una serie colaborativa, coordinada por Derechos Digitales y desarrollada por algunas de las organizaciones más importantes de la región en materia de derechos humanos y tecnología. La serie contempla además investigaciones desarrolladas por las mismas organizaciones. En el caso de R3D, la publicación se titula «México y el Convenio de Budapest: posibles incompatibilidades» y puede ser descargada aquí.

La Red en Defensa de los Derechos Digitales (R3D) es una organización mexicana dedicada a la defensa de los derechos humanos en el entorno digital.

Una breve historia de la ciberseguridad importada

El día 28 de setiembre, el Poder Ejecutivo de Perú remitió al Congreso de la República los documentos relacionados al Convenio de Budapest con el fin de que sean revisados y puestos en agenda para su ratificación. Esta adhesión, que viene gestándose desde hace varios años, concluye el largo camino que recorre el país en materia de seguridad digital e impulsa otra agenda pendiente: la creación de un Plan Nacional de Ciberseguridad. Pero, ¿qué es este convenio y por qué es importante para nuestro país?

Antecedentes

A inicios de los años 90, diferentes voces en múltiples espacios de discusión internacional comenzaron a reclamar atención sobre la necesidad de encarar conjuntamente los problemas derivados del uso de las tecnologías de información y comunicación. Sobre todo en los países desarrollados, en donde estas tecnologías habían alcanzado un grado mayor de avance y penetración, el abuso por parte de los usuarios producía efectos negativos cada vez más relevantes para la economía y la sociedad.

El ciberespacio, término ambiguo y escurridizo, era un campo nuevo en donde muchas nociones perdían el sentido cuando se trataba de prevenir conductas indeseadas, identificar delitos y perseguirlos. Especialmente las ideas de jurisdicción (quién juzga) y competencia (dónde se juzga) eran insuficientes para combatir, por ejemplo, el fraude bancario perpetrado a través de medios electrónicos. Lo mismo con aquellas conductas sin consecuencias directas en el mundo físico, como la intrusión en servidores informáticos o el hurto de bases de datos.

Los primeros esfuerzos por crear cuerpos legales y mecanismos de respuesta frente a estas amenazas fueron locales. Un ejemplo es la temprana Computer Fraud and Abuse Act (CFAA) aprobada en Estados Unidos en 1986. Sin embargo, por su propia naturaleza, la efectividad de estas medidas estaba limitada al ámbito doméstico y perdieron vigencia cuando el crimen transfronterizo se incrementó, como consecuencia de la masificación de internet y la sofisticación de la tecnología computacional.

En ese contexto y ante la necesidad de crear un marco común de trabajo, el Consejo de Europa tomó la iniciativa en 1995 y creó un comité de expertos en delitos informáticos para producir recomendaciones sobre este tema, lo que llevó eventualmente a la redacción y aprobación del Convenio sobre Ciberdelincuencia, mejor conocido como Convenio de Budapest. Este tratado, consensuado durante más de cinco años, fue aprobado en 2001 y reflejaba no solo las preocupaciones del momento, sino también dos aspiraciones europeas muy concretas: la necesidad de estandarizar los sistemas penales de justicia y, más importante aún, la urgencia de crear mecanismos de cooperación internacional contra la cibercriminalidad.

Pese a que existieron otros esfuerzos paralelos, el éxito del Convenio de Budapest lo ha convertido en una suerte de paradigma en el ámbito de la ciberseguridad. Quizás parte de ese éxito se debe a que este instrumento es fiel reflejo del contexto donde surgió y fue implementado: dentro de un bloque grande de países que compartían una visión similar del desarrollo en términos económicos y culturales. Por ello ha sido desde el inicio un punto de referencia para otros países, razón por la cual varios estados no miembros de la Unión Europea lo han suscrito, como Panamá y Chile.

Pero el Convenio también ha servido para reforzar la idea de que hace falta más control sobre el ciberespacio. Esto ha generado que, junto con las normas penales, se aglutinen también otros intereses y prioridades adyacentes, como la ciberdefensa, la protección de la infraestructura crítica y la seguridad de la información estatal. Todas estas, que comparten entre sí espacios comunes, han terminado casi siempre engarzadas en directrices, estrategias y planes de ciberseguridad de alcance institucional o nacional.

Latinoamérica y el Perú

Este proceso, que en el norte global ha durado décadas, ha sido bastante más corto en otras regiones como América Latina, en donde, luego de la implementación (tardía) de leyes de delitos informáticos o la suscripción del Convenio de Budapest, se ha empezado inmediatamente a trabajar en Planes Nacionales de Ciberseguridad. Muchas veces esto responde no solo a las necesidades apremiantes que produce el crimen globalizado, sino también al hecho de que en muchos casos la organización institucional que soporta el plan se ha tenido que replantear porque la anterior no estaba centralizada, era obsoleta o inexistente.

El escenario latinoamericano en materia de ciberseguridad es particular también porque, pese a que la mayoría de los países poseen una visión económica y cultural más o menos similar, no ha tenido tiempo para generar sus propios procesos ni llegar a consensos a través de organismos regionales, como la Organización de Estados Americanos (OEA). Esto hace que surjan muchas interrogantes con respecto a la forma en que estos procesos se están encarando y en qué medida otros factores como la idiosincrasia, el pasado común y las necesidades particulares están jugando un rol que ayude a diferenciarlos del modelo europeo en lo necesario para lograr un sistema eficiente y verdaderamente útil.

En el caso específico del Perú, decíamos al inicio que el proceso de ratificación del Convenio de Budapest está en su última etapa, a la que se ha llegado luego de muchos años de contar con normas contra los delitos informáticos. Sin embargo, actualmente el escenario no es del todo claro pues durante todo este tiempo no han existido análisis de situación o líneas de base que permitan conocer cuál es el estado de la ciberseguridad en el país y las necesidades locales con respecto a los beneficios que ofrece el Convenio.

Si bien existen reportes internacionales y de sectores muy específicos, e incluso propuestas para crear planes nacionales en torno a la ciberseguridad, ninguna ha profundizado en la problemática peruana. No se conoce lo básico, por ejemplo, qué tipo de delito informático es el más común en el país y quiénes son los principales afectados. Tampoco se sabe cuáles son las urgencias con respecto a la cooperación internacional, teniendo en cuenta que el Perú ya participa de varios foros internacionales relacionados al ciberespacio, a través del PeCERT y la Policía Nacional (Interpol). Menos aún se sabe sobre las amenazas para la Defensa Nacional, si es que existen en realidad más allá de las proyecciones de partes interesadas como vendedores de antivirus o firmas de consultoría en seguridad informática.

Por todo ello, es necesario mirar con ojo crítico la forma en que la adhesión y acondicionamiento al Convenio de Budapest modifica las estructuras que juegan algún rol dentro de la ciberseguridad en nuestro país. En general, es más lo que se debe hacer que lo hay que modificar, pero este proceso debe ser construido sobre evidencia empírica, con participación amplia de diferentes sectores y no simplemente emular modelos que se superpongan a la realidad nacional. Solo así será posible aprovechar este instrumento internacional para mejorar nuestra situación, algo que ciertamente va a tomar mucho más tiempo después que el Convenio se ratifique.

¿Estamos preparados para acometer esa tarea? El tiempo y las acciones de quienes impulsan esta y otras iniciativas lo dirán.

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Esta columna es la primera de una serie colaborativa, coordinada por Derechos Digitales y desarrollada por algunas de las organizaciones más importantes de la región en materia de derechos humanos y tecnología. La serie contempla además una serie de investigaciones desarrolladas por las mismas organizaciones. En el caso de Hiperderecho, la publicación se titula «De Budapest al Perú: análisis sobre el proceso de implementación del convenio de ciberdelincuencia. Impacto en el corto, mediano y largo plazo» y puede ser desacargada aquí.

Hiperderecho es una organización civil peruana sin fines de lucro, dedicada a investigar, facilitar el entendimiento público y promover el respeto de los derechos y libertades en entornos digitales.

¿Quién defiende nuestros datos?

Las empresas

Cuando lanzamos la primera versión de este informe hace un año, la principal conclusión fue que a la industria de las telecomunicaciones le preocupaba poco o muy poco la protección de datos y la privacidad de los usuarios. Nuestra segunda conclusión fue que las empresas controladas por capitales extranjeros fueron levemente mejor evaluadas que sus pares, probablemente por cumplir con estándares fijados por su casa matriz.

Un año después, la versión 2018 pinta un panorama un poco más auspicioso. Un sector de la industria (en particular Claro y WOM) parece haber reaccionado ante los cuestionamientos del informe y avanzó sustantivamente en sus condiciones de privacidad y prácticas en pos de la defensa de los usuarios. Por otra parte, VTR y Movistar parecen haberse dormido en los laureles de su evaluación relativamente positiva del año pasado, y no avanzaron sustantivamente. Por último, Entel y Manquehue se mantienen al fondo de la tabla, no habiendo mostrado mayor interés en mejorar.

Una de las principales mejoras, y que resulta particularmente positiva a la luz de la polémica por la aprobación del llamado Decreto Espía, es que un número importante de empresas anunció públicamente que exige orden judicial previa, no solo cuando la autoridad solicita interceptar comunicaciones, sino para entregar acceso a los metadatos del usuario.

También resulta llamativo que las dos empresas que más avanzaron (Claro y WOM), son justamente las empresas más presentes en el segmento móvil del mercado, que hoy presenta mayores niveles de competencia. Esto puede indicar que el bajo nivel de competencia que enfrentan las empresas más afianzadas en el mercado entrega pocos incentivos para que estas ofrezcan mejoras en las condiciones de privacidad de sus usuarios.

La sociedad civil

Cuando nos preguntamos quienes recolectan, tratan y abusan de nuestros datos, los dardos generalmente apuntan al Estado y las empresas. Sin embargo, muchas organizaciones de la sociedad civil, como ONGs, partidos políticos, sindicatos y otros cuerpos intermedios también manejan grandes bases de datos personales, los que por un interés activo o por negligencia pueden ser mal utilizados.

Por su volumen, las bases de datos que los partidos políticos manejan al momento de desplegar sus campañas electorales son de particular importancia. Este año, nos enteramos que el mal uso de nuestros datos personales por parte de los partidos políticos va más allá de la compra de bases de datos y de mensajes de texto no solicitados.

En un extenso reportaje, CIPER dio a conocer que distintos partidos políticos han contratado los servicios de la empresa Instagis. A través de su software, la empresa permitiría identificar el RUT, domicilio y preferencia política de una persona, y de esta forma entregar publicidad personalizada durante las campañas políticas. Cabe recordar que las preferencias políticas de una persona constituyen un dato personal sensible, y por tanto su tratamiento no puede ampararse en haberse obtenido los datos de una fuente accesible al público. En otras palabras, estos partidos políticos están haciendo campaña a través de una herramienta que abusa de nuestros datos personales y está al margen de la legalidad.

Aun así, al igual que en el caso de las empresas de telecomunicaciones, hay un sector de los partidos políticos que ha decidido avanzar en la materia. Recientemente, el Frente Amplio ha buscado asesoría entre distintos expertos, con el fin de que su plataforma de participación no solo cumpla con la legislación, sino que entregue términos de privacidad que promuevan los derechos de sus participantes.

El Estado

Lamentablemente, y como hemos expresado en el pasado, los organismos público no solo no están cumpliendo con su deber de proteger los datos personales de los ciudadanos, sino que muchas de las iniciativas del gobierno activamente los exponen innecesariamente, o incluso como una forma de castigo.

De esta forma, la Ley Electoral todavía mandata que nuestros datos personales estén públicamente disponibles en el sitio web del SERVEL. Por otro lado, el próximo 5 de junio entrará a regir el denominado “DICOM del Transantiago”, una iniciativa que busca combatir la evasión del transporte público a través de un registro abierto cuyo objetivo es que los datos personales de los infractores sean expuestos, y así se vean discriminados en su acceso al trabajo, crédito y otros beneficios estatales.

¿El camino a seguir?

Si bien muchas de las mejoras antes descritas pueden resultar loables, lo cierto es que no bastan las iniciativas individuales. Necesitamos de una nueva legislación que impulse una cultura de la protección de datos a nivel transversal en nuestra sociedad.

El proyecto que hoy se encuentra actuamente en tramitación en el Senado se presenta como una oportunidad necesaria para mejorar nuestro estándar de protección y poder contar con una legislación cuyo objetivo sea proteger a las personas y no solo legitimar el tráfico de datos personales.

Sin embargo, para ello el proyecto debe modificar sustancialmente varias de sus disposiciones. Como hoy está contemplada, la futura Agencia de Protección de Datos Personales no cuenta con la autonomía e independencia necesaria del gobierno de turno para asegurar que sus decisiones sean de carácter exclusivamente técnico. Del mismo modo, resulta imperioso volver a incorporar los hábitos de las personas en la definición de dato personal sensible y restringir sustantivamente la figura del “interés legítimo” como causal para el tratamiento de datos personales sin el consentimiento del titular. Por último, es necesario aumentar el monto de las multas en casos graves o reincidentes, de forma tal que resulte un real desincentivo para las empresas de mayor tamaño. Tal vez emular la fórmula adoptada por la nueva versión Reglamento General de Protección de Datos, pronto a publicarse este mes, y que las multas asciendan hasta un 4% de los ingresos anuales de la empresa infractora resulte una buena idea a emular.

Los senadores tienen plazo hasta el 7 de junio para ingresar indicaciones al proyecto de ley, esperamos que las mejoras antes descritas puedan ser incorporadas a la discusión y debatidas, y de esta forma que sea la protección de los derechos de las personas el principal objetivo de nuestra legislación. Solo de esta forma podremos asegurar que la protección de los datos personales se transforme en la regla general en Chile, y no esté sujeta simplemente a la buena voluntad de los distintos actores involucrados.

Lejos de proteger nuestros datos en América Latina

Estamos a pocas semanas de que el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) entre en plena vigencia en la Unión Europea, y los efectos comienzan a notarse. La reglamentación contempla un entramado de normas que facilita el resguardo de los datos personales, incluyendo el tránsito de información personal que ocurre en el uso de tecnología digital. Varias empresas ya están luciendo nuevas políticas de manejo de datos, y haciendo saber a sus usuarias que han cambiado sus términos y condiciones de uso. Todo ello, para evitar las fuertes sanciones que imponen las nuevas reglas.

Ese cambio de conducta es significativo. No se trata solamente de una cuestión de cumplimiento legal, sino que se vincula directamente con el modelo de negocios de muchas de las empresas más grandes del mundo y que operan en internet. La monetarización basada en la recolección y el procesamiento de los datos personales enfrenta, al menos en la Unión Europea, algo más que un reproche ético y político, sumando ahora la necesidad de respetar una serie de reglas que devuelven un poco de control sobre los datos propios.

El nuevo estándar

El RGPD, aprobado en 2016, representa una evolución de la normativa de la Unión Europea para la protección de datos personales, pensada en el impacto de las tecnologías de información, y las condiciones actuales de recolección y procesamiento de datos personales. Entre otras cosas, el RGPD exige que la recolección de datos sea hecha mediando consentimiento previo, explícito, informado, libre y verificable; permite la portabilidad de los datos desde un controlador a otro; incorpora y regula el derecho a la supresión (u “olvido” desde índices); limita el uso de datos obtenidos de terceras personas a aquel obtenido bajo las condiciones propias del Reglamento; establece principios como el de privacidad por diseño y por defecto; regula más estrictamente la recolección y uso de la información de menores de edad, y más.

De forma quizás más relevante para los gigantes de internet, el RGPD los somete a un sistema de observancia particularmente duro. Además de la obligación de notificar en casos de fugas de datos o quiebres de seguridad, y de variar en las reglas sobre responsabilidad, las sanciones pueden elevarse hasta un 4% de los ingresos globales de la entidad infractora (o 20 millones de euros, según lo que sea mayor). Y ese nivel de impacto monetario es un serio desincentivo: los ingresos de Facebook no fueron seriamente mermados cuando en 2016 fueron multados por € 110 millones por proveer información incompleta tras la adquisición de WhatsApp. La sanción por infringir el RGPD podría ser muchísimo mayor. La pregunta que cabe, entonces, es si ese riesgo es suficiente para cambiar prácticas de uso de información personal y con ello los modelos de negocios a nivel global.

¿Nuevo estándar global?

La aplicación directa del RGPD en la Unión Europea se condice con la estrategia del bloque para agilizar el comercio, manteniendo un mismo nivel de protección en todos los países de la UE. Las transferencias internacionales quedan también sujetas a la existencia de certificación del nivel adecuado de protección de datos personales en los países con los que exista ese flujo de datos, o bien a la existencia de garantías adecuadas.

Por cierto, rigen tales reglas dentro del territorio de la Unión y para sus ciudadanos donde se encuentren, sin que para ello importe la ubicación comercial formal de las empresas, quedando estas obligadas por el hecho de operar allí o alcanzar con sus servicios a ciudadanos de la Unión. Esto es una obligación para quienes deseen continuar prestando servicios a una audiencia europea, sin embargo, ello no significa necesariamente que todos los cambios vayan a ser aplicables alrededor del mundo donde tales empresas también prestan sus servicios. Después de la audiencia de su CEO ante miembros del Senado estadounidense, Facebook tuvo que salir a aclarar que aplicará iguales condiciones de protección para la UE que para el resto del mundo, y no solamente los “controles” a los que obliga el RGPD; no obstante, subsiste la duda sobre si fuera de la UE esta y otras empresas abandonarán sus prácticas de recolección de datos masiva y su modelo de negocios basado en servicios a terceros a partir de los datos recolectados, o si adoptará por fin la privacidad por diseño.

Entonces, ¿se aplicarán estas reglas de protección allí donde el servicio alcanza igualmente a usuarios europeos y latinoamericanos? En parte, podríamos esperar que sí. Pero eso no es en absoluto suficiente para asegurar el pleno respeto de los derechos de las internautas en América Latina. Los cambios introducidos por el RGPD sirven como una demostración adicional del relativo abandono en que buena parte de la región mantiene sus reglas de protección de datos personales. Porque no existen, porque llevan años de tramitación como en Brasil y Chile, o porque sus alcances operativos son limitados.

La autorregulación, a estas alturas, es deseable pero insuficiente. En el espacio que brinda la ausencia de reglas protectoras, han nacido prácticas con décadas de asentamiento, como la recolección de huellas dactilares o números de identidad para condicionar la entrega de servicios, la formación de bases de datos opacas, fugas de datos sin compensación alguna, y un constante desdén por la idea del consentimiento y la finalidad. Si las reglas del RGPD contribuyen al establecimiento de un nuevo estándar global, es exigible a los gobiernos de América Latina que contemplen ese estándar como la guía para la protección de sus propias ciudadanías. No es una cuestión de mera información o transparencia, sino de igualdad, libertad, autonomía y dignidad.

¿Nuestra privacidad en manos del mercado?

Más allá del vendaval de memes que generó la audiencia, la pregunta por la privacidad de los usuarios en el contexto de Cambridge Analytics sigue abierta. Sin embargo, las extenuantes horas de audiencia dejaron varias cuestiones en claro.

Primero, que pese a las disculpas ofrecidas por Zuckerberg el modelo de negocios de la compañía seguirá afirmándose en los datos que sus usuarios generan. La diferencia sería, esta vez, que habría mayores recaudos respecto al acceso de tal información por parte de terceros. Pero, tal como dijo Zuckerberg, Facebook no vende datos, vende publicidad, así que vender los datos generados por sus usuarios sería enajenar su principal capital a la hora de segmentar audiencias. Pero la decisión de Facebook de no vender nuestros datos no es altruista, se trata de resguardar su modelo de negocios. Sobre la marcha, al ser preguntado por una senadora respecto a la posibilidad de cambiar el modelo de negocios para resguardar la privacidad de los usuarios, Zuckerberg respondió que no sabía a qué se refería.

Segundo, que la compañía está tomando el camino equivocado a la hora de asumir responsabilidad en sus acciones, al tiempo que Zuckerber repite, como mantra, que Facebook es una comunidad. A efectos prácticos, las y los usuarios no cuentan con mayor control de los datos que entregan a la red social; vaya comunidad aquella donde sus miembros no pueden discutir los fundamentos de su vínculo. Peor aún, al ser inquirido por asuntos como el discurso de odio en la plataforma, Zuckerberg apuntó al desarrollo y uso de herramientas de Inteligencia Artificial, como si estas fueran suficientes y sin cuestionar sus implicaciones políticas.

Este tipo de discursos, centrados en la potencial eficacia de los desarrollos tecnológicos -que autores como Morozov han catalogado de tecnosolucionismo- desplaza la pregunta sustantiva (¿qué constituye un discurso de odio?) hacia una pregunta formal (¿está adecuadamente programada la máquina que determina tal categoría?). Tales posiciones sitúan a desarrollos como la Inteligencia Artificial en el fundamento de las certezas, naturalizando su actuar. Como señaló Ryan Calo, Profesor de Derecho de la Universidad de Washington, “‘La inteligencia artificial solucionará esto’, es el nuevo ‘lo solucionará el mercado’».

Tercero, que necesitamos, con urgencia, un mayor desarrollo institucional para abordar problemáticas como las que surgieron tras el escándalo de Cambridge Analytica. No se trata solo de la existencia de agencias estatales dedicadas al resguardo de los datos personales; tampoco a la necesidad de una legislación que reconozca el cambio en los modos de registro de la vida cotidiana. Además es importante puntualizar la necesidad de que las y los representantes democráticamente elegidos desarrollen un juicio crítico sobre las implicaciones asociadas a las nuevas tecnologías. Bajo ese rasero las preguntas de las y los congresistas norteamericanos dejaron bastante que desear. Como contrapunto, la imagen de una situación semejante en el contexto latinoamericano llega a ser pavorosa. Basta recordar que una de las congresistas acabó discutiendo con Zuckerberg cuán bueno sería que Facebook desarrollase proyectos de fibra óptica en su distrito.

A la luz de lo anterior es necesario que repensemos la pregunta en torno a la privacidad. Durante siglos resultó habitual considerar que la publicidad, considerada la contra cara de la privacidad en tanto capacidad de alcanzar a otros con nuestro mensaje, suponía un esfuerzo activo. Actualmente, por el contrario, pareciera que estamos situados en un contexto donde, como señaló Danah Boyd, lo público se asume por defecto, lo privado por necesidad. Si la privacidad es una necesidad, ha de ser también reconocida como una construcción, como algo por ser resuelto. No significa que tengamos que renunciar a ella, en lo absoluto, sino que debemos hacer esfuerzos conscientes a nivel individual y colectivo por construirla.

Esto se traduce en las “nuevas” preocupaciones que, por ejemplo, deben enfrentar madres y padres al verificar que sus hijas e hijos “conocen” personas a través de redes sociales. Tales preocupaciones suponen un esfuerzo activo por señalar a las y los niños cómo pueden construir su privacidad. Lo mismo que hacemos día a día, a través de las distintas redes sociales, al determinar a quién permitimos acceder a los contenidos que generamos. A nivel colectivo, sin embargo, esto supone un esfuerzo mayor. Toda vez que hemos de reconocer que la construcción de la privacidad será uno de los grandes desafíos de una era que, como nunca en la historia, ha generado mecanismo de registro pasivo de nuestras acciones cotidianas. Me refiero con esto, a cuestiones como el hecho de que nuestros teléfonos saben cuántos pasos hemos dado día a día, sin nosotros tener -las más de las veces- noticia de ello.

Finalmente, es importante no caer en la tentación de situar a Facebook como el chivo expiatorio de las tensiones que generan las nuevas tecnologías. En este sentido, Facebook no es sino, literalmente la punta del iceberg de un problema mayor: el comercio de datos sobre el que se cimenta la nueva economía de internet. Es imperioso que comprendamos que nuestros datos son valiosos, aunque no sean tangibles, aunque no sepamos que se están generando.