Cultura Libre: el círculo virtuoso de la Ciencia

Por Francisco Vera, director ONG Derechos Digitales.
El conocimiento científico está en permanente construcción. La teoría de la relatividad no fue solamente la idea brillante de una persona, sino una construida sobre las bases que otros científicos dejaron, validada por más investigadores que siguieron la senda marcada por Einstein. En el mundo de la investigación científica, los términos comunicar y compartir tienen especial relevancia.
En este escenario, desde su nacimiento Internet se convirtió en un aliado insustituible para acceder al conocimiento generado por otros especialistas e investigadores; pero por otra parte, vino a desafiar los canales tradicionales de comunicación y difusión de investigaciones: las revistas científicas. Éstas habían sido el mecanismo mediante el cual se difundían las últimas investigaciones y avances científicos. Normalmente, la publicación en una de estas revistas solo venía tras la aprobación de otros investigadores que revisaban el trabajo respectivo y validaban sus resultados. Tras la llegada de Internet, estas revistas adoptaron modelos de suscripción a sus contenidos, que hoy en día implican para las instituciones interesadas, el desembolso periódico de fuertes sumas de dinero que han ido creciendo con el tiempo producto del carácter esencial que estos contenidos tienen para quienes se dedican a la investigación científica.
El control y restricción del conocimiento de modelos de suscripción no ha tenido buenos resultados para la comunidad científica. Ésta se encuentra ante barreras artificiales para acceder a un conocimiento que sirva de base a sus actividades, volviéndose en contra de los fines de comunicar y compartir que históricamente ha estimulado el avance científico, al obstaculizar no solamente el acceso al trabajo de sus pares, sino también a las investigaciones a las que hacen referencia.
A lo anterior, se suman restricciones físicas de acceso a las obras, se alzan muros legales producto de la aplicación indiscriminada de derechos de autor sobre las investigaciones, que prohíbe la reproducción y tratamiento de los datos obtenidos producto de investigaciones científicas, cuando el autor o titular de los derechos de propiedad intelectual no dice lo contrario. Todo se hace más grave cuando nos encontramos frente a investigaciones de interés público financiadas por Estados u organismos internacionales que, inexplicablemente, permiten modelos que restringen el acceso al conocimiento.
La respuesta a este panorama ha sido el movimiento de Open Access, o Acceso Abierto en español, que busca la disposición sin restricciones físicas ni legales al material académico educativo o científico. Respondiendo a este llamado, centros de estudios y universidades líderes en el mundo (como la Facultad de Educación de la Universidad de Stanford o la de Artes y Ciencias de Harvard) se han sumado al movimiento Open Access, abriendo repositorios libres de restricciones para almacenar el conocimiento que generan y compartirlo con la comunidad. Un círculo virtuoso de inspiración y creación permanente, una forma concreta de apostar al desarrollo. En definitiva, el entendimiento que las restricciones al conocimiento no responden a la inspiración esencial de comunicar y compartir que, históricamente, la investigación científica ha tenido.










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