La polémica estalló. ¿Pueden ser sustentables las revistas de Open Access? Aún más: en su ánimo de sobrevivir en el mercado, ¿pueden conservar la alta calidad en sus publicaciones? Estos cuestionamientos son los que hoy alientan una acalorada discusión en el mundo científico, los cuales nacieron gracias a Declan Butler quién escribió en Nature un provocador artículo llamado “PLoS stays afloat with bulk publishing” (”PLoS se mantiene a flote con la publicación a granel”):
Public Library of Science (PLoS), the poster child of the open-access publishing movement, is following an haute couture model of science publishing — relying on bulk, cheap publishing of lower quality papers to subsidize its handful of high-quality flagship journals.
Básicamente, Butler apunta su crítica a PLoS (Public Library of Science) y su línea de publicación Open Access seguida por su revista PLoS ONE que, como nos cuenta Juan Freire, “depende de un comité editorial externo (y gratuito) de unos 500 científicos que le permite revisar grandes volúmenes de propuestas. Así, en 2007 publicó 1.230 artículos (en los primeros seis meses de 2008 ha publicado casi otros tantos) frente a los sólo 321 de ‘PLoS Biology’ (que además tiene un porcentaje de rechazo mucho más elevado y, por tanto, un proceso editorial mucho más costoso)”.
En otras palabras, PLoS ONE trabaja un modelo de negocio particular que trata de ser autosustentable para así dejar de necesitar las subvenciones externas. No obstante, para Butler este modelo implica una merma en la calidad de la publicación científica, en tanto el sistema de revisión de los artículos sería menos estricto, algo así como un “light peer-review” según el autor.
Las críticas a Declan Butler no se hicieron esperar. Lars Juhl Jense destaca lo extraño de los ataques a la calidad de esta publicación cuando en el mismo Nature Publishing Group (NPG) existe un considerable número de revistas de “menor impacto” (índice de calidad) en su cartera. Otros como la publicación científica Drug Monkey o Jonathan Eisen sospechan que los comentarios vengan de una publicación que no ha adoptado el Open Access y que por tanto ve en ese formato una competencia.
Esta polémica parece haber tocado sensibilidades que aún no están resueltas en publicaciones que se desenvuelven en un medio digital que todavía se presenta en sus albores. Al parecer, desde nuestra tradición epistemológica, nos cuesta creer que el conocimiento libre pueda ser garantía de saberes de calidad. Por cierto, hay noticias alentadoras en la tendencia contraria.
Pero por sobre todo, con el artículo de Butler pareciera interesante preguntarse si es justo hacer una traducción literal del llamado “éxito del modelo analógico” a las publicaciones digitales. Si son otras las reglas del juego y las expectativas de los autores y lectores reunidos en este nuevo formato, ¿vale la pena comparar una publicación científica abierta con una cerrada según los estándares de las publicaciones tradicionales? En otras palabras, esperar que las revistas científicas que adoptan Open Access elijan menos artículos para garantizar la calidad de investigación es, en palabras simples, no entender la profundidad de los cambios que plantea esta política de publicación en la forma de concebir el conocimiento y la comunidad.