Si pudiéramos escoger qué objeto preferiríamos llevar a una isla desierta, probablemente la lista sería larga: artículos de higiene personal, teléfonos celulares, libros, ropa. Sometidos a la misma pregunta, los jóvenes en Inglaterra responden en aplastante mayoría (73%) sin vacilación: sus colecciones de música.
Esta respuesta forma parte de una encuesta aplicada a más de mil jóvenes en el Reino Unido, que muestra claramente cómo el interés por la música en la gente joven no ha decaído con la masificación de la tecnología, sino por el contrario, ésta ha despertado una potente atracción que se expresa en la posibilidad de pagar por acceder al intercambio de archivos (80% de los jóvenes afirman estar dispuestos a ello).
La encuesta, iniciativa de British Music Rights con el respaldo de la Universidad de Hertfordshire, fue efectuada a 1.158 estudiantes de ambos sexos, de entre 14 y 30 años, 773 de los cuales la completaron adecuadamente. Según algunos la fiabilidad de la pesquisa sería discutible por provenir de un organismo directamente implicado en la lucha contra los P2P, pero si observamos algunos de sus resultados, ello pasa a ser más un antecedente llamativo que un motivo de sospecha.
Casi dos tercios de los encuestados admitió descargar música sin licencia desde redes P2P, con un promedio de 53 canciones mensuales. Entre las razones para descargar música, la más recurrente (sobre un 70%) fue obtener música gratis, no obstante no muchos menos argumentaron que lo hacen para probar la música antes de comprarla (sobre un 60%), o por tratarse de canciones raras o no disponibles comercialmente (sobre un 60%).
De los jóvenes que han descargado música un porcentaje muy significativo afirmó también compartir música a través de la redes, fundamentalmente en razón de devolver la mano a otros o de recomendar música.
Al consultar a los jóvenes sobre lo que buscaban en un servicio para compartir archivos, tres de cada cuatro se inclinaron porque se brindara la posibilidad de descargar cualquier canción y conservar una copia, y un 80% se manifestó interesado en acceder a un servicio legal para intercambiar música.
Una disposición mucho menor se constató al preguntarles por un servicio de streaming –oír sin descargar- (35%), no obstante dicho porcentaje fue mayor entre los que declararon descargar música que entre quienes dijeron no hacerlo.
La muestra además confirma una tendencia clara sobre las preferencias reales los jóvenes gastar su dinero: 60% se destina a música en vivo, mientras que sólo un 40% a grabaciones de estudio. Además, dos tercios de quienes comparten archivos por redes P2P aseguran continuar igualmente comprando CD´s y asistiendo conciertos.
Las conclusiones de la encuesta resultan elocuentes: la industria se encuentra ante una inmensa oportunidad dado el enorme interés de la juventud por acceder a sus artistas preferidos (incluso pagando por ello) y explorar y probar nueva música. El compartir archivos aparece entre los jóvenes como algo “endémico”. Lo que toca a la industria musical es adaptarse a este nuevo escenario, ofreciendo lo que los nuevos consumidores demandan: acceso a la música por distintas vías, con la posibilidad de transferir la música por diferentes soportes y con la posibilidad de compartirla.
Al parecer la evidencia empírica tiende a revelarse contra los que abogan por la criminalización del intercambio de archivos, y los que amenazan a los usuarios con litigios. De esta forma, mientras viejos modelos de negocios comienzan a cambiar, la expansión de las redes sociales y del acceso de más personas a la tecnología permite asegurar que la música está lejos de morir. A través de formulas novedosas puede ser que estemos más cerca del equilibrio entre la justa retribución a los artistas y el acceso a la cultura.